Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

Piazza Venezia, cumbre de la historia política de Roma y punto de unión de las calles más importantes de la ciudad. Alzó la vista al cielo y se encogió ante la gran estatua del hombre que unificó a numerosas regiones.

Y allí estaba él.

Un chistoso contraste. Una partícula en mitad de aquella blancura que dañaba la vista. Un tipo mediocre obligado a cumplir las condiciones de su libertad condicional.

«Si no hubiese sido por ella…», maldecía en su interior.

La vibración en su bolsillo le cortó el pensamiento intrusivo.

Agachó la mirada y se alcanzó a ver el cordón desatado. Buscó un bordillo en alto en el que apoyar el pie para atárselo. Al terminar y se enderezó, divisó el cartelito y sacó su teléfono por inercia.

«Es hora de conectarse al mundo», se alegró de poder acceder a la red.

Navegó unos minutos, deslizando el dedo por la pantalla hasta que se cansó.

Estrujó, sin necesidad, pero con rabia, la bufanda a su cuello y se encaminó a la comisaría.

El aire entraba y salía con más rapidez de sus pulmones.

Cada vez que veía a un agente uniformado, sus pupilas se dilataban de terror y la boca se le secaba…

El repiqueo de las llaves, chocando contra el metal, provocaba que sus músculos se tensaran. Llevaba allí dentro más de una semana, y aquel roce de materiales seguía poniendo a sus músculos en estado de alerta.

—Señoritas, hora de levantarse —vociferó el carcelero—. Las esperan con el desayuno listo y calentito.

Su compañero de celda se levantó de la litera inferior, y acudió al diminuto lavabo para rociarse agua en la cara. Tiró de una toalla con más pinta de ensuciar que de limpiar y la devolvió a su lugar hecha un ovillo.

Cuando se quedó a solas, él descendió de la cama superior con menos ánimo que el otro interno.

Realizó el mismo ritual, con la diferencia de que colocó la toalla de manera perfecta cuando terminó.

Le asqueaba tener que compartirla, pero al menos si la estiraba bien se secaría.

Fue hasta la puerta, dispuesto a salir hacia el comedor, cuando la porra frenó su paso cual barrera de parking.

—¿Dónde vas con tanta prisa, princesa? —preguntó con ironía el guardián de rejas—. Acompáñame.

Tragó saliva. Había escuchado cosas, no muy buenas, acerca de ese hombre.

Entraron a una garita de vigilancia en su mismo nivel.

—Siéntate ahí.

—Si no le importa… prefiero ir a desayunar. —La mandíbula le temblaba al hablar.

—Yo digo cuando se come en este agujero. Y ahora te digo que te sientes.

Accedió sin rechistar. El guardia comenzó a desabotonarse el cinturón y continuó con la cremallera. El ruido de los dientes de plástico al ceder aceleró los latidos del corazón del recluso.

—Te tengo un complemento alimenticio para la mañana de hoy. —Comenzó a bajarse los pantalones.

Los ojos se le abrieron a la par que sus fosas nasales, se negaba a creer que aquello estuviese sucediendo.

—¿A qué esperas inútil? —Le agarró del cuello y lo obligó a inclinar la cabeza.

—Déjame. —Se soltó de su agarre.

En ese momento el tipo asió la porra y le golpeó un lado de la cabeza.

Se mareó.

Tocó su sien. La sangre le coloreó las yemas de los dedos y lo miró a él desorientado.

—Te lo advierto: cuando doy una orden, se cumple. Así funcionan las cosas aquí. —Acarició la porra.

Volvió a acercarse a él y le agarró más fuerte la cara, girándosela hacia arriba. Con la otra mano tiró con fuerza de su mandíbula inferior.

—Como se te ocurra morderme te mando una semana a la enfermería.

Apretó los ojos.

Aguantó las lágrimas.

No gritó.

Aprendió rápido.

Retomó el paso hacia la comisaría y se limpió la mejilla con disimulo.

«El guardia, Alexia, Carlos...».

Los nombres chocaban entre sí.

Respiró hondo. Inhaló y contuvo el aire. La rabia ocupó cada espacio, y exhaló lento. Solo un instante de culpa, antes de disiparse por completo. Vertió todo su ser en aquella cama, la excitación se transformó en odio al recordarla en la tele recogiendo el premio.

La primera vez que entró a la celda, algo se quedó dentro.

Lo que salió ya no era lo mismo. Lo único que lo mantuvo cuerdo fue buscar la manera de borrarle la sonrisa a la mujer que tenía todo lo que él anhelaba.

Hasta que distinguió a la chica atravesar la calle.

Creyó que era ella, con veinte años menos.

La joven de cabello leonado se había servido en bandeja de plata, sin saber que encajaba perfectamente en su plan.

Tras dejar constancia de que estaba portándose bien e integrándose en la sociedad, anduvo durante más de dos horas por las calles con miles de escenarios en imaginación.

