Capítulo 28
—¿Carlos? —Su rostro de sorpresa lo declaraba todo. Añoranza, rencor, anhelo… sentimientos que revoloteaban a su alrededor y la mareaban.
—Hola, Alexia —saludó con firmeza. Apretó la mandíbula con el empeño de no mostrar un atisbo de emoción—. ¿Puedo hablar con Adhara?
—Sí… Adhara. Claro. —Trastabilló al abrirle paso—. Entra, está en la cocina.
Carlos cruzó el umbral con timidez, Alexia lo siguió por el pasillo.
«¿En qué pensabas? Viene por su hija, joder. Pareces una panoli…».
Querría que la tierra se la tragara.
Sus cuerpos se rozaron, creando tal campo eléctrico que provocaría un apagón.
—Chicos… —avisó, sin que ninguno le prestase atención. Entre las risas y el ruido de la música no se habían dado cuenta de su vuelta.
—¡Chicos! —gritó esta vez.
Los tres la miraron.
—Tenemos visita.
Carlos se adentró en la cocina.
—¡Papá! —Las mejillas de Adhara ardieron. Había perdido la cuenta de los vasos de vino que se había bebido—. ¿Hay nuevas noticias? —preguntó con preocupación. Verlo en el piso de Alexia no sería lo normal.
—Intuyo que sabes lo de Francesco.
Adhara fue hasta él para tomarlo del brazo.
—Vayamos al salón.
Los dos se apartaron del grupo, que había bajado los decibelios desde su llegada… y también la energía.
—Alexa, apaga la música —ordenó Alexia, cabizbaja.
—Bueno, bueno… ¿este qué hace aquí? —preguntó Domenico a su amiga, entornando la puerta.
—Ni idea. Sé lo mismo que tú.
—¿Te encuentras bien? Tienes cara de haber visto un fantasma.
—Joder, ¿qué esperas? —Alexia se bebió la media copa de vino tinto de un trago—. Voy a abrir la puerta pensando que es tu novio y me lo encuentro a él.
—Eh, chicos… creo que voy a pasar… —Bastian se levantó del asiento—. Avisadle a Adhara que me he ido a la cama. Estoy mareado, y me moriré de vergüenza si se lo digo con Carlos delante.
—Buenas noches, bombón. —Domenico le guiñó un ojo.
Alexia le propinó una suave palmadita en el muslo.
—Desde luego… eres un fresco de mucho cuidado, cuándo cambiarás…
—Yo estoy a dieta perpetua, pero me gusta castigarme mirando el menú.
—Comenzó a reír —. No me pidas que cambie…
—añadió bajando el tono—, si escucho la misma canción una y otra vez, no por la letra, sino por lo que despierta en mí.
Las personas no cambian, amiga. Mejoran o empeoran…
pero no cambian. Y ahora sí, yo también me voy.
Marco tiene que estar a puntito de venir.
Me llevo esto —cogió un tupper que había sobrado—, paso de cocinar.
Alexia los acompañó a la puerta y se despidieron.
Con la mano pegada al pestillo no terminaba de decidirse. Se preguntaba si ofrecer algo a Carlos. Dadas las horas, dedujo que quizá no habría cenado. Preparó unos bollitos rellenos y una copa de vino en una bandeja y avanzó al salón.
Carlos estaba solo, sentado en el sofá.
—¿Y Adhara?
—Me parece que se ha pasado con el vino. Su delgadez hace que unas copas de más tengan el mismo efecto que si se hubiese acabado dos botellas ella solita —aseguró sin quitarle el ojo de encima.
El bajo vientre de Alexia se estremeció.
La presencia de ese hombre, su voz. Un estallido sensorial amenazaba con tirarle la bandeja al suelo al recordar lo que estuvo a punto de pasar la última vez que Carlos pisó su salón.
—Te traía esto —depositó la bandeja en la pequeña mesita de café.
—Oh, no tenías…
—Venga, seguro que todavía no has cenado. Voy a ver cómo está Adhara.
