Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

La ciudad aparentaba estar más viva que nunca a esas horas de la tarde. La muchedumbre inundaba comercios, bares y restaurantes. Incluso quedaban turistas rezagados, moviéndose en todas direcciones.

Alexia iba agarrada a la barra de sujeción del bus. Se encontraba exhausta. No podía disimular la inquietud que sentía a raíz de la conversación con su madre.

Brigid no respondía a ninguna llamada.

Un dolor a la altura del pecho la perseguía.

No había parado ni para comer. Solo había comprado un sándwich que mordisqueó de camino a la universidad.

A pesar de su insistencia para que la recepcionista mirase con más detenimiento en las fichas de alojamiento no consiguió nada.

En la residencia no habían oído hablar de ella.

El único consuelo que llevaba consigo, además de su gigantesco cansancio, era saber que ninguno de sus compañeros de viaje había dado señales de vida.

En el piso, el ánimo de Adhara no era mucho mejor, seguía intranquila por no tener noticias del inspector. Cuando por fin pudo meterse de lleno en su trabajo, el destino le hacía la zancadilla de nuevo. Su barra de ansiedad se encontraba coloreada hasta el final.

«Hay personas que nacen con una cruz a la espalda, y a mí me ha tocado cargar con la más pesada».

Se pasó la mano por la frente.

La imagen de Bastian enroscado en el sofá le sacó una sonrisa. Apoyó su cabeza en el marco de la puerta y se quedó quieta unos segundos. Levantó la manta que lo arropaba y se metió debajo con él. El movimiento lo despertó.

—Hola… —Bastian estiró un brazo para acogerla, con los ojos entrecerrados—. ¿Cómo estás?

—Mejor. Mi cuerpo agradece haber dormido más de dos horas seguidas.

Él apretó su agarre.

—Me quedaría así el resto de mi vida.

—Bueno, bueno… Primero la A y luego la E.

Bastian elevó una ceja.

—¿No tienes hambre? —cambió de tema, para no agobiarla.

—No mucha…

—Lo que te faltaba… dejar de comer… ¡Venga! —Tiró la manta hacia atrás de un puntapié y se incorporó en el sofá.

—¡Oye! —se quejó ella.

—Levanta —apremió—. Voy a por comida.

Ella negó con la cabeza.

—Si no hay otra opción… trae unos panes de esos que vienen rellenos.

—Panini… —Rio Bastian—. Panini de Porchetta. Están rellenos de cerdo asado.

Se colocó las zapatillas y besó con ternura su frente.

Adhara envió un mensaje a Alexia y a Domenico, avisándoles de que Bastian y ella prepararían la cena. Estiró los pies en el sofá hasta que toparon con un objeto duro.

«¡Hombre! ¡Qué bien me vienes en este momento!».

Comenzó a leer el diario…

13 de noviembre de 1904

Pensaba que era feliz, pero ni de lejos había llegado a experimentar tal dicha.

Anoche me armé de valor y me escapé a escondidas por el patio de atrás.

Fingí una molestia en el vientre. Madre lo achacó a los movimientos internos de la mujer, no se atreve siquiera a mencionar la palabra periodo delante de padre.

Él ni abrió la boca, de hecho, no quitó su atención del periódico.

Tardé un buen rato en elegir un vestido que realzase todas mis virtudes, y con todas, me refiero a todas.

Si madre me viera salir de esa guisa… como poco le daría un infarto.

Casi el mismo que le dio a Adolfo cuando me vio aparecer con el vestido magenta que deja un buen trozo de escote a la vista.

Acostumbrado a verme con esas ropas de hombre y llenas de barro, estoy segura de que le costó reconocerme.

Tardé poco en llegar al rincón. Olía a tierra mojada y a pino.

Menos mal que cogí el mantoncillo de lana que me tejió madre el invierno pasado; aunque lo dejé caer con disimulo por el hombro para no tapar las generosas vistas.

Me costó trabajo llegar a la estatua de bronce con esa oscuridad.

La noche se me echó encima durante el trayecto.

Cuando llegué y lo vi de espaldas, mi organismo colapsó.

No me hizo falta ni un hilillo de luz para distinguirlo entre mil.

Esas anchuras y ese cabello dorado son inconfundibles… es tan guapo.

Su belleza te atrapa.

Sus ojos azules podrían dar miedo si no los conoces, solo yo sé que debajo de esa capa de hombre frío y responsable se esconde un ser dulce y melancólico.

