Capítulo 22
Estacionó entre las líneas blancas que delimitaban su plaza.
Las letras grandes dejaban claro que ese sitio era de uso exclusivo del inspector.
Tardó en separar las manos del volante, lo agarraba con tanta fuerza que se le marcaban los tendones del antebrazo.
Sus ojos se perdían en el horizonte, lleno de edificios que ocultaban gran parte del cielo.
No miraba nada.
Dejó escapar el aire y aguantó el vacío.
Le quedaban pocos meses para jubilarse, y no sabía si llegaría entero.
—Saldremos por la puerta grande —murmuró al reflejo del retrovisor.
Por fin descansaría de tantos años resolviendo el caos que se le plantaba encima de la mesa, descrito en un puñado de folios.
Se encontraba al límite. Al caso del asesinato del callejón se sumó el secuestro de Alexia.
Y revivir los desvaríos de Francesco tenía el mismo efecto que cientos de cuchillos clavándose en su mente.
Relatos inconexos que bailaban igual que niños del colegio en una función escolar, sin sentido ni orden.
Golpeó el volante.
«¿Y si no son delirios? ¿Y si hay alguien más en la ecuación?».
La idea le aceleró el pulso. Agarró el maletín de cuero, que hacía más de treinta años que lo acompañaba, y se apresuró a entrar a la comisaría.
—Buenos días, jefe —saludó Carusso. La mujer esperó la respuesta del inspector, que pasó de largo con un simple movimiento de cabeza.
Caronte entró en su despacho para dejar el maletín y salió con urgencia.
—Costa, lleva al detenido a la sala de interrogatorio —ordenó—. Tengo dudas que aclarar.
—Señor, su abogado no llegará hasta las once. Además… está dormido.
—No es una sugerencia, Costa —añadió y se marchó.
El agente entró a los calabozos con desgana y enfadado.
—¿Qué tal lo llevas? —le preguntó a su compañero.
—Bueno, no se está tan mal de niñera. He podido terminar parte de los cursos que tenía atrasados. ¿Habéis hecho café? —consultó Ficarra.
—Está recién hecho. Ve a tomarte uno. Yo me llevo a este energúmeno.
—¿Que te lo llevas, a dónde?
—El jefe quiere hablar con él.
—Costa… si nos pillan sin el abogado… —descendió la voz Ficarra.
—Es una orden. ¿Qué hago? Es el inspector… que apechugue él. —Levantó la mirada con las llaves en la mano—. ¡Cómo se nota que ya mismo se jubila! Se lo trae todo al pairo.
Ficarra se giró hacia la celda.
—¡Tú! —alzó la voz—. Arriba, quieren verte.
Francesco entreabrió los ojos.
—¿A mí? —le costó pronunciar.
La medicación le había dejado la boca tan pastosa que balbuceaba.
Se esforzó por salir del catre.
Caronte esperaba sentado con un cuaderno encima de la mesa y un bolígrafo que le habían regalado en la cafetería de la calle de detrás.
Bajó la vista a sus manos. La luz blanca descubría los surcos que contaban tantos malos ratos.
Giró las palmas hacia arriba y acarició con el pulgar los callos que su afición al ciclismo le proporcionaba.
Miró al frente.
Francesco entraba esposado, acompañado por Costa.
—Aquí lo tiene, jefe. Sano y fresco como una lechuga.
—Cierra la puerta al salir —pidió Caronte con la cara más seca que un ajo.
Costa resopló y llevó a cabo lo que se le había mandado.
—¿Qué tal tu estancia? ¿Bien?
Francesco recorrió con la vista el entorno.
—No puedo estar aquí. Tengo que salir. Este sitio es frío e incómodo.
—¿Y qué esperabas? —preguntó—. Ayer me hablaste de una mujer. ¿Quién es? ¿Y cómo y dónde la has conocido?
Francesco tragó saliva, no podía dejarse llevar otra vez por la desesperación.
—No tengo nada más que hablar sin mi abogado.
—Vaya, parece que hoy estás más lúcido. —Le sorprendió su contestación—. No estoy grabando este encuentro. Es solo… una charla entre hombres. ¿Quieres un café? Haré que te traigan uno. —Alzó la mano al cristal.
Al minuto entraba Ficarra con un vaso de plástico humeante.
—¿Ves? Aquí cuidamos de nuestros huéspedes. Si quieres que tu experiencia siga siendo buena, vas a tener que colaborar.
Francesco probó la bebida. El calor le penetró hasta el alma.
—Desconozco su nombre. Solo sé que al verla no pude pensar en otra cosa…
—susurró—. Ella iba caminando… yo… chocamos…
y ya no pude apartarla de mi cabeza. El encontronazo…
—se tocó la sien— llevaba un rato siguiéndola.
Ella es tan ingenua… no podía dejar de mirarla.
Al anochecer dimos un paseo, y… su cuerpo…
ella me miró, nos besamos… No pude despedirme…
—Negó con la cabeza—. No pude… No me dejaron… —dijo, casi para sí.
Caronte tomaba notas en su libretilla. Al finalizar la explicación, depositó el bloc sobre la mesa y lo estudió. Recordaba las palabras de Silvia, la analista de conducta.
Su postura era idéntica a la que ella le describió.
