Adicto a tu recuerdo CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Scarlett

Pasado

Me resultaba sumamente curioso cómo la vida podía seguir sin más cuando mi mundo tal y como lo conocía se había desmoronado de la noche a la mañana.

El primer rayo de sol atravesó la ventana en el mismo momento en el que el despertador sonó y todo parecía ser como siempre.

Salvo que ya no lo era. Ahora no sería papá el que me llevaría a mi primer día de clases como había hecho siempre, porque a pesar de tener ya dieciséis años era un momento padre e hija que ansiaba vivir un curso tras otro.

Apagué el despertador que ya empezaba a atronarme los oídos y en vez de empezar a prepararme para no llegar tarde me limité a observar el techo de mi habitación como si pudiera albergar las respuestas a todas las preguntas que se agolparon de súbito en mi mente cuando apenas acababa de abrir los ojos.

Una vez comprendí que por mucho que abriera los ojos y los volviera a cerrar, no podría echar el tiempo atrás y enmendar la infidelidad de papá, coloqué los pies en la mullida alfombra que se encontraba delante de mi cama al tiempo que observaba el pomo de mi puerta girar.

El rostro cansado de Kairon me dio los buenos días y en una mirada que ambos entendimos, me dijo que me vistiera y desayunara algo rápido.

Para no complicar más las cosas, acabé levantándome y dirigiéndome al armario para pensar en otras cosas.

Me pasé varios minutos observando adormilada el armario y acabé escogiendo unos pantalones vaqueros con los bolsillos decorados con estrellas blancas y una camiseta de media manga de color morado.

Septiembre acababa de empezar y eso significaba que el frío todavía se resistía a llegar al pueblo, pero, por si acaso, metí una sudadera fina en la mochila.

Cuando tuve la mochila preparada fui al cuarto de baño intentando no fijarme mucho en mi rostro porque, tras estar toda la noche prácticamente en vela, sería de esperar que mis ojos pudieran compararse con los de un mapache.

Recogí mi pelo rizado en una cola de caballo, pero dejé una parte suelta para no maltratar tanto mi cabello.

Bajé las escaleras una vez estuve lista para dirigirme al salón y el silencio que reinaba en la casa me sorprendió, aunque no debería haberlo hecho teniendo en cuenta que ahora todas las mañanas serían así.

Encontré a Kairon en la cocina mirando ensimismado su taza de café, carraspeé para que se percatara de mi presencia y se levantó del taburete en el que estaba sentado para traerme un vaso en el que volcar un poco de zumo de naranja.

Kairon también había dejado algunas tostadas y huevos revueltos esparcidos alrededor de la mesa, pero estaba convencida de que tanto él como yo no teníamos apetito ninguno.

—¿Cómo está mamá? —pregunté, rompiendo en ese momento el silencio que ya empezaba a asfixiarme.

Kairon me dedicó una mirada derrotada antes de suspirar y contestar:

—Ayer por la noche se metió en la habitación y no se ha levantado todavía.

La verdadera respuesta estaba tras la última frase de Kairon.

Mamá era una persona muy madrugadora, antes incluso de que saliera el sol ya se la podía escuchar trasteando en la cocina.

Y el hecho de que no estuviera despierta a esas horas de la mañana, nos hacía ver que la cosa iba tremendamente mal.

—Aún no me puedo creer que papá… —comenté mientras noté que la bilis empezaba a subirme por la garganta al recordar la discusión de anoche.

—No pienses en eso ahora, Scarlett. Vamos al coche ya o llegaremos tarde.

Lo miré de nuevo, implorándole en silencio que hablara conmigo sobre este tema porque de lo contrario acabaría ahogándome, pero Kairon se limitó a levantarse del taburete, recoger la mesa de la cocina y dirigirse al garaje para poner en marcha su coche.

Supongo que hay personas que prefieren refugiarse en el silencio porque temen que las palabras puedan sumergirlas en un pozo sin fondo. Kairon era una de esas personas, mientras que yo era de aquellas que necesitaban hablarlo todo para no ahogarse en el silencio.

◆◆◆

Kairon me dejó en la entrada del instituto y nos despedimos con un abrazo más largo de lo habitual.

Lo vi desaparecer para dirigirse a la universidad y giré sobre mis talones, cogiendo aire para afrontar el primer día de instituto.

Nadie sabía lo que había ocurrido entre mis padres así que podía fingir que todo estaba bien y no tenía de qué preocuparme.

