Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

— Polizia di Stato —habló primero Ficarra—. Buenos días, señor —sacó su cartera y le mostró la placa—, ¿podría atendernos?

El hombre cerró la puerta. Se escuchó descorrer la cadenita de seguridad y volver a deslizar el pestillo.

—Por favor, pasen —indicó, abriendo de par en par.

Caronte y su subordinado avanzaron por el pasillo. Detrás les seguía él con la misma lentitud de antes. Entraron a un pequeño saloncito sin mucho adorno, pero acogedor.

—¿Quieren tomar algo? ¿Quizá un café? Iba a tomarme uno. Mi hermana vino hace unos meses del pueblo y me regaló esta bonita cafetera. Lo hace delicioso.

—No le entretendremos demasiado —anunció seco el inspector—. Se lo prometo.

—¡Pobre chica! —murmuró el anciano—. Los demás propietarios del rellano tienen un cabreo monumental. Los muy ratas solo piensan en el dinero. Temen espantar a los clientes al tener esas cintas amarillas decorándolo.

—No crea que lo hacemos por gusto —añadió Ficarra—. Es la escena de un delito y seguirá precintada hasta que haga falta.

—Por supuesto, yo no digo lo contrario. Al revés, ojalá pillen pronto al desgraciado que le hizo eso a la pobre muchacha.

—Señor…—intervino Caronte.

—Mauricio. Me llamo Mauricio.

—Bien, Mauricio. ¿Conocía usted a la víctima?

—Conocerla, lo que se dice conocerla… no. Llevaba unos días aquí alojada. Nos hemos cruzado por la escalera. —Revivió la primera vez, el aroma fresco, salvaje.

—¿Cuántos días hacía que no la veía?

Caronte estudiaba la dirección de su iris. Recordó las palabras de la analista: el hombre trataba de recordar.

Ficarra había sacado una pequeña libreta y un bolígrafo.

—Si mal no recuerdo… juraría que no me he cruzado con ella desde hace tres o cuatro días —experimentó el anhelo. Ya no la volvería a ver.

—Asegura que esa fue la última vez —aclaró Caronte.

—Que yo recuerde, sí… Chocamos en la puerta de la entrada del edificio. Yo venía de comprar y ella salía apresurada.

Ficarra tomaba nota de cada palabra.

—¿De qué manera hace usted los registros? No consta en ningún sitio la reserva y posterior alquiler del apartamento en cuestión… —señaló el inspector.

—Eh… —Contrajo los labios—. No lo registro, y al no constar… —Le daba vergüenza admitirlo—. Decidí quedarme con el dinero. No saben lo que es vivir con una mísera paga. Tantos años cotizados y apenas puedo pagar la calefacción…

—No estamos aquí para ajusticiar sus fraudes, pero con esos datos hubiésemos adelantado muchísimo trabajo… —sentenció Caronte. Ese ahora no era el caso.

—Y díganos, ¿qué puede contarnos de la noche del diez de enero? —preguntó Ficarra con el bolígrafo en la mano.

Mauricio ojeó a su alrededor. Entreabrió los labios y no parpadeó.

—Pues… —Guardó silencio—. No ocurrió nada fuera de lo común.

Mi vida es la misma, día tras día. De cuando en cuando, reviso los casilleros en busca de las llaves de las habitaciones que ya han sido abandonadas para limpiarlas.

Me saco un dinerillo extra, saben… —Se dejó caer hacia atrás en el asiento estrepitosamente—.

Desde que me jubilé me cuesta llegar a fin de mes.

La mayoría de los vecinos vendieron su vivienda a empresas, de esas que las convierten en alojamientos por días, e incluso por horas, y los que no vendieron en su momento lo hicieron cuando notaron la demanda de estos sitios.

Descubrieron el dineral que se podía conseguir, y se mudaron a otras urbanizaciones más bonitas y más modernas con todo lo que se embolsaron.

—¿Por qué no vendió usted también?

