Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 38
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Capítulo 38

El último adiós.

En el laboratorio de la universidad de Milán, Orazio trabajaba sin descanso.

El día anterior recorrió cada rincón de Roma buscando al segundo desconocido de la historia que Adhara le puso sobre la mesa hace una semana.

Las tres horas de trayecto en tren hasta Roma fueron el único descanso que había tenido su cuerpo desde entonces.

«Ocho nombres, ocho casas… y la verdad se escondía tras la última», se lamentaba a medida que se servía su quinto café.

Colgó el teléfono por tercera vez consecutiva.

—Joder, Adhara —se quejó al no poder contactar con ella.

Necesitaba contarle todo, iba a explotar de la emoción y solo esa mujer podía apaciguar el frenesí que lo invadía, fruto del cansancio y de la cafeína.

Volvió a marcar.

—¿Giuliano? —No le permitió ni saludar.

—Orazio, qué sorpresa, hijo. ¿Cómo estás?

—Bien, profesor. Perdone que le llame tan de repente.

—Cuántas veces tendré que pedir a la gente joven que no me llame de usted —comentó con un enfado fingido—. No te disculpes, siempre es un gusto saber de ti.

—Le llamaba… digo, te llamaba por Adhara. Llevo un rato intentando localizarla, y nada, no doy con ella.

—Resulta que hoy no hemos hablado. De hecho… —guardó un silencio reflexivo—, me tenía que mandar un informe sobre la última lectura del diario y me ha extrañado no haberlo recibido dada la hora que es. ¿Qué sucede?

—Oh, no es nada. Me pidió ayuda con la identidad del segundo individuo y solo quería compartir con ella mis avances.

—¿Has podido averiguar algo?

—He vuelto a Milán cargado de trabajo —comenzó a explicar—.

Di con varios nombres. Me pasé horas llamando a timbres y escuchando historias que no tenían nada que ver con lo que buscaba.

Hasta que di con la familia correcta. Estoy prácticamente seguro…

—aclaró—. Quedan los resultados de los análisis de ADN de uno de sus descendientes.

El hombre se mostró colaborador y accedió a facilitarme una muestra allí mismo.

—Orazio —Giuliano se puso serio—, estamos ante un descubrimiento que puede cambiar parte de la memoria histórica del Monte Testaccio .

El investigador contuvo el aliento.

Si los resultados confirmasen que los huesos pertenecían a Claudio todo encajaría. Elettra, el diario y el monte. El gran dedo luminoso apuntaba a Adolfo, el hombre que había trabajado por la conservación de la que había sido la tumba de los dos amantes.

El convoy policial circulaba a gran velocidad, sorteando los vehículos y transeúntes que se encontraban a su paso.

Todas las cabezas se giraban ante el despliegue que atravesaba las calles de Roma.

Con el caso de la chica asesinada, el principal sospechoso ilocalizable, que además era exconvicto; la comisaría principal de la ciudad y gran parte de las fuerzas se encontraban en alerta.

En cuanto se colgó el chaleco antibalas, salió directa a unirse al despliegue.

—Carusso, ¿dónde vas? —preguntó Caronte.

—¿Usted qué cree? —La mujer colocó las manos en jarras.

—¿Hace cuánto que no dispara?

—El sábado pasado, en el campo de tiro del norte —contestó con cierto resquemor—. ¿Podemos irnos ya?

Desde que formaba parte del cuerpo policial tuvo que lidiar con cientos de comentarios así. Fue la mejor de su promoción y todavía había quien ponía en duda su valía.

Según se aproximaban al polígono apagaron las luces y cortaron el sonido de las sirenas para no delatar su presencia. Bajaron de los patrullas y, con una señal, Caronte dirigió al grupo. Se acercaron a diez metros de su objetivo.

Ni una voz, solo las respiraciones.

Esperaron en formación el aviso del inspector para entrar.

Carusso cruzó los dedos alzando la vista al cielo. Murmuró una plegaria entre dientes.

En las entrañas de la nave, en el centro de todos aquellos recovecos, costaba respirar.

Alexia se encaminó hacia Salvattore.

Carlos la abrazó para frenarla. Ella se retorció para soltarse.

—¿Qué le has hecho, hijo de puta?

—Al menos ella sí me sirvió. —Las palabras salieron quemando. Ver a Carlos tocarla con esa confianza lo desató.

—¿Dónde está mi hermana? —Alexia gritó sin control.

Salvattore solo sonrió.

—¡Voy a matarte! —Alexia clamó con tanta fuerza que se soltó del agarre de Carlos.

Y se lanzó hacia él. Carlos intentó sujetarla.

El arma se movió con ellos. El disparo les reventó los oídos.

Alexia se quedó clavada.

El mundo se quedó sin sonido.