Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 33
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Capítulo 33

Los pies de Carlos se detuvieron en seco al verla.

El movimiento ondeante de las tiras de cabello cobrizo le provocó un déjà vu .

Últimamente ese color solo le había traído problemas.

Sus sentidos se aguzaron, activados al modo de una alarma que detecta intrusos.

La siguió con la vista desde que salió apresurada de la cárcel hasta que paró junto a un taxi.

Ella se dobló para hablar con el conductor.

El gorro de su abrigo, ribeteado de pelo sintético, le cubrió la cabeza.

Subió al coche y, al incorporarse, su rostro se descubrió.

«¿Caterina?».

Avanzó hasta el coche y por poco tropieza con el bordillo de la acera. El destino se la había servido en bandeja y no podía dejarla escapar.

Gritó su nombre.

Ella volteó la cara.

Ahí estaba ese hombre de nuevo. La encarnación de lo que Caterina había sido, pero se negaba a volver a ser.

—¡Salgamos ya, por favor! —Caterina apremió al conductor—. Tengo mucha prisa.

Carlos corrió.

El zapato resbaló en el bordillo y maldijo.

El coche salió con tal rapidez que no logró acercarse a menos de cuarenta metros.

Se quedó quieto, plantado en la corriente de un río.

Todo a su alrededor seguía su curso y él permanecía clavado.

Tardó unos segundos en recomponerse. Irguió la postura, ajustó la corbata y apretó el cinturón del abrigo sin dejar de caminar.

El guardia de la entrada le señaló el letrero de la zona de control.

—Ejem… soy Carlos Moretti.

La mujer de la ventanilla alzó el mentón y entrecerró los ojos.

—¿Y? —replicó con altivez.

Le sorprendió aquella actitud, su apellido le antecedía.

—Venía a visitar a un recluso.

Ella esperó unos segundos. Lo reconoció, y se preguntó incrédula si alguien en toda Roma podría ignorarlo.

—Espere, señor Moretti. —Tecleó unos números y pulsó un telefonillo—. ¿Nico? —preguntó a través del aparato.

Se miraron en una inmutabilidad incómoda hasta que su compañero contestó.

—¿Qué pasa? —Se escuchó una ligera distorsión.

—El nuevo de la trece tiene visita… Esto va pareciéndose cada vez más a una feria —soltó risueña, al ver el gesto de extrañeza de él.

Carlos mantenía el ceño fruncido, sus dudas se disiparon cuando escuchó el sonido de la apertura que le cedía el paso. Se despidió con un leve movimiento de cabeza para adentrarse hasta el filtro de seguridad.

Acostumbrado a viajar con frecuencia, el detector de metales le pareció prehistórico.

Las salas VIP que solía usar terminaban en arcos que parecían portales al futuro.

Depositó sus pertenencias en una bandeja deteriorada y traspasó el viejo escáner.

El vigilante movió la mano en señal de dejarlo pasar.

Carlos recogió sus cosas y continuó.

—Perdone, ¿hacia dónde tengo que dirigirme para encontrarme con el recluso de la trece?

—Siga recto, y al final del pasillo gire a la derecha. Allí está la sala de visitas del módulo de máxima seguridad.

La inquietud le acompañó durante el breve paseo. Desde que había visto a esa mujer en la entrada, la idea que creyó fugaz persistía más de lo debido.

Otro vigilante lo saludó educadamente y se apartó a un lado para dejarlo pasar. Francesco lo esperaba tras el cristal.

—Hijo… ¿cómo estás? —Su rostro reflejaba preocupación. Notaba a Francesco más demacrado que nunca.

—Hola, papá. Bueno… lo mejor que se puede estando encerrado con la única compañía de una radio —respondió con sarcasmo—. El psiquiatra permitió que la tuviera. Dice que ayuda a no perder la cabeza del todo… como si fuera posible estar peor…

Carlos midió la situación, parecía estar hablando con el mismo hijo de hace meses, antes de que todo se complicara.

—¿Estás tomando medicación?

—¿Tú qué crees? —Esbozó una mueca irónica—. Son las «normas».

—Pues creo que esas «normas» —entrecomilló con los dedos— te están haciendo más bien que mal.

A Francesco se le reflejaba el cansancio.

—Si estar bien significa sufrir cada segundo que paso lúcido… llevas toda la razón.

Carlos notó la duda que amenazaba con salir a la luz.

—¿Has tenido otras visitas hoy? Digo… ¿además de la mía? —tanteó con cuidado, sin mostrar ansiedad.

—Ha venido una amiga.

—¿Una amiga…? —Carlos se inclinó, atento.

—Papá, tienes que sacarme de aquí.

Clavó los ojos en su padre, sin parpadear.

—¿Qué está pasando, hijo? —se cuestionaba si realmente quería conocer esa verdad.

Francesco acarició el cristal.

—Necesito estar con ella… Me ha prometido que me esperará —rogó con una lágrima a punto de derramarse.

—¿Quién te esperará? —la inquietud de Carlos era evidente.

—Caterina…

A Carlos se le formó un nudo en la garganta al escuchar ese nombre.

El triste sándwich, de pechuga de pollo con lechuga y mahonesa, reposaba sobre el plato tras dos mordidas desganadas.

Ficarra y el inspector se habían detenido en una gasolinera a por algo rápido que echarse al estómago.

