Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Epílogo
100%

Epílogo

El avión descendía entre nubes grises y bajas.

Cuando observó por la ventanilla le invadió un escalofrío que no solo fue por la temperatura.

El verde casi artificial se extendía entre las casas de piedra, acariciando cada colina, parecido a un manto suave.

El viento helado del Atlántico le quemó las fosas nasales y se le coló por cada hueco de la ropa.

El aroma a tierra y a pasto humedecido susurraba historias de siglos pasados.

Adhara no pudo evitar acordarse del primer día que pisó Roma. Su ánimo era totalmente distinto. Llegó a la ciudad eterna sin nada y huyó de la misma manera.

El teléfono volvió a vibrar en el bolsillo.

El nombre de Bastian brillaba en la pantalla, insistente.

Adhara lo observó durante unos segundos, no estaba preparada para responder.

No era rabia, tampoco orgullo. Era algo más frío, más definitivo.

Se había marchado solo con un billete de ida.

Esperaba que la naturaleza viva de ese lugar le ayudara a recomponerse.

Apagó la pantalla. No tenía la necesidad de explicar nada.

La casa de la familia de Alexia olía a leña de abedul y a madera recién tratada.

Su padre avivaba la llama para que se calentara todo lo más rápido posible.

Llevaban muchos días sin encender la chimenea y el hogar estaba frío y húmedo.

Durante la semana anterior, el cielo pareció entender su dolor, y no paró de llover un solo instante.

La periodista la guio hasta su antigua habitación. Había dos camas de noventa centímetros colocadas a ambos lados, y un gran armario de roble con ornamentos imposibles. Adhara recorrió con los dedos el relieve, como si leyera en braille, admirando los motivos que lo decoraban.

—Es magnífico.

—Bueno… De pequeña le tenía bastante miedo. Pensaba que de ahí saldría cualquier monstruo que fuera capaz de imaginar.

—Venga ya. Si parece un portal a Narnia. —Se rio—. Me encanta tu casa. Y este pueblo, es todo tan…

—¿Húmedo? —preguntó Alexia, y señaló su melena de león.

—Ja, ja, ja. Eso también.

La periodista abrió la maleta y sacó varios montones de ropa perfectamente doblada. De entre una de ellas salió un objeto dorado.

«Tú…», pensó al ver la estatuilla dorada.

La colocó en una estantería repleta de otros premios. Suspiró al ver que casi todos eran de Brigid.

—¿Son de ella…?

—Sí —Alexia acarició una de las medallas—, siempre ganaba el campeonato provincial de tiro con arco. Era tan… única.

Adhara la abrazó y juntas se sentaron en el filo de la cama.

—Estoy completamente convencida de que este sitio nos ayudará a sanar —aseguró Adhara.

Alexia apretó su mano.

—Chicas, le falta poco a la comida —llamó su padre desde la planta baja.

—Voy a ayudarlo —indicó Alexia—. Baja cuando quieras.

Adhara subió la maleta encima de la cama. La abrió y sacó unas cuantas prendas para quitar presión, o tendría que pasarse toda la tarde planchando.

Descubrió el portátil, resguardado entre lo mullido.

Inició sesión. Las notificaciones emergieron sin cesar.

«Terminaré antes si lo llamo».

A dos mil setecientos kilómetros de distancia, el investigador daba zancadas en dirección a su mochila.

—¡Ey! —exclamó Orazio con un gritito de sorpresa—. Por fin doy contigo.

—Hola, estábamos instalándonos. ¿Alguna novedad?

Orazio respiró hondo. La euforia del descubrimiento todavía lo embargaba. La pantalla del secuenciador emergió hacía solo unos minutos en el monitor: análisis completado. Los resultados confirmaron lo que ya intuía.

—No sé por dónde empezar… —soltó ilusionado.

—¿Por el principio?

—Acabo de confirmar hace un rato que los huesos son de Claudio.

Se oyó un alboroto de alegría por la línea.

—Espera, hay más —dijo, con un redoble imaginario de tambor—. Esta mañana han encontrado los que parecen ser los cuerpos de nuestros amantes.

—¡Nooo! —exclamó Adhara, entre incredulidad y emoción.

—¡Sí! Pero… —Su tono pasó de la euforia a la reflexión—. Hay una grieta…

—¿Cómo? —preguntó ella, desconcertada.

—Todo es muy extraño. Los huesos estaban a poca profundidad, como si quien los enterró no hubiera podido cavar más hondo… o como si quisiera que fueran descubiertos. No entiendo cómo no los han hallado antes.

—Bueno, no se ha excavado desde hace mucho. Recuerda que el proyecto de Adolfo se basaba en construir…

—¿No te resulta extraño todo este ritual? ¿Olvidó realmente el detalle del anillo en el dedo de Elettra? Adolfo era un hombre brillante…

Adhara emitió un pequeño ruido de duda.

—El diario, el anillo, su posición estratégica en la excavación… algo chirría. Lo que sí sé es que vamos a tener que esforzarnos mucho para desentrañar este misterio.

Adhara guardó el teléfono en el bolsillo y acercó su rostro a la ventana. La lluvia fina empapaba la calle, reflejando las luces sobre el pavimento. Dibujó una pequeña sonrisa en el vaho del cristal.

Con todo lo ocurrido, su corazón latió fuerte de emoción.

Escuchaba la llamada. Y esta vez… estaba dispuesta a seguirla.

FIN