Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

La noche anterior no pudo dormir ni tres horas. No dejaba de darle vueltas a una cosa: la autoría del asesinato. De vuelta en su despacho y sentado en el mismo lugar, con la idéntica baraja entre sus manos. La sucesión de fotos rodaba de izquierda a derecha.

Un detalle capturó su interés.

Acercó el papel a menos de diez centímetros de su nariz.

«Maldita sea… las gafas», se preguntó Caronte rebuscando en la mesa.

Los vasos de cartón vacíos, con solo los posos del café en su interior, ocupaban la mayor parte de la superficie. Se había pasado prácticamente toda la madrugada rompiéndose los sesos tras recibir el informe de la criminalística.

«¡Aquí están!».

Lo que parecía una mancha oscura ahora cobraba forma.

Examinó con detenimiento el dibujo de su muslo.

Revisó en el buscador de Google. Deslizó una imagen tras otra, hasta que se topó con una que le hizo frenar de lleno la rueda del ratón.

Agrandó la imagen para percibir de cerca los detalles de la cruz.

«Nudo de la Trinidad, celta…».

Su significado le pareció peculiar. El símbolo celta representaba la unión de cuerpo, mente y espíritu. Tan característica del norte de Irlanda, le creó una ligera idea.

«¿Irlanda? ¿Qué coño pinta esto aquí?».

Buscaba un atajo. Una señal que mandase a Francesco al agujero del que nunca más debería salir.

Se mordió el labio al pensar en las dos mujeres.

En el primer caso, no había manera de demostrar ensañamiento.

La muerte se había producido por asfixia con un objeto similar al que utilizó la madre del principal sospechoso.

No era descabellado que cualquier abogado de tres al cuarto solicitase una revisión del expediente y, con suerte, conseguiría la impunidad del acusado por alteración psíquica.

Alegaría un trastorno mental, incluso hereditario, que se agravó por el impacto que supondría ser descubridor del suicidio de su madre a una edad tan temprana.

Acabaría cumpliendo condena en un cómodo y adaptado psiquiátrico del cual podría salir si, como tantos delincuentes, bordaba el papel de enfermo rehabilitado. Con solo imaginarlo, los músculos se le tensaban y le subía la presión.

—¡Ficarra! —vociferó—. ¡Ficarra! —repitió al segundo.

El hombre acudió al trote. Más le valía no hacerlo esperar.

En la comisaría habían visto el semblante con el que había llegado esa mañana. La crispación de su rostro le delataba.

—Ya voy —dijo entrecortado.

—Prepárate que nos vamos. En diez minutos salimos hacia el bloque donde se encontró el cuerpo —estiró la espalda hacia atrás y se restregó la frente.

Las arrugas que se le formaron en la frente, hecha un acordeón, le recordaron a Ficarra a un sharpei.

—Por supuesto. ¿Pero no tendríamos que hablar con los de la científica?

—No tenemos nada. —Lanzó el informe hasta el límite de la mesa, cerca de él.

Ficarra lo tomó y comenzó a leerlo en voz baja.

—La víctima presenta livideces… —murmuró entre dientes, repasando el informe por encima.

Sus ojos volaban sobre las líneas, pronunciando fragmentos sueltos—.

No se han obtenido huellas dactilares identificables.

Los posibles restos latentes se encuentran distorsionados debido a la humedad generada por la sudoración asociada a una actividad sexual previa, así como por los cambios fisiológicos inherentes al intervalo postmortem, que ha alterado la textura y elasticidad de la piel.

Estas circunstancias han provocado el emborronamiento de las crestas papilares, impidiendo su análisis concluyente.

Al llegar al final del informe, dirigió su consideración al inspector, que lo observaba con expresión de «ya te lo dije».

—¿Podemos irnos? —Caronte descruzó los brazos de su pecho para darle un sorbo al café.

El agente salió del despacho.

«La mañanita que me espera no va a tener desperdicio».

Caronte siempre agradecía uno de los pocos beneficios de estar de servicio. El mero hecho de ir en un coche oficial y llevar el uniforme aseguraba inmediatez ante cualquier cosa. El estómago de Ficarra rugió.

«Las diez y aún sin desayunar», se quejó.

En la acera de enfrente había una tiendecita.

—Jefe, voy un segundo a por unos cafés y unos bollos. Presiento que ahí dentro vamos a tardar, y mi barriga me lo está advirtiendo.

—No tardes… —refunfuñó.

Recorrió la fachada en busca de alguna cámara de seguridad y, al no encontrar nada, se dirigió a la entrada.

—No se molestan ni en tener un portero —se quejó al abrir la puerta y comprobar que cedía sin mayor problema.

Se adentró en el interior del inmueble dando un portazo tras su paso.

La pared de enfrente estaba ocupada por unos casilleros con el mismo mecanismo que los candados de las bicis.

Varios estaban abiertos y dio por hecho que era donde se dejaban las llaves.

Para él, todo aquello era desconocido. Que existieran sitios así le hacía toparse de bruces con su solitaria realidad.

Siguió con la búsqueda, pero dentro tampoco existía ningún dispositivo de grabación.

Se pondría manos a la obra y buscaría puerta por puerta.

«Por algún lado hay que empezar», resopló cuando puso un pie en el primer escalón.