—¿Quieres decir que estuviste durante horas con una mujer de la que no conoces ni el nombre? —interrogó con incredulidad—. Vamos, Francesco… Esto no tiene mucho sentido. ¿No tienes algún dato más?
Él alzó los hombros y lo miró con gesto lánguido.
Caronte decidió jugárselo todo a una mano, sin su abogado delante podría morder el anzuelo.
Sacó un taco de fotos.
—¿Conoces a esta mujer? —Le tendió una de las imágenes hasta la altura de su tórax.
Su mente volaba de escena en escena: el cabello derramado, hecho un riachuelo de sangre, y el delicado trozo de tela acariciando su tez pálida.
Por otro lado, la noche de la fiesta de Nochebuena en Aventino, con Alexia inconsciente en el asiento de detrás de su coche.
Aún podía ver los destellos del vestido fucsia bajo la luz de las farolas.
La maraña dentro de su cabeza acababa en los mechones hechos de hebras de azafrán que se colaban por todos los retazos de su memoria; y que colgaban de su madre en el dormitorio de la antigua casa.
Su madre.
La melena en el callejón.
Alexia en el asiento trasero.
Incluso la chica de sonrisa cariñosa. La que le había enseñado lo que era el amor.
Todas ellas diosas de fuego.
O eso le parecía…
El vértigo lo devolvió a la sala.
—¿La conoces o no? —volvió a preguntar impaciente.
—Yo…
—¿Yo qué? —gritó enfadado el inspector.
—No sé…
La puerta se abrió de golpe.
—Señor…
—¡Fuera!
—Es importante.
Caronte reventó por dentro.
—Lo dejaremos para después —se dirigió a Francesco—. Llévenselo de aquí.
El inspector bufaba de rabia por el pasillo. Había estado a punto de hacerlo hablar, aunque conforme se alejaba de la sala de interrogatorios, dudaba de la veracidad de sus palabras. Unas veces parecía estar cuerdo, y al rato la mente de Francesco se ausentaba.
La puerta de su despacho estaba abierta, dentro lo esperaban tres de sus hombres.
—Ya puede ser importante —cerró de un portazo—, me han jodido el interrogatorio.
—Señor…
—¡Déjense de chorradas y digan de una vez qué pasa! —Se le empezó a marcar una vena en la frente.
—Ha aparecido el cuerpo de una joven —soltó Carusso.
A Caronte se le heló la sangre. Si estaba relacionado con Francesco, una pieza no encontraba su lugar.
—¿Cómo? —Se levantó de la silla—. ¿Está segura?
—Nos acaban de llamar, piden su presencia en esta dirección. —Le dio el papel.
—No le quiten el ojo al detenido.
Cogió el abrigo y salió.
Un ligero amargor se instaló en su garganta.
Su cuerpo necesitaba alimentarse y le envió la señal de auxilio que la despertara.
Adhara abría los ojos con la misma dificultad con que tragaba saliva.
Tenía la lengua pegada al paladar, tanto que le dolió separarla para rozar sus labios.
Comprobó la hora. Nunca se había despertado cerca del mediodía, claro que pasarse la mitad de la noche enfrascada en el diario había hecho estragos en su cuerpo.
El reloj inteligente no había sonado. Tocó la pantalla para comprobar que la alarma estaba puesta a la misma hora de siempre.
Tenía tal cansancio que no había notado la vibración en su mano.
Descorrió la cortina y abrió la ventana.
El aire limpio y frío renovó el clima de la habitación.
Pensó en Bastian.
Esa noche había dormido con ella.
Un rico aroma despertó sus glándulas salivales, que desde su interior le gritaron que siguiera esa dirección.
—Qué mala cara tienes, hija —masculló Domenico con la boca llena.
—Gracias, bonito. Tú sí que eres guapo. —Le dedicó un corte de manga.
—Ey, ey, cómo te has levantado hoy… —Bastian la agarró por detrás al entrar en la estancia—. ¿Has descansado?
—Puf, no hay nada más que verme. —Señaló su cuerpo de arriba abajo—. ¿Y Alexia?
—Salió temprano a caminar, y me ha dicho que se pasaría por la universidad de Brid —comentó Domenico—. Me alegra que vaya retomando la rutina, la he notado mucho más tranquila desde que sabe lo de Francesco.
Adhara se sentó en un taburete y resopló.
«Vuelta a la realidad…», se dijo, y atacó el plato de espaguetis. Nunca habían sido su desayuno.
—En cuanto me duche, voy para comisaría. Tengo que saber qué pasará con él.
—Voy contigo —se adelantó Bastian.
—No. Esto lo tengo que hacer sola.
—No sigues estando sola. Déjate ayudar.
«Papá».
—Tengo que llamar a mi padre.
Se marchó.
Adhara no se acostumbraba al clima de Roma. La cercanía de la ciudad a la costa aportaba una humedad que le calaba hasta los huesos. Cerró la puerta del taxi sin despedirse y se apresuró a la comisaría.
—Busco al inspector Caronte.
—Buenos días, señora —le saludó el agente—. El inspector no está disponible.
—¿Cómo que no?
—Señora Castelli… hoy no podrá verlo.
Adhara se disponía a abrir su boca, cuando el agente la cortó.
—Le indicaré que le llame —le aseguró, armándose de paciencia.
Ella lo miró resignada y salió a la calle.
«¿Qué puede ser más importante que este caso?».