Capítulo 36
No quedaba un lugar por rastrear. El teléfono de prepago dibujó el trazo de un parpadeo sin un punto que lo ubicara.
Caronte dudaba si el asesinato había sido premeditado.
No entendía cómo al culpable se le había pasado por alto un fallo de esa magnitud.
Sus manos descansaban entrelazadas encima del abdomen.
«Si no quería matarla… entonces algo se torció. Quizá el asesino no haya terminado…».
Organizó mentalmente las piezas.
—Señor —interrumpió Ficarra—, no hemos podido localizar a ese tipo…
Caronte incorporó el torso.
—Seguid intentándolo… Por cierto, ¿qué sabemos de los resultados del análisis de ADN?
—Aún no tenemos nada.
Caronte bufó y se tiró bruscamente hacia atrás. Otro agente entró con prisas.
—¿Qué pasa ahora? —vociferó Caronte, desesperado ante tanta ineptitud.
—Señor, tengo en línea a Adhara Castelli. Dice que es importante.
El inspector se levantó y le arrebató el teléfono.
—Soy yo.
—Inspector, creo que mi padre está en peligro. —Las palabras se le deshacían en la boca.
—¿Qué está pasando?
—Seguía a Carlos… un hombre se ha cruzado… —trató de recordar.
—¿Qué hombre, Adhara? ¿Dónde estás? —preguntó, incapaz de ocultar su inquietud.
—Salvattore… —necesitó aire—. Alexia dice que lo conoce. Creo que fue a la cárcel por un asunto de la empresa de mi padre… De verdad que no sé lo que está pasando.
—¿Salvattore? —Caronte golpeó la mesa—. Dime la dirección, y no os mováis de donde estéis —le exigió—. Adhara, por favor… que ya nos conocemos.
—¿En qué cojones te has metido, Moretti? —preguntó al aire—. ¡Ficarra, al coche! ¡Nos vamos!
El cristal se empañó enseguida. Llevaban allí unos minutos y la luz roja en la pantalla no se había movido. Carlos miraba su reloj.
—Quienquiera que sea está en una de esas naves.
Bastian se enderezó en el asiento.
—¿Y si ha encontrado el chip y estamos aquí haciendo el imbécil?
Carlos se sentía azotar por un cinturón de cuero con hebilla.
No quería poner a nadie en peligro.
—Tendría que haber llamado a la policía desde el primer día —se arrepentía de haber arrastrado a Bastian a esa situación.
—¿Y dejar que toda Roma te pierda el respeto? —cuestionó con ira—. Voy a echar un vistazo. Espérame aquí.
—Ni hablar, de aquí no nos movemos. —Carlos le sujetó con fuerza el brazo.
—Déjate ayudar por una vez, joder. —Se zafó, bruscamente—. Tú vigila la señal por si se mueve.
Bastian bajó del coche, dejándolo con la palabra en la boca.
A escasos metros, los dedos, ajenos a lo que se avecinaba, acariciaban los fajos de billetes que llenaban las bolsas.
Una sonrisa eufórica le decoraba el rostro; después de tantos sinsabores, todo cambiaría en breve.
Ya se veía en una de esas playas de arena blanca, rodeado de un mar turquesa repleto de vida que exploraría el resto de sus días.
Cumpliría el anhelo que le había dado fuerzas en los momentos de flaqueza tras los sucios barrotes.
Cerró los ojos y visualizó la cabaña de madera, en medio de una selva recóndita.
Escuchaba el canto de las aves exóticas que lo despertarían cada mañana para contemplar el amanecer.
Entre sus manos una taza de café. Natural.
Como todo a su alrededor. Las nubes suaves, el horizonte cálido, casi del todo incendiado.
El sueño se esfumó.
Se estrelló con la realidad que palpaban sus dedos. Los documentos de aquella chica se esparcieron por el suelo al salirse del bolsillo de la mochila.
No era el plan inicial, pero no suponía un problema. Descartó la culpa sin pestañear.
Todo había salido a pedir de boca.
Tomó conciencia del nivel de su engaño. Rememoró cuando estuvo cerca de Carlos, lo suficiente para apreciar las arrugas de sus ojos al fingir amabilidad la noche en la barra del bar.
Él era peón. También rey y reina. Torre y alfil…
Eligió esa lavandería por su localización céntrica. La Piazza Bologna era ideal para pasar desapercibido entre el bullicio. Aunque había terminado la navidad, la zona seguía llena de gente. Restaurantes, comercios y vecinos entrando y saliendo de sus casas.
Aparcó en las inmediaciones. Les daría poco margen para la entrega.
Llevaba más de una hora observando el ir y venir de los viandantes, buscando no equivocarse.
