Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 32
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Capítulo 32

El corazón le palpitaba con cada palabra. Adhara estaba tan metida en la historia que narraba la joven Elettra que no podía dejar de leer…

Me rindo. Estoy por no volver a ese socavón infernal.

Ese agujero parece que va a llegar al mismísimo infierno.

¿De verdad será indispensable hacerlo de ese tamaño y con esa profundidad?

La primera vez que puse un pie en la excavación no pensaba que fuera a ser un trabajo tan laborioso y cansado.

Admiro la fortaleza de los hombres. No me cabe duda de que nosotras no estamos hechas para esto.

Arrastro tal cansancio que, si no llega a ser por Claudio, no sé cómo habría llegado a casa.

Siempre está ahí, pendiente de mí. Creo que se mete en mi cabeza porque aparece cuando más lo necesito.

¿Será algún tipo de brujería? Qué tonterías estoy diciendo, claro que no.

¿Qué hombre se presta a esos juegos? El pobre carga en sus hombros los sacos de cal con la misma energía que Marietta, la mula que había en casa del abuelo.

Me ayuda con los trozos de vasijas más pesados, e incluso se agacha para que no tenga que hacerlo yo.

Está pendiente de mí… Cuando hace un esfuerzo, los músculos de sus brazos se tensionan tanto que temo que se le vayan a romper.

Adolfo ha dejado claro en muchos de sus paseos la poca gracia que le hacen esas atenciones, pero qué quieres que te diga ¡me importa tres pimientos!

Hay días que me deja esperando en nuestro rincón y otros que apenas me dirige la palabra.

Desde que ha llegado la señoritinga Monteverde, con su elegante porte adornado de un apellido ilustre, él solo tiene ojos para ella. Estoy harta de esperar.

Madre se pregunta cuándo se me acabará el «jueguecito» de la arqueóloga y me pondré a buscar marido.

¡Ay! ¡Soy tan joven! Yo quiero vivir aventuras, experimentar, sentir la pasión.

Pensaba que con Adolfo lo tendría, y ahora siento que idealicé lo que él significaba.

Ahora que lo pienso, es un hombre que no despierta grandes conmociones.

Quitando algún encuentro más apasionado, nuestras citas carecían de vivacidad.

Al final acabábamos hablando de su trabajo.

Sin embargo, últimamente mi cuerpo busca la cercanía de Claudio. Puede que él no lo reúna todo, pero no me cabe duda de que tiene un brillante futuro por delante.

29 de diciembre de 1904

¿Existe en el mundo una mujer más desdichada que yo?

Lo dudo. Hace unos días que la repínfora de la señorita Monteverde no ha acudido por aquí, por ahí dicen que se fue de viaje con sus padres a América.

Y, ¿qué ha pasado? Vuelvo a existir para el importante de Adolfo; ha dejado claro que vuelve a posar su atención en mí.

Llevábamos dos días de ensueño, como si nada hubiese pasado.

Como si esa mujer de cuerpo tallado y porte real nunca hubiese asomado sus caros zapatos por esta tierra removida.

Hasta que el destino ha vuelto a ponerme un traspié.

Esta mañana, cuando formábamos el paredón principal, se encasquilló ese chisme infernal que ayuda a subir las cestas con la cal.

Yo no tengo fuerza para tirar y Claudio acudió en mi ayuda.

Desde atrás, cobijó sus manos entre las mías para tirar de la soga y sentí un zumbido eléctrico recorrer todo mi cuerpo.

No pude resistir la tentación de girarme para mirarlo, y allí estaban, esos ojos negros que me han penetrado en un segundo.

Podía notar su aliento cálido mover un rizo desobediente que se me había escapado del moño.

Atraído por mi olor, acercó su cuerpo y percibí una dureza que rozaba mi baja espalda.

Adolfo ha gritado mi nombre desde lo alto.

Del susto, aparté mis manos con brío, obligando a Claudio a retirarlas también.

Con la mala suerte de que la alforja cayó al suelo, desparramando todo su contenido.

Sin mirar atrás, corrí hacia él, llevaba la cabeza agachada con la sumisión de un perrillo que acaban de castigar.

Desde lejos veía el hilo rojo de sus ojos.

Adolfo me pidió que no me fuese al finalizar la jornada, que quería hablar conmigo. Yo asentí con un hilito de voz. Desde ese momento, pasé el resto del día intranquila. Mi corazón antecedía lo que estaba por ocurrir…

Cuando llegó la hora de irnos, Adolfo esperó a que se fueran todos.

Una vez a solas, soltó sapos y culebras.

Me acusó de ser una fresca y de jugar con sus sentimientos, asegurando que una niñita de mi edad no se reiría de él.

Mientras escupía improperios, vino a mí…

y no vi cómo movió su mano. Cuando me di cuenta, sujetaba mi brazo con tal fuerza que pensé que se me iba a gangrenar.

