Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

El inspector le llevó el café prometido. Instó a Adhara que lo bebiese con tranquilidad y presentó sus disculpas por tener que ausentarse. Recurrió a las obligaciones de su cargo para marcharse, no se planteaba hablarle de lo que se traía entre manos.

«Cuanto menos sepa, mejor», se dijo de camino al despacho.

Adhara abrió la boca sin saber qué decir. Había esperado responder a sus preguntas, no irse con más incógnitas de las que tenía al llegar. Sin embargo, Caronte tenía escuela a sus espaldas para desaparecer con elegancia.

En menos de cinco minutos, el piloto rojo de la cámara de la sala de interrogatorios comenzó a parpadear. El inspector se preparaba para encararse a Francesco, quien desconocía la pronta evaluación a la que se sometería.

Tras el cristal, la analista y Ficarra esperaban impacientes que comenzara el show .

—¿Y su abogado? —cuestionó Silvia, la analista de conducta.

—Señora Alinari, el diablo rara vez lo necesita… —Ficarra entrelazó sus dedos, haciendo que crujiesen.

—Agente, no estoy dispuesta a ser partícipe de ninguna ilegalidad.

—Ni yo tampoco, se lo aseguro. Solo tendrán una charla para conocerse —añadió, elevando una ceja.

Ella cerró los ojos. No quería entrar en un juego de poder.

—No esperen que haga un informe de una simple charla entre conocidos. Me limitaré a darles una de mis anotaciones. Con eso les bastará. —Le regaló una sonrisa desafiante a la vez que sacaba una libretilla.

En la sala, Caronte cruzaba los brazos sobre su abdomen y recostaba la espalda en el asiento.

—¿Qué le parecen mis instalaciones? —Elevó un lado de su boca—. El colchón de la celda es nuevo… no me diga que no es cómodo.

—Tengo que salir de aquí —pidió Francesco, con los ojos desencajados, la luz acentuaba sus rasgos hundidos.

A Caronte le atravesó un flash de cuando ese joven todavía era director de Aventino.

—Uff… eso lo tiene crudo, señor Palmieri —resopló, escéptico—. ¿Es plenamente consciente de los cargos que pesan sobre usted?

—Los cargos… Necesito ir con ella. —Apretó su agarre al filo de la mesa—. No puedo dejarla sola, no ahora que la he encontrado.

Caronte plantó los codos en la superficie.

—¿A quién ha encontrado? —Se inclinó hacia él—. Y… ¿por qué no puede dejarla sola?

Desde que llegó a la comisaría, Francesco repetía lo mismo una y otra vez. La caja de pastillas que llevaba encima explicaba su estado. El instinto de Caronte le pellizcaba la nuca.

—Es ella… —Sus palabras apenas fueron un murmullo—. Nunca lo entenderías… Es fuego… —Sus labios se movían, pero su mirada seguía fija en el techo—. Si no voy… —se llevó las manos a la cabeza— se acabará… —Se levantó y se encaró con el inspector—. ¡No puedo perderla de nuevo! Yo no… yo no fui…

Caronte fijó la vista. Ese azul lo envolvió, discurrían filamentos dorados como rayos que golpean con violencia allá por donde caen, con una oscuridad disfrazada .

Giró la cabeza hacia el pequeño ventanuco de cristal opaco, con un gesto que ni Silvia Alinari descifró. De inmediato, se distanció.

—Está bien, veré qué puedo hacer. —Se levantó con la certeza de que era absurdo seguir con el interrogatorio.

Una fuerza lo frenó al colocar la silla.

—Prométamelo, señor. —Francesco lo agarró del brazo.

A Caronte le costó reaccionar, el agarre le había pillado por sorpresa.

—Si me disculpa, tengo que seguir trabajando.

Francesco lo soltó y lo siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró.

—¿Qué le ha parecido, Silvia? —Fue directo a ella.

—¿Que qué me ha parecido? —Se cruzó de brazos—. Con tantos años al frente de este servicio… es fatídico haber interrogado al acusado sin la presencia de su abogado.

—Por si no lo ve, aquí nadie ha interrogado a nadie. Simplemente le he preguntado por su estancia en mis dependencias. —Mostró parte de sus dientes—. Dígame qué ha podido estudiar de ese tipo.

—En fin… —Arrancó una de sus hojas con una exhalación—. Aquí tiene.

—¿Qué es esto? —preguntó con el diminuto trozo en la mano.

