Adicto a tu recuerdo CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Leighton

Presente

La luz del atardecer entra por la ventana de mi habitación mientras mantengo mi vista fija en el cielo, esperando que se me pase el pedo que me he cogido completamente solo en apenas una hora.

El dueño del local al que teníamos que ir hoy a dar el último concierto de la semana me ha llamado para comunicarnos que han tenido un problema con la ventilación y que hasta que no puedan repararlo no podremos ir a cantar.

¿Y qué ocurre cuando alguno de nuestros conciertos se cancela?

Que me paso todo el día dándole vueltas a la cabeza.

Porque cantar sobre el escenario me ayuda a drenar todas las emociones que me ahogan a lo largo de la semana, es como una especie de terapia a la que he tenido que recurrir desesperadamente ante el ritmo de vida que llevo.

Mi relación con mis padres es pésima, mi relación con el amor lo es todavía más y lo único a lo que puedo aferrarme en estos momentos es a mi grupo de amigos y a la banda.

Y, teniendo en cuenta que mis amigos tienen vidas por las que preocuparse, me limito a encerrarme en mi habitación mientras las horas pasan hasta que llega el día siguiente, acompañado de alguna que otra botella de alcohol, todo hay que decirlo.

Y, a medida que el alcohol va a afectando a mis sentidos, los pensamientos intrusivos se astillan en mi mente sin que pueda hacer nada por desterrarlos de una vez por todas. Pero es que los pensamientos de hoy se llevan la palma.

Cuando he recibido la llamada de la cancelación del concierto, he salido al balcón a fumarme un cigarro y, mientras deslizaba Instagram para distraerme en lo que acababa mi dosis de nicotina, he encontrado una fotografía de Caroline.

En ella, sonreía a cámara, con una de esas sonrisas que le saqué en un pasado pero que en los últimos meses no estaban presentes por mucho que me esforzara porque así fuera.

Una sonrisa que no iba sola, porque estaba acompañada de su mano alzada con un maldito anillo de compromiso.

Ese anillo que siempre quiso que llevara mi nombre y que, ahora, lleva el de otro.

Eso es lo que creo que me ha acabado jodiendo la mierda de día que estaba teniendo, el maldito pensamiento de sentir que todo el mundo a mi alrededor logra seguir adelante, dejar sus errores en el pasado y no repetirlos.

Luchar por una vida diferente. Todo el mundo consigue aquello que siempre ha deseado tener mientras yo me mantengo inamovible como si la suerte se posara en las manos de cualquier persona que tengo la fortuna de conocer, pero pase de largo cuando se trate de las yemas de mis dedos.

Porque, a pesar de que una vez creí rozar esa felicidad tan ansiada, ocurrió de una forma tan fugaz que ya no sé discernir si pasó realmente o fue solo fruto de mi imaginación.

Después de fumarme el cigarro he ido hacia la cocina a por la primera botella de alcohol que me he bebido completamente a solas mientras estaba recostado en la cama.

En busca de una tercera, me levanto de la cama a pesar de que me mareo un poco en el proceso y antes de que pueda avanzar un paso, algún gilipollas parece querer ponerme de mala hostia porque no para de hacer sonar el claxon de su coche.

El ruido me molesta tanto que me asomo a la ventana para gritar:

—¡¿Quieres parar, gilipo…?!

Dejo de soltar improperios al darme cuenta de que se trata de Kairon. Su coche se encuentra aparcado delante de mi portal y pongo los ojos en blanco ante lo estúpido que es.

—¿Por qué no te das una ducha y vamos a tomar algo?

—¿Tu prometida ya te ha echado de casa?

—No, pero he recordado que no he celebrado con mi mejor amigo que me voy a casar con la mujer de mi vida.

Se me encoge el corazón ante su declaración. Lo dicho, todo el mundo avanza mientras yo me quedo atrás, y es una jodida mierda lo mires por donde lo mires.

—¿Y qué te hace pensar que no tengo planes?