Abrió la puerta sin prestar atención y tiró las llaves encima del viejo mueble.

Allí lo esperaba Caterina con amabilidad y un plato humeante en la mesilla.

—Por fin has llegado —le reprochó—. Llevo esperándote un buen rato.

—Sabías de sobra que hoy tenía que firmar en comisaría. Además, tú misma lo dijiste, ¿desde cuándo te debo explicaciones?

—No he venido a discutir —se defendió en son de paz—. Te he traído un guiso caliente, y si estás en ese plan, me marcho.

Desde que había salido de la cárcel, Caterina lo había cuidado con devoción.

Lo conoció en una de sus visitas a un antiguo compañero de colegio.

Había acompañado a la madre del muchacho hasta la prisión, ya que eran vecinas y la mujer necesitaba apoyo para llegar hasta allí.

Caterina no lo dudó. Siempre se mostraba servicial y dispuesta para ayudar a los demás.

Esa fue su debilidad. Sin darse cuenta de en qué se estaba metiendo.

Él la contempló con detenimiento. En parte, gracias a ella, las piezas estaban cayendo en su sitio.

Su suerte pronto cambiaría de rumbo.

Pensar en él le ponía de mala leche. Había seguido la entrega de premios de cerca. Las cámaras lo buscaban, lo querían.

«Carlos…».

Pero él solo ansiaba verlo hundirse.

Las ruedas del lateral izquierdo quedaron encima de la raya en la zona de aparcamiento. Carlos pulsó con rapidez el botón del freno de mano y salió corriendo, sin ponerse el abrigo siquiera.

—¿Dónde está mi hijo? —vociferó al entrar a la comisaría.

—Señor, le pido que se tranquilice.

—No me pida que me tranquilice… —contempló su placa—. Santori —leyó—, han detenido a mi hijo y tengo derecho a verlo. ¿Dónde está el inspector?

—No se encuentra ahora mismo en comisaría. Si quiere, puede esperarlo. —Le señaló amablemente el camino hacia los bancos de sillas de plástico azul.

Carlos se desesperó.

—Déjeme verlo. Necesito comprobar que está bien. —Su voz acabó con un leve susurro.

Santori consultó con la mirada a su compañero, que le devolvió una señal de aprobación acompañada de un guiño. Suspiró y le indicó que lo acompañase a los calabozos.

En el pasillo, Vasalli estaba inmerso en una llamada.

Tocó el hombro del defensor y él se giró extrañado.

—¡Carlos! —Le abrazó—. Están a punto de trasladar a Francesco a una prisión de máxima seguridad. La jueza lo ha ordenado hasta la primera vista.

—¿No se puede hacer nada para mantenerlo aquí?

—Lo siento. Lo han considerado un peligro en potencia y en riesgo de fuga. Acompáñame, intentaré ganar tiempo.

El blanco inmaculado de las paredes le provocó un escalofrío de culpabilidad. Descubrió a Francesco acurrucado en un rincón del catre.

—¡Francesco! —Cada respiración le costaba, el aire se le escapaba.

—¿Papá? —preguntó, posando su vista sobre la silueta—. ¡Papá!

Carlos extendió la mano entre los hierros y le acarició el pelo.

—Lo siento… —No sabía por cuál de todas las razones lo decía.

—Papá, tienes que sacarme de aquí.

El corazón se le encogió.

Desde que Juliette —su difunta mujer, y madre de Francesco— murió, solo se había dirigido a él por su nombre.

—Necesita ayuda… —La mirada de Francesco reflejaba la confusión y el caos en su cabeza—. Está en peligro. Tengo que ocuparme de ella.

—¿De quién hablas? ¿Qué ocurre?

—Ella… —repitió incapaz de explicar más.

El abogado Vasalli sujetó a Carlos del brazo.

—Está en un estado delicado —repuso bajando la voz—. Mientras permanezca aquí no recibirá la atención psicológica necesaria. En la prisión lo atenderán y podrá seguir un tratamiento ajustado hasta la vista —explicó—. Su mente no distingue la realidad de la ficción.

La puerta del calabozo se abrió de golpe.

El estruendo del picaporte contra la pared los hizo girarse.

—¿Por qué…? ¿Por qué lo has hecho?

Caronte avanzó con unos pasos que hacían vibrar el suelo.

Estiró la mano y agarró a Francesco del cuello de la sudadera, estampando su rostro contra los barrotes.

—¡Basta! —gritó Carlos—. ¡Suéltelo! ¿Qué cojones le pasa, inspector?

—¿Que… qué me pasa? —respiró entrecortado con violencia—. ¡Su hijo ha matado a otra mujer!

—Yo… —Francesco se derrumbó en el suelo— yo no… yo estaba con ella…

Por primera vez en años, Carlos tuvo miedo de su propio hijo.