Capítulo 35
Las ruedas del coche de Bastian rechinaron al derrapar en el aparcamiento de la sede de Aventino.
Desde la conversación, su instinto le alertaba del peligro.
Salió al trote y subió las escaleras de dos en dos.
No había tiempo ni paciencia. Entró sin llamar.
Carlos permanecía inmóvil con los codos sobre el escritorio y las manos entrelazadas a la altura de la boca.
Entraba poca luz. Las cortinas tapaban gran parte del ventanal y todas las lámparas del despacho permanecían apagadas, haciéndolo parecer más pequeño.
—Carlos… —musitó, descolocado.
Verlo en ese estado le era, cuanto menos, preocupante.
—Siéntate.
Cuando quedaron frente a frente, sus ojos se encontraron.
—No nos queda margen, Bastian —relajó las manos y le tendió el teléfono.
—Ha llegado el día, señor Moretti —Bastian comenzó a leer el mensaje—.
Ya sabes cómo funciona esto, has jugado otras veces.
Quiero dos millones, en fajos pequeños y sin marcar.
El intercambio será en una plaza de la ciudad, cerca de un lugar donde la ropa gira y nadie pregunta.
En unas horas recibirás las instrucciones exactas.
Si me la juegas, lo sabré —el supervisor articuló cada palabra con serenidad—.
¿Dos millones? —repitió, sin alzar la voz.
—Ese es el menor de los problemas. Hay algo mucho peor.
—Perdóname, Carlos, no lo entiendo.
—La mujer con la que me acosté… —quedó en pausa—, la de la extorsión que trabaja con esta sanguijuela, conoce a Francesco. —Carlos advirtió a Bastian asentir—. Me crucé con ella cuando fui a visitar a mi hijo a la cárcel.
—Pero…
—Aunque eso ahora no importa, tengo que hacer lo que me pide. Esto va más allá de unas simples fotos. Necesito saber qué tiene que ver esta gente con Francesco. Darles lo que quieren es la única opción.
—Deberíamos llamar a la policía.
—Eso solo los asustará y esto no terminará nunca.
Bastian procesó la información en silencio. Se levantó.
—¿Cómo lo hacemos?
El olor a dinero y a poder llenó la habitación. En menos de dos horas, Carlos había reunido los dos millones de euros. Los fajos descansaban encima de la mesa. Le había costado sudor y lágrimas cobrarse más de un favor.
—Gracias por la discreción. Y sobre todo por la rapidez. —Carlos dedicó una sonrisa a los dos gorilas que habían dejado las bolsas sobre la mesa.
Ellos asintieron con la cabeza y se marcharon.
—Bien… Pues que dé comienzo el plan.
Carlos separó los fajos de billetes. Escogió uno al azar, sacó un diminuto botón de su bolsillo y lo mostró.
—¿Eso es un localizador? —preguntó Bastian, arrebatándoselo de la mano.
—¿De verdad creías que me dejaría robar? —Rio con una calma peligrosa—. No hijo, no. Vamos a pillar al imbécil que ha tenido los pocos sesos de desafiarme… Si esto falla, lo perdemos.
Abrió el fajo, escondió el minúsculo dispositivo en su mitad y lo volvió a cerrar para guardarlo en una de las bolsas.
—Ahora lo importante es averiguar dónde será la entrega —comentó Bastian.
—El mensaje decía que esperase nuevas instrucciones.
—Tenemos un ligero margen todavía. Léelo de nuevo.
Carlos cogió el teléfono.
—Ha llegado la hora. No me voy a andar con rodeos.
Dos millones, en fajos pequeños y sin marcar.
El intercambio será en una plaza, cerca de un lugar donde la ropa gira y nadie hace preguntas.
Recibirás los detalles en unas horas. Confío en que esta vez no me decepciones —leyó en voz alta—.
Por su forma de hablar, estoy seguro de que nos conocemos… pero no consigo atar cabos.
—No es un simple mensaje… Parece un acertijo.
—Plaza, ropa, nadie pregunta… No tiene mucho sentido. —Carlos se masajeaba las sienes—. Está jugando conmigo.
De pronto, Bastian alzó la cabeza.
—¿Dónde gira la ropa? Lavadora… Espera… No…
—Un almacén… —objetó Carlos —. Una tintorería…
Bastian respiraba pausadamente.