Observé en el móvil la primera clase a la que debía dirigirme y noté un pellizco en el corazón al darme cuenta de que papá no se había puesto en contacto conmigo desde anoche.

Un nubarrón se asentó en mi mente mientras avanzaba a pasos lentos hacia la clase y me prometí a mí misma no pensar más de lo necesario en él, aunque estaba claro que no sería una tarea sencilla.

En el aula de biología me encontré en la primera fila a Tiffany y Charlotte, mis compañeras de clase y de instituto.

No solíamos quedar fuera de las clases porque las tres éramos conscientes de que no teníamos nada en común, pero nos hacíamos compañía entre clases y compartíamos los descansos.

Me senté entre ambas, quienes no tardaron en preguntarme qué tal me había ido el verano.

Yo evadí la pregunta, interesándome por ellas.

—Pues yo no sé si acabaré aquí el instituto o no —comentó Charlotte, con un deje de tristeza en la voz.

—¿Y eso? —Tiffany posó su mano en el hombro de la morena para apoyarla al ver que ese tema le afectaba.

—A mi padre le han ofrecido un trabajo fuera del país y estamos pensando en los pros y los contras de quedarnos.

Antes de poder contestar, la puerta del aula se abrió para dar la bienvenida a nuestra profesora de biología.

Abrí mi cuaderno para empezar a apuntar las primeras directrices de la asignatura mientras trataba de relegar a un segundo plano todo lo ocurrido la noche anterior en casa.

◆◆◆

A la salida, me dirigí hacia la parada del autobús, no sin antes despedirme de Tiffany y Charlotte hasta el día siguiente y darle ánimos a esta última.

Faltaban unas cuantas paradas para llegar a casa cuando recibí un mensaje de papá en el que me preguntaba si podíamos vernos.

El corazón se me aceleró ante la posibilidad de volver a verlo después de lo que pasó y negué mentalmente con la cabeza, prometiéndome que no hablaría con él hasta conocer el estado anímico en el que se encontraba mamá.

Al llegar a casa, sin siquiera cerciorarme de que Kairon hubiera llegado, subí directamente a la habitación de mamá. Abrí la puerta con sigilo y se me encogió el corazón al verla hecha una bola en la cama, con las sábanas revueltas y sorbiéndose la nariz.

—Mamá… —murmuré, con tiento para no asustarla.

—Ahora no quiero hablar, Scarlett —contestó, en un hilo de voz.

—Pero…

—No insistas, por favor.

Podía notar desde el quicio de la puerta el nudo que se le debía de haber asentado en la garganta mientras pronunciaba la frase. Decidí no insistir y dejarlo estar. Mañana sería otro día, o eso esperaba.

Con pasos pesados, bajé de nuevo para dirigirme a la cocina y, como no sabía si Kairon había merendado, preparé un par de bocadillos junto a nuestros dos refrescos favoritos y los subí a su habitación con una bandeja.

Llamé a la puerta como pude por si estaba ocupado y me permitió pasar.

Una vez me adentré en la habitación de mi hermano me percaté de que no se encontraba solo.

Dejé la bandeja en la cómoda que estaba dispuesta a mi derecha y esperé a que Kairon hiciera las respectivas presentaciones mientras repasaba mentalmente el aspecto del chico que acompañaba a mi hermano mayor.

Cabello oscuro, ojos negros como la noche y poco más, porque la voz de Kairon irrumpió en mis pensamientos.

—Scarlett, él es Leighton, un compañero de la universidad. Tenemos que hacer un trabajo sobre la relación entre la música y los niños —me explicó.

Asentí a su respuesta y me quedé varios segundos pensando en qué decir. No estaba acostumbrada a que Kairon trajera a amigos suyos a casa y me extrañaba que, en las circunstancias en las que estábamos, lo hiciera por primera vez.

Decidí centrarme en mi cometido y señalar la bandeja que ya había dejado prácticamente abandonada.

—Soy su hermana pequeña, encantada —me presenté a Leighton, recibiendo un asentimiento más largo de la cuenta que me dejó en blanco durante unos segundos.—Te había traído algo para merendar porque iba a hacerlo yo ahora mismo. Pero si a tu amigo le apetece algo, puedo…

—No te preocupes, estoy bien. Gracias por el detalle.

El timbre de la voz de Leighton resonó en mi mente y me limité a asentir para evitar pensar en por qué me había llamado tanto la atención su voz cuando oía cientos a lo largo del día.

