CAPÍTULO 3
Scarlett
Presente
El sonido estridente del telefonillo me despierta en mi día libre en el trabajo.
Me levanto de la cama maldiciendo en voz baja a la persona que se haya atrevido a despertarme de un sueño que estaba siendo reparador y bajo automáticamente los humos al asomarme a la mirilla y comprobar que se trata de Kairon.
Con los ojos aún entrecerrados por el despertar repentino, creo ver a mi hermano con varias bolsas llenas de lo que parece ser bollería y dos cafés humeantes que ya me están abriendo el apetito.
Sin siquiera preguntar ni dar los buenos días, entra como si fuera su apartamento y no el mío, cruza el largo pasillo que lo lleva a mi sofá y sienta su culo en él, esperando que aparezca y que mis instintos por querer asesinarlo por haber entrado como un tornado desaparezcan.
Pero, teniendo en cuenta que es la persona a la que más quiero en este mundo, no puedo enfadarme con él.
Recojo mis rizos sueltos en un moño desenfadado con la goma que llevo siempre en la muñeca y me cruzo de brazos colocándome delante de Kairon.
—Buenos días a ti también —saludo, con la voz algo rasposa.
Él se limita a sonreír y a abrir las bolsas para que pueda observar el contenido.
—He salido a correr y luego he pensado que hace ya una semana desde que quedamos, así que he venido para verte y…
—Eh, para el carro, Kairon, que ya nos conocemos.
Cuando perturbas mi tranquilidad desde tan temprano y encima pretendes calmar mi mal humor mañanero con bollería, es porque quieres algo.
¿O me equivoco? — aventuro, mientras me siento a su lado y noto en su rostro que, efectivamente, mis suposiciones son ciertas.
—Me ofende soberanamente que pienses eso de mí. — bromea al tiempo que endulza su café y me ofrece dos sobres de azúcar para que haga lo mismo con el mío. — He dejado a Lisa dormir un poco más porque ayer salió de fiesta con su grupo de amigas para celebrar nuestro compromiso y he venido a verte.
—O sea, que soy tu segunda opción. No estás mejorando mucho tu discurso, hermanito. —Doy un sorbo largo a mi café y luego mordisqueo un pequeño croissant relleno de chocolate que me hace gemir de lo increíblemente bueno que está.
Kairon deja su café sobre la mesita que hay dispuesta delante del sofá y empieza a entrelazar sus manos de una manera tan típica de él que ya no puede disimular que no ha venido aquí por mi agradable compañía.
—Kairon, ¿qué pasa? ¿Algo malo?
Se percata de que he visto su gesto nervioso y carraspea, siendo consciente de que lo he pillado con las manos en la masa.
—Bueno, malo no es. Aunque, claro, depende de cómo lo mires.
—Kai, deja de divagar y cuéntame qué…
—Mamá quiere vernos.
Sus palabras caen como una losa sobre mis hombros de una forma tan bestial que siento la necesidad de soltar el café encima de la mesita porque no me fío de que mis manos no empiecen a temblar.
El corazón se me acelera al pensar en ella.
Porque los años han pasado, pero el dolor que nos provocó a Kairon y a mí no lo ha hecho en absoluto.
—Le habrás dicho que ni de coña, ¿no?
Deja escapar un hondo suspiro.
—En la clínica piensan que está bien que tenga visitas de familiares para…
—¿Para qué? ¿Para hacer ver que no ha pasado nada? Eres increíble, Kairon.
Me levanto del sofá porque ni siquiera puedo estar a su lado.
Vuelvo a cruzar los brazos contra mi pecho en un claro acto de defensa que jamás esperé tener que ejercer teniendo en cuenta que estamos hablando de Kairon, de la persona que estuvo ahí cuando todo lo que me rodeaba empezó a desvanecerse sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Primero fue mamá, luego… él .
Cierro los ojos con fuerza tratando de expulsar de mi mente esos recuerdos que no merecen tener ni un solo lugar en mi corazón y los abro de nuevo para ver el rostro desencajado de Kairon que, conociéndolo, debe sentirse entre la espada y la pared.
—Sé que mamá no lo hizo bien, Scarlett, pero…
—Es una manera muy edulcorada de decir que priorizó su dolor antes que el nuestro, que dejamos de importarle desde el mismo momento en el que papá nos abandonó.
—No es así y lo sabes, Scarlett.