Desconozco si existe alguna conexión nerviosa entre el brazo y el ojo, porque comencé a llorar. Eran lágrimas de vergüenza y decepción.

Al percatarse de mi estado, me soltó de inmediato y me dijo que me fuese, que la jornada ya había terminado.

Yo quería defenderme, explicarle todo lo que pensaba de él.

Como una boba, salí de allí, apretándome el brazo con la idea absurda de que podía perderlo por el camino.

Con cada paso caía una lágrima al compás, hasta que me di el susto de mi vida al ver a Claudio escondido entre los arbustos.

La furia brotaba de cada poro de su piel.

Me pidió perdón por no intervenir y aseguró que, si lo hubiese hecho, habría acabado en el calabozo.

Yo he tiritado por el dolor. Por la angustia y la pena.

En mi corazón hacía más frío que en el exterior.

Claudio acarició mis hombros, y se agachó hasta colocarse frente a mí.

Sus ojos no parpadeaban, y su voz estalló en un trueno: «Si Adolfo vuelve a tratarte así lo mataré sin pensarlo».

Me quedé sin aliento ante esa mirada oscura y casi malévola que me removió todo por dentro.

Con una mano, me alzó el mentón y me regaló el beso más dulce que recibiré en mi vida.

Adhara abrió y cerró los ojos con rapidez. Le costaba creer lo que leía.

«Menudo triángulo… Y tú… Adolfo…»

Esa historia se estaba volviendo cada vez más enrevesada, y, aunque no podía apartarse de la lectura, sabía que le quedaba una cosa por hacer.

—¿Hola?

—Clotilde, soy Adhara.

—¡Adhara! ¿Qué tal estás? ¿Te está sirviendo el diario?

—¡No te haces una idea! —exclamó—. Pero no te llamaba por eso.

—¿Entonces?

—Ya tenemos los resultados de las pruebas de ADN.

—¿Sí? ¿Y qué dicen?

—Es ella. Es Elettra.

—¡Lo sabía! —gritó con el auricular en la mano—. Sabía que no se había escapado. Lo terminé de confirmar cuando leí su diario.

—En cierto modo, me alegra que puedas cerrar este capítulo incierto de tu familia.

—No sabes cuánto te lo agradezco, Adhara —respondió con sinceridad—. Mi familia llevaba años luchando por limpiar su nombre y esclarecer su desaparición… nunca nadie nos hizo caso. Nos ha costado más quebraderos de cabeza que justicia.

—Bueno, todavía no hemos hallado nada más.

—No dudo de que lo haréis —añadió segura de cada una de sus palabras—. Me siento agradecida, aunque, lamentablemente, su asesino nunca pagará por ello…

Adhara soltó el móvil en la mesa.

«Su asesino…», su pensamiento se centró en una persona.

«¿Y ese instinto sigue vivo hoy?».

Su mente viajó a aquella casa apartada, Francesco con el arma en la mano dispuesto a disparar a quien se pusiese por delante, durante el secuestro de Alexia. No podía entender cómo había engañado a todos. Una mente enferma, atrapada por los recuerdos, y una realidad que solo existía para él.

Se preguntó si le habría ocurrido lo mismo a Adolfo.

Cansado de las historias que le había soltado el anciano, Caronte contuvo las ganas de estampar el móvil contra la pared al terminar de revisar todos los pagos. Guardaba la esperanza de encontrar una pista, aunque, usando la lógica, un asesino no dejaría un rastro tan fácil de seguir.

El abono de la habitación todavía no se había realizado, y la aplicación del banco de Mauricio lo mostraba con claridad. Desde el día anterior al hallazgo del cadáver no había ningún ingreso en esa cuenta. Otra vez las mismas pistas y el mismo callejón sin salida.

Ficarra, sentado cerca de la mesa, disfrutaba del vasito de refresco que el anciano le había ofrecido, sin poder negarse.

Observaba la desesperación de su jefe, y un suspiro se le escapó sin querer.

Caronte lo miró con cierta aspereza, y él se enderezó, ajustándose la chaqueta.

El inspector rodó los ojos y meneó la cabeza.

Durante ese movimiento notó el parpadeo de una lucecita roja y ámbar tras la televisión.

Cayó en la cuenta, y la línea torcida de su boca se curvó en un amago de sonrisa.

—¡Mauricio! —alzó la voz.

—¡Dígame! —contestó el anciano, visiblemente asustado.

El inspector se puso a su lado en dos zancadas, observándolo con la sorpresa de quien descubre un oasis en mitad del desierto.

—Dígame que eso tiene wifi.

—Claro que lo tiene…

Caronte tuvo que contener las ganas de abrazarlo y alzarlo en volandas.

—¿Puedo? —Señaló hacia el aparato de luces.

—¿No irán a dejarme sin internet? Esta noche estrenan la nueva temporada de mi serie favorita.

—No se preocupe, no necesitamos el router . Solo lo que recuerda.