Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

Carlos levantó la cabeza de golpe. El estruendo lo alertó.

—¿Eso ha sido un disparo?

Tiró el iPad en el asiento y salió del coche sin pensárselo.

Avanzó con sigilo por el laberinto de pasillos.

El corazón le palpitaba con tanta fuerza que se le saldría del pecho.

Se encontraba perdido hasta que descubrió el haz de luz.

Asomó la cabeza, con cuidado de no ser visto, y se quedó estupefacto.

El par de pies desparramados en el suelo le erizó el vello de la nuca.

«No… Bastian...».

Dio un paso atrás. Pisó una lata.

—¡Sal si no quieres que una bala atraviese la pared! —amenazó la voz.

Carlos se mostró, con la respiración entrecortada.

—¿Qué has hecho, joder? —Su vista fue directa a la mancha roja del suelo—. Necesita ayuda… va a desangrarse.

El miedo le apretó el pecho. Como aquella vez.

La pérdida de Carmen y su hija.

El suicidio de Juliette.

Y ahora Bastian.

—Deja que le ayude —suplicó sin perder de vista el cuerpo inmóvil—. Solo taponaré la herida.

—Si haces cualquier tontería te vuelo la cabeza.

Carlos se aproximó con cuidado y le tomó el pulso. Era débil, apenas perceptible. Le giró el cuerpo con dificultad. La bala le había atravesado. Respiró aliviado, todavía tenía una oportunidad. Se quitó la corbata y la lio como un ovillo para apretar con fuerza.

La sangre empapaba despacio la fina tela.

Carlos alzó la vista.

Lo miró a los ojos

Ese rostro le era familiar.

—Tú…

Adhara hizo chirriar los neumáticos contra el asfalto.

—Vas a conseguir que nos matemos —gritó Alexia.

Continuaron el seguimiento, con cuidado de no ser vistas. Adhara aceleró en más de un semáforo y se saltó otros tantos.

—Creo que los he perdido.

—¡Por ahí! —indicó Alexia—. Han girado hacia ese polígono.

En cuanto tomaron el desvío, Adhara menguó la velocidad. Deambularon por las calles desérticas hasta que vieron el coche a lo lejos. Pararon en un callejón estrecho.

—Aparca ahí.

El sitio perfecto, oculto tras un contenedor de escombros.

—Desde que he visto el coche de Salvattore, tengo un mal presentimiento —confesó Alexia antes de bajar.

—No me quedaré de brazos cruzados esperando una respuesta.

—¡Para! —pidió Alexia—. Creo que deberíamos llamar a la policía.

—¿Llamarlos?

Alexia tragó saliva.

—Salvattore es un tipo peligroso. Pensaba que seguía en la cárcel…

—¿Estás segura de que era él?

—He conducido ese coche más que el mío…

—Déjate de rodeos y sé clara de una vez… ¿quién es? —Su enfado era visible.

—Es el tipo al que tu padre mandó a la cárcel por robarle información confidencial.

—¿Y qué tiene que ver todo esto contigo? —La miró a los ojos.

—Él… —calló un instante—, teníamos una relación cuando pasó.

—¿Es tu ex?

Alexia inspiró y le resumió lo ocurrido en pocas palabras.

Tras escucharla, Adhara aceptó a regañadientes y llamó al inspector.

—No puedo creer que tú fueses la que querías robarle la información a mi padre… tuviste suerte de que lo pillasen a él, Alexia… mira el resultado.

Ella siguió caminando.

A medida que avanzaba, su estómago se revolvía más.

Captó el destartalado Chevrolet azul. Allí habían vivido su primera cita, y todas las que vinieron después.

Se sentían dos adolescentes, aunque rozaban los cuarenta, y disfrutaron de la vida pese a la precariedad laboral que ambos sufrían.

Ella trabajaba para la revista de la que ahora poseía acciones.

Él vendía información al mejor postor. En aquella época Alexia lo admiraba.