—Anotaciones sin importancia, igual que su entrevista con el acusado —insinuó, afilada.

—No quiero palabras escritas. Míreme y dígame qué ha visto en ese hombre que a mí se me haya escapado.

La mujer se tomó un momento. Tragó saliva y se subió las gafas con el dedo índice.

—Es pronto para afirmarlo, aunque estoy convencida de que ese hombre habla con sinceridad.

Su postura es cómoda, no expresa rigidez.

Los hombros están relajados. No se encoge ni se esconde.

Existe sincronía entre sus formas y sus palabras.

—Dio unos pasos al cristal, su cara quedó pegada al espejo unidireccional—.

Su respiración es estable. No hay bloqueos ni señales de tensión.

El tono de su voz refleja una clara desesperación…

un anhelo por alguien… Muestra preocupación real.

Todo apunta a que no miente, pero le sorprendería la facilidad de algunas mentes para hacerlo. Incluso a mí podrían engañarme.

Caronte la miró a medias, indeciso.

—Está bien. Le estoy enormemente agradecido por su opinión, señora Alinari… Y perdone por la encerrona.

Ella aceptó sus disculpas y se marchó.

Caronte estudiaba a Francesco. Seguía sentado con los codos apoyados en la mesa y la cabeza entre las manos.

«¿Qué tienes ahí dentro, Palmieri?».

El inspector se acarició el mentón y entornó la mirada. Su interior debatía qué camino seguir. Cansado, mandó que devolviesen al preso a la celda y se fue a su despacho. No imaginaba que la noche se le haría eterna.

Los pies de Alexia asomaban por el filo de la manta. El tintineo de unas llaves le robó la corta cabezada que había logrado en su rincón. Adhara llegaba con cara lánguida y derrotada.

—Pensaba que estabas acostada. —Se extrañó Alexia, aún somnolienta.

—¿Y tú qué haces despierta?

Alexia volteó su móvil.

—¿De dónde vienes a estas horas, tía? —Se incorporó en el sofá.

—No es nada. Me voy a la cama.

—Adhara… ¿de dónde vienes?

Un breve lapsus.

—De comisaría… Me ha llamado el inspector Caronte.

—¿Qué? —Alexia apartó la manta y se levantó de golpe—. ¿Qué ha pasado?

Adhara se mojó los labios.

—Han encontrado a Francesco.

Alexia dejó caer su mandíbula inferior. Un cúmulo de emociones la sacudió.

—¿Cómo? ¿Cuándo? —Las dudas desfilaban en fila india.

—No sé mucho. Me llamó porque no localizaba a mi padre. A saber lo que está haciendo… —Las palabras de la conversación que escuchó a hurtadillas en su despacho la pellizcaban.

—¿Qué piensan hacer con él?

—De momento está detenido, no me han dejado verlo. Tiene las visitas restringidas. Lo consideran peligroso.

Alexia la cobijó en un abrazo.

—¿Podrás con lo que viene? —La pregunta no solo era para Alexia, también se la hacía a ella misma.

Alexia sostuvo su rostro.

—Con eso y más —esperó sonar convincente. Con Francesco entre rejas, se aligeraba su carga mental, aunque en su cabeza seguía escuchando la voz tras el telefonillo.

Cada vez tenía más frentes abiertos.

Adhara se marchó al dormitorio. Exhausta, lanzó su cuerpo al colchón y su móvil cayó al suelo.

—Mierda… —se le escapó al ver el mensaje de buenas noches.

Realizó una llamada.

—¿Qué haces despierto a estas horas?

—Los retrasos en el monte me están dando trabajo extra —contestó Bastian—. ¿Estás en casa?

—Sí…

—Me muero por verte. ¿Puedo pasarme, aunque sea un ratito? —casi fue una súplica.

—Ya estás tardando.

En menos de media hora se besaban con urgencia, dejándose llevar por la pasión y la necesidad. Adhara se abandonó a sus caricias y besos. Bastian habitaba un territorio inexplorado desde que la había conocido.

Sentimientos nuevos. Sensaciones inexplicables.

Quería disfrutarla lo máximo posible. Las cosas más simples como jugarse el turno de la ducha o discutir por la última onza de chocolate. Por ahora, disfrutaría el presente y aprovecharía cada segundo a su lado. Guardaba la esperanza de que todo recobrara la paz, sin saber hacia dónde iba.