Río sin ganas, sin entender cómo puede ser que hasta mi hermano empiece a posicionarse a su favor. Muerdo el carrillo interior de mis mejillas para intentar calmar la rabia que ahora mismo recorre mi cuerpo sin cesar.
—¿No es así? ¿No pasó meses en la cama, sin salir, dejándonos a cargo de absolutamente todo cuando éramos unos críos? —La voz me tiembla mientras hablo al recordar esos años amargos de nuestras vidas.
Kairon se levanta del sofá y se coloca a mi lado. Alza su mano para tocar mi hombro, pero me zafo de su contacto. Me siento tan traicionada, que duele.
—Mamá no lo hizo bien, y por eso mismo tomé la decisión de ingresarla en esa clínica, Scarlett. Pero ya han pasado los años y…
—Y nada, Kairon. ¿Qué crees? ¿Que unos cuantos años alejada de nosotros van a conseguir que vuelva a ser esa mujer que ya apenas recordamos? No me puedo creer que te haya convencido de ir a verla.
Escucho un largo suspiro salir a través de sus labios y levanto la mirada para encontrarme con la suya. Se me parte el alma al comprobar que tiene los ojos llorosos.
—¿Crees que es fácil para mí, Scarlett? Vivimos esos años juntos, fui el que tuvo que tomar una decisión horrible con respecto a mamá porque ella ni siquiera se mantenía en pie.
Tuve que hacerme cargo de cosas que no me pertenecían porque de la noche a la mañana nos encontramos solos.
Y sé que volver a hablar con ella no va a borrar todo el dolor, pero también existieron años buenos, aunque ahora apenas los recordemos, como bien dices.
Ahora la que está llorando soy yo. Son tantas las emociones que me están viniendo de golpe que no sé cómo narices gestionarlas. Los recuerdos amargos se entrelazan con los dulces y ya no sé a cuáles hacer caso, de cuáles fiarme.
Porque la simple idea de aferrarme a la ínfima posibilidad de arreglar las cosas con mamá, me asusta tanto que no me permito ni pensarlo siquiera.
—Kairon, no puedes pretender que…
—Sé que no es fácil, tampoco te estoy diciendo que tomes una decisión mañana mismo. Pero quiero que sepas que la opción está sobre la mesa —aclara.
—¿Y si nunca llegamos a recuperar a mamá, Kai? —pregunto, al tiempo que las lágrimas empiezan a rodar sin cesar por mi rostro.
Antes de recibir respuesta por su parte, cierro los ojos al tiempo en que Kairon acorta la distancia que nos separa y me abraza.
Me deshago entre lágrimas, hipidos y todo el dolor que llevaba dentro de mí al pensar en cualquier cosa relacionada con nuestra madre.
Con esa persona que sin esperarlo perdió al amor de su vida por algo tan amargo como una infidelidad y, al final, acabó perdiéndose a sí misma, pero también a las personas que seguían estando ahí para ella.
—No es mi intención hacerte daño, lo sabes. Pero no podemos dejar que los recuerdos amargos se sobrepongan a los dulces, ¿no crees? —murmura sin soltarme de su agarre.
Permanecemos varios segundos abrazados y una vez me calmo, limpia mis lágrimas con sus yemas y besa mi frente.
—Tienes suerte de que hoy sea fiesta y no tenga que ir al trabajo. Si llego a tener que ir con la cara hinchada por haber estado llorando por tu culpa, no vuelvo a dirigirte la palabra jamás —sentencio, mientras Kairon sonríe.
—Ahí está mi cascarrabias mañanera favorita.
—Venga, vete ya que quiero devorar esos croissants tan buenos a solas, gracias.
Kairon se hace el ofendido colocando una mano sobre su pecho con dramatismo.
—Disfrútalos y llámame a la hora que sea, ¿vale?
Vuelvo a abrazarlo antes de que se marche y, al fin, me encuentro a solas de nuevo, entre esos pensamientos que nunca frenan cuando se trata de mamá pero que ahora que Kairon ha vuelto a mencionarla, se repiten en bucle.
Mamá es uno de tantos recuerdos que duelen pero que siguen conmigo pase el tiempo que pase.
Porque, a pesar de que el tiempo cura cuando sabes aprovecharlo, no erradica esos dolores enganchados en el alma, esos dolores que con solo una ascua pueden prenderse de nuevo y doler como el primer día.