Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

El día del último adiós

Caterina caminaba a paso ligero recordando lo acontecido la tarde anterior. Cuando se dirigió al hostal en el que estuvieron por última vez, no pensaba que saldría con menos esperanzas de las que tenía al entrar, y con menos dinero en la cuenta.

Volvió a mirarse las manos.

Essenza Eterna era una cadena de perfumerías que se repartía por toda la ciudad.

—No sé qué puedo hacer con esto —murmuró haciendo bailar entre los dedos el ticket que había cogido de la basura—. Piazza della Madonna dei Monti —leyó la dirección impresa.

El color magenta de la tienda resaltaba entre las fachadas de piedra a su alrededor.

Las luces blancas y la música al cruzar el umbral le provocaron dolor de cabeza.

Llamó la atención a una de las dependientas.

Con el pelo recogido en un moño bajo y la raya a un lado, un trazo perfecto del eyeliner que ni en sus mejores sueños conseguiría, y los labios del mismo color que el local, la muchacha la saludó mostrando una mancha rosa en uno de los dientes.

—Bienvenida a Essenza Eterna . ¿En qué puedo ayudarle? —sin dejar de hablar, se giró a la estantería y cogió un bote de cristal—. Pruébelo. Es el perfume de moda que está triunfando en Roma. —Le roció en la mano.

Caterina no supo qué decir.

—¿A que es una fragancia deliciosa? —preguntó, llevándola consigo—. Además, está en promoción y…

—Espera —frenó, interrumpiéndola—. No necesito un perfume.

—¿Una base de maquillaje quizá? Se le ve pálida. Tenemos una ideal que…

—¡Para! —se exaltó—. No quiero nada de eso —bajó el volumen de nuevo—. Estoy buscando a una persona.

La dependienta la miraba intrigada. Caterina decidió seguir.

—No consigo localizarlo, y siento que es el amor de mi vida.

La muchacha estiró su boca en una sonrisa enorme.

—Oh, eso es precioso. ¿Y qué puedo hacer yo?

—¿Podrías buscarlo en las cámaras de este día? —le mostró el ticket .

La dependienta la apartó a un lado, en busca de intimidad. Su encargada todavía no se había presentado.

—No puedo hacer eso. Si me pillan, me meteré en un lío tremendo.

Caterina la miró con los ojos a punto de desbordarse.

—Sígueme —claudicó al fin la joven.

Fueron juntas hasta la trastienda, repleta de cajas abiertas y cerradas, con un escritorio diminuto improvisado.

—Gracias por hacer esto por mí sin conocerme de nada —susurró Caterina.

—¡Qué triunfe el amor! —exclamó—. Por desgracia, sé cómo duele la desesperación del corazón.

Comenzó a teclear. Sus dedos volaban.

—Esto es pan comido —dirigió su vista un segundo a Caterina—. La información se suele almacenar hasta un mes. Si tu chico estuvo aquí, lo veremos.

Retrocedió hasta antes de la hora que marcaba la única pista que tenía. A los pocos segundos, lo vieron aparecer en cámara.

—Es él…

—¿Estás segura?

Presionó el zoom para salir de dudas. En la pantalla surgían en primer plano unos ojos azules que encandilaron a la chica.

—Me suena mucho su cara…

—Claro. De haberlo visto en la tienda. —Rio Caterina.

—No sé, pero… su pelo…

—Parece ser que se lo tiñe. —Mostró de nuevo el recibo de la compra.

—¡Claro! Ahora lo recuerdo. Por supuesto que lo he visto en otra parte. Ha salido en todos los noticiarios. Muchacha… —Posó la vista en ella, tapándose la boca.

Caterina estaba atrapada entre la sorpresa y el miedo.

—¿Qué pasa?

—Ese hombre… todo el mundo habla de lo mismo…

—¿Quién?

—¡Está relacionado con el caso… el del pañuelo!

La realidad le rompió algo dentro.

Al salir de su piso se subió de nuevo el pantalón. Se le escurría por el peso de las llaves en el bolsillo. El tintineo de los metales avisaba de su llegada con el sonido mudo de un cascabel.

Domenico entró, como Pedro por su casa, y anduvo por el pasillo en penumbra hasta la cocina. Sus fosas nasales inspiraban el aroma del café de Alexia que tanto le gustaba.

—¡Llego en el momento exacto! —advirtió Domenico al entrar.

Adhara dio un respingo en la banqueta. Sus pensamientos la absorbieron de tal manera que no reparó en su llegada.

—¡Qué susto!