Se giró y me dedicó una sonrisa contenida.

Yo me derretí y de repente me sobraba todo.

Di unos pasos más hasta ponerme a su altura y nos tomamos de los dedos sin decir ni una sola palabra.

Me miró con la intensidad que solo posee un hombre enamorado.

Me sujetó las manos y acto seguido me atrajo hacia él en un abrazo anhelante.

Menos mal que estábamos a oscuras, porque el rojo de mis mejillas lo habría asustado.

Cuando nos separamos acogió mi cara entre sus palmas y me contempló con los luceros que no quiero que nunca se apaguen. Entonces me dijo:

—Elettra, te quiero, no puedo vivir sin ti.

Y yo me derretí entre sus brazos cuando él me regaló el roce de sus labios y mi primer beso de amor.

20 de noviembre de 1904

Creo que el día menos pensado sufriré un mareo de tanto hiperventilar. Esta semana he estado sumida en un sueño del que no quiero despertar; de hecho, me pellizco.

¿Puede ser que nuestro Señor me castigue por sentir tanta plenitud? No por ser feliz en sí, claro está, sino por la causa: mi amor secreto con Adolfo.

Le he pedido que hable con mis padres. Estaría más tranquila si no tuviera que salir a hurtadillas de casa y alejarnos para no ser vistos.

Él me asegura que pronto lo hará. No veo el momento en que pueda pasear tranquilamente de su brazo con la cabeza bien alta.

Hasta que eso llegue… me marcho a su encuentro otra vez.

29 de noviembre de 1904

Me acaba de quedar claro que la felicidad que puede sentir una persona crece cada vez más, e incluso ser infinita.

Ayer volví a enfundarme mi traje de hombre y esas botas que me hacen sudar los pies. Son cómodas, aunque me provocan un leve picor cuando libero mi piel de sus gomas.

No sé cómo lo ha hecho. Siendo sincera me tiene sin cuidado, pero ¡he vuelto a la excavación!

El trabajo en sí es secundario. A mí lo que me llena el alma es poder estar junto a Adolfo por el resto de mi vida.

La empresa que se encarga de lo del monte ha contratado a más peones y «mi querido futuro esposo», ¡qué bien suena!

, ha movido sus hilos para que yo esté entre ellos.

Ha llegado gente cualificada y yo me encuentro un poco perdida; sin embargo, Claudio, un chico fornido, me orienta cada vez que pierdo el hilo.

En resumen: soy la mujer más feliz sobre la faz de este mundo.

3 de diciembre de 1904

Hoy tengo sentimientos encontrados. La armonía que me embriagaba días atrás ha sido nublada por la voz de un diablillo que me susurra cosas al oído.

Algo ha cambiado, aunque todavía no sé qué.

Cada día desde hace más o menos una semana acudo pronto a Testaccio.

Ayer preparé un bizcocho de limón para compartirlo con todos los de la excavación.

Ya ha comenzado el frío y nos ha sentado de maravilla acompañarlo con un café calentito que Marcela ha traído.

Creo que desde que ha conocido a Claudio se presenta más a menudo.

Viene con bebidas que nos hacen entrar en calor, con la excusa de cuidarme en estas gélidas fechas…

He recibido numerosos elogios por mi destreza culinaria, sobre todo por parte de Claudio.

El pobrecito ha tenido una vida complicada.

Ahora es cuando está levantando un poco la cabeza, cosa que no ha gustado a Adolfo.

Marcela ha puesto una mueca de disgusto cuando nadie ha agradecido su licor de café casero.

Nada más terminar el desayuno me ha pedido que acudiese a la improvisada oficina que tiene en un lateral, debajo de los árboles que todavía no han talado.

Me dirigía a su encuentro con el mismo regocijo que cuando visitaba a la abuela y sabía que allí me esperaba un cesto lleno de dulces.

Cuál ha sido mi asombro al ver que en su cesta solo había manzanas podridas.

Me dijo:

—Siéntate.

Su voz era seria. Y yo lo hice sin despegar mis labios.

Mis oídos atendían a sus palabras, aunque mi cerebro no daba crédito a la información que procesaba. Siempre me han dicho que hay que dejar que una persona termine de hablar para poder intervenir, y eso fue lo que hice. Solo que, cuando me tocó contestar, no supe qué decir.

Adolfo aseguraba haberme visto en actitud cariñosa con Claudio, cosa que no es propia de una mujer íntegra que merezca estar con él, o eso me aseguró. Yo he llorado y le he pedido perdón si mis actos le habían hecho enfadar. Le he dejado claro que el único ocupante de mis pensamientos es él.