Caronte había elegido ese bocado, pensando que sería lo más saludable que podría rescatar del expositor.

Tamborileaba los dedos sobre la mesa de caoba, sopesando mil dudas que bailaban en su conciencia.

«La causa de la muerte es asfixia por estrangulación manual…

fuerza ejercida directamente con ambas manos…

sin mediación de objeto alguno…», leía mentalmente el informe forense.

«Con las manos… no sigue un patrón. En la asfixia coincide, pero en la violencia y la relación sexual previa no…

». Su cerebro trabajaba a marchas forzadas buscando la clave que lo conectase con la anterior víctima de Francesco.

«No hubo distancia, ni herramienta, solo piel contra piel.

La decisión consciente de no soltar, y estaba el sexo… no encaja».

Caronte entrelazó los dedos sobre su abdomen.

El golpeteo en la puerta lo sobresaltó.

—Pasa.

Ficarra entró con el teléfono en la mano.

—Es para usted…

El agente ensombreció el gesto, y le pasó la llamada.

—Aquí el inspector Caronte.

—Inspector —la voz del agente sonaba contenida, pero firme—, tenemos unas imágenes que debería ver en persona. Respecto al wifi, revisando los logs , hemos encontrado otra coincidencia. Y créame, esto ya no parece un hecho aislado.

—Voy para allá.

El departamento tecnológico estaba en la planta inferior. Caronte bajó las escaleras desesperado, dejando a Ficarra en el ascensor.

—Ey, espere… —Salió corriendo detrás de él—. Está en forma el viejo.

El clic de las teclas sonaba rápido e incesante.

—Ejem…

—¡Inspector! —Un muchacho saltó de su silla, en actitud de un soldado ante su general.

—Pase, pase —invitó un hombre mayor—. ¿Te quieres sentar? —le pidió a su joven compañero—. Estás haciendo el ridículo.

El muchacho miró a ambos lados y se sonrojó.

—¿Qué tenéis para mí?

—Venga, tiene que ver esto.

El vídeo comenzaba en la madrugada del asesinato. Avanzaron a una velocidad para que no se les hiciese de noche en aquella sala y con la suficiente rapidez para ver cualquier cosa sospechosa.

—Aquí es —señaló el informático de mayor edad—. Pausa el vídeo.

En la pantalla, una pareja tomada de la mano. Ella con cabello pelirrojo, él vestido de oscuro y con gorra. Caronte se fijó en la delgadez del varón, en el cabello negro que asomaba, y en el intento de pasar desapercibido.

—¿Francesco? —pronunció lo bastante claro para que el compañero escuchase. Aproximó la cara a la pantalla.

—Mire esto —llamó su atención el joven.

Mostró una hilera de cifras que a Caronte le sonaban a chino.

—¿Qué significa tanto número?

—Son las direcciones IP del router del señor Mauricio. Y estas —minimizó una pestaña y maximizó otra—, son las de comisaría.

—¿De aquí? —Señaló al suelo desconcertado—. No entiendo nada.

—Señor, hay una coincidencia. Alguien que estuvo en la escena del crimen, o cerca, también ha estado aquí —mostró los códigos idénticos.

Caronte no daba crédito.

Un leve silencio se interpuso.

—¿Llevaba teléfono Francesco cuando lo detuvieron?

El agente examinó la ficha del detenido.

—No, señor.

El inspector frenó de inmediato el tintineo de sus pies.

—¡Búscame las imágenes de la comisaría el día de la coincidencia de IP!

Compañeros saludándose al entrar, paseos de aquí para allá, delincuentes que entraban y salían. Arrestos, sonrisas, llantos, enfados… todos los gestos capaces de proporcionar un rostro fueron captados por la cámara de vigilancia.

—Menudo pieza. —Ficarra señaló una figura en la pantalla—. Tres años por tráfico.

—Pocos me parecen —opinó el informático—. Con buena conducta y un abogado mediocre, estará fuera en menos de dos.

Ambos se miraron y asintieron indignados.

La justicia, no siempre era justa. Caronte sabía que también se equivocaba.

Violadores campando a sus anchas después de haber destrozado más de una vida.

Un maltratador reincidente tras cumplir unos meses entre rejas y salir por buena conducta.

En otras ocasiones, había condenado a hombres inocentes simplemente porque una mujer los acusara.

Por eso, para él, era primordial hacer siempre lo correcto, sin margen de error.

Había dedicado toda su vida a su trabajo y aunque ansiaba su merecida jubilación, no podría descansar sabiendo que no había obrado bien.

—Chsss —les instó a callar—. Retrocede un momento. —Sus rasgos despertaron un recuerdo.

—Ese rostro… ¿de qué me suena? —Caronte escarbó en su memoria—. El caso Moretti…

—¿Moretti? —preguntó Ficarra—. ¿Qué tiene que ver?

—¿Ese no es el tío que fue a la cárcel por robarle información al magnate? —se interesó el joven informático—. Menuda coincidencia… se parece muchísimo al detenido.

Caronte arrugó el hocico y activó su motor de búsqueda interno.

—Aquí. —Señaló el informático en la lista—. Una de las IP registradas por el wifi es esta.

El nombre se reflejaba en registros de días anteriores.

—Ficarra, busquemos al señor Salvattore Engracie —alzó la voz—, creo que por fin hemos encontrado a alguien que sí sabe lo que pasó.