CAPÍTULO 5 #2
—Entonces estoy de suerte. Eres algo así como un milagro.
—Vuelve a dirigirse a mí, provocando una carcajada que ya no sé si es efecto de la copa que me tomado hace unas horas o por lo bien que me siento al no pensar en el siguiente paso a seguir como si tuviera que cuadricularlo todo para no salir de la línea recta que ha definido mi vida hasta ahora.
Giro mi rostro para ver que Regina todavía no ha salido del baño y sonrío de nuevo al chico desconocido antes de volver a gritar:
—Soy Scarlett, ¿y tú?
—Jason, un placer. —Me guiña un ojo y vuelvo a reír como una adolescente idiota.
Pasados unos minutos y percatándome de que Regina ha debido de quedarse charlando con alguien y que por eso estará tardando tanto, me acerco un poco más a Jason mientras la canción cambia.
Antes de que el estribillo de la nueva canción suene ya tengo sus manos rodeando mi cintura.
Y a pesar de que debería sentirme incómoda, porque es la primera vez en mucho tiempo que hago algo así, la verdad es que no podría sentirme mejor.
La boca del rubio encuentra el camino hasta mi cuello y aunque me estremezco porque hace demasiado tiempo que no le permito a nadie acercarse tanto a mí, rechazo esos pensamientos que avanzan en tropel por mi mente y lo dejo hacer.
Porque por una noche quiero dejar de pensar en el mañana, quiero pensar en el instante que estoy viviendo en estos momentos y en nada más.
◆◆◆
Una media hora larga después, cuando todavía estoy enredada entre los brazos de Jason y sus labios han rozado algo más que mi cuello, Regina aparece en nuestro campo de visión y antes de que pueda decir nada, me hace una señal con su móvil y me disculpo con él para ver lo que me ha escrito.
En él me dice que disfrute de la noche y que se ha encontrado con una antigua amiga que la acompañará a casa.
Asiento ante su mensaje y la rubia se despide de nosotros con un beso al aire.
Al desaparecer Regina, vuelvo a centrarme en Jason quien no duda en, ahora sí, abalanzarse sobre mis labios. Los míos lo reciben con ansia, con el desespero propio de volver a sentir algo tras haber estado tantos años reprimiendo cualquier tipo de emoción.
Mi cuerpo vuelve a encenderse ante el giro de ciento ochenta grados que ha dado la noche y, en un alarde de valentía, grito:
—¿Quieres venir a mi piso?
Jason no duda en asentir y acompañarme de la mano al guardarropa para coger nuestros abrigos y entrar en su coche unos minutos después.
—Dios mío, no me esperaba que la noche fuera a acabar así —murmuro, mirando hacia la carretera mientras indico a Jason el camino hacia mi piso.
—Por el bien de mi orgullo, espero que sea para bien —bromea él, haciéndome reír con su comentario.
La sonrisa que le dedico es respuesta suficiente para que se quede tranquilo.
Accedemos a trompicones al portal de mi piso entre besos acelerados y respiraciones entrecortadas.
Alguna que otra risa se escapa de mis labios cuando trato en vano de abrir la puerta de entrada y cuando al fin acabo haciéndolo, tiro las llaves al cuenco del recibidor y agarro a Jason de la camisa para arrastrarlo hacia mi cama.
La tenue luz de las farolas que se encuentran en la calle iluminan un poco la habitación, dándonos la visibilidad suficiente para deleitarnos con el cuerpo del otro.
Me recuesto en la cama y me apoyo sobre los codos para disfrutar del espectáculo que resulta ser Jason sin camisa.
Mis ojos son incapaces de desviarse del camino de sus abdominales hasta que, como una pantera tratando de hacerse con su presa, Jason se acerca hasta mí, alza mi barbilla con las yemas de sus dedos y me besa de una forma más apasionada de lo que me esperaba, y no porque me desagrade, al contrario, sino porque…
«Porque te recuerda a…»
Mando callar a mis pensamientos en el mismo momento en que decido centrarme en el presente y nada más, porque si me permito volver a pensar en un pasado que no va a volver, la seguridad que llevo sintiendo toda la noche desaparecerá sin que pueda hacer nada por evitarlo y me niego a retroceder tantos pasos teniendo en cuenta dónde estoy ahora mismo.
Mientras Jason me hace cosquillas con su ligera barba al dejarme besos ardientes a lo largo del cuello, deslizo mis manos hasta el cierre de su pantalón, se lo desabrocho y bajo la mirada para agarrar su erección con ambas manos y regocijarme con el sonido de satisfacción que sale a través de sus labios.
—Joder, Scarlett —murmura mi nombre en la oscuridad como si fuera una plegaria o una súplica, no sé discernirlo bien.
—¿Acaso quieres que pare?
—Ni se te ocurra —contesta, antes de dejar salir una sonrisa que consigue sacarme a mí otra.
Jason se desembaraza de mis caricias para colocarse a mi lado en la cama mientras busco a tientas el primer cajón de la mesita de noche para coger una caja de preservativos.
Hace meses que no los uso y no miento si digo que me tiemblan un poco las manos por la emoción al notar algo tan simple entre mis dedos.
Porque en apariencia es una caja de cartón sin más, pero para mí es un paso más a la hora de recuperar poco a poco esa vida que dejé paralizada por…
Muevo la cabeza para espantar mis pensamientos intrusivos por segunda vez en lo que llevamos de noche y me deshago del vestido y la ropa interior después de ofrecerle a Jason el preservativo para que se lo coloque.
En un movimiento veloz, me agarra de las caderas para posicionarme debajo de él y besarme de nuevo al tiempo que se adentra con sus dedos en mi centro, preparándolo para todo el placer que estoy segura de que quiero sentir para darle a esta noche el broche de oro que se merece.
Sus dedos se mecen en mi interior como solo se pueden mover unos dedos que están explorando un territorio desconocido; con torpeza pero con ahínco.
Parpadeo en varias ocasiones, tratando de encontrar ese placer que necesito sentir desesperadamente, pero al comprobar que yendo por este camino será complicado, bajo mi mano hacia la suya para indicarle cómo me gusta.
Observo a Jason asentir en la penumbra y rezo para que este pequeño inconveniente no destroce la noche.
Sin embargo, pasados unos minutos sigue igual.
Niego con la cabeza disimuladamente para que no se percate de mi gesto y ahora soy yo la que toma el control de la situación y baja de nuevo la mano hacia su entrepierna para dirigir su erección hacia mi centro, deseando que este nerviosismo por alcanzar un simple orgasmo deje de invadirme el cuerpo entero.
Jason empieza con unas embestidas lentas para conocer el ritmo que debe seguir, guiado por mis jadeos.
Alzo las caderas para que las embestidas se noten más profundas y, a pesar de que tras diez largos minutos, acabo corriéndome por fin, no puedo evitar sentir un regusto amargo en el fondo del estómago al percatarme de que… da igual lo mucho que lo intente.
Da igual que durante los ocho años que han pasado desde la última vez que me sentí realmente completa en cuanto a intimidad se refiere, me haya acostado con varios hombres.
Da igual que me esfuerce por guiarlos cada noche en la que me prometo que esa vez será diferente.
Da igual, porque nada puede cambiar lo que sentí en un pasado.
Y lo odio por ello. Lo odio por haber dejado una huella tan grande a su paso que, aunque haya intentado borrarlo de mi mente con todos los recursos posibles, con otros nombres, otros labios y otras pieles, él siga acudiendo a mi mente en contra de mi voluntad.
Porque él se fue, pero su herida sigue latiendo como el maldito primer día.