Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

Un día antes del último adiós

El ruido de la persiana de aluminio lo despertó. La luz le dañó la vista. Tras descubrir la empresa de alquiler, Carlos no había dejado de darle vueltas. Sabía que no dormiría.

Cuando miró el reloj, comprobó que quedaban escasas horas para que abrieran.

Esa noche, había ido hasta el aparcamiento y comenzó a reproducir en bucle los vídeos de la cámara de seguridad hasta que terminó dormido en el asiento del coche.

La garganta reseca le avisaba del frío que había pasado.

Abrió la pequeña neverita y sacó un café. Se lo bebió en dos tragos.

El rent a car abría sus puertas. Carlos hizo sonar la campanilla del establecimiento con su entrada al local. Notó el olor a nuevo. El cuero de los vehículos de alta gama tenía un aroma inconfundible, uno que derrochaba dinero y poder.

El empleado se le acercó frotándose las manos, pensando en la comisión que se llevaría por vender un coche de los más caros. Nada más verlo, su instinto de comercial le decía que a aquel hombre le pesaba mucho la cartera.

—Buenos días, señor. ¿Puedo ayudarle? —le abordó sin miramientos.

—Buscaba un coche en concreto. —Carlos sacó su teléfono y le mostró una captura del vídeo—. Me lo recomendó una amiga que lo alquiló aquí.

—Ah, sí. Una mujer bella, sin duda. —Quiso parecer elegante—. Estuvo mirando varios coches hasta que se decantó por el Volvo S90. Una gran elección.

—Eso me sorprendió cuando la conocí. No es que sea una elección muy femenina… aunque usted mejor que nadie sabrá de estadísticas. —Carlos le guiñó un ojo con familiaridad—. ¿Ha devuelto ya el coche?

—Sí, señor. Vino acompañada de un hombre tranquilo que no abrió la boca en todo el rato. Dijo que era su primo —alzó la vista al cielo con ironía latente—, aunque si esos dos son primos… que Dios los perdone.

Carlos soltó una carcajada medida.

—La verdad es que puedes esperar cualquier cosa de María…

El chico arrugó la frente.

Fueron hasta la oficina y buscó la ficha.

—Ajá. Ya sabía yo que ese nombre no me sonaba. Se llama Caterina.

—¡Eso! —exclamó Carlos—. Caterina… lo tenía en la punta de la lengua.

—¿Va a alquilar el Volvo? —preguntó con la guardia alta.

—Claro. Tome mi documentación. —Carlos sacó la cartera y dejó ver varios billetes morados.

El joven picó el anzuelo.

—Perfecto, muchas gracias —añadió cogiendo el carnet de conducir—. ¿Sabe qué? Le envidio.

—¿A mí?

—Es un señor mayor, vale… pero conserva más pelo que muchos jóvenes.

Es educado y elegante. Tiene clase. Puede permitirse alquilar cualquier coche de los que hay aquí.

Se codea con mujeres como esa pelirroja…

¿qué más se puede pedir? —preguntó, deseoso de saber la respuesta de aquel hombre que poseía la verdad absoluta.

—¿Has visto cómo hacen las fotos de comida en publicidad?

—Interrogó con cierta pena—. Un buen chorreón de espuma de afeitar en unas deliciosas tortitas, palitos sosteniendo hamburguesas…

Las personas somos iguales. Un traje a medida, un peinado de moda, una dentadura impoluta…

Por fuera, perfectas. Por dentro se puede estar podrido.

.. y aun así oler bien. —A medida que las palabras pasaban de su mente a su boca, sabía que se refería a él mismo.

La vida en ocasiones era así.

—Puede que tenga razón, con todo, yo preferiría oler mal y tener uno de esos en la cartera, —Señaló el filito del billete.

Carlos se echó a reír, y acto seguido volteó su muñeca.

—Lo siento por entretenerle. —El chico fue consciente del buen rato que llevaban de cháchara—. Voy a escanear la documentación.

—Sin problema.

En cuanto el comercial se hubo alejado de la mesa, Carlos deslizó el brazo lentamente, y con el dedo índice elevó un papel.

«Caterina Pancini, Via L’Aquila, 4».

Lo repitió una y otra vez hasta asegurarse de que no se le olvidaría.

Los gritos de una madre a sus hijos inundaban el edificio.

El cuerpo, del color de las sábanas, se retorcía perezoso.

Llevaba décadas sin emborracharse y su organismo se lo estaba recordando.

Caterina se levantó a trompicones y vomitó en el retrete.

Las cervezas medio calientes, los chupitos…

incluso el porro que se habían fumado, salió con la misma fuerza con la que brota el chorro de una fuente.

Presionó fuerte los talones en el suelo y se incorporó a duras penas.

Alzó la vista al espejo lleno de motas negras.

«Qué desastre».

Metió su cuerpo en la bañera arrastrándose y abrió el grifo.

Primero el frío la paralizó, hasta que el agua tibia empezó a recomponerla.

Como si el agua la devolviera poco a poco a sí misma.

Salió de la ducha medio renovada y usó la misma ropa de la velada anterior.

Para la noche le resultó ideal, y al mirarse ahora se percató de que no era lo idóneo para salir a la calle a las diez de la mañana.

Miró alrededor. La vergüenza le coloreó la cara al ser consciente de cómo estaba la habitación.

Bajó las escaleras porque en un sitio así no existía el concepto de ascensor.

Al salir a la calle, el aire gélido le quemó al pasar por su faringe.

Por el camino, urdía mil maneras de excusarse por no haberle contestado a los mensajes y las llamadas.

Le daba miedo su reacción, pese a que ninguno de los dos había acordado ser exclusivos de nadie.

Entró en el pequeño apartamento. El aroma a café camuflaba el de la humedad que saturaba todo el pasillo. Percibió luz en la cocina.

—La hija pródiga ha vuelto…

Caterina no se inmutó.

—Buenos días. ¿Hay café?

—Para la reina lo que se le antoje —respondió él—. Supongo que estarías ocupada para atender el teléfono.

—Sí… Me pillaste mal.

—Claro, no sabía que tenía que agendar cita. ¿Lo pasaste bien anoche? —Sonrió sin humor.

—No estuvo mal, al final se nos hizo tarde. Mi amiga acabó por los suelos y me quedé en su casa a dormir.

—Ven aquí.

Caterina contuvo el aire.

Él la agarró de las caderas y la pegó contra sí.

—Mira cómo me tienes…

El aliento le olía al café con coñac que tomaba cada mañana desde que había salido de la cárcel. El estómago de Caterina no estaba para retos, tuvo una ligera náusea cuando intentó besarla.

—¿Qué pasa? ¿No me has echado de menos? —Comenzó a recorrer su cuello con la lengua.

Ella quería quitárselo de encima e interpuso distancia.

Él se llevó el dedo a la boca y lo mordió preso de la ira. Avanzó hasta ella y la sujetó fuerte. Acercó la cara hasta su escote, y lo recorrió inhalando su aroma. Con una mano acarició su pecho y llevó la otra hasta el filo de la falda, jugando con los dedos traviesos entre sus bragas.

Ella se separó inmediatamente.

—¿Ahora no quieres? —Su voz cambió—. ¿Te follas a otros y conmigo no?

—No soy tuya —se defendió Caterina—. No somos nada.

Él la aprisionó contra la pared.

—Esto no se ha acabado…

Ella comprendió que era una promesa.