Adicto a tu recuerdo CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Leighton

Presente

El barullo del exterior enciende mi piel, dándome las fuerzas que siempre necesito para darlo todo de mí en el escenario.

Escucho los golpes en el micrófono del dueño del bar en el que tocaremos esta noche para llamar la atención del público, quien aclama nuestro nombre al enterarse de nuestra futura presencia sobre el escenario.

Me aseguro de que Jaden esté en su puesto; sentado detrás de la batería para darle vida al show y que Spencer tenga toda la energía puesta en su guitarra eléctrica.

Los tres chocamos los puños a la vez instantes antes de empezar con la actuación, para darnos esa suerte que siempre necesitamos, aunque ya llevemos unos cuantos espectáculos a nuestras espaldas como grupo consolidado.

—No voy a haceros esperar más, con todos vosotros… ¡ Voltage Zero!

El público nos aclama entre gritos y silbidos.

Las luces estroboscópicas del bar me marean unas milésimas de segundo antes de agarrar el micrófono entre mis manos y empezar a cantar.

La primera canción de nuestra setlist enciende a las personas congregadas en el pequeño espacio en el que ahora reverbera nuestra música y la adrenalina que siento por todos los poros de mi piel al empezar a moverme sobre el escenario, acercarme a Jaden y cantar desgañitándome mientras él lo da todo con sus baquetas o cuando me acerco veloz a Spencer para admirar su solo de guitarra, me hacen sentir vivo.

Este grupo era todo con lo que soñé cuando era apenas un crío y que ha acabado materializándose en mi vida, convirtiéndolo así en lo único que consigue que pueda levantarme por las mañanas y tenga ganas de seguir adelante.

El sudor empapa mi rostro cuando damos paso a la última canción de la noche, que obtiene una buena acogida por parte de nuestro público más consolidado. Es una de las canciones que, como las demás, siempre se ha mantenido inamovible al paso del tiempo. Mi favorita. La que escribí para…

«Para nadie», por suerte me corrijo al instante para acabar bien el concierto y no permitir que los recuerdos que siempre me ahogan cuando canto la misma puta canción en cada pequeño concierto, me acaben torturando durante el resto de la noche.

Al acabar de recibir los aplausos y los vítores de nuestro público, Jaden, Spencer y yo nos acercamos hacia la parte más próxima a ellos y hacemos una reverencia para agradecer su apoyo incondicional.

Después nos adentramos en nuestro camerino improvisado y descansamos unos segundos, sintiendo todavía los corazones acelerados por el movimiento encima del escenario y la emoción de hacer cada noche lo que nos llena a todos de la misma manera.

◆◆◆

—Macy ha comprado pizzas para cenar aprovechando que sus padres no están en casa, ¿os apetece venir? — Jaden deja de observar su reflejo en el tocador del camerino improvisado para escuchar nuestras respuestas a su propuesta.

Me siento tan agotado después del trote que llevamos toda la semana sin parar entre concierto y concierto, que estoy seguro de que el único lugar al que me dirigiré una vez mis músculos se activen para levantarme del sofá, será al piso que comparto con Spencer.

Lanzo un suspiro agotado que espero que a Jaden le sirva de respuesta y él se limita a poner los ojos en blanco.

—Venga ya, Leight. ¿Cuál va a ser tu plan de viernes noche? ¿Tumbarte en la cama y pensar en que tu ex ya ha rehecho su vida?

El capullo de Spencer le ríe la gracia mientras acaba de quitarse el lápiz negro de ojos con un trozo pequeño de algodón. Por mi parte, me limito a señalar al traidor que tengo por mejor amigo con el dedo antes de añadir:

—Eres un imbécil.

—Pero soy un imbécil con razón, así que venga. No le hagamos el feo a Macy, que por mucho que la tenga loquita por mis huesos, cuando se enfada es un tornado, y lo sabéis bien. Así que dejad de lloriquear y vamos antes de que empiece a llamarme.

Sin esperar nuestra respuesta, mientras Spencer abre la puerta trasera de la sala para ir a abrir la furgoneta en la que dejamos todos los instrumentos, me levanto en contra de mi voluntad para ayudar a Jaden a recoger y entre los tres cargamos todo el material hasta la furgoneta, no sin antes volver a entrar para despedirnos del dueño del bar, charlar sobre la parte de nuestros beneficios y, ahora sí, dirigirnos a casa de los padres de Macy.

Nos conocemos todos desde que éramos unos críos que no tenían ni idea de lo que la vida les depararía.

La parejita y yo compartimos universidad hasta que la pelirroja decidió abandonar los estudios porque no podía permitirse pagarlos en ese momento, pero eso no ha impedido que ocupe un lugar en nuestras vidas o, mejor dicho, dos; es la voz femenina que necesitamos en algunos conciertos porque tiene una voz angelical y, para suerte de Jaden, —porque es un cabrón con mucha suerte—, también es su novia desde los diecinueve.

Quién iba a decirle a ese Jaden que bebía los vientos por ella desde que vio asomar su cabello pelirrojo el primer día de clase de universidad, que acabaría ganándose su corazón y consiguiendo que siguiera con él hasta la actualidad.