—Tus pintas, Leighton. Anda, baja en diez minutos o tendré que sacarte a rastras de casa.

Vuelvo a poner los ojos en blanco antes de apartarme de la ventana sin responderle.

Me estiro en la cama pensando en las opciones que tengo para pasar lo que queda de tarde; por una parte, puedo seguir bebiendo en soledad a pesar de que es deprimente de cojones o, por el contrario, puedo pasar un rato agradable con mi mejor amigo, ese que nunca se ha ido de mi lado a pesar de que muchas veces he deseado que lo hiciera.

Sin pensarlo ni un segundo más porque el muy capullo es muy insistente cuando quiere, empiezo a rebuscar en mi armario algo cómodo para ponerme y me meto en la ducha, deseando que el rato que pasemos en compañía del otro logre que me evada de lo sumamente triste que lleva siendo mi vida durante los últimos años.

◆◆◆

El bar al que Kairon ha decidido traerme es al que solíamos venir cuando íbamos al instituto y queríamos resguardarnos del dolor que se instauraba en nuestros corazones siempre que entrábamos en nuestras respectivas casas.

—Hace siglos que no venimos aquí —comento, al tiempo en que miro a mi alrededor.

—Bueno, ya iba siendo hora, ¿no? Uno no vuelve a su pueblo después de pasar años sin pisar sus calles.

—¿Eso es un reproche? Pensaba que ya lo habíamos hablado todo, Kairon. —Trato de sonar furibundo, pero enseguida se me pasa la rabia cuando observo la reacción de Kairon.

—Eh, baja los humos. Pero bueno, reconoce que el hecho de que hayas vuelto es raro de cojones.

—No es raro de cojones. Simplemente ha coincidido que los próximos meses tendré que viajar con la banda por los pueblos de alrededor y, para ahorrarnos dinero en hostales y mierdas, pues hemos pensado todos en volver a vivir por aquí, nada más —aclaro.

Kairon se limita a asentir antes de llamar la atención de un camarero para que nos tome nota. Tan pronto como pedimos, mi mejor amigo intenta destensar el ambiente.

—Sabes que me alegro mucho de tenerte de vuelta, Leight. No se me ocurre mejor persona que tú con la que celebrar que me voy a casar.

—No me creo que Lisa te haya aguantado todos estos años.

—Ni siquiera yo lo entiendo, pero eso no hace que me sienta menos afortunado por ello.

El camarero vuelve a aparecer en nuestro campo de visión y ambos damos un buen trago a nuestras cervezas antes de que Kairon vuelva a atacar de nuevo.

—Bueno, ¿y qué te cuentas? ¿Qué ha sido de tu vida todos estos años? —indago.

—Tampoco hay nada nuevo desde la última vez que hablamos. —Intento quitarle importancia a su pregunta porque es la pura verdad.

Durante los años en los que me he mantenido alejado del pueblo porque la banda así lo requería, y jamás esperé que llegara a crecer tanto como lo ha hecho, he seguido manteniendo el contacto con Kairon por medio de mensajes o llamadas.

Pero hoy es la primera vez que nos vemos en persona después de tantos años.

Es increíble cómo el paso del tiempo apenas ha hecho mella en él, sigue teniendo esos ojos verdes llenos de toda la vida que siento que me falta a mí, esos tatuajes antiguos a los que se han añadido nuevos y la misma aura que le rodeaba cuando éramos unos críos, esa vitalidad por luchar por lo que quiere que supongo que nos ha traído a donde estamos ahora: celebrando que el cabronazo tiene la suerte de casarse con una mujer estupenda.

Kairon siempre estuvo destinado a hacer las cosas bien, no como yo.

—Entonces, ¿seguís tocando de bar en bar y cuando hay alguna cancelación te pones ciego de alcohol? Menudo plan de vida, Leight. —Ahora sí que noto el reproche en su tono de voz. Un reproche que me crispa hasta el último nervio.