Sabía a quién esperar. Había descartado a varios antes.
No necesitaba que fuera inteligente, solo lo bastante desesperada.
Según sus anotaciones, la tarde era la hora punta de ese negocio.
En poco tiempo, las bolsas llenas entraban y salían de la lavandería.
Se encaminó hasta allí y esperó dentro. Clavó la vista en una señora de mediana edad que se acercaba.
Iba acompañada de un niño que calculó tendría nueve años.
Perfecto.
Su cabeza maquinaba un plan brillante para sacar de allí el dinero. Todo tenía que salir a pedir de boca.
—Buenas tardes —saludó la mujer al entrar.
—Buenas tardes —le devolvió el saludo.
Ella se sentó.
—Ven aquí —le pidió al niño—, tenemos que esperar hasta que se ponga verde.
—Serán buenas máquinas —comentó él con malicia, tratando de sacarle conversación.
—Buenas o no, da igual. Pero son las más baratas…
—Pues qué suerte he tenido —exclamó con alegría, aunque en verdad, su buena fortuna era la miseria que aparentaba tener la mujer.
La señora le sonrió, cansada.
—Mamá, mamá —vociferó el pequeño—. Esos son los dulces que te dije —señaló a una de las máquinas expendedoras—. Cómpramelos. Dentro trae un regalo. Todos mis amigos tienen la colección completa y yo no tengo ni uno.
—Cariño —pronunció en voz baja—, quizá el mes que viene. Cuando paguemos la colada… quedará poco —le mostró el monedero al pequeño.
El niño comenzó a sollozar apenado. Ella lo abrazó para consolarlo, sintiéndose una madre nefasta. Su vida pasaba por un bache que ni el mejor de los todoterrenos podría sortear.
—Ten, pequeño —ofreció él, al escuchar con atención.
Se limpió las lágrimas deprisa, con el puño de la manga.
—Gracias, señor. —Dio pequeños saltos de alegría.
—Pero… —intervino la madre.
—Y tenga usted también. —Le dio un billete de veinte euros a la mujer, sin dejarla hablar—. No poseo mucho. Mi madre decía que es de bien nacido ser agradecido.
Ella aguantó el orgullo, su hijo no reía así desde hacía mucho.
—Que Dios se lo pague.
—Entre ciudadanos tenemos que ayudarnos.
—Ojalá hubiese más personas como usted.
Él se levantó, y estiró levemente la espalda.
—Voy a buscar el coche. Me esperan dos pesadas bolsas que transportar —examinó el carrito de la compra de la mujer—. Para la próxima le copio la idea.
—Me pasó lo mismo la primera vez —le contó ella sonriente.
—¡Mamá, quiero los dulces! —vociferaba el pequeño desde la puerta.
—Calla, Pedro —exigió exasperada—. No puede entrar aquí con el coche. —Dirigió su dedo a lo lejos.
Una señal en la pared de enfrente así lo indicaba.
—Pufff… No sabía que no se podía llegar con el coche hasta aquí, y lo he dejado mal aparcado. —Se pasó la mano por la frente, fingiendo pesar.
El niño correteaba feliz por haber conseguido sus preciados juguetes. La mujer, apurada, cambiaba la vista entre su retoño y el generoso desconocido.
—No intente meterlo, las cámaras de la plaza lo captan todo. Yo… —articuló, por fin— le puedo acercar sus bolsas hasta el coche.
—Mamá, cógelo —exclamó el niño, lanzando el juguete en el aire.
—Vivo a dos minutos de aquí. —La mujer perdía la concentración—. Voy a casa a vaciar mi carrito y le acerco sus bolsas… usted tan solo déjemelas preparadas. Vaya enseguida a por el coche no lo vayan a multar
—Oh, no querría molestarla…
—Es lo menos que puedo hacer.
—No sabe cuánto se lo agradezco…
—Vaya tranquilo.
—Tome —le regaló otros diez euros—, esto por las molestias.
No confiaba en ella, no hacía falta.
Para cuando entendiera lo que llevaba en el carro, él ya estaría lejos.
Saboreó el engaño hasta que escuchó el eco de unos pasos.
El ruido lo devolvió a la nave.
Sacó una pistola de la cintura del pantalón y se escondió detrás del coche que tenía preparado para la huida. Por el hueco que quedaba entre la pared y el faro pudo ver cómo entraba un hombre con cuidado.
Temió la caída de su baraja de naipes.
Y disparó.
El eco rebotó en las paredes metálicas de la nave.
Primero las rodillas, luego las palmas apoyadas…
Hasta que el cuerpo cayó, desplomándose en el suelo.