Al entrar en el cuarto de baño, se encontró a su amiga sentada en el váter, con los codos apoyados en los muslos, sujetándose la cabeza y con los ojos cerrados.
—Ey. —Alexia se dobló hasta su altura—. Muchas emociones, ¿verdad?
Adhara abrió los ojos y balbuceó unas palabras ininteligibles.
—Vamos. Te acompaño al dormitorio.
Le agarró fuerte del brazo y la condujo hasta allí.
—Mejor pasa tú, no quiero ver a tu novio en calzoncillos.
Adhara se puso seria.
—Eres la mejor amiga que he tenido —arrastró las palabras.
—Yo también te quiero, florecilla. Y ahora, hazme caso y acuéstate.
—Ah —se giró con torpeza—, y no es mi novio.
La periodista movió la cabeza de un lado a otro y cerró la puerta.
«Sola ante el peligro».
Desinfló sus pulmones y se remangó la blusa.
Carlos esperaba con la copa de vino en la mano.
«Pues sí que tenía hambre», Alexia contempló el plato vacío.
—Voy a por más.
—Espera, te acompaño —se ofreció él.
Alexia accionó la luz de la cocina. No la blanca de sala de autopsias, sino la cálida del arco de la península, que envolvía el espacio en una intimidad peligrosa.
Reaccionó.
El diablillo había hecho su trabajo y ahora el angelito quería pararle los pies.
Se sacudió ambos de un plumazo y rellenó las copas de vino.
Al pasarle a Carlos una, rozó el dorso de su mano y reconoció la calidez de su piel.
Aquel estímulo despertó su corteza cerebral, recordándole las sensaciones que provocaban esos dedos recorriendo todo su cuerpo.
Contuvo el aliento. Cuando alzó la vista, lo encontró mirándola con la derrota de quien ha perdido una discusión que ni siquiera había empezado.
No dijeron nada.
No debería estar pasando, pero Carlos necesitaba dejar de pensar, aunque solo fuesen unos momentos.
Acortó las distancias y se plantó frente a ella.
Él percibía el aliento dulce y embriagador del vino caliente que salía de su interior.
Su mano rozó el mentón de Alexia, que notó cómo el pulso le latía en la garganta y no se apartó.
El vino quedó olvidado. Las preguntas también.
Entre una respiración y la siguiente todo perdió importancia.
La puerta del dormitorio se cerró a sus espaldas. Sus bocas se encontraron sin control. El resquicio sin sellar de sus labios dejaba escapar los jadeos silenciados y el aire sobrante.
Contra la pared, el frío del espejo en la espalda de Alexia le cortó el aliento. El beso de Carlos descendió tan despacio que le encogió cada músculo del cuerpo.
No podían esperar más.
—No pares… —Los ojos de Alexia hablaban, inyectados en deseo.
Sus respiraciones se mezclaron. Una reacción simultánea de satisfacción y, a su vez, de una necesidad todavía mayor.
Al cabo de una hora, los cuerpos entrelazados reposaban exhaustos en la cama. Carlos le acariciaba el pelo, que se enroscaba entre sus dedos. Era de las pocas veces que la había visto así, natural y vulnerable. Sentir la suavidad de los mechones rebeldes le hacía cosquillas en la palma de la mano.
Escuchó la placentera respiración y alargó la mano.
La batería de su móvil indicaba que le quedaba un quince por ciento.
Durante un instante tuvo una extraña sensación, la de una calma frágil.
Su vulnerabilidad crecía con cada minuto que pasaba.
Por primera vez en años, Carlos Moretti no tenía respuesta.
Siempre había sido el que movía los hilos.
Y ahora tenía la inquietante sensación de que alguien tiraba de los suyos.
Sin rumbo ni opciones, cerró los ojos con la cabeza echada atrás. Buscaba la inspiración que le diese sentido a esa burda broma del destino. Sin embargo, existen veces en que, si las cosas parecen negras, todavía se pueden oscurecer más.