—No todos servimos para hacerlo todo bien, Kai. Hay algunos que solo nos movemos bien en un campo y cuando intentamos ampliarlo, la jodemos en el intento.

Mi mejor amigo niega con la cabeza e incluso chista con su lengua en un claro acto de discordancia con mi respuesta a la defensiva.

—Tienes mucho que ofrecerle al mundo todavía, tío. ¿Esto es a lo que aspiras en los buenos años que te quedan de vida? ¿Joderte el hígado y perderte…?

—¿Qué se supone que me estoy perdiendo, eh?

—Mi pregunta suena mucho más alterada de lo que me gustaría pero me está empezando a tocar los cojones.

—Tenía una novia a la que no supe hacer feliz que ahora se va a casar con otro, unos padres de mierda que ahora han decidido tomar la decisión que debieron tomar hace muchos años…

Lo único que funciona en mi vida es la banda y no pienso renunciar a ella.

Kairon se pasa la mano por su perfecta barba recortada antes de posar sus manos sobre la mesa dando un golpe sonoro que consigue que algunos de los clientes del bar se giren en nuestra dirección.

—¿Quieres dejar de comportarte como un niño?

No te estoy pidiendo que dejes la banda porque sé lo enormemente feliz que te hace, pero hay cosas más allá de tocar en bares y emborracharte, Leighton.

Vas a cumplir treinta años dentro de tres, yo te conozco desde los diecinueve, ¿y sabes qué?

Nunca te he visto realmente feliz con algo.

—Abro la boca para rebatir la verdad que acaba de soltar por la boca, pero está claro que el muy capullo me conoce demasiado bien.

—Y sí, la banda te hace feliz, pero tú y yo sabemos que eso nunca ha sido suficiente.

Y la respuesta no se encuentra en las botellas de alcohol que escondes en el piso, tío.

Lanzo un suspiro agotado por haber monopolizado el motivo de nuestra quedada y, en vez de estar hablando de la alegría que tendría que sentir al contarme todos los detalles del que será el momento más importante de su vida, aquí estamos; hablando de la mierda de vida que llevo.

Cuando ya hemos acabado las cervezas, Kairon recibe un mensaje en su móvil.

Baja la mirada para comprobar el remitente de nuestra interrupción y la sonrisa de idiota que se le forma en el rostro me hace saber al instante que no podré retenerlo para pasar un rato más con él.

Porque, a pesar de que me ha echado la bronca durante la hora y media que hemos pasado juntos, él siempre ha sido esa brújula cuando sentía que perdía el rumbo de mi vida.

Siempre ha sido esa tierra a salvo que buscan desesperadamente los náufragos.

Así que quizá tenga que dejar de actuar como un crío cuando solo me suelta verdades a la cara y empezar a ver sus palabras como un hilo del que tirar para darle un cambio a mi vida.

Nos despedimos con un gran abrazo que espero que se repita pronto y veo su silueta desaparecer por las puertas batientes del bar.

Pago nuestras consumiciones y me quedo sentado un rato en el taburete mientras me percato de que lo más cerca que he estado de ella en los últimos años ha sido cuando he abrazado a su hermano.

Joder.

Una vez decido que ya está bien de comerme la cabeza, me levanto del taburete y camino un buen rato hasta que acabo llegando al piso.

Spencer todavía no ha vuelto de su comida familiar en casa de sus padres así que eso me deja unas horas a solas para tratar de ordenar mis pensamientos y darme una buena ducha para renovarme.

Al salir de la ducha paso la mano por el espejo empañado por el vapor y observo mi reflejo; mis ojos oscuros que apenas brillan, mi cabello que ha visto tiempos mejores...

Y es justo en ese momento cuando mi mirada siente la necesidad de contemplar cualquier otra cosa que el despojo humano en el que me he convertido en los últimos años, cuando me pregunto si es posible recuperar el control de mi vida cuando ni siquiera recuerdo en qué momento exacto lo acabé perdiendo.