Capítulo 40
La despedida
El dedo de mármol, que un día fue de un blanco reluciente, se había tornado grisáceo por el paso de los años y las inclemencias meteorológicas.
Adhara percibía cómo el ángel alado la apuntaba directamente a ella, sentenciándola a una vida de constante sufrimiento.
Contrastaba con el velo oscuro que comenzaba a cubrir el cielo azulado de esa mañana.
Como si se estuviera preparando para la ocasión: elegante y triste, a la vez.
Desde que le comunicaron que viajaría a Roma ansiaba visitar aquel lugar, solo que no de esa manera.
Entre cipreses y sombras silenciosas, el Cimitero Acattolico guardaba las historias de las almas errantes que vagaban entre sus muros, mientras la Pirámide Cestia vela sobre los que descansan en calma y en paz.
Adhara soñaba con pasear por sus calles con la cámara colgada del cuello y la boca abierta de ilusión.
Nunca imaginó que lo haría con un pañuelo en la mano y los ojos hinchados de tanto llorar.
Contrajo los labios al sentir que Bastian buscaba su contacto.
Con uno de los brazos en cabestrillo por el disparo, la atrajo hacia él, cobijándola con el otro.
La piel de Adhara se erizó, y al instante se apartó con discreción, enganchándose de Alexia, que caminaba a su lado.
Bastian se quedó unos pasos atrás, resignado.
Llegaron al final del recorrido: el panteón de los Castelli.
Frente a ella, el origen de una historia sobre la que no se escribiría nunca más.
Ramos con flores frescas en cada una de las tumbas.
Frases de cariño y añoranza, y un epígrafe de orgullo.
De la plancha de piedra, labrada con motivos floreados, colgaba un pequeño jarroncito dorado; lleno de rosas de un color arenisco del mismo tono que la lápida frontal.
Y un nombre: Adolfo Castelli Lepani.
Un nombre sin respuesta. Adhara carecía de fuerzas para enfrentarlo.
—Hoy nos despedimos de un hombre que más que un socio —comenzó a hablar un señor al que ella no conocía—, fue un amigo leal, un compañero en cada riesgo…
Alexia también viajaba en sus recuerdos.
La primera vez que notó ese poder que la imantaba.
Comprendió de golpe que sus actos carecían de autocontrol, que todo lo relacionado con Carlos fue impulsivo y descontrolado.
Ese hombre la había hecho mutar por completo.
Una gota de tristeza rodó por su pómulo, y a esa le siguieron muchas más acompañadas de una sonrisa apenada que se le formó al pensar en él.
Lo había sentido, sabía que lo había sentido.
Su calidez, su preocupación en los últimos momentos, cuando lo abrazó en esa sucia nave de la que ya no salió. Cuando el único ser que acabó odiando hasta la muerte derrumbó su mundo con la confesión sobre su hermana.
Su pequeña Brid.
Acarició el hombro de su amiga.
Terminado el discurso del extraño, era el turno de Adhara. Confiaba en tener la entereza suficiente para poder despedirlo hasta el final.
—Hola a todos, soy Adhara Castelli… —Tragó saliva para poder continuar—.
Muchos ni siquiera me conoceréis. Hasta es probable que, cuando supisteis de mi existencia, para vosotros fuera todo un shock.
Mi padre —alzó un lado de su boca al pensar en él— capeó la vida con ganas, y hasta el final no entendí del todo quién era.
Ahora no me cabe duda. Carlos tenía un corazón duro, pero también generoso.
Un corazón agrietado que fue remendando a base de trabajo y esfuerzo, de inspirar con paciencia y de volver a levantarse en cada traspié.
El destino no se lo puso fácil, aunque eso no lo detuvo, y apostó por un futuro que consiguió.
Fundó esta gran empresa que, a pesar de los sinsabores, es una gran familia.
Adhara dedicó un segundo a la caja de madera.
—Por eso lo admiro. Porque comprendió cuándo debía dejar ir… y cuándo había que quedarse. Era la familia que me tocó. Doy gracias por volver a reencontrarnos, y poder despedirme de él.
Adhara avanzó hasta el ataúd y deslizó la mano por la madera antes de volver al lado de Alexia.
El operario del cementerio apretó el botón y el féretro se elevó hasta la altura del nicho.
La mayoría de los asistentes a la despedida se marcharon, solo los más cercanos se quedaron a mostrar su apoyo.
El hombre removía el cemento en un cubo.
Agarró un ladrillo y empezó a sellar el hueco que guardaría para siempre el cuerpo de su padre.
Las chispas de agua caían despacio, tenues y brillantes. Adhara echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, y dejó que la neblina le humedeciera el rostro.
—Adhara —su amiga le acarició la espalda—, voy al crematorio. Domenico me lleva, mis padres ya están allí.