—Porque nací y me crie aquí, al igual que mi padre y mi abuelo, antes de que todo esto se convirtiese en apartamentos minúsculos, aquí había una auténtica vecindad.

Además, yo ya no estoy para acarrear una mudanza y todos esos menesteres.

Decidí quedarme. Ahora me encargo del mantenimiento de casi todo el edificio.

—Puede decirse que es el conserje… —afirmó Caronte, y Mauricio inclinó la cabeza hacia adelante—. ¿Qué hizo exactamente cuando entró al lugar donde ocurrieron los hechos y se dio cuenta de lo que pasaba?

—No toqué nada —aseguró con el labio tembloroso—. Igual que entré, salí para llamar a emergencias de inmediato.

Caronte seguía observando su lenguaje no verbal.

Sentado en un sillón con la postura relajada, la tranquilidad de sus manos apoyadas en los reposabrazos. No buscó su mirada de inmediato, la encontró después. Su cuerpo no pedía defensa, solo relataba sus recuerdos.

—Nos queda claro, aunque me gustaría que entendiera estos procedimientos. Cualquier detalle es crucial —aclaró Ficarra al ver el rictus del anciano—. ¿Oyó algo?

—De chiripa consigo alcanzar el sonido de la radio. Estos aparatos —golpeó con suavidad en sus orejas—, se quedan sin pila cada dos por tres.

Caronte movió su cabeza, hasta que reparó en los pequeños audífonos. Exhaló con disimulo.

—Bien. —Se sacó la mano del bolsillo y se rascó la nuca—. No tenemos nada, pero podría ayudarnos.

—Por supuesto, señores.

—Eso es magnífico. —Caronte dio una palmada al aire—. Ha dicho que la chica llevaba poco tiempo aquí, ¿le comentó cuánto pensaba quedarse?

Ficarra observaba, con la atención de un partido de tenis.

—Me advirtió que sería provisional. Decía que buscaría un lugar mejor —respondió ofendido—. No concretó nada más.

—Le pagaría por días…

—Sí. Bueno… —El hombre no confiaba en su memoria.

Caronte cruzó y descruzó las piernas más de una vez.

—A ver que nos aclaremos —dirigió la conversación el otro agente—. ¿Ese mismo día le pagó?

—Tendría que mirarlo. Ahora mismo no lo recuerdo.

Tras dos intentos pudo levantarse del sillón.

—¿Cómo suelen hacer el pago los huéspedes? —Caronte gruñía con cada palabra.

—Según. Algunas viviendas las gestiona una página de internet, y otras las organizo yo.

Caronte puso los ojos en blanco.

—Estupendo. ¿Y de ese piso en cuestión, quién se encarga? —las palabras salieron disparadas.

—Ah, claro. —Rio—. De ese me encargo yo. Me suelen pagar en mano, aunque si no estoy, me pagan por bizum .

Caronte y Ficarra se miraron con las cejas en alto.

—Bajé al banco un día, cansado ya de anular las partidas de ajedrez de por las tardes —prosiguió el anciano—, y le dije a la chica de la caja que me pusiese esa aplicación para poder cobrar sin estar allí.

¡Qué inventos! Ahora, cuando me voy con mis compañeros del mus, suelo dejar un cartelito de aviso en el portal al marcharme.

«Madre mía, hay que sacárselo todo con sacacorchos», se lamentó el inspector ansioso.

Los policías aprovecharon su ausencia para intercambiar un gesto y se dedicaron sendas expresiones de incredulidad.

Al poco apareció Mauricio con un gran cachivache entre las manos.

—Toma, hijo —le ofreció el teléfono a Ficarra—, tú tardarás menos.

—Estupendo. —Se frotó las manos y tecleó varios números, tras pedirle la contraseña.

El agente alzó la vista a su superior.

—Vamos a requerir todos los abonos de ese día, Mauricio —avisó Ficarra.

—Ese aparato es todo vuestro —le ofreció el hombre mostrando el hueco entre sus dientes.