Veía en él a un hombre ambicioso que no flaqueaba ante los obstáculos.

Si había que recorrer novecientos kilómetros era el primero en aventurarse a cubrir la mejor exclusiva.

Sin embargo, ese ansiado estrellato nunca llegó.

En su lugar, el brillo del éxito se transformó en la oscuridad de una celda. Salvattore arriesgó tanto que tiró por la borda un futuro que prometía ser brillante. Alexia suspiró, habían compartido momentos que quedarían grabados para siempre en su memoria.

Adhara se acercó, tensa, y juntas observaron a través del cristal. Por dentro estaba sucio: envoltorios de chocolatinas, latas de refresco…

—Siempre ha sido un completo desastre —recordó la periodista—. ¿Dónde vas? —susurró.

La arqueóloga se alejaba en dirección al coche de Bastian.

Miró a ambos lados y, cuando se aseguró de que no había nadie, pegó la cara al cristal ahumado del conductor.

Estaba vacío. No pudo evitar la comparación.

Aquellos coches reflejaban la personalidad de sus dueños.

Bastian era pulcro y educado, rozaba lo obsesivo.

Salvattore era un ladrón de poca monta que intentó hundir a su padre y que destrozó a su amiga.

Entrecerró los ojos y maldijo en su interior.

Al abrirlos de nuevo captó la luz parpadeante en la pantalla.

—Ven acá pa cá —pidió en tono andaluz a su amiga—. Eso es un GPS… —señaló la pantalla del iPad.

—No lo sé, esto no me huele nada bien. —Alexia permitió que la inseguridad asomara, le surgió una duda que se guardó para sí misma.

—Pues yo no pienso quedarme aquí de brazos cruzados.

—Espera —pidió Alexia, aunque era tarde.

Adhara ya se había marchado.

Dentro del cubículo, al final de la red de entramados…

—Tú…

Reconoció Carlos al fin.

Salvattore fingió alegría.

—Veo que recuerdas… eso está bien, me gusta dejar huella.

—Eres historia, Salvattore —espetó con desdén—. No he perdido ni un solo segundo en molestarme. No moví un solo dedo, mis abogados hicieron el resto.

—Te crees muy fuerte, al cobijo de tu trono de acero y cristal… —recordó el edificio donde lo detuvieron.

Bastian hizo un ruido. Carlos reaccionó.

—Tengo que pedir ayuda, o va a morir.

—Siempre suele haber daños colaterales —comentó sin dejar de apuntarle con el arma alzada.

—Acabé contigo una vez y volveré a hacerlo de nuevo.

—No te tengo miedo, Moretti. Por si no lo ves —alzó el objeto en el aire—, soy yo quien decide.

—Cobarde. ¿Te vales de eso? A mí no me hace falta… —Poco a poco acortó distancias—. ¿Por qué no lo hablamos como dos hombres?

—Ey, ey. —Le apuntó refugiándose tras el coche—. Da otro paso más y le haces compañía.

—Te juro que…

—No estás en posición de jurar nada. Aquí no disfrutas de tu poder. ¿Qué creías? —Señaló el localizador en el suelo—. Si te hubieras estado quietecito, nos habríamos ahorrado todo esto. —Su vista fue hasta Bastian, que seguía sin moverse.

—Él no tiene nada que ver, déjame que pida ayuda. —Tragó saliva, y orgullo—. Vete, no te detendré…

—El que pone las normas soy yo…

Mientras, en el laberinto, Adhara respiraba entrecortado con el pecho subiendo y bajando sin control.

La angustia montó mil escenarios en los que se quedaría allí para siempre.

La orientación no era lo suyo. De niña, acabó llorando en un rincón del laberinto de espejos de la feria de Sevilla hasta que un trabajador la sacó de allí.

Odiaba ese tipo de atracciones, y desde aquel incidente se lo pensaba dos veces antes de entrar de nuevo.

Pero estaba decidida a que el miedo no la paralizaría.

