CAPÍTULO 1
Scarlett
Presente
Un gran fajo de papeles cae en mis manos después de preguntarle a la secretaria de mi sección por mis documentos atrasados.
—¿Todo esto? Solo he estado dos semanas de vacaciones.
Ella se limita a encogerse de hombros antes de atender una llamada que parece ser de vital importancia, porque el teléfono no ha parado de sonar desde que he puesto un pie en la oficina.
Los tacones me siguen torturando conforme avanzo hasta mi mesa de trabajo y, una vez coloco a duras penas los papeles en el escritorio, me tomo un gran respiro para tratar de asimilar el largo día que me espera.
Cuando me acomodo en la silla y abro el primer documento para empezar cuanto antes, dos cafés bien humeantes se presentan ante mis ojos y no me hace falta alzar la mirada para saber quién los ha puesto delante de mí.
Regina me contempla en silencio con sus enormes ojos marrones tratando de adivinar mi humor de hoy y al darse cuenta de que ni siquiera la saludo cuando alargo la mano hacia mi café de siempre; corto con leche de avena, lanza un largo suspiro y recuesta su trasero en mi mesa.
—Vaya, a alguien no le han sentado muy bien las vacaciones.
—Regina, no tengo tiempo para hablar…—Intento que mis palabras no suenen muy ariscas, pero es que la mañana ha empezado ya torcida y no tiene pinta de mejorar.
Sé que Regina no tiene la culpa de mi humor de perros.
Ni el de hoy ni el de todos los días en los que compartimos horario laboral.
Desde que empezamos a trabajar casi al mismo tiempo en el bufete de abogados de CrownLaw Firm , ha intentado ofrecerme su amistad en una bandeja de plata siempre que ha tenido la oportunidad de charlar conmigo.
Y, a pesar de que me encantaría ser de ese tipo de personas que mantienen amistades fuera del trabajo y pueden permitirse respirar durante unas horas en algún bar cercano o cualquier otra actividad que realice una mujer de veinticuatro años, tengo que reconocer que mi carácter se ha ido agriando con los años, hasta el punto en el que mi rutina diaria se basa en ir del trabajo a casa y poco más.
Cuando decidí estudiar Derecho al acabar el instituto sabía que no me esperaba una vida como había soñado cuando era una cría, pero simplemente era lo que debía hacer y esa era una acción que ya no se podía deshacer.
Ahora tengo una vida estable que me ha costado bastante conseguir y no pienso desviarme del camino.
—Bueno, solo venía a decirte que esta noche los de contabilidad saldrán a tomar algo. No estaremos mucho rato. ¿No te apetece venir?
Los ojos oscuros de Regina me observan pidiéndome en silencio que deje de ser la chica áspera y fría que conoce desde hace unos años, pero, al parecer, me conoce más de lo que pensaba, porque niega con la cabeza antes de bajarse de mi escritorio y dejarme, al fin, con todo mi trabajo atrasado.
—No se va a acabar el mundo porque salgas una sola noche, Scarlett. Si te lo piensas, aunque sea durante un segundo, ya sabes dónde está mi número. — Me guiña un ojo antes de desaparecer entre las mesas y sentarse en su escritorio, situado a varios metros del mío.
Ordeno mis pensamientos y acabo mi café, ya frío por la verborrea de Regina y una vez noto que empiezo a ser persona, agarro un bolígrafo azul del lapicero y doy inicio a una mañana más en la oficina.
◆◆◆
Ocho horas después, sonrío a la mesa vacía del escritorio como una idiota al comprobar que he conseguido acabar todo mi trabajo pendiente para hoy.
Observo el reloj del ordenador antes de fichar y cuando veo por el rabillo del ojo que Regina ya está recogiendo sus cosas, una parte de mí, pequeña pero siempre presente, me anima a acercarme a ella y socializar un poco, que por hacerlo no se va a acabar el mundo.
Sin embargo, mi parte racional entra en mi debate mental y me aconseja que es mejor no salir porque este tipo de quedadas después del trabajo se suelen alargar más de lo necesario y mañana hay que regresar a la oficina.
«No mientas, Scarlett. Temes salir con ellos porque ya no sabes cómo relacionarte con nadie».
Ahogo ese pensamiento y lo envío directamente al cajón del olvido.
Una vez me aseguro de que Regina ha desaparecido y ha acabado comprendiendo que no voy a salir con ellos, recibo una llamada de Kairon.
Mientras sigo recogiendo, cojo el móvil y lo acomodo entre mi oreja y mi hombro.
—Hola, ¿pasa algo?
—Joder, Scarlett. ¿No te puedo llamar solo porque quiero saber cómo estás?
Pongo los ojos en blanco ante su tono y cuando ya me he cerciorado de que he dejado la sesión bien cerrada en el ordenador, cuelgo mi enorme bolso en el hombro libre y camino sobre el suelo enmoquetado hasta la salida para dirigirme a los ascensores.
—¿Quieres que nos veamos un rato? He dejado a Lisa en casa de su hermana y como estoy de camino, he pensado que podría pasar a recogerte a la oficina y podríamos ir a tomar algo rápido. Un par de cervezas y estarás en casa a una hora decente, lo prometo.
