Adicto a tu recuerdo CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Scarlett

Presente

Unos fuertes golpes retumban en la puerta de mi piso, levantándome de súbito de la cama, una cama que, por cierto, se encuentra vacía.

Al parecer Jason, ha decidido en medio de la noche que, en vez de despedirse como un ser humano decente, era mejor opción huir como una rata al darse cuenta de que nuestra química íntima ha sido inexistente.

Me froto los ojos antes de acabar de colocar uno de mis pies en el suelo para arrastrarme hacia la persona que está aporreando la puerta como si la vida le fuera en ello y me sorprende encontrarme al otro lado a Kairon.

Él siempre ha sido el calmado de los dos, el que se piensa las cosas veinticuatro veces antes de hacerlas, de ahí que me resulte tan extraño encontrármelo en tal estado de nervios desde tan temprano.

Ni siquiera lo saludo, solo le permito el paso y él mismo va derecho al salón, que ya casi reconoce como suyo.

Esperando a que se calme un poco, voy a la cocina para preparar un café bien cargado para mí y una infusión para él, no creo que la cafeína le siente muy bien teniendo en cuenta el estado en que el que se encuentra.

Cuando regreso al salón observo a Kairon de brazos cruzados, mirando a la televisión apagada como si fuera lo más interesante que ha visto en su vida.

—¿Kairon? ¿Qué pasa?

Al mencionar su nombre consigo que vuelva a conectar con la realidad y pueda atisbar la desazón que está impresa en sus ojos. Está como desesperado, como si tratara de encontrar rápidamente una solución a algo que, teniendo en cuenta que se encuentra en el salón de mi piso, debo tener yo.

Mientras espero a que conteste, le doy un trago al café y poco a poco Kairon parece recobrar el sentido común y empieza a hablar.

—Esta madrugada me ha llamado un amigo pidiéndome ayuda. Está metido en un buen lío, Scarlett.

Frunzo el ceño, sin comprender por qué está buscando mi ayuda. Al ver que vuelve a ponerse nervioso, dejo la taza en la mesita que hay delante del sofá, acompañando a la infusión que ni siquiera ha tocado y busco su mano para entrelazarla con la mía e infundirle esa calma que parece haber perdido.

—Cuéntamelo todo despacio, Kai. Seguro que encontramos una solución entre los dos.

Mi hermano inspira profundamente antes de coger las fuerzas suficientes para relatarme con pelos y señales qué ha pasado con ese amigo suyo.

—Ayer salió con un grupo de amigos a una discoteca. Bebió más de la cuenta y se enzarzó en una pelea. Empezó a pelearse con un tipo hasta… hasta dejarlo en coma, Scarlett.

El final de su relato cae sobre nosotros como una losa que me deja muda durante unos segundos. En cuanto empiezo a hilar los hechos, entiendo perfectamente por qué está sentado a mi lado.

—Quieres que ayude a tu amigo, ¿verdad?

—Sé que eres abogada de familia y que estos temas no sueles llevarlos tú, pero, joder, no puedo dejar a mi amigo en la estocada. —La voz empieza a temblarle al pensar en ese chico y me apiado al instante de él.

Ahora soy yo la que inspira profundamente, reflexionando sobre si no acabaré metiéndome yo en un lío por defender un caso en el que ni siquiera tengo experiencia. Pero se trata de ayudar a Kairon, y siempre estaré ahí para él, como él lo ha estado para mí.

—Está bien. Por lo que me cuentas, ese amigo tuyo debe de estar en el hospital, ¿no? No creo que haya dejado en ese estado a ese chico y que no se haya hecho ningún arañazo.

—Sí, lleva ahí toda la noche. En unas horas le darán el alta, pero me gustaría que hablaras con él sobre lo que ha ocurrido para ver si se puede hacer algo.

—No te preocupes, Kairon. Veré lo que puedo hacer, ¿esperas a que me vista y vamos a verlo?

—Joder, Scarlett, te debo una muy gorda.

