Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Caterina estaba a punto de tomar una decisión que cambiaría el rumbo de las cosas.

Seguir con todo o abrocharse el cinturón para afrontar lo que estaba por venir.

Tenía que reunir fuerzas para separarse de él.

Al principio se mostró cercano. Quizá demasiado.

Durante los meses que estuvo encarcelado se habían visto a diario.

Primero fueron simples encuentros por compasión, al verlo pasear en solitario.

Más tarde, esos encuentros se convirtieron en imprescindibles para seguir viva, a los que les seguirían los vis a vis que les permitieron conocerse en plenitud.

Y como todos los sueños, algunos tienen un mal despertar.

Al obtener la condicional, la realidad cambió poco a poco. Sin darse cuenta, un remolino de inseguridades la consumía. No intuyó lo que se escondía bajo la calma. Una inocente sonrisa de agradecimiento desató el primer zarpazo.

Celebraban su puesta en libertad con una cena especial.

A la llegada de los postres, la camarera les obsequió con unas copas de champán para brindar.

La alegría de aquel gesto reveló un lado oscuro del hombre amable que ella había conocido meses atrás.

Caterina se preguntó si su paso por la cárcel fue un simple infortunio o si detrás de esa máscara se escondía un ser retorcido.

Vinieron otras ideas que reforzaron esa duda: la noche en que sufrió un fuerte dolor estomacal y tuvo que levantarse.

El teléfono de él estaba boca abajo, sin sonido, pero la luz de la pantalla se reflejaba en el cristal de la mesa.

Sopesó si despertarlo. Recordó sus malas pulgas al desvelarse, y evaluó si quería pasar ese mal rato.

Volteó el móvil. Varios mensajes de una tal Flori que le rogaba volver a verse.

Cada uno le dolía un poco más.

Lo devolvió a donde estaba y se tumbó en la cama, incapaz de pegar ojo el resto de la madrugada. A la mañana siguiente, él negó lo ocurrido. Caterina insistió y, tras una fuerte discusión, desapareció durante dos días, en los que ella no sabía ni que aire respirar.

No pudo evitar comparar esa mirada de odio y dominación del que la estaba esperando, con la tierna y azulada que había descubierto hacía poco. Estaba acostumbrada al sitio que creyó haber encontrado, ahora veía claro que fue solo una mentira que su propia inseguridad construyó.

Frente a ella, una pareja de adolescentes esperaba en el paso de peatones para cruzar.

La chica miraba al joven con admiración, buscó su mano, y él la retiró sin miramientos para guardarla en el bolsillo de la chaqueta.

El semblante de ella cambió, tornándose a una mezcla de costumbre y resignación.

Una punzada le dolió en el interior. No estaba dispuesta a ser presa del mismo bucle interminable en el que solo ella daba. El amor debía ser equitativo, justo.

Reunió el coraje suficiente y mandó un último mensaje, acto seguido lo bloqueó.

Podía deshacerlo, pero pronto desterró la idea.

En su lugar, cruzó los dedos para que desapareciese para siempre, porque si regresara y él volviese a ponerle un dedo encima, la que recibiría visitas en la cárcel iba a ser ella.

Se limpió una lágrima que se le formó al final del ojo, sería la última que llevaría su nombre. Esbozó una media sonrisa al visualizar la otra mirada sincera y azul. Desconocía dónde encontrarlo. Solo tenía la dirección del hostal donde pasaron su primera noche juntos… y la última.

No tuvo noticias nuevas de él. Decidida a retomar las riendas de su vida, y de su corazón, se encaminó al lugar con la esperanza de encontrar respuestas.

Revivió cada sensación de aquella primera vez, cada caricia y roce de labios que la habían dejado temblando.

Una ráfaga de aire la despeinó y se abrazó a sí misma, por el frío y la añoranza.

Al traspasar la puerta del edificio, la recibió el mismo chico menudo.

—Hola —saludó tímidamente.

—Hola —respondió, alzando la vista un microsegundo antes de volver a concentrarse en la tablet.

Caterina bufó ante su pasividad.

—No sé si te acuerdas de mí…

—Con la cantidad de gente que pasa por aquí cada semana… —masculló, con un chicle en la boca—. Pero sí, os recuerdo bien. Para olvidar el desastre de habitación que dejasteis.

Caterina se sonrojó.

—Sabes si está en su… —se interrumpió, sin saber cómo nombrar aquel cuchitril.

Él soltó una risotada.

—¡Ojalá volviera a ver a ese malnacido! Por su culpa me han descontado parte del sueldo. Me hacen responsable de que se largara sin pagar lo que debía.

—Cuánto lo siento. ¿De cuánto estamos hablando? —se planteó pagar la deuda.

—A mi jefe… ¡qué le den! Págame los trescientos euros que me ha descontado y estamos en paz.

Ambos sabían que esa cifra había engordado.

Caterina sacó su móvil y, tras pedirle el número de teléfono, realizó la transferencia.

—¡Gracias! —aplaudió eufórico.

—¿Sabes dónde encontrarlo?

—Solo tengo un nombre y un apellido, aunque creo que son falsos. Se aseguró de que no hiciese más preguntas cuando me soltó una cantidad de dinero muy golosa encima de la mesa.

—¿Dejó alguna pista que me pueda decir dónde está?

—Si quieres mirar ahí. —Señaló una pequeña bolsa transparente—. Todavía no he tirado la basura.

Caterina la abrió y rebuscó en su interior. Varios envoltorios de chocolatinas, un periódico viejo, una caja de tinte del pelo y unos cuantos papelitos pequeños. Entre ellos distinguió el ticket de una perfumería.

—Gracias, intentaré hacer lo que pueda con esto. —Movió la hojita en el aire.

Con la mano en el bolsillo, sostenía el papel con esperanzas de encontrarlo. Frenó en seco y suspiró.

«¿De verdad quiero hacerlo?».

Tirado en el colchón, aburrido, esperaba su regreso. Necesitaba aplacar el ansia que lo carcomía. La necesitaba a ella, en la cama y en sus planes. El mensaje le obligó a moverse.

—¿Qué? —bramó.

Tiró el teléfono contra la pared y la batería salió volando.

—¡AHH! —volvió a gritar, desesperado.

Corrió a comprobar si el móvil seguía funcionando y respiró aliviado. Con la ridícula ayuda económica del programa de reinserción no podía derrochar. Tenía que actuar. Se negaba a seguir así, sobre todo ahora que Caterina no lo ayudaría.

Había llegado el momento, no podía esperar más. Su recompensa no solo sería el dinero, disfrutaría mucho más de la caída libre desde lo alto de la cima del gran Moretti. Saborearía cada envío del vídeo a todos los periodistas del país.

«Llegó la hora de rendir cuentas».

Sonrió con malicia al ver la señal de enviado.

Tendió la trampa.

Ahora quedaba esperar.