«Tranquila… respira hondo», trató de calmarse.

Meneó la cabeza a un lado y a otro, no sabía por dónde tirar. En ese intervalo de duda, Alexia pudo darle alcance.

—¿Estás bien? —Percibió el pavor en su rostro—. Mejor esperemos fuera.

—Shhh, por ahí. —Adhara apuntó con el dedo índice, al advertir un resquicio de voz.

—Nos vamos a meter en un lío —pronunció Alexia en un susurro, y corrió también.

El tramo se volvía recto y más estrecho. Escuchó el murmullo de una conversación.

—No te muevas. —Oyó más cerca.

Adhara volteó la cabeza.

—Vamos, date prisa —apremió a Alexia.

Vio la luz.

Se aproximó cuidadosamente y arrimó la espalda a la pared. Bajó su cuerpo al suelo y Alexia la siguió. Deslizó la cabeza lo justo. El cuerpo de Bastian. Sin pensárselo, salió a gatas.

—¡Adhara! —Alexia trató de impedírselo.

Por puro impulso la siguió.

—Esta sí que es buena. —Acompañó las palabras con una risa diabólica—. Mira a quién tenemos aquí…

Adhara se extrañó, no conocía a ese hombre.

—¿Y tú quién coño eres? —gritó enfadada.

Él soltó una carcajada.

—Pregúntale a tu amiguita. —Elevó una ceja acompañada de la comisura del labio.

Alexia emanaba rencor y decepción. Sus heridas hablaban por sí solas.

—Salvattore… —su voz fue un lamento.

El odio y la satisfacción se reflejaban en el rostro del hombre al que llevaba años sin ver. El arma le daba toda la fuerza que le había faltado dentro de aquel agujero, al que no pensaba volver.

Tenerla en su poder era poseer el control de la situación.

Ya había pagado el precio. Solo quedaba cobrar.

—Salvattore, tira el arma —reclamó Alexia—. La policía está de camino.

—Otra con ínfulas de autoridad… Perdiste el derecho a opinar, Alexia. Yo me pudría en aquel agujero y tú te paseabas en fiestas. Te lo tirabas…

—Me mentiste… traicionaste mi confianza. No dudaste en robarme mi sueño. —Los ojos le brillaban—. En el fondo tengo que agradecértelo, me evitaste un mal mayor…

Salvattore se llevó el dedo a la boca y clavó sus dientes en él.

—No has cambiado nada —escupió Alexia conocía bien ese tic—. ¿Qué creías?

—Esto te queda grande —se adelantó Carlos, al ver la frustración—. ¿Pensabas que podrías irte de rositas y escapar con todo eso? —indicó el dinero caído.

Una fina gota de sudor le cayó por la frente.

—Qué rápido olvidas, Alexia —Salvattore se tocó con el puño libre el pecho—, pero veo que una… una mujer como tú necesita más. Apuntas más alto. Aunque siempre elegiste mal… por eso estás aquí.

—Te falta mucho para llegar a ser igual que él.

—Acompañó sus palabras con un gesto hacia Carlos—.

Es educado, elegante y caballeroso. —Avanzó su torso—.

Tú… tú eres nadie. Un pobre diablo que huye de la miseria —habló quedo—.

Me da asco todo lo que representas. Aunque te echen pocos años, cuando salgas de la cárcel te seguirá esperando la misma vida de mierda.

Salvattore esbozó una sonrisa maléfica.

—No solo me echarán unos años… ¿En serio no te has enterado? —Mordió su labio de anticipación—. ¿No echas a alguien en falta… Alexia?

Ella frenó su respiración.

Su subconsciente apretó el botón de alarma.

Las llamadas sin contestación.

La preocupación de su madre que creía infundada y un sinfín de lucecitas parpadeaban en el panel que ella misma había tapado con un abrigo de costumbres.

Porque su hermana pequeña era así.

Se largaba durante días… Pero siempre aparecía.

«Brid…».