CAPÍTULO 12
Scarlett
Presente
Escucho el sonoro y escandaloso ruido del camión de la basura, además de notar en cuestión de segundos las luces amarillas y naranjas bailar en la pared de mi habitación.
Error mío por no haber bajado las persianas y haber usado los tapones para dormir.
Aunque estoy segura de que, incluso si me hubiera metido en un búnker a prueba de ruidos y luces, no hubiera podido conciliar el sueño.
Porque son las jodidas seis de la mañana y no he pegado ojo en toda la noche.
Al llegar al piso por la tarde tras acabar aceptando la encerrona de defender a Leighton por hacerle el favor a Kairon, empecé a divagar cual loca por todos los rincones, intentando encontrar una excusa lo suficientemente fuerte como para negarme a aceptar el caso.
Si fuera otra persona, no dudaría en ayudar a mi hermano, pero tratándose de él, no puedo sentirme más…
indefensa. Sí, valga la redundancia, me siento indefensa cuando se trata de Leighton Sullivan.
Siempre ha sido así, de hecho. Y, pese a que los años han pasado y la situación es muy diferente a la que una vez vivimos, el simple hecho de pensar que voy a tener que volver a pasar tiempo con él… me crispa.
Sin embargo, antes de meterme en la cama —para seguir sin dormir hasta ahora— reflexioné y pensé las cosas de manera más fría y sencilla: hace mucho tiempo que Leighton ha dejado de importarme y no pienso permitir que piense que me afecta su presencia, porque no es así para nada.
Simplemente, con él llegan los recuerdos que trato de mantener bien escondidos en una caja mental de mi cerebro y temo que pueda acabar abriéndose conforme pasemos más tiempo juntos.
Pero Leighton Sullivan es el pasado, yo soy una abogada excelente y debo ser madura, joder.
Aunque podría quedarme retozando en la cama un par de horas más hasta que no se aproxime la hora a la que hemos quedado en casa de Kairon, me acabo levantando porque necesito ir asumiendo poco a poco el lío en el que yo sola me he metido.
Me doy una ducha de agua bien fría porque, a pesar de que siempre lo hago con el agua ardiendo, esta vez necesito congelar mis neuronas para que no me traicionen cuando menos me lo espere y me hagan pensar cosas que no son. Cuando el caso se cierre, volveremos a ser dos desconocidos, punto y final.
Temblando como un gato mojado, enseguida me cubro el cuerpo con una toalla y cuando han dejado de castañearme los dientes, cojo el vestido largo hasta la mitad de la rodilla de color beige y me calzo unos botines de color negro con algo de tacón.
Una vez estoy vestida, me deshago de la toalla en la que tenía envuelto el cabello y lo dejo secar al aire mientras ordeno el cuarto de baño.
Para que el pelo no me moleste mientras desayuno, recojo algunos mechones con una pinza, cojo la ropa sucia y la tiro al cesto para poner una lavadora cuando vuelva al piso.
Abro la nevera y me sirvo un poco de zumo de zanahoria, pongo la televisión de fondo para no escuchar el eco de mis pensamientos y abro el tercer armario de la cocina para sacar unas tostadas y ponerles una buena capa de mantequilla.
Desayuno en silencio, algunas veces interrumpido por los comentarios del programa de cotilleos que están dando en el canal en el que me he quedado mientras hacía zapping y el móvil me suena con una notificación.
Se trata de Kairon, mi querido hermano, que no duda en recordarme el maravilloso plan que tengo dentro de unos minutos.
Le contesto con el emoji que pone los ojos en blanco y friego el plato y el vaso utilizados antes de dejarlos en su sitio.
Inspiro profundamente antes de dirigirme de nuevo al cuarto de baño para ponerme aceite en las puntas del pelo y opto por dejármelo suelto, ya que todavía no se ha acabado de secar del todo.
Antes de salir del piso, me pongo un poco de perfume en el cuello y me encamino directa al infierno de recuerdos que me supondrá pasar unas horas con Leighton.
◆◆◆
La mirada de niño bueno de Kairon me recibe nada más abrir la puerta y le doy un abrazo a modo de saludo antes de entrar en su casa.
—¿Y Lisa? —pregunto, mientras sigue mis pasos. Todo sea por hablar de otra cosa que no sean los nervios que se han asentado en la boca de mi estómago ante la idea de estar a solas con él en cuestión de minutos.
—Ha quedado con su madre para ir a mirar los arreglos florales para la boda.
—¿Y no deberías estar acompañándolas? Te recuerdo que también es tu boda.
Kairon pone los ojos en blanco antes de indicarme que me siente en el enorme sofá de color gris que ocupa el centro del salón.
—Antes quería asegurarme de que mi hermana y mi mejor amigo no se tiran los trastos a la cabeza —comenta, jocoso.
—Para hacer eso debería importarme tu mejor amigo lo más mínimo, ¿no crees? —contesto, tirando de ironía.
Kairon se acerca un poco más a mí hasta colocar una de sus manos en mi rodilla para que preste atención a lo que sea que tenga que decirme.
