Capítulo 27
Le dolían los dedos de tanto apretar el volante. Carlos se negaba a creer lo que aseguraba Caronte. Que el inspector acusase a su hijo de un nuevo asesinato le rompía el alma en dos. Cada palabra se clavaba de la misma forma que miles de agujas pequeñas bajo la piel…
—¿Que… qué me pasa? —respiró entrecortado con violencia—. ¡Su hijo ha matado a otra mujer!
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Carlos, incrédulo.
El inspector no se movió. Permanecía fijo en los ojos gélidos de Francesco, que lo miraban con miedo a través de los barrotes.
—¡Suéltalo de una vez! —exigió Carlos.
Caronte no movió ni un solo dedo.
—¡Te he dicho que lo sueltes! —Tiró de su brazo.
—Si vuelves a tocarme, te meto a hacerle compañía… y no de visita. Puedo asegurártelo.
—Yo no he hecho nada. Díselo, papá —sollozó Francesco—. Ella me quiere… lo sé.
Las lágrimas le recorrían el rostro, limpiando a su paso la fina mugre de su tez.
—¡No hables más! —ordenó Carlos—. Voy a llamar al abogado. Y usted —se dirigió a Caronte—, acompáñeme afuera, por favor.
A Caronte le costó un gran esfuerzo soltar el agarre. Se despidió de él con una última ojeada amenazante.
Ambos salieron al pasillo.
—Vasalli, entra con Francesco. Ten paciencia —le advirtió—, está muy nervioso.
—Claro.
Los titanes se quedaron solos.
—Tus influencias no llegan hasta aquí, Moretti. Estos son mis dominios. —Caronte señaló a su alrededor—. El dinero podrá comprar la justicia, pero nunca me tendrás a mí. Haré hasta lo imposible para que tu hijo se pudra por lo que ha hecho.
—Primero tendrás que demostrarlo. —Carlos entornó los ojos al decirlo.
—Que no te quepa duda de que lo haré —se impuso, quedando a la misma altura.
El pulso por el poder ya estaba en marcha…
Con el paso de los minutos, la furia de Carlos había menguado. Daba mil vueltas a todo lo que estaba sucediendo.
«¿Estará Caronte en lo cierto?».
El zumbido lo distrajo. No reconocía el número, que usaba un prefijo internacional que jamás había visto.
Número desconocido:
¿Qué se siente al no poder controlarlo todo?
Debe ser frustrante para alguien como tú.
Ahora otro mueve los hilos. Tú solo eres una marioneta más.
No sabes lo reconfortante que es. Me dejaré de rodeos innecesarios: si no quieres que tu culo aparezca en todas las pantallas del país, prepara dos millones de euros en efectivo, y no te hagas el listo.
En breve recibirás instrucciones. Una última cosa: no pierdas el tiempo rastreando este número.
Para cuando consigas acercarte, el vídeo estará en los correos de todos los periodistas de Italia. No falles. Yo no fallo.
La saliva le arañó la garganta al tragar.
El pulgar le tembló al terminar de leer el mensaje.
«No ahora…».
Echó la vista hacia arriba, y se reclinó en el asiento. Sus opciones se iban reduciendo. Tecleó rápido en el dispositivo el número de teléfono de Bastian.
—El número al que llama no está disponible en este momento. Por favor, deje su mensaje después de la señal —anunció la operadora.
La desesperación se apoderó de él. Aparcado en su calle, no se atrevía a tocar a la puerta de Alexia. Propinó un golpe al salpicadero, dejando una grieta en el material. Ni el dolor físico lograba disuadirle. Se llevó la mano hasta la boca al ver la sangre.
Su aliento se detuvo.
La vio llegar hasta su edificio. El aire le liberó unos mechones. Hebras de sangre propias de la mejor pintura renacentista decoraban su rostro. Desde la entrega de premios no la había vuelto a ver, y una ola de arrepentimiento le atravesó al recordar su último encuentro…
—Hola, señorita McGregor. Le felicito por el premio. Ha conseguido lo que quería. ¿Es ahora feliz? —preguntó Carlos.
—Buenas noches, señor Moretti. Usted por aquí… —respondió Alexia a su inesperado saludo.
—Ya sabe, compromisos. El estar en mi posición me obliga a tragarme más de un acto que no me interesa en absoluto —las palabras le brotaron llenas de veneno—. Solo quería felicitarle por el premio. Si me disculpa…
Ella ni se inmutó.
—Ah —intervino antes de marcharse—. Ojalá haya valido la pena todo lo que has perdido…
Se avergonzaba de haberla dejado con la palabra en la boca y en esa ridícula situación.
Tras el paso de los días, se sentía peor.
Su conciencia lo arrastraba al fondo a un círculo interminable de culpabilidad y añoranza.
