Capítulo 39
Las luces del taxi se reflejaban en la lluvia.
La borrasca de la que hablaban en las noticias ya estaba dando los primeros coletazos.
Cruzó de una hasta el edificio, había olvidado el paraguas.
El agua acariciaba en su curso los relieves de la fachada de piedra.
Los arcos ovalados le recordaron a unos ojos tristes que lloraban sin consuelo.
Caterina esbozó una sonrisa curva entre la certeza y la incredulidad.
Por dentro libraba una guerra entre seguir o abandonar.
Se enfrentaba a una batalla con el palo de una fregona y sin escudo.
Inhaló hondo.
El aire húmedo le caló hasta el fondo, los latidos cada vez más rápidos a medida que se acercaba al control de seguridad.
—¿De nuevo por aquí? —saludó el vigilante.
—Ya ves —mostró unos hoyuelos forzados—. Vais a tener que ponerme una cama.
—No digas eso ni en broma —aventó el guarda con la mano—. Pasa…
Durante el recorrido, su memoria funcionaba como un GPS sin necesidad de señal.
Podría recorrer esos pasillos con los ojos cerrados y llegaría de igual manera a su destino.
Recordó, con un pellizco en el estómago, cuando se encontraba allí mismo para visitar a Salvattore.
Ese hombre que tanto daño le había hecho y que ahora estaba fuera de ese hoyo mugriento.
En su lugar, un ser tierno aguardaba encerrado a la espera de su triste final.
Pasaron varios minutos interminables hasta que por fin logró verlo cruzar la puerta.
Esa vez fue plenamente consciente de su estado.
La decrepitud se manifestaba en sus ojeras, hondas y oscuras, y en la mandíbula prominente, poblada de una barba rala y descuidada.
Habían transcurrido solo unas horas que para él fueron años.
—¿Has vuelto? —Francesco se acercó al cristal que los separaba.
—Cumplo mis promesas.
Él la contempló con atención. Quería grabar cada ángulo perfecto de su rostro, insuflándole las fuerzas necesarias.
—No sabes lo que me duele que las cosas hayan ocurrido así…
Caterina percibió el sutil cambio en su voz.
—¿Estás bien? —interrogó con interés—. Te noto… No sé… cambiado.
Francesco bebió con ansia del vasito de cartón.
—Perdona, la medicación me deja la boca tan seca que parece la suela de unas deportivas.
—Se pasó la manga por el labio superior—.
Esta tarde he estado hablando con el psiquiatra.
Mi problema es crónico... pero con esfuerzo puede controlarse.
Existe un tipo de medicación para sujetar los impulsos que regula los niveles de neurotransmisores —bebió agua otra vez—.
Estos últimos meses me dejé llevar y acabé consumiendo sustancias que liberaron un caos dentro de mi cabeza —acarició con la palma de la mano el cristal—.
Ahora necesito probar cualquier cosa con tal de mejorar.
Quiero estar contigo, Caterina. ¿Podrás perdonarme?
Ella juntó su palma frente a la de él. Anhelaba el contacto de su piel.
—Yo no soy quién para juzgar. Para mí has sido un salvador. Caminaba perdida, aferrándome a imposibles, y apareciste tú. Con esa luz que te persigue, aunque eres incapaz de verla. Mi madre diría que quien esté libre de pecado tire la primera piedra.
—He sido capaz de cosas que me asustan… —sollozó cobijándose entre las manos.
—Francesco, mírame. Yo estaré aquí esperándote.
—Yo... yo… no sé si puedo perdonarme a mí mismo.
Me he pasado toda la vida culpando a mi padre por lo que soy, y he descubierto que no es el único culpable.
Fui un niño mimado por todos, y la cosa fue a peor cuando ella decidió irse…
Nunca se lo perdoné a mi madre. No entendía lo que pasaba por su cabeza para llevar a cabo tantas barbaridades.
Ahora lo estoy viviendo en mis propias carnes.
La mente puede ser incontrolable; se puede pasar de cero a cien en cuestión de segundos y las consecuencias pueden ser enormes.
Sé que es tarde, pero ahora es cuando puedo verlo.
—Por desgracia, no se puede dar marcha atrás en el tiempo.
—Parece que lo estuviese viendo por un agujerito. Mis manos… —Visualizó la vida escaparse de aquella mujer—. No tengo derecho a vivir… —habló en voz baja—. Soy un monstruo… no lo supe…
—Francesco…
—No quiero que me veas así. Te mereces un hombre que te cuide, no al que cuidar. Una persona bondadosa, con un corazón limpio. —No dejaba de mirarla.
«Si supieras…», se fustigó al revivir la farsa que montó para su padre.