—Scarlett, sabes que te agradezco un montón que hagas esto por Leighton, pero si en algún momento ves que no puedes hacer frente a…
—Kairon, no te ofendas, pero Leighton me produce la misma indiferencia que una mota de polvo en el mueble de la televisión. —lo corto.
Mi hermano se me queda mirando durante unos segundos, probablemente tratando de descifrar si estoy hablando en serio o no y cuando parece que se ha convencido de ello, acaba asintiendo para sí mismo.
—Vale, pues si está todo tan claro, le enviaré un mensaje a Lisa para decirle que voy al local dentro de un rato.
Dicho esto, se levanta del sofá, excusándose con que tiene que acabar de ponerse guapo para su prometida y desaparece tras la puerta que separa el salón de los pasillos en los que se encuentran las habitaciones y los cuartos de baño.
Me quedo a solas en el salón y antes de que pueda empezar a pensar más de la cuenta, el timbre suena de nuevo y todo mi cuerpo se pone en tensión ante lo que está a punto de ocurrir.
—¡Kairon! ¡Ya ha llegado Leighton!
Pasan unos segundos y no recibo respuesta, así que cojo el toro por los cuernos y me dirijo hacia la entrada. Inspiro y expiro, intentando acallar las voces de mi mente y abro la puerta de madera tras la que se esconde mi pasado.
Su rostro todavía se encuentra algo magullado. Su ojo derecho está ligeramente inflamado, su nariz envuelta en lo que creo que es una gasa y sus labios… no debería estar mirándole los malditos labios, joder.
Niego mentalmente antes de hacerle entrar y agradezco enormemente que rompa el silencio en el que nos hemos visto envueltos, diciendo:
—¿Y Kairon?
—Se está terminando de preparar para acompañar a Lisa y a su suegra a mirar flores para la boda.
Leighton se limita a asentir y se acaba sentando donde estaba yo hace unos segundos.
Evito pensar en el hecho de que cuando se ha sentado en el sofá —con dificultad, porque todavía está algo dolorido— el olor de su perfume me ha dado de lleno, como si el universo quisiera pasárselo en grande conmigo recordándome que, por mucho que las cosas hayan cambiado entre nosotros, hay cosas que, por el contrario, nunca lo hacen.
«Maldito seas, Leighton Sullivan.»
El muy desgraciado parece escuchar que lo estoy maldiciendo en mi mente porque gira la cara y me dedica una sonrisa incómoda, la típica que le ofreces a alguien con el que no quieres pasar el rato, pero estás obligado a hacerlo. Bien, pues ya somos dos.
Por suerte, Kairon interrumpe el momento incómodo acercándose a Leighton para saludarlo y preguntarle cómo se encuentra tras haber recibido el alta —me acabo de percatar de que ni siquiera le he preguntado— y se dan un abrazo de despedida antes de que los dos nos quedemos solos.
Creo que, si ahora hubiera una imagen que pudiera reflejar la escena que estoy viviendo, sería la siguiente: Leighton y yo como dos vaqueros apuntándonos con nuestras respectivas armas y una bola enorme de paja pasando entre nosotros.
Las armas serían nuestras palabras reprimidas y la enorme bola de paja, los recuerdos que estoy segura que también están pasando por su mente con solo mirarme.
Acabo carraspeando y me siento en el sillón que se encuentra a unos metros del sofá y, aun así, siento que la distancia es muy poca. Dejo de pensar en lo rápido que me late el corazón ante la incomodidad de la situación y carraspeo mientras ordeno mis pensamientos.
—Bien, como ya sabrás, no estoy especializada en casos como el tuyo. Pero solo para hacerle el favor a Kairon, he aceptado —se lo dejo claro para que no se monte historias.
Leighton asiente sin dejar de mirarme ni un segundo y desearía que se fijara antes en una pelusa del sofá que en mí.
—¿Y cuál es tu especialidad?
Su pregunta me pilla por sorpresa. Bajo la mirada, intentando encontrar las palabras que no me hagan parecer una borde de mierda y acabo respondiendo:
—Centrémonos en tu caso, por favor.
Leighton opta por pasar por alto mi respuesta seca y seguir hablando como si esto fuera lo más normal del mundo. Coloca sus antebrazos sobre las rodillas y masajea su cabello, desordenándolo y volviéndolo a ordenar. Gesto que me recuerda a todas aquellas veces en las que se ponía nervioso y…
Basta, joder.
Trago saliva mientras espero a que hable de una maldita vez y deje de torturarme con su silencio.
—¿Qué necesitas saber? —pregunta, evitando mirarme.
Muerdo el interior de mi mejilla antes de cruzar las piernas con cuidado para evitar momentos incómodos y una vez me he cerciorado de que estoy en una posición cómoda, acabo hablando con toda la tranquilidad que soy capaz de reunir en estos momentos.
—Según lo poco que me ha contado Kairon, la noche de antes de ayer, saliste con un grupo de amigos y una pelea acabó con ese chico en coma.
Al mencionar el estado en el que se encuentra el chico, Leighton levanta al fin la mirada y se me queda mirando durante unos segundos eternos, casi como si le hubiera sentado mal que le haya recordado lo que ocurrió la noche de autos.