Chasqueo la lengua antes de entrar en el ascensor y observar mi reflejo en el espejo. Aparto la mirada tras unos segundos al comprobar mi estado deplorable tras ocho horas sentada delante del ordenador.
—Tienes suerte de ser mi hermano, de lo contrario ya te habría enviado a paseo —contesto, segundos antes de escuchar su contagiosa risa al otro lado de la línea.
—Te espero en el quiosco que hace esquina en diez minutos, pesada. —Kairon corta la llamada y sonrío débilmente mientras salgo del ascensor.
Me despido amablemente de algunos compañeros que todavía están en la oficina y me dirijo hacia allí.
Diez minutos más tarde, ni uno más ni uno menos porque Kairon siempre ha sido una persona puntual, acabo sentada en su coche y después de dar unas cuantas vueltas para aparcar, acabamos entrando en el primer bar que encontramos.
—¿Y qué te cuentas, hermanita? —pregunta al tiempo que esperamos nuestras cervezas.
—Pues teniendo en cuenta que la vuelta de vacaciones ha sido más intensa de lo esperado, solo quiero tumbarme en la cama y no volver a despertarme hasta dentro de quince años, por lo menos. — Mi hermano sonríe ante mi humor, que rara vez sale a la luz. —¿Y tú qué tal?
—Tu día no ha sido mucho mejor que el mío, créeme. Dos niños se han puesto de acuerdo para vomitar al mismo tiempo mientras otro se meaba encima y empezaba a llorar.
Trato de reprimir una carcajada que acaba escapando de mis labios ante la mueca en el rostro de Kairon al relatar lo sucedido.
Es profesor de preescolar y, a pesar de que adora a los niños por encima de todas las cosas, todos tenemos nuestros días malos en el trabajo y, al parecer, los dos ya estamos servidos en ese aspecto.
El camarero se acerca a la mesa para entregarnos las cervezas y cuando ya le he dado un buen sorbo al vaso observo que mi hermano tiene la mirada perdida detrás de mí.
—¿Qué pasa?
Antes de esperar una respuesta por su parte, sigo su mirada hasta darme la vuelta y comprobar que su tristeza repentina se debe a que, a dos mesas de distancia de nosotros, una pareja acompañada de sus hijos, parece estar pasando el rato tras la jornada laboral y escolar, compartiendo esas confidencias que solo pueden compartirse en familia.
Trago saliva ante la incomodidad de la situación y doy otro sorbo a la cerveza mientras trato de apartar todos los recuerdos que han venido en tropel al presenciar esa escena tan cotidiana que hace tanto tiempo que ni Kairon ni yo hemos vuelto a vivir.
El recuerdo de la noche en la que todo cambió acude a mí en contra de mi voluntad y cierro los ojos ante la avalancha de emociones que estoy experimentando. Por suerte, Kairon sabe leerme con facilidad y agarra mi mano para devolverme a la realidad.
—Scarlett…—murmura mi nombre con tiento, como si temiera que, al pronunciarlo con más seguridad, pudiera despertar esa parte de mí que lleva dormida ocho años y que espero que no vuelva a estar presente en mi vida.
—No pasa nada. Cuéntame algo más, ¿qué tal van los preparativos de la boda?
Mi hermano mayor se casa y no puedo estar más feliz por él. Lisa es su novia desde los diecinueve y teniendo en cuenta que lleva soportando a mi hermano ocho años, ya es todo un logro que haya decidido lanzarse a la aventura con él y sellar esa historia de amor tan bonita por todo lo alto.
—Bueno, vamos poco a poco, tampoco tenemos prisa. Pero estamos muy ilusionados.
La alegría aporta luz al rostro de Kairon y aunque me siento enormemente feliz de que haya encontrado al amor de su vida y esté a punto de compartir un instante importante junto a ella, una parte de mí se traslada durante unas milésimas de segundo a ese momento de mi vida en el que creí tenerlo todo para ser feliz y que, sin esperarlo, acabó esfumándose de la noche a la mañana.
Como ese sueño al que tratas de volver una vez te despiertas de la cama.
Un rato después de acabar de ponerme al día con Kairon, me deja en el portal de mi apartamento y nos despedimos con un largo abrazo, prometiendo volver a vernos pronto.
Y, una vez entro en la ducha para relajarme antes de meterme en la cama y descansar de una vez por todas, la soledad se asienta en la base de mi corazón y perdura ahí, latente, hasta que acabo tumbada en la cama.
Porque no hay peor soledad que la autoimpuesta, aquella que casi te obligas a escoger porque la otra opción es sentir de más.
Hace unos años, en el instituto, era una chica más viva, más despierta, con más ganas de descubrir todo lo que el universo tenía preparado para mí.
Porque, aunque el mundo dejó de girar con la infidelidad de papá a mamá, ilusa de mí, pensé que el universo me debía una.
Nos debía una. A Kairon y a mí, por habernos despojado de nuestra familia sin ningún tipo de miramiento.
Y, aunque el titiritero que maneja los hilos de nuestro destino, le haya dado un buen regalo a Kairon en forma de una persona con la que compartir su vida, no puedo evitar preguntarme antes de quedarme dormida, si acaso estoy destinada a eso: a quedarme con la miel en los labios y permanecer eternamente con la sensación de haber perdido algo que ni siquiera he llegado a tener en realidad.