No solo Francesco la había roto. Él mismo había contribuido a ese dolor.
Lo que surgió entre ambos fue auténtico.
Alexia era una fuerza que no admitía yugos, una que escapaba al control del Gran Moretti, y eso lo embrujaba aún más.
La sensación de pérdida lo atizó cuando se esfumó a través de la puerta. Su interior se debatía entre dar un paso, o arrancar y salir derrapando de allí.
Tras un breve lapso, el beep del cierre de puertas quedó lejano.
Al descorchar la segunda botella, Domenico fue el primero en animarse a levantar la voz. Tras la cena, el psicólogo bajó de su piso unos vinos que le había traído un compañero de trabajo de uno de sus viajes.
—Alexa, pon unas sevillanas —gritó enfocando su voz al pasillo—. Alexa… Alexia. Una tan servicial, la otra con tan malas pulgas. —Rio, señalando a la periodista.
Los primeros acordes comenzaron a sonar.
—No serás capaz… —se carcajeó Adhara al verlo alzar los brazos.
El psicólogo comenzó a moverlos en el aire al compás de las sevillanas Sueña la margarita .
—Venga, demuéstranos lo buena sevillana que eres.
—Que sea andaluza no significa que sepa bailarlas… —le soltó—. Aunque…
Se acabó la copa de vino y se recogió la mata de pelo negro en una coleta alta. Colocó sus pies en forma de L y alzó el mentón con elegancia. Los pasos, acompañados del delicado movimiento de sus muñecas, hipnotizaron a Bastian, que miraba embelesado.
Alexia fue la única que escuchó el timbre.
—Por ahí tengo algo para que no te manches. —Hizo ademán de limpiar la barbilla de Bastian, a medida que se dirigía a la puerta.
Por el camino quiso seguir el ritmo con las palmas, reconoció que eso no era para ella.
—Marco, venga, que llegas en lo mejor —decía Alexia al llegar a la entrada—. Ya puedes venir con ganas de…
Las palabras murieron antes de salir.
Allí quieto, convertido en una estaca de madera.
Una bocanada de aire quedó a mitad de camino.
—¿Carlos?
Caronte no dejaba de abrir y cerrar el abanico de fotos como una baraja de naipes.
En la comisaría quedaban ya pocos agentes del turno diurno, y él seguía inmerso en la investigación.
Observaba las imágenes con la esperanza de encontrar una pista que le ayudase a desterrar a Francesco a un agujero oscuro, y poder cerrar el caso.
La primera foto mostraba la habitación donde se halló a la víctima. En segundo plano, se apreciaba un cuerpo en una postura que dejaba parte de su nalga derecha al descubierto.
Un tatuaje.
—Una cruz —se dijo, extrañado.
La analizó, tratando de relajar su respiración, y prosiguió con la siguiente. La protagonista era una mochila deportiva de color azul añil.
«¿Cuántas puede haber iguales en toda Roma?».
Si quería tirar de ese hilo, se perdería.
Siguió con el muestrario de imágenes. A continuación, escrutó un primer plano del rostro.
Ahora grisáceo y rígido, conservaba los contornos de los dedos que la asfixiaron, los mismos que hablaban del último contacto con su asesino.
Los ojos apagados y hundidos parecían examinarlo desde un mundo al que ya no pertenecían, ajenos al descanso que ya sería eterno.
Rozó con el índice la cara de la mujer, y la ansiedad le mordió el pecho.
El tiempo corría en su contra. Debía darse prisa si quería adelantarse al inevitable traslado a un centro psiquiátrico.
Si demostraba el claro ensañamiento, del que carecía el escenario de la anterior víctima del callejón, podría conseguir que lo encarcelasen en una prisión de máxima seguridad.
Iba a ser un trabajo tedioso. El equipo forense no había dado con nada, ni una sola huella que no fuera parcial.
Tardarían horas, incluso días, en tener una lista de posibles sospechosos que coincidiesen con lo poco que habían aislado.
De hecho, aún desconocían la identidad de esa mujer, que carecía de documentación alguna.
—Su cara me es tan familiar…
Trazó un mapa mental, repleto de flechas rojas apuntando a fotos y post-it con anotaciones. Al rato, bajó de nuevo a los calabozos. En el trayecto la idea no paraba de rondarle la mente.
Descubrió a Francesco acurrucado en un rincón de la celda. Sus brazos abrazaban las rodillas y el mentón caído. La mirada perdida en los desconchones de la pared.
—¿Francesco?
No se movió.
—¿La conocías?
El mismo vacío de palabras.
Esperó unos minutos, y decidió salir al pasillo ante su mudez.
Rozó con la espalda la pared. Se llevó la mano atrás, tensando la nuca con frustración.
Demasiado limpio. Demasiado perfecto.
«Esto no encaja».