—No me debes nada porque eres mi hermano, idiota. Y ahora, venga, bébete esa infusión helada mientras me visto.

La sonrisa de agradecimiento que me ofrece Kairon me llega al corazón. Me levanto del sofá para dirigirme a la habitación, ponerme unos tejanos y una blusa de color turquesa acompañada de unas botas con un poco de tacón.

Mientras escucho a Kairon ir hacia la cocina para dejar ahí nuestras tazas voy al baño para adecentarme un poco los rizos alborotados. Los humedezco un poco para permitirme dejarlos sueltos y me aplico un poco de maquillaje que oculte las pequeñas ojeras con las que me he levantado hoy.

—¡Ya estoy lista, Kai! —grito desde la entrada mientras cojo el bolso y espero a que mi hermano aparezca para salir del piso cuanto antes.

Él me sonríe cuando llega a la entrada, aunque esta vez el gesto no llega a sus ojos. Cierro la puerta con llave y bajamos con el ascensor hasta el parking para coger mi coche y llegar al hospital.

Mientras conduzco, observo por el rabillo del ojo que Kairon está algo nervioso, aunque teniendo en cuenta la situación en la que se encuentra su amigo yo también lo estaría.

—Oye, ¿y quién es ese amigo? ¿Lo conozco?

Me resulta extraño que después de todo lo que me ha contado no me haya dado ningún nombre.

—Es un amigo de hace bastantes años… —masculla, casi sin que pueda oírlo.

Me resulta curiosa su respuesta porque conozco a todos los amigos de mi hermano y no me suena ninguno que sea capaz de meterse en un problema de esta envergadura.

Permanecemos en silencio durante los siguientes diez minutos y cuando aparco cerca del hospital, solo rezo por que las cosas no se compliquen y pueda compaginar mi trabajo en el bufete con este favor al amigo de Kairon.

◆◆◆

Avanzamos por los pasillos del hospital mientras nos cruzamos con algunas enfermeras y doctores y nos metemos en el ascensor para subir a la tercera planta.

Sigo los pasos de Kairon hasta llegar a la puerta de la habitación de su amigo y observo que, antes de abrir la puerta, se pone otra vez nervioso.

—No te preocupes, seguro que todo saldrá bien.

Él me mira desconcertado durante unos segundos y no sé por qué ahora soy yo la que se pone nerviosa ante la mirada de mi hermano. Aquí está pasando algo. Me está ocultando algo, mejor dicho.

Sin embargo, dejo de malpensar y permito que Kairon abra la puerta. Él pasa delante y me indica que pase con un gesto de su mano.

Camino con paso seguro hacia el interior de la habitación hasta que…

Hasta que mis ojos no se creen lo que están viendo.

Muchos dicen que el primer amor es como esa astilla que se asienta en tu corazón y que, si pierdes a esa persona, ese elemento tan pequeño se hará notar a cada paso que des en tu vida. En cada beso, en cada caricia, en cada risa en la que esa persona no esté presente.

Muchos dicen que es imposible de olvidar por todo lo que provocó en nuestros corazones.

Que la fuerza incontrolable de los sentimientos que ponen tu vida del revés cuando conoces a la persona por la que tu corazón latirá con otro sonido por primera vez, no será comparable con ninguna otra.

Por lo tanto, será imposible de olvidar porque para ello deberías olvidar una parte de lo que fuiste cuando el universo decidió cruzar vuestros caminos.

Sin embargo, él no fue una jodida astilla. Él no fue un tsunami en un momento clave de mi vida. Él fue dolor e ira. Él fue risa y llanto. Él fue todo y se convirtió en la nada más absoluta.

Porque puede que los años hayan pasado, pero, por desgracia, sería capaz de reconocer a Leighton Sullivan en el lugar más recóndito del planeta.

Y, ahora, desde esta cama de hospital, me está mirando como si creyera que se está volviendo loco, como si no creyera lo que están viendo sus ojos.

Bien, pues ya somos dos.