Mis lágrimas caían a borbotones y mi pecho se encogía por momentos.

No sé cómo ha sido capaz de pensar tal locura…

Sin esperarlo, se ha abalanzado hacia mí, derrumbando una silla a su paso.

El estruendo me ha asustado y me he alejado de él.

Esa distancia no ha servido de nada, pues en un segundo su cara estaba frente a la mía.

He podido ver el fuego en sus ojos, pese a tenerlos del color del mar.

Me ha agarrado por la cintura y ha devorado mi boca de forma exigente.

Sus besos ya no sabían dulces, perdieron el cariño de los que nos regalábamos a escondidas cada noche en nuestro improvisado rincón.

Esa necesidad dolía. Mi pecho también.

Creo que acabo de conocer una cara de Adolfo que no me gusta. Quizá así sea el amor… a veces tendrá que doler.

Adhara se asustó al escuchar el portazo. Las voces de Domenico llenaron el piso.

Cerró el diario y su vista se perdió en el blanco de la pared.

Se incorporó en el sofá.

«De luciérnaga pasó a polilla».

Y las polillas siempre acaban quemándose.

—No veas… tu chico no quiere que te falte de nada —vociferó el psicólogo desde el pasillo.

Domenico y él se habían encontrado en el portal del edificio.

—Tiene que comer. —Bastian mostró una de las cajitas de comida preparada.

—Mmm… —Adhara inspiró el aroma y se relamió—. ¡Anda, si también hay jamón!

De un salto se lanzó a abrazar a Bastian y, con el movimiento, por poco tira toda la comida al suelo.

—Tranquila, fiera. Dejad las muestras de amor para la intimidad. Iré preparando la mesa —Domenico buscó en un cajón—, he hablado con Alexia y me ha dicho que no tardará en llegar.

Bastian salivaba ansioso. Le embargó la felicidad al escuchar las llaves trasteando en la puerta. Alexia se acercaba con paso lento, tan despacio que a él le pareció ralentizado. Avanzó su mano hasta el plato de patatas y, en un abrir y cerrar de ojos, llenó su boca de una vez.

—Sí que tienes hambre, chico… —se carcajeó Domenico.

Alexia entró por la cocina.

—Perdonad el retraso. Espero que no se haya enfriado la cena.

—Venga, apresúrate. —El psicólogo la atrajo hasta el asiento de su lado.

Adhara sirvió los platos.

—¿Dónde te has metido todo el día?

—Puf… —exhaló Alexia—. A ver por dónde empiezo…

—¿Por el principio? —soltó Domenico.

Bebió del vaso de refresco.

—En verdad no sé por qué me sorprendo. En ella era de esperar…

—¿Quieres contar de una vez qué pasa? —Domenico soltó el tenedor, que chocó contra la vajilla.

—Esta mañana me llamó mi madre. Desde que descolgué noté su desasosiego.

—Alexia mordió el trozo de pan relleno—.

Estaba preocupada por Brigid, no sabía nada de ella desde hacía un par de días.

Le he comentado lo de la escapada con sus compañeros, aun así, no se ha quedado tranquila y me ha pedido que fuese a informarme a la universidad.

Al ser una actividad privada de los estudiantes no tenían noticias allí.

No me ha quedado más remedio que ir a la residencia, más que nada por mi madre, aunque he de reconocer que yo también estaba empezando a sentir cierto temor.

¿Y qué me he encontrado al llegar? —Golpeó la mesa—. Que la muy insensata me ha mentido.

— What? —preguntó Domenico.

—No se aloja allí.

—¿Qué me dices? —Adhara casi se atraganta.

—Lo que oyes. Estoy segura de que esa niñata se ha gastado todo el dinero en juergas y ahora no puede pagar la resi .

—De verdad que no cambia… —comentó Domenico apretando los labios.

—Le he dejado mi teléfono a la recepcionista para que me avise cuando lleguen los demás. Tendré que inventarme una excusa convincente. No quiero darle más disgustos a mi madre…

—Seguro que no es la única. Los jóvenes de hoy día son puro egoísmo —comentó Bastian con el bigote salpicado de mahonesa.

—Sí… se pueden tirar las horas muertas en las redes, que cuando los llamas no contestan… —aseguró Domenico rellenando los vasos.

Alexia se revolvió en su asiento.

Quería creer que todo era tan normal como parecía.