Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 34
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Capítulo 34

El móvil giraba en sus dedos, a modo de viejo juguete antiestrés. En la cárcel tenía uno igual. La psicóloga, una turca despampanante, pidió al director una remesa de fidget spinners, alegando que su uso les vendría bien a los presos en general.

El momento que esperaba estaba a punto de llegar. Tras largas horas imaginando cómo sería la caída del soberano de Aventino, su cerebro había fabricado un ligero regusto a victoria anticipada. Sus ojos volaron a la pantalla rota que por suerte funcionaba.

Había llegado la hora.

Escribió el mensaje con cuidado y esmero. No se trataba solo de dinero, se trataba de ajustar cuentas. Y si todo salía como había planeado, desaparecería como si nunca hubiese estado ahí.

Adhara llevaba dos horas tirada en la cama, absorta en el diario, y pensaba pasar el resto del día igual.

2 de enero de 1905

Recibimos el nuevo año en casa. Marcela y sus padres vinieron a cenar y pasamos una noche divertida.

Al terminar de apurar los platos, que habían preparado entre su madre y la mía, mi amiga y yo nos fuimos a mi habitación con la excusa de mostrarle mis últimas compras.

Hice caso omiso al entusiasmo de Marcela cuando sacaba cosas del armario.

Mi mente se debatía entre dos aceras. En una estaba Adolfo, impetuoso y apasionado.

En la otra me esperaba Claudio, con su sonrisa sincera y la palma de su mano dispuesta a tomar la mía.

Estos días me han servido para reflexionar… ¿Tendrá Adolfo parte de razón? ¿Habré sido yo la culpable de su cambio hacia mí?

Ay… me siento tan perdida.

Marcela me sacó de mi aturdimiento cuando escuché la última palabra que salió de su boca. ¡Pues no va y me dice que me centre en el arqueólogo y que deje de jugar a dos bandas! Lo dijo con una seriedad que no le había visto nunca. Aquella cuestión parecía afectarle más de lo que debería.

Piensa que Claudio al final saldrá mal parado de este triángulo que yo misma he creado.

A veces creo que está molesta porque ella no ha vuelto a la excavación.

La noto reticente desde que Adolfo consiguió contratar a algunos de los que hicieron el curso y que ella no estuviese incluida.

Ha tomado uno de mis vestidos y se ha mirado en el espejo de una manera que no supe descifrar…

me da pena por ella. La pobre es poco agraciada, con ese cuerpo tan grande y masculino…

No he dicho nada. Prefiero guardarme mis dudas y reconcomerme sola en esta red de sentimientos que no me deja pensar con claridad.

4 de enero de 1905

Ayer me rasgué la tela al entrar por la verja de detrás.

Hace semanas que uno de los barrotes oxidados se partió y padre siempre pospone su arreglo.

Tengo que esconder el vestido hasta que lo pueda llevar a una costurera discreta.

Si madre ve el roto, empezará a indagar y seguro que me pillará mintiendo.

Aunque el vestido es lo que menos me importa.

Mi corazón está feliz, pese a que mi conciencia se siente enormemente comprometida. Y es que me escapé para verme con Claudio.

Lo sé, soy una víbora sin escrúpulos. Por más que he intentado no sucumbir al deseo, no pude contenerme y accedí a hablar a solas con él.

Si bien, no solo tuvimos palabras. Me da vergüenza hasta escribirlo.

Primero nos sentamos en uno de los bancos de la excavación, cuando arriba ya no quedaba nadie.

No pasó mucho tiempo hasta que comenzamos a devorarnos a besos, entrelazando nuestros brazos y jadeando sin cesar.

Él bajó con su lengua por mi canalillo, después de llevarme hasta un rinconcito improvisado.

Allí Claudio me hizo por primera vez mujer. De una manera salvaje y preciosa.

Al principio fue bastante molesto, pese a ello, el dolor no duró mucho. De inmediato experimenté una sensación vibrante y calurosa recorrer todo mi ser.

Y ahora vuelvo de verlo de nuevo. Acordamos que sería al anochecer en los aledaños del monte.

A esas horas no queda nadie por allí y podríamos resguardarnos del frío en la caseta de aperos.

Ni los ruidos han conseguido frenarnos. El hecho de hacer saltarnos las normas y el riesgo de ser descubiertos lo ha convertido en una aventura.

Como las de las novelas que madre no me deja leer porque dice que pervierten a las jovencitas casaderas.

En eso estamos de acuerdo. Lo que he vivido podría ocupar varios de sus capítulos.

Definitivamente me he enamorado. Claudio me ha hecho su mujer y quiero que siga haciéndolo por el resto de nuestras vidas. Ignoro cómo lo conseguiremos, mas está decidido: a finales de este nuevo año me casaré con él.

7 de enero de 1905

La sobremesa de mis noches desde la primera vez que yací con Claudio ha sido la misma: acabar entre sus brazos.

Ahogada en susurros de amor y jadeos impregnados de sudor.

Él termina estrechando mis dedos entre los suyos y al llegar al anillo que me regaló Adolfo se detiene.

Sabe que no debe preguntar. Entiende que todavía quedan sentimientos por él en lo más profundo de mi corazón.

Esta noche quiero que sea especial. Me quitaré el anillo y lo enterraremos juntos allí mismo. Sepultarlo en la tierra simbolizará el fin de ese afecto y el comienzo de una nueva etapa, desafiando al mundo por nuestro amor.

No albergo duda de que con ese acto nuestra historia quedará marcada para siempre.

Adhara pasó las páginas una tras otra con la esperanza de seguir leyendo más confesiones.

