Capítulo 31
Caterina apretó el trocito de papel con tanta fuerza que se le clavaron las uñas en la palma de la mano. Su cabeza construía mil escenarios tras la afirmación de la chica de la perfumería. No podía entender cómo un hombre dulce y atento podía ser el personaje más buscado de toda Roma.
Su mente le estaba jugando una mala pasada.
Contempló la posibilidad de haberse confundido.
Aunque una punzada de recelo comenzó a abrirse paso.
Se refugiaba en la idea de que la dependienta de la perfumería estuviera equivocada.
Porque si no fuese así, sería lo más doloroso a lo que se había enfrentado nunca.
Prefería elegir una verdad disfrazada a una real que lo destrozara todo.
Buscó su foto en internet y se quedó quieta, recalculando. Quería convencerse de que el chico de la imagen y su enamorado no eran la misma persona.
No podían serlo.
Buscó de nuevo. La noticia de la detención y su posterior traslado.
«Cárcel de Regina Coeli », leyó en su cabeza.
Se subió a un Uber y besó la medalla de la virgen Milagrosa que le había regalado su abuela.
Cuando el color ocre de la fachada asomó, el miedo le robó una bocanada de aire.
Estar allí de nuevo, despertó recuerdos de su relación frustrada.
La ilusión y el cariño mutaron de tal manera que terminó de ser dueña de sus actos.
La culpa se adueñó de su corazón, era un intruso que no podía echar, un dolor que no se quitaría ni con pastillas.
Se odiaba por haberse dejado manipular de esa manera por aquel hombre.
En su día, había hecho mucho daño en defensa de su amor, aunque la verdad era que ese titiritero la había manejado sin escrúpulos.
«¿Cómo no me di cuenta?».
Retomó un paso lánguido hasta el interior de la prisión.
Recordaba algunas caras de los agentes penitenciarios. El control de seguridad la esperaba, y respiró aliviada al ver quién lo custodiaba.
—Buenos días, Pedro. —Se acercó a él con familiaridad.
—¡Qué sorpresa, Caterina! —exclamó—. ¡Hace meses que no te veo por aquí!
Sus labios se torcieron en una sonrisa amarga.
—Sí… ¿Cómo te va?
—Pues ya ves, lo mismo de siempre. ¿Y tú?, pensaba que tu novio había salido.
No hubo respuesta.
—¿Estás bien, Caterina? —preguntó, al verla jugar con los botones del abrigo.
—Vengo a ver a un amigo —respondió con seriedad.
—No hay problema, cielo —aseguró, poniendo una mano en su hombro—. Dime los datos para anotarlo.
Caterina dudó. No estaba allí por un simple amigo.
—Se llama Francesco Gravina.
Pedro se quedó boquiabierto.
—¿He escuchado bien?
Caterina inclinó la cabeza.
—¿Conoces a Francesco Gravina? —Se inclinó hasta quedar a su altura—. Mi niña, ¿sabes de qué se le acusa?
Ella movió la cabeza afirmativamente.
—Solo quiero… Me iré enseguida.
El agente miró a ambos lados.
—Para visitar a presos de su índole se necesita una autorización especial —bajó la voz—. Tenemos cinco minutos. Aprovéchalos y, sobre todo, ten cuidado.
Qué amable había sido siempre aquel hombre.
Caterina se apresuró y siguió sus indicaciones. Mientras tanto, él avisaría a su compañero para que llevase al preso hasta la sala de visitas especiales. Esa zona le era desconocida a Caterina; siempre había rondado los espacios comunes, nunca los pasillos solitarios.
El luminoso de la puerta brillaba en verde y entró.
El agente de dentro le saludó y le indicó su sitio frente al cristal.
Sin atinar, Caterina retiró la silla y se sentó con cautela.
Sus piernas cedieron ante el temblor y cayó sobre la esponja verde del asiento.
Entrelazó los dedos, procurando detenerlos, y tragó saliva para humedecer la garganta seca.
Ya había estado así: esperando al otro lado del cristal con el corazón en vilo.
Esta vez sería distinto. De un momento a otro, saldría de dudas.
La rigidez de su cuello le impedía abarcar todo con la vista, o eso pensaba.
Quería evitar el golpe seco de la realidad.
El cerrojo cedió con un chasquido áspero, y la hoja metálica se desplazó con resistencia.
Tras la puerta asomó una figura delgaducha, ataviada con el uniforme que ya conocía.
A Caterina se le encogió el alma, dentro del pantalón cabrían dos más similares a él.
Recorrió su silueta con la mirada y se llevó la mano a la boca, presa de la preocupación.
No se atrevió a levantar los ojos más hasta que escuchó el pitido del telefonillo.
Él arrimó la silla y se sentó con premura, sin parpadear. Miró a su derecha, bajó la cabeza y se colocó el auricular.
—Caterina… —Sonrió demasiado despacio.
Caterina olvidó respirar. Su flujo sanguíneo se paralizó. Inspiró con desesperación cuando no pudo aguantar más. Por muy distorsionada que sonara la voz, sabía a quién pertenecía. Los latidos reanudaron su marcha, esta vez al ritmo de la Semana Santa.
Reunió todo el valor que le quedaba.
—¿Francesco? —susurró con la esperanza de que no respondiera a ese nombre.
—En tus labios… suena distinto.
Su cansancio no le impedía regalarle una sonrisa perfecta.
Caterina levantó lentamente la cabeza y sus ojos se encontraron. Parpadeó. Respiró profundo.
—Francesco, yo… —arrastró las palabras con lágrimas en los ojos.
—Shhh, no digas nada… Todo se arreglará, te lo prometo. Jura que me esperarás —le pidió con una ilusión que brillaba a través del cristal—. No puedo perderte… no ahora que te he encontrado.
Caterina no supo qué contestar. Confundida, se preguntaba cómo aquel hombre dulce y complaciente podría haber matado a alguien.
«Tiene que ser un error… o yo no he visto nada», se decía sin romper el contacto visual. «Pronto aclararán esto y podremos estar juntos».
Posó su palma sobre el cristal, deseando que así fuera.
Los dedos separados solo por el material transparente. Tan próximos… y divididos por un mundo.
—Disculpe, no puedo dejarles mucho tiempo más, me la estoy jugando —avisó el agente.
Encerrada en un bucle mental, no veía ni oía nada más que a Francesco.
Separó la mano lentamente, quería romper la fuerza que la atraía.
Encogió los dedos para retener la esencia de vida que desprendía, se la llevó al pecho y entrecerró los ojos, intentando transmitirle todo su amor.
Francesco no perdía detalle y lo grababa a fuego en su retina.
Esos momentos le darían el aliento para resistir cuando el ánimo flaqueara.
Caterina se dirigió a la puerta sin apartar la vista. Chocó con el umbral, y le regaló una pequeña sonrisa de despedida antes de marcharse.
Al salir de las dependencias, se desmoronó durante unos segundos. Pero la flaqueza duró poco. Su corazón volvió a acelerarse y sus manos se aflojaron.
Una nueva amenaza la perseguía.
Aquel hombre de aspecto pulcro se acercaba en su dirección.
Caterina recogió el bolso del suelo… Y echó a correr.