La hilera de peldaños angostos le obligó a rozarse con la pared. Arrugó la nariz, desde la distancia distinguía unas manchas desconocidas. A medida que ascendía, escuchó unos gemidos inconfundibles y visualizó la hora.

«Los jóvenes no se andan con rodeos», levantó la mirada, con incredulidad divertida.

Ese pensamiento le llevó a otro. Si lo meditaba, hacía una eternidad desde la última vez que disfrutó así. Con decisión golpeó la puerta y los gemidos se interrumpieron. Tras varios segundos no obtuvo respuesta.

Volvió a llamar con más intención.

—¿Qué pollas pasa? Joder… —Se escuchaba maldecir al otro lado de la puerta.

Caronte insistió de nuevo con más ímpetu.

—¡Que ya voy! Imbécil. Me cago en… —La voz siguió soltando improperios hasta que abrió.

El inspector lo esperaba de pie con la placa en la mano, acompañada de una amplia sonrisa de tocapelotas.

—Pero…

—Buenos días. Estoy realizando una investigación y me gustaría hacerle unas preguntas.

—¿Preguntas? ¿De qué? —Con los nervios no atinaba a abrocharse el pantalón.

Caronte, que era un as en calar a la gente, y por eso llevaba años al frente de la comisaría, intuyó su temor.

—Tranquilo, no te robaré mucho rato.

—¡Papi! —Una voz joven lo llamó desde adentro de la habitación.

Caronte arrugó la frente.

—¿Con quién se encuentra?

—Esto… es mi chica —contestó apresurado.

—¿Con su chica? Y ¿cómo de chica es? —enfatizó en la palabra. Intuía que podría ser solo una adolescente.

—Es mi novia, joder. Ya no puede uno ni follar tranquilo —se quejó—. ¿Qué quiere?

—Dígale a su chica que salga.

—No me joda. La tengo en pelotas en la cama, colega.

—No lo repetiré. O sale, o entro yo.

—¡Stefy, sal! —pidió—. Un poli quiere hablar con nosotros.

En un santiamén, en el que los dos hombres no dejaron de retarse sin palabras, la muchacha salió.

—¿Qué ocurre?

—¿Qué edad tienes, jovencita?

Ella alternó la vista entre los dos hombres sin saber qué contestar.

—¿Se te comió la lengua el gato?

—Dentro de tres meses haré dieciocho —susurró con la cabeza gacha.

Caronte recorrió con la mirada a aquel hombre.

—O sea que eres menor de edad…

—Venga ya, que le quedan tres meses. —El tipo se aproximó a darle la queja.

—No me toque —advirtió Caronte.

—¿Jefe? —La voz de Ficarra se escuchó desde el portal.

—Estoy en el primer piso, sube —alzó la voz hacia el pasillo.

Ficarra atravesó los escalones de dos en dos y en un plis plas se halló frente a la escena.

—¿Quiénes son estos? —interrogó con extrañeza.

—Estos… —Aventó con una mano—. Hágame el honor, Ficarra. Todos suyos —cedió al policía.

La pareja se miró sin entender nada.

—En este edificio ha sido hallado el cuerpo sin vida de una mujer. Buscamos algún dato esclarecedor. Preguntaremos puerta por puerta si hace falta —explicó Ficarra—. Necesitamos cualquier información que nos lleve hasta el asesino.

Caronte sabía que no podría acusar a Francesco por mucho más si no conseguía pruebas esclarecedoras.

—Siento no poder ayudarles. Hacía meses que no acudíamos por aquí. Sé que en el último piso vive un señor. Está aquí siempre —comentó la muchacha—. Seguro que él puede ayudarles.

«El señor que halló el cuerpo», Caronte visualizó el informe.

—Perfecto, vayamos a hablar con él, jefe —indicó Ficarra—. Puede que haya visto o escuchado algo.

Caronte no le quitaba el ojo a la pareja, y sin preámbulos se puso serio con ella.

—¿Estás segura de que quieres estar aquí con este desgraciado? —le preguntó a la muchacha—. Mira que, aunque cumplas los dieciocho dentro de poco, sigues siendo una menor.

Ella posó la mano en su hombro.

—Se lo agradezco —le regaló una sonrisa—, conozco a este energúmeno desde hace años.

Caronte se dirigió al tipo sin camiseta, de vaqueros raídos.

—Como te sobrepases, te las verás conmigo —masculló con voz amenazadora.

Tras aporrear dos puertas más y obtener el mismo resultado, optaron por ir de cabeza al último piso en busca del testigo que les había indicado la chica.

En la cima del edificio, cerca del techo, donde los vapores se acumulan, el aire se notaba denso.

Un olor a rancio, mezclado con la humedad que rodaba por el filo del ventanal, brindaba el toque final a un espacio que daba sus últimos suspiros.

Los hombres se extrañaron ante el contraste de la puerta, asombrosamente impoluta, en comparación con el resto del rellano.

Con menos recelo, el agente se dispuso a golpear la madera.

Se escucharon unos pasos arrastrados.

Primero la cadenilla, luego el pestillo. Hasta que una cabeza asomó por la línea entreabierta.

—¿Qué desean? —preguntó el anciano extrañado.

A sus años había visto pasar de todo por allí, pero que dos hombres tocasen a su puerta no era lo común.