—No exageres. No quería despertar al personal. —Le sacó la lengua en señal de burla—. Tiene mala cara, señorita arqueóloga.

—La señorita arqueóloga ayer se pasó con la botella. —Alexia entraba en la cocina meneando una cuchara dentro de un vaso—. Tómate esto, te ayudará.

—Gracias. El vino me sentó fatal anoche.

—Ni que lo digas —masculló Domenico, devorando una tostada.

—Además, hace días que no pego ojo. Y cuando lo hago —le mostró el diario—, esto consigue desvelarme del todo.

El psicólogo estiró la mano para cogerlo.

—¿Qué es? —Se lo dio y lo abrió por la primera página—. ¡Un diario! ¿De qué año es esto, nena?

Adhara sonrió con orgullo oxidado.

—Estoy segura al cien por cien de que es propiedad de una de las manos huesudas halladas en el Monte Testaccio . Todavía no tenemos los resultados de los análisis que lo corroboren del todo, pero pondría la mano en el fuego porque llevo razón.

Su amigo hojeó algunas de las páginas.

—Chica, aquí tienes un novelón de los buenos.

—Estoy deseando poder terminar de documentarlo. —Se lo quitó de las manos.

—Y de los otros huesos, ¿qué sabéis? —preguntó Alexia.

—Por ahora nada. Aparte del anillo, no sé por dónde empezar.

—Bueno me hablaste de ese tal Adolfo… ya tienes algo.

—Primero terminaré de leer el diario, me queda poco para acabar todo el informe.

El sonido de la manilla al girar provocó que los dos miraran hacia la puerta.

—Buenos días —saludó Bastian somnoliento.

A Adhara se le subieron los colores: el rubor ascendió con la violencia del agua al hervir en la cafetera. No se acostumbraba a aquello.

—¿No tienes casa, bomboncito? —se burló el psicólogo.

—Igual que tú… —se defendió Bastian, intentando robarle la tostada que estaba a punto de morder.

—Sois dos niños pequeños… —les regañó Adhara—. Me voy a mi habitación a seguir con esto. —Alzó el diario—. Tengo que acabarlo ya… No os matéis, por favor.

Se levantó y metió el vaso en el lavavajillas.

—A todo esto… ¿Y mi padre? —Cayó en la cuenta antes de salir de la cocina—. ¡Ay! Lo siento, Alexia —recordó—. Te dejé con todo el marrón…

La periodista apretó los labios.

—¿Marrón? —Doménico vigiló a la periodista—. Ese gesto ya me lo conozco…

Alexia se ruborizó avergonzada. No hacían falta explicaciones.

—Mejor, ahórrate los detalles… —musitó Adhara, con las cejas arqueadas en la misma dirección que su boca.

La arqueóloga se marchó a su habitación con una leve sonrisa. El aviso de un nuevo correo llamó su atención. Después de varios intentos no consiguió abrir el documento adjunto.

—¡Hola! —saludó emocionado.

—Hola, Orazio. ¿Te pillo bien? —preguntó Adhara.

—Sí, claro.

—No puedo abrir el archivo que me has mandado, ¿qué es?

—¡Son los resultados de los análisis!

—¿Y? ¿Qué dicen? —exigió pletórica.

—¿Preparada?

—¡Venga, Orazio, no te hagas de rogar!

Soltó una carcajada.

—Lo tenemos: la muestra coincide. Todo indica que es Elettra Engracie.

Pasaron unos segundos silenciosos.

—¿Adhara? —preguntó Orazio extrañado al no escucharla.

—Estoy procesando la noticia…

—Ya, es fuerte. Con este avance será más sencillo determinar a quién pertenecen los otros huesos… Nos estamos acercando a la verdad.

—Esto tiene que saberlo Giuliano. Voy a llamarlo de inmediato para darle la noticia.

—Ey, espera —pidió antes de que cortase la conversación—. Ya está al tanto. Tú no respondías al correo… en fin, que esta tarde estaré en Roma. Me gustaría que nos viésemos…

—Mmm… no sé.

—Me encantaría verte… Digo… que nos reencontrásemos —no quería desnudar las ganas que tenía de volver a verla.

—Deja que me organice y te digo…

—Esperaré ansioso.

Las ideas chocaban entre sí en su cabeza.

Por un lado, sentía una alegría inmensa por haber identificado los restos. Por otro, notaba el mundo a sus pies desmoronarse cuanto más pequeño era el círculo de sospechosos.

El crimen apuntaba a su familia. Quería conocer la verdad.

Y la respuesta puede que estuviese en el diario.