Más vida entre aquellas líneas. Sin embargo, pronto descubrió que solo quedaban hojas en blanco.

Inertes bajo sus dedos. Un suave crujido.

Un pequeño trozo de papel amarillento, doblado con cuidado, que se deslizó hasta caer al suelo.

Era un recorte de un periódico local.

Lo observó un instante y lo desdobló.

—Se informa que la señorita Elettra Engracie, se encuentra ausente desde la tarde del pasado sábado.

Sus familiares ruegan a quien pueda tener noticias de su paradero que se sirva comunicarlo a la comisaría de la Piazza Venezia .

Hasta el momento, las autoridades locales continúan con las diligencias habituales —leyó en voz baja, Adhara.

—¿Qué pasó esa noche, Elettra? ¿Alguien os vigilaba?

No perdió un segundo en agarrar su teléfono.

—Diga —contestó la voz con la boca llena de comida, intentando que no se le escapara nada.

—Orazio, acabo de terminar el diario…

—¿Y? —Casi se atraganta por la emoción.

—Tenemos que encontrar a la familia de uno de los trabajadores de esa época. Estoy segura de que es el dueño de la otra mano amputada.

—¿Qué te hace pensarlo?

—Tenemos un triángulo amoroso más peligroso que el de las Bermudas.

Orazio se carcajeó ante su elocuencia.

—Estás muy loca, ¿lo sabes? —su voz se volvió más cálida—. No te preocupes, por ti… lo que sea.

—Venga, zalamero. Te lo paso todo por correo y en cuanto ate cabos te contacto.

Adhara se debatía entre la dicha por lo descubierto y la tristeza por la realidad que estaba viviendo.

Su teléfono sonó y enseguida corrió a mirarlo.

Bastian:

Estoy cerca de tu piso, ¿te apetece que nos veamos?

Adhara:

Yo siempre quiero verte.

«¡Las tres de la tarde!», se dijo sorprendida al mirarse el reloj.

Dejó el teléfono encima de la cama y se apresuró al baño.

En breve estuvo lista. Bastian llegó con una caja de dulces y una gran sonrisa de regalo.

En cuanto ella lo vio aparecer le soltó un abrazo que, de no ser por su gran corpulencia, lo hubiera roto en dos.

Anhelaba su contacto. A su lado se sentía protegida, amarrada a una boya en el mar turbulento que atravesaba su vida.

—Veo que me has echado de menos —le susurró Bastian cerca del oído—, se me está cortando la circulación de este brazo.

—Perdona, vamos a la cocina.

El sabroso aroma de las lentejas estofadas se le metió a Bastian en la nariz, y mandó una oleada de señales a sus papilas gustativas. Llevaban días sin probar una comida casera.

—¿Comerá Alexia con nosotros?

—No lo sé. —Adhara removía el contenido de una olla—. Está liada con no sé qué informe. De todas maneras, pon un cubierto más por si acaso.

Adhara calentó aceite y Bastian se extrañó al ver la masa.

—¿Qué vas a cocinar? —Arrimó la cabeza al cuenco esperando que le llegase el olor de su interior.

—Son panecillos —aclaró con una sonrisa nostálgica—. Siempre los comíamos con los guisos.

—¿Los?

—Mi madre y yo. Era una excelente cocinera.

Él le acarició la espalda y besó su cabeza.

—La echo tanto de menos… La vida se la llevó —ella le penetró con la mirada— y en su lugar me regaló a otras personas.

El supervisor se inclinó y depositó un dulce beso en sus labios. Adhara terminó de freír los panecillos y los sumergió en el guiso. El teléfono de Bastian comenzó a sonar sobre la barra de la cocina.

Ella alcanzó a distinguir el nombre del emisor.

«Carlos», leyó mentalmente.

Bastian le indicó que pronto volvería y salió al pasillo. Adhara lo siguió a hurtadillas, guiada por un impulso traicionero.

—Eso es una locura, Carlos. Hay que llamar a la policía —el tono de Bastian no era el mismo—. En diez minutos estoy ahí. No hagas nada más hasta que no llegue.

Adhara corrió a los fogones.

—Me han llamado de la empresa. Lo siento, me tengo que ir.

—¿Todo bien? —fingió despreocupación.

—Sí, ya sabes… líos con las nuevas licitaciones.

Ella lo examinó perspicaz.

—Ya, claro…

—Con lo bien que huele eso —aspiró el aire.

—Te guardaré un tupper —prometió decepcionada—. Vamos, te acompaño a la puerta.

Bastian le dio un beso que ella sintió como el de Judas.

—Luego te veo —se despidió él.

Adhara suspiró al cerrar la puerta. Caminó por el escueto pasillo con los pies pesados y los ojos fijos en el suelo.

—Joder, Adhara, ¡qué susto! —Alexia salía de su dormitorio—. Pareces un fantasma.

—Lo siento.

—¿Qué pasa, florecilla? —La periodista sujetó su mentón.

—Bastian me ha mentido en toda la cara. Hablaba en susurros y no me gusta lo poco que he alcanzado a escuchar. —Apretó los puños—. Voy a comprobar que todo esté bien.

Alexia tardó dos microsegundos en procesar la información.

—Espera, espera. ¿Te recuerdo lo que pasó la anterior vez que jugaste a las persecuciones?

Adhara la miró decidida.

—Voy contigo… —Alexia se resignó.

Sabía que no podría hacer nada para convencerla.

Al cabo de tres minutos, salían del piso enfundadas en un atuendo oscuro y cómodo, preparadas para cualquier cosa.

Porque si había que saltar desde el precipicio…

Lo harían juntas.