Tras unos segundos en un incómodo silencio, carraspeé y me disculpé, dejándolos a solas y llevándome mi parte de la merienda.

Cerré la puerta de la habitación con más fuerza de la que esperaba y fui directa a la mía para encerrarme allí, ponerme música a todo volumen y olvidar durante unas horas, mientras hacía los deberes, lo complicado que se había vuelto todo y lo mucho que me costaría cogerle el ritmo.

◆◆◆

Tras un par de horas sin parar de estudiar, pese a que era el primer día de clase, bajé de nuevo a la cocina para beber agua.

Abrí la nevera para buscar agua fresca y la serví en un vaso.

Empecé a beber como si no hubiera un mañana porque tenía mucha sed, tanta que estaba tan concentrada en hidratarme que no escuché a Leighton llegar.

—Parece que has pasado toda una noche en el desierto.

Su sorpresa me llevó a casi ahogarme con mi propia saliva y tuve que toser durante varios segundos para recuperar mi respiración.

—Lo siento, tendría que haberme hecho notar con grandes pisadas o algo. —Las mejillas de Leighton se tornaron de un color rojizo ante mi ceño fruncido.

Tragué saliva antes de responder con una sonrisa:

—No te preocupes, ¿quieres algo? —pregunté, al darme cuenta de que había bajado a la cocina por algún motivo.

—Sí, Kairon me ha dicho que tenéis en la nevera unos refrescos que están de muerte y venía a por ellos. A mí también me ha entrado sed.

—Sí, claro. Ahora te los doy.

Me di la vuelta para dirigirme de nuevo a la nevera y entregarle a Leighton los refrescos.

Se me resbalaron de entre las manos al no haberlos cogido bien y se me cayeron al suelo, liándola pero bien.

Porque uno de los refrescos había acabado salpicando la camiseta blanca estampada de Leighton, dejándolo completamente empapado.

—¡Joder, lo siento! —exclamé, avergonzada a más no poder.

—¿Esta es tu venganza por mi susto de antes? Vaya, hay que tener cuidado contigo, por lo que veo.

Reí ante su comentario y empecé a hacer funcionar mi cerebro.

Cogí un paño seco del tercer cajón debajo del horno y se lo tendí a Leighton para que empezara a secarse, o intentarlo al menos.

Mis nervios aumentaron al cerciorarme de que cuanto más apretaba el paño contra la prenda mojada más se marcaba su torso.

Tragué saliva y traté de encontrar las palabras acertadas que me sacaran de ese aprieto.

—Iré a preguntarle a Kairon si me puede dar alguna camiseta. Por cierto, no tienes pinta de ser estudiante de Magisterio—bromeé para aligerar el ambiente.

Él sonrió y mentiría si dijera que no me quedé más segundos de la cuenta observando ese simple gesto.

—Porque no lo soy. Tu hermano y yo hacemos el trabajo juntos porque él estudia magisterio y yo Música.

—¿Por qué música? —pregunté, sin siquiera pensar si me estaba metiendo donde no me llamaban.

—No sé, es el único modo que conozco de ser eterno.

Me quedé prácticamente pegada en el marco de la puerta, completamente atrapada por sus palabras.

—¿Acaso hay algo que pueda ser eterno en esta vida? Porque lo dudo bastante, sin ofender —rectifiqué al ver la mueca que formaron sus labios al escuchar mi última frase.

—¿Cómo que no hay algo que pueda ser eterno? ¿El amor no te parece suficiente?

Reflexioné durante unos instantes acerca de su pregunta y la relacioné con lo que me había dicho al principio.

—Así que, ¿quieres escribir canciones de amor para ser eterno?

—Escribirlas y vivirlas, Scarlett, no lo olvides. Solo se puede escribir sobre un sentimiento tan inmenso si lo has vivido.

Me había dejado tan maravillada con su respuesta que solo escuché la voz de Kairon llamando a su amigo cuando estuvo a unos metros de mí.

—¿Por qué estás empapado y hueles a limón?

Leighton me guiñó un ojo y simplemente empecé a reír, contagiándolo también a él.

El eco de su risa siguió conmigo hasta bien entrada la noche, donde antes de meterme en la cama me dio por pensar en la eternidad y el amor, dos palabras que parecían ir de la mano y que, sin embargo, tardaría años en entender el motivo.