A veces los envidio. Cuando quedamos todos juntos para preparar el siguiente concierto o para pasárnoslo bien, veo cómo se miran, cómo no paran de buscarse inconscientemente con sus gestos o el bien que se hacen el uno al otro, que siento una quemazón en el pecho que me recuerda que estuve a punto de alcanzar algo como lo que ellos tienen, pero que no pudo ser porque a pesar de que los años hayan pasado, sigo siendo el mismo imbécil que se acuerda de…

El sonoro ruido de portón trasero de la furgoneta al cerrarse me saca de mis pensamientos de golpe al tiempo que me coloco entre Jaden, que esta noche va al volante y Spencer, que ya está mirando en su móvil su predilecta app de citas para encontrar diversión, porque nunca parece tener suficiente.

Mientras Jaden llama a Macy con el altavoz del móvil para no distraerse con la carretera y Spencer está demasiado ensimismado con sus incontables chats pendientes de responder, me permito volver a sumergirme en mis pensamientos, esos pensamientos que después del comentario de Jaden, vuelven a ella.

A ella y a todo lo que podríamos haber tenido si hubiera sido un poco más valiente o menos egoísta.

Conocí a Caroline a los veintidós. En esos momentos no tenía pensado meterme en una relación ni de coña, habían pasado unos años desde mi primer y último chasco amoroso, si es que se puede llamar así a la peor experiencia amorosa de mi vida y no estaba muy accesible al mercado del amor, la verdad sea dicha.

Sin embargo, en cuanto su rostro apareció entre la marea de gente de uno de nuestros muchos conciertos, disfrutando como nadie de la música que tanto llenaba mi corazón y mis venas cuando me subía al escenario, me quedé pensando en ella durante el resto de la noche.

Hasta que esperó a que abandonáramos el local y me cogió por banda para simplemente felicitarme a mí y a los chicos por el concierto.

A raíz de ahí, empecé a verla en más conciertos y empezamos siendo amigos, amigos que compartían confidencias sobre todo aquello que querían conseguir en la vida y que se habían encontrado por casualidad.

A veces, me pregunto si fue realmente eso o un giro caprichoso del destino para recordarme que, después de lo que pasó, seguía habiendo una vida que podría ir descubriendo.

A los cinco meses de amistad, la besé. Fue algo sumamente extraño, no porque no me hubiera gustado; más bien todo lo contrario. Porque con ese beso le encontré un nuevo sentido a mi vida, una nueva oportunidad para estar más cerca de todo aquello que quería tener en un futuro.

Después vinieron las primeras citas, las primeras veces, las presentaciones a la familia y, cuando menos lo esperé, llegaron los tres años de noviazgo hace unos meses.

Los tres años de noviazgo que no se convirtieron en cuatro porque lo acabamos dejando o, mejor dicho, me acabó dejando ella a mí.

Ella esperaba que acabara pidiéndole matrimonio, que diéramos un paso más en esa relación que estaba durando mucho más de lo que jamás hubiéramos pensado.

Estaba seguro de que la quería, de eso no tenía duda alguna, pero, joder…

hay cosas o personas que no se pueden olvidar tan fácilmente.

Porque mi problema con Caroline no fue que no la quisiera, sino que me di cuenta de que para dar un paso tan importante como casarse con alguien, debías sentir ese algo diferente a todo aquello que hubieras vivido antes y yo, simplemente, no lo sentía.

La ruptura fue horrible. No recuerdo nada más doloroso que ver la decepción reflejada en sus ojos azules y el sonoro portazo de la puerta del piso que compartíamos y que se había quedado vacío tras su marcha.

Así que, quizás la idea que tenía Jaden sobre lo que iba a ser mi noche de viernes no iba tan desencaminada.

Tras pasar varios minutos inmerso en mis recuerdos, me cercioro de que ya estamos en la calle donde viven los suegros de Jaden y bajamos de la furgoneta para ir a pie hasta la puerta en la que Macy nos espera con los brazos abiertos.

Besa con rapidez a Jaden cuando se acerca a ella y luego nos abraza a Spencer y a mí como si fuéramos sus hermanos, como esa familia que creamos hace tantos años y que, por suerte, sigue existiendo en la actualidad. No sé qué haría sin ellos.

Entramos en casa de los padres de Macy y mientras Spencer y Jaden se pelean por ver quién de los dos se podrá comer más trozos de pizza, Macy me coge por el codo para frenar mis pasos y en su mirada azul veo preveo lo que va a preguntarme.

—¿Cómo lo llevas? Jaden me dijo que hace unos días viste a Caroline con otro chico.

—Ella se merece ser feliz, Macy, y yo no podía darle lo que quería.

—¿Y tú? ¿No crees que te mereces ser feliz como ella?

Un enorme nudo empieza a formarse en mi garganta ante la pregunta de mi amiga.

—Macy, por favor…

—Vale, lo siento. Pero solo quiero que te entre en esa sesera tan dura que tienes que el hecho de que no hayas podido quererla tanto como ella deseaba, no quiere decir que no puedas volver a hacerlo con otra persona.

Le dedico una mirada agotada, la misma que pongo siempre que hablamos de este tema y, por suerte, no tengo que seguir hablando de mi inexistente vida amorosa porque Jaden y Spencer nos llaman para ir al comedor a cenar de una vez por todas.