Los padres de Alexia habían viajado hasta Roma para la incineración de su hija menor. Recibieron la noticia lejana e irreal. Solo al contemplar el cuerpo inerte de su pequeño torbellino pelirrojo comprendieron la realidad.
—Voy contigo.
—¿Estás segura? —Alexia no quería hacerla pasar por lo mismo de nuevo.
Ella solo la abrazó.
—Vamos, Adhara. Pediremos un Uber —pidió Bastian.
Caminaron sin hablar. Los aledaños del cementerio poco tenían que ver con la belleza que se escondía tras sus muros. Callejones olvidados y sucios, con las paredes garabateadas sin sentido y la maleza allanando el espacio.
—Adhara —Bastian interrumpió la quietud que los había acompañado—, ¿estás bien?
Desde la pesadilla sucedida, habían mantenido las distancias.
Ni un mensaje. Ni un momento a solas.
No sabía cómo abordar el tema sin agobiarla o parecer desesperado. Trataba de entenderla, sintiéndose devorar por la desesperación que lo consumía desde dentro.
—Sí —contestó sin mirarle.
—Adhara —se arrimó y le cogió la mano—, mírame por favor.
Ella lo miró, con sus ojos azules a punto de congelarle.
—Bastian, déjalo estar.
—¿Que lo deje estar? —subió el tono una octava—. Llevas dos días sin hablarme. Solo me dedicas monosílabos. El tiempo que hemos compartido ha sido para ir al hospital. O como ahora... Joder. Déjame cuidarte…
Adhara cerró los ojos.
—¡Háblame! —Apretó su mano.
Ella la retiró con brusquedad.
—¿No te das cuenta? —No era así de simple, pero necesitaba que lo fuera—. Todo esto es culpa tuya —soltó sin pensar—. Confié en ti… Si me hubieses dicho donde ibas… Si cuando saliste del piso de Alexia me hubieses contado lo que ocurría… —respiró hondo—, mi padre seguiría vivo.
Él no daba crédito.
—¿Qué estás diciendo?
—Nunca has confiado en mí, y me dejaste fuera otra vez. —Se limpió una lágrima—. Si tanto lo querías… Cuidarlo habría sido una buena forma de demostrarlo. Ahora está muerto, ¿lo entiendes? MUER-TO —acentuó cada sílaba.
—¿En serio me estás culpando a mí? Adhara…
—Tú no apretaste el gatillo —no le permitió acabar la frase—, pero avivaste su insensatez. Siempre dispuesto a acatar sus órdenes —ironizó casi sonriendo—. Puedes estar orgulloso. Esté donde esté, te lo agradecerá… No sé si es justo… pero no puedo evitar sentirlo así.
Avanzó con paso ligero hasta el otro lado de la calle.
—Espera, ¿dónde vas?
—Prefiero ir sola.
El Uber atravesó toda la ciudad hasta dejarla en la puerta de la funeraria.
Adhara pagó al conductor y se dirigió hasta su interior.
Alexia y su familia, acompañada de Domenico, Marco y los Manni, esperaban sentados en unos enormes sofás de color crema.
La periodista se arrimó a su amiga y se fundieron en un gran abrazo.
Uno en el que Adhara rompió a llorar de nuevo.
—Todo está listo. Pueden pasar —avisó la mujer de recepción—. Es en la sala dos.
El cortejo arropó a la familia hasta la puerta.
—Alexia, ¿quieres que pase contigo? —susurró Adhara, tomándola de la mano.
Ella negó con la cabeza.
—Quédate conmigo, florecilla. —Domenico la sujetó por la espalda.
Las amigas se miraron sin pronunciar palabra, pero diciéndoselo todo.
La luz se encendió al paso de la familia McGregor.
Las paredes en tonos grises simulaban el frío del hielo, aunque allí se encerraba el mismísimo infierno.
Alexia se colocó a un lado de su madre y abrazó su menuda espalda.
Acarició con suavidad el pelo rubio, enredando un mechón en su dedo.
Ahora canoso, añoraba su tacto. De niña acababa dormitando entre sus brazos con el cabello en su diminuta mano.
Su padre se situó al otro lado de su esposa, sosteniendo su mano libre, y juntos se acercaron a la cinta oscura sobre la que reposaba la caja.
Alexia se soltó de su madre. Aproximó su mano hasta la madera y acarició la cruz celta tallada sobre ella. La gota de dolor que se le escapó, adornó el extremo de una de sus puntas.
La cinta echó a andar y los tres vieron cómo su pequeña iba camino del cubículo estrecho.
La ventanilla se cerró.
Vivas y abrasadoras, las llamas devoraban el lecho de pino.
El fuego dorado y rojizo le recordó al pelo de su hermana.
Alexia besó el tatuaje celta de cuatro puntas que llevaba en el interior del dedo.
—Adiós, Brid…