Capítulo 23
La conducción de un coche de alta gama era para él una costumbre. Carlos trataba de recordar cómo era su vida cuando sus cuentas bancarias no sumaban un total de ocho cifras.
Le pareció lejano. Borroso.
Le sudaban las manos. El simple hecho de encontrarse de nuevo cara a cara con esa mujer transformaba su sangre en lava, quemando todo a su paso.
Los miércoles, los alrededores de Via L’Aquila estaban más transitados de lo habitual. El mercadillo ocupaba gran parte de la zona norte. Numerosos puestecillos de fruta y hortalizas luchaban por ganar protagonismo a los vendedores de souvenirs inspirados en la ciudad, a precios irrisorios.
Dio varias vueltas hasta que encontró un hueco para aparcar en una de las vías aledañas.
Resonó el bip del coche al cerrarse conforme se alejaba, abotonándose el abrigo.
El aspecto de las cajas de naranjas, gordas como pavos de Navidad, lo transportó a momentos que quería mantener ocultos.
Si cerraba los ojos, seguía viendo a Carmen sonreír, sentada en el banco del patio de la casa de Sevilla, Adhara correteaba de un lado a otro con los brazos extendidos, dispuesta a volar.
Ese vestigio del pasado seguía escociendo, la herida permanecía sin cicatrizar.
Una cabeza asomó desde el callejón y se escondió de improviso, frenó su pensamiento.
En un parpadeo lo perdió de vista y reanudó el paso sin darle importancia.
El azulejo de gran tamaño con el nombre de la calle anunciaba que había llegado a su destino.
Pasó de largo con disimulo y miró de reojo hacia el interior del portal.
La puerta acristalada dejaba ver una hilera de buzones antiguos, de los que asomaban un puñado de propaganda.
—Número cuatro… —se dijo en voz baja.
Cruzó la acera y compró un periódico en una tiendecita de barrio. Una tendera amable lo recibió con entusiasmo.
—¿Qué se le ofrece, señor?
—Buenos días... —Alzó la vista a un reloj en la pared—. Hasta que no coma no serán buenas tardes para mí. —Sonrió—. Cóbreme esto. —Cogió un ejemplar de Il Messaggero .
—¿Necesita algo más?
Sus tripas rugieron con tal fuerza que la propietaria lo oyó.
—Tenga —le ofreció un panini de mortadela.
Carlos se sonrojó, consciente de su hambre.
—Gracias. ¿Cuánto le debo?
—Solo el periódico. El bocadillo se lo regalo.
—Oh, no. Dígame cuánto vale, por favor —insistió.
—Esta tarde no abrimos, y mire —señaló la vitrina—, entre mi marido y yo no vamos a poder con tantos. Sería una lástima tirarlos. Considérelo un regalo.
Carlos captó la buena intención de la mujer.
—En ese caso —alargó la mano hasta un paquete de dulces artesanos, bastante caros—, me llevaré también esto.
La comerciante, agradecida, sabía que no habría lugar a la discusión.
—¿Qué le trae por aquí? —preguntó a la vez que envolvía el bocadillo.
—Simplemente daba un paseo.
A ella le resultó extraño que un tipo con sus características paseara por el barrio. Además, le sonaba su cara. Le picó la curiosidad.
—Y… ¿cómo un señor con su elegancia viene por aquí?
—Me ha pillado. —No iba a desaprovechar la oportunidad de sonsacar a la tendera cotilla del barrio—. Estoy buscando a alguien.
Los ojos de la mujer se agrandaron.
—¿A quién busca?
—Una mujer bellísima. La conocí hace unos días en un local, no he podido dejar de pensar en ella.
—¡Qué bonito! —exclamó—. ¿Ella sabe de su amor?
—Para nada. Esa noche no me atreví a confesárselo. Me limité a acompañarla hasta su casa. Observé cómo desaparecía tras el cristal del taxi.
—¿Dónde? ¿Por aquí? —Señaló a la calle con ambas manos.
—Justo ahí enfrente.
—No puede ser… ¡En ese bloque vivo yo! —gritó—. No me diga que se trata de mi hija. ¡Ay, señor! ¡Mi Antonella!
—Espere —la calmó—. Es pelirroja, creo que se llama… Catalina.
El entusiasmo de la mujer se desinfló. En su mente había planeado la boda con carro de caballos y todo.
—Caterina…
—¡Eso!
—Pues mi Antonella es mucha más guapa, más trabajadora y, sobre todo, elegante.
Caterina es… cómo decirlo… despreocupada.
Muy despreocupada —recalcó—. Anda por la calle a altas horas, y he visto a más de un hombre merodearla.
Su padre, el señor Pancini, murió, y la madre es mayor.
A veces viene aquí y se desahoga conmigo.
—Irguió el cuerpo—. Tenga cuidado con esa joven.
—Le agradezco la advertencia, pero no me dejo engañar con facilidad —respondió Carlos—. Ahora, si me disculpa… debo marcharme.
Ella observó cómo se alejaba.
Al distanciarse, Carlos envió un audio a Luciano:
—Averigua todo lo que sepas sobre Caterina Pancini. Es urgente.
Reparó en el icono de mensajes que parpadeaba.
«Vasalli…».
Su letrado no acostumbraba a usar esa aplicación. Revisó las llamadas perdidas y lo consumió la preocupación.
—Vasalli, ¿qué pasa?
—Por fin —respondió—. Llevo toda la mañana llamándote.
—Estaba ocupado.
—Ya puede ser más importante que el que hayan detenido a Francesco.
—¿Quééé?
—Ven ya. Creo que lo van a trasladar hoy.
La llamada se cortó.
Un grupo de agentes delimitaba el perímetro. El bullicio de coches de policía y forenses había despertado la curiosidad de todos. Vecinos y viandantes querían ser los primeros en enterarse de lo que se cocía en aquel viejo edificio.
—Tome, señor.
Ficarra le traía un equipo de protección que había en una improvisada mesa en el portal.
Caronte subió las escaleras observándolo todo.
El bloque, antaño señorial, ahora se dividía en pequeños apartamentos.
Al llegar al piso su juicio se nubló. Los flashes se apreciaban desde la puerta.
Echó de menos el bálsamo de eucalipto que usaba con su padre en la carnicería, cuando trabajaban el producto a punto de caducar.
A medida que avanzaban, el hedor atravesó la mascarilla FFP2 y penetró en sus fosas nasales.
Un agente se apartó. Todo su campo visual estaba despejado.
El pelo, tan parecido, caía por un lado del colchón ensortijado en su recorrido.
Caronte avanzó. Contuvo el aliento.
Esa imagen lo perseguiría mucho tiempo.