Pasó medio minuto… treinta segundos… Sin que Carlos lo esperase, Bastian se levantó de golpe del sillón.
—¡Una lavandería! —alzó la voz—. Una de esas autoservicio. Allí nadie pregunta porque nadie te atiende.
Carlos giró la cabeza, impresionado.
—Busquemos alguna que esté en una plaza.
Tardaron poco en dar con dos posibles ubicaciones.
—¿Lo echamos a suertes? —preguntó Carlos.
Bastian estudió el mapa.
—Esta… —señaló un punto— es una zona más concurrida.
Un nuevo mensaje irrumpió.
—¿Es él? —preguntó Bastian.
Carlos leyó:
—A las 16:00. En la Piazza Vittorio Emanuele II . No me la juegues. Si haces lo correcto, esto terminará hoy.
Bastian se frotó las manos.
—En marcha.
Al otro lado de la acera, dos mujeres vigilaban con detenimiento la puerta de Aventino.
Cuatro ojos atentos.
—Échales una foto —murmuró Alexia—. No sé dónde narices he puesto mi móvil.
—Y a ti te han dado un premio... Increíble.
—Muy graciosa. —Se hurgó en los bolsillos—. He debido olvidarlo con las prisas.
Adhara señaló el edificio.
—¿Qué crees que estará pasando ahí dentro?
—No tengo ni la más remota idea. Me gustaría pensar que Bastian —se detuvo un segundo—, que él no me oculta cosas.
Alexia bufó.
—Siendo realistas, todo lo que venga de parte del gran Moretti suele acabar mal. Siento decirte esto, tía: tu padre es adicto a las arenas movedizas.
Adhara no respondió.
Sabía del alcance de los tentáculos de Carlos y de hasta donde eran capaces de llegar.
—Mira —Alexia le propinó un codazo a su amiga.
No había acabado la frase cuando el coche les pasó por delante de las narices.
—Arranca —apremió Adhara—. ¡Que se nos escapan!
El coche de Bastian pasó a toda velocidad.
Al terminar la improvisada persecución, llegaron hasta la Piazza Bologna y aparcaron cerca, con cuidado de no llamar la atención. Estuvieron un rato sin hablar, expectantes por los que estaba a punto de suceder.
—¡Atenta! —susurró Alexia, golpeándole el muslo.
Las dos observaban sin perder detalle, Bastian entraba con dos bolsas de equipaje a una lavandería cercana.
Se miraron confundidas.
—Menudo momento de lavar ropa…
—Calla —ordenó Adhara, intrigada.
Transcurridos unos instantes, Bastian salía con las manos vacías de vuelta a su coche.
—Si sabe poner una lavadora… menudo partidazo —Alexia siguió con la broma.
De inmediato notó el semblante sombrío de su amiga.
—Es raro… —masculló Adhara.
—¿Qué? —preguntó Alexia.
—Ha entrado con dos bolsas y ha salido sin ellas.
Alexia encogió los hombros.
—Claro, le habrán robado la ropa.
«Robado…».
Adhara frunció el ceño y se apoyó en el salpicadero.
—Esto parece una escena de película —comentó sin quitar la vista de la puerta del establecimiento.
Cuando estaban a punto de perder la paciencia, vieron salir de la lavandería a un hombre mayor con una bolsa de tela enorme. A los pocos minutos, una joven de pelo oscuro con una mochila raída, la siguieron una madre y un niño pequeño con un carrito de supermercado.
Volvieron a mirarse sin entender nada.
Después no salió nadie más.
—Se mueven —advirtió Adhara al ver el coche de Bastian.
Alexia no reaccionó.
Su vista estaba fija en otro coche.
Uno viejo. Destartalado.
La pegatina de un trébol, medio arrancada.
El corazón le dio un vuelco.
Los recuerdos ralentizaron su ritmo sanguíneo.
—Adhara… conduce tú.
—¿Qué?
—Hazlo.
Alexia respiraba entrecortado.
—¿Qué pasa?
—Ese coche… —la voz le falló.
—¿Qué pasa?
—Lo conozco.
Adhara bajó para cambiarse de asiento.
Giró la llave y el motor rugió.
Y entonces comenzó la persecución.