El teléfono vibró.
Número desconocido:
Es curioso verlo todo desde esta posición, ser yo el que ahora pone las normas. ¿Tienes mi dinero? Dos millones no deberían dolerte, a otros les cuesta bastante más…
«¿Quién eres, hijo de puta?».
Tenía el abismo a un lado y el muro al otro. Había pasado de poseer el poder absoluto a ser preso de un acantilado que estaba a punto de ceder. Perdía distancia en una carrera decidida incluso antes del calentamiento. Tras comprobar que Alexia seguía durmiendo, se vistió con sigilo y se marchó.
En su habitación, Adhara no dejaba de dar vueltas en un sueño ligero que acabó por despertarla.
Su vista apuntó hacia el techo y se acordó de su padre.
Lamentó haberlo dejado solo, aunque no se encontraba con fuerzas para levantarse.
Giró la cabeza, el aire que entraba por la boca entreabierta de Bastian le hacía subir y bajar el pecho.
Fue consciente del punto en el que se encontraba su vida.
«Definitivamente desde que subí a ese avión, nada ha vuelto a ser igual».
Estar en Roma había cambiado su mundo por completo: recuperó a su padre, encontró a una hermana en Alexia y había conocido a personas maravillosas, entre ellas Bastian. Pronto los nubarrones cubrieron su mente.
Ahora tenía un padre… pero también había aparecido él.
Le corría la misma sangre que a un asesino.
Visualizó su apellido y estiró la mano hasta la mesita.
Allí estaba: una historia desconocida que, con suerte, arrojaría claridad a la mala ventura de los Castelli.
10 de diciembre de 1904
Hace una semana del malentendido con Adolfo.
Yo me he guardado de acercarme a Claudio, al menos delante de él, y no ha habido más reproches ni regañinas.
Fuera de la excavación hemos compartido varios encuentros, gracias a Marcela que siempre nos ha acompañado.
Claudio le cae en gracia, muestra un genuino interés por cada anécdota que le contamos del trabajo.
Aunque Adolfo no ha sido el mismo.
El hombre tierno que se citaba conmigo al son de las hojas cayendo se ha convertido en un ser taciturno y malhumorado que deja caer la curvatura de sus labios.
Sus besos amorosos se han transformado en un lío violento de lenguas acompañado de unas manos desesperadas.
Hay momentos en que me veo en la obligación de decirle que pare.
Y otros, en los que me mira con esos ojos, que no han vuelto a reflejar el cielo, sino una hoguera que devora, y yo asiento sin rechistar.
No sé si por miedo a perderlo, o a su reacción.
13 de diciembre de 1904
Marcela ha puesto el grito en el cielo cuando le he contado todo lo que está pasando.
Cuando pronuncié el nombre de Claudio, dejó de doblar uno de los vestidos.
No había reparado en la clandestina relación que tengo con Adolfo, en cuanto se enteró, su mal humor se volvió casi cortante.
Y aún más cuando le confesé lo que Claudio empieza a removerme por dentro.
—Estás loca. Si tus padres se enteran de que te ves a escondidas con un señor mayor que tú y además a solas…
por no decir de tu repentina amistad con el hijo del farolero del barrio.
Elettra, estás jugando con un fuego que no sabes cómo apagar —me dijo enfurecida—.
Lo que tienes que hacer es olvidarte de amoríos.
Mi prima dice que todavía somos jóvenes, sabe de lo que habla.
También que los hombres solo causan problemas, y que deberían estar todos enterrados en el olvido.
Sé que lleva razón, aunque a la vez pienso que siente no ser ella la que disfrute de la atención de esos dos hombres. De todas maneras, no sé parar esto. Dentro de mí se están despertando cosas que ni entiendo.
Adhara cerró el diario y absorbió el aire. Necesitaba tiempo para pensar.
«Ese tal Claudio cada vez pesa más en tu cabeza…».