—Desahógate, llora, grita… pero el próximo día quiero ver esa sonrisa perlada asomar entre una barba cuidada. Haz lo imposible por sentirte bien, y, sobre todo, intenta perdonarte. Porque yo ya lo he hecho.
Una lágrima se perdió en la espesa barba.
—¿Me esperarás?
—¿Tengo otra opción? —Le dedicó la sonrisa más sincera, dulce y bonita que jamás vería en su vida.
El estallido retumbó en la calle.
La agente Carusso miró a su superior con preocupación.
Pensaba lo mismo que ella: había que entrar.
—¿Estáis preparados? —preguntó Caronte a sus hombres, situados en la entrada de la nave.
«Más vale que lo estéis», arrancó la marcha.
Todos frenaron a su señal.
Un hombre salió apresurado.
—¡Lleva un arma! —gritó uno de los agentes.
Todos desenfundaron la suya.
Apareció una mujer.
—¡No disparen! —gritó el inspector con una mano en el aire.
Adhara no pensaba dejarlo escapar, esta vez no se escaparía nadie.
—¡Adhara! —pronunció el inspector.
Salvattore alternó su atención entre ella y el frente de agentes.
—¡Salvattore Engracie, tire el arma! —pidió Caronte—. Está usted detenido por la sospecha de un asesinato.
«Engracie…».
Los sentidos de Adhara se aguzaron. De pronto, todas las páginas, los párrafos y los secretos del diario le cayeron en la espalda.
—¡Tú! —alzó la voz—. Tú y Elettra…
Por primera vez entendió que algunas historias no terminan.
—Me divertí tanto cuando Clotilde me lo contó. Pensaba que mi hermana estaba de broma, hasta que vi las imágenes de la cámara de vigilancia con vosotras en el salón. Por fin se hará justicia con mi familia. —Movía el dedo hacia el gatillo despacio.
—¿Todo iba de eso? Mírate —Adhara abarcó con el brazo a los policías—, de esta no te libras.
Salvattore alzó el arma, que hasta ese momento descansaba en su mano estirada.
Las sábanas rasposas, el puré insípido, la sopa fría… las imágenes volaron a su cabeza.
No volvería allí.
Apuntó a la arqueóloga.
—Adhara… —la miró a los ojos—, ya estoy cansado de que otros decidan cómo acaba esto.
—¡Salvattore! —rugió Caronte—. ¡No lo hagas!
Salvattore alternó su mirada entre Adhara y el inspector.
Ambos acercándose. Ambos, una amenaza.
Apretó la pistola entre las manos.
El disparo estalló. Olor a pólvora.
La respiración cada vez más lenta…
Había llegado demasiado lejos para volver atrás.
Carusso sorteó al inspector agachado en el suelo junto al cuerpo caído.
Entró en los pasillos y al llegar a la zona iluminada se asomó por un hueco.
Reparó en la mujer pelirroja tirada que abrazaba a un hombre.
Adhara rebasó rápido a la policía y se agachó junto a la pareja. Las lágrimas comenzaron a resbalar.
—No te mueras, papá —suplicó—. No puedes irte de nuevo, por favor…
Su vida volvía a derrumbarse.
—¿Por qué lo has hecho? —susurró Alexia con el torso de Carlos apoyado en sus rodillas, sin dejar de taponar la herida de su pecho.
Adhara lo abrazó.
—Llegué tarde… —Carlos apenas podía hablar—. Pero esta vez... no.
—No te esfuerces —sollozó Alexia.
—No te conviertas en lo que yo —se disculpó con su hija y volvió su iris hacia Alexia—. Y tú… Nunca supe cómo hacerlo...
La vida se le escapaba.
Carlos comenzó a toser.
El fino reguero de sangre que caía por su comisura se cortaba con el esfuerzo. Nada más entrar, el equipo médico retiró a las mujeres y comenzaron a asistir el cuerpo en el suelo.
Adhara entró en una catarsis incontrolable, que obligó a la agente Carusso a sujetarla por la cintura y cayeron unidas al suelo. Su cuerpo liberaba ligeros espasmos, fruto del desconsuelo y el dolor.
—Adhara —logró articular Bastian.
Ella dedicó su atención hasta él.
—Bastian —gateó desesperada—, ¿estás bien?
Él volvió a cerrar los ojos.
Adhara se concedió un instante de vacilación, hasta que finalmente se derrumbó entre sus brazos.
Alexia se había cobijado en un rincón. Contemplaba aquella escena como en un sueño, como si no estuviese allí.
La policía sacó afuera a las dos mujeres para facilitarle el trabajo a los sanitarios.
En la calle, Alexia gateó hasta el cuerpo tirado, arrastrada por una necesidad a la que no pudo contenerse.
La boca entreabierta. La postura relajada. La vista fija.
Salvattore se había ido.
Y con él, algo de ella.