Tumbados en la cama, separaron las caras y sonrieron. Con la ilusión de aquello que todavía no estaba definido.

—¿Estás cansada? —preguntó Bastian, retirándole un pelo enredado en el pendiente—. Menudo día habrás pasado… no puedo imaginarlo.

—Más que cansancio… es una derrota. No sabes la impotencia que sentí al entrar a la comisaría y encontrarme con todo aquello. —Agachó la mirada—. Y encima, me vine igual que fui: sin nada en claro.

Bastian le acarició el hombro desnudo sin decir nada.

—Llamé a mi padre en cuanto pude y aún sigo sin saber nada de él.

—Esto le va a caer como un jarro de agua fría. Sabes poco de sus vidas… Carlos ha sufrido muchísimo por tu hermano.

—No vuelvas a nombrar esa palabra —le cortó—. No tengo hermanos. Francesco es un asesino.

—Adhara, él no era así. Es un niño roto que juntó de la forma que pudo sus retazos. Cuando tu padre se dio cuenta, ya era tarde para colocar las piezas en su sitio —explicó Bastian—. En parte, cada uno hemos añadido una pizca al cóctel que ahora resulta ser.

Los dos callaron.

Adhara se autoflagelaba pensando en las palabras de Bastian.

Ella fue la razón principal por la que su padre abandonó su anterior familia. La muerte de Juliette desencadenó una sucesión de infortunios que ayudaron a construir aquella mente perturbada.

—Mi vida tampoco ha sido nada fácil, y no por eso voy por ahí matando gente—se defendió—.

En fin… no se puede dar marcha atrás, aunque sí tengo clara una cosa: y es que Francesco debe pagar por sus delitos, fuese consciente de ellos o no.

Es un peligro incluso para él mismo. Desde entonces, Alexia no ha vuelto a ser la misma.

Bastian la abrazó con fuerza.

—Intentemos descansar. —Le besó la cabeza—. A estas horas no podremos arreglar el mundo.

Ella cerró los ojos, acurrucada entre sus brazos.

«Las cinco y media».

El ronquido de Bastian la había desvelado. Adhara fue a la cocina por un vaso de agua. Al volver, el antiguo diario asomaba por un resquicio de su maletín.

«Solo un ratito», se prometió…

7 de noviembre de 1904.

Estoy muy triste, mañana terminará mi sueño junto a Adolfo.

El curso de ayudante de arqueólogo se dará por finalizado y mi amor hará a un lado mi recuerdo.

Todos estos días han sido un dulce sueño del que no quería despertar, tanto que olvidé por completo escribir aquí.

La dulzura y el cariño con el que me trata me dan qué pensar: ¿sentirá lo mismo que yo?

Quiera Dios que así sea, ruego por mantenerme a su lado.

Con esta esperanza me voy a dormir.

10 de noviembre de 1904

Mi corazón sigue sin latir desde el último día que lo vi. La vida sin estar a su lado no tiene sentido. ¡Qué crueldad! Comprobé lo que era respirar a pleno pulmón, en libertad, para volver a esta jaula asfixiante en la que inhalo una y otra vez el mismo aire vacío de vitalidad.

12 de noviembre de 1904

He abierto la ventana de par en par. He dejado que el aire fresco entrase y llenara mi pecho.

Vuelvo a respirar, vuelvo a sentirme viva.

He tenido noticias de Adolfo. Después de acabar en la excavación, no había sabido nada de él hasta hoy.

Incluso madre se ha percatado de mi desdicha, pues iba con alma encogida por toda la casa.

Hasta dejé de comer mis dulces preferidos, esos que siempre me trae papá cuando vuelve del trabajo.

Pero justo hoy, cuando miraba por el cristal sumida en un pensamiento melancólico, el cartero ha tomado rumbo hasta mi puerta.

Un pálpito me ha dicho que esa carta era para mí y he bajado las escaleras volando.

¡No me equivocaba!

Al abrir el sobre casi me desmayo de la emoción.

Mi querido Adolfo me ha escrito. Me dice que echa de menos mi risa a su alrededor y que desde que yo no estoy hasta el terracota del barro se ha vuelto gris.

Me ha pedido que nos veamos esta noche a solas.

Yo no sé qué hacer. Si madre se entera, me echa de casa sin temblarle el pulso.

Por otro lado, no puedo decirle que no, pensará que soy una niña pequeña que no toma las riendas de su vida.

Me muero de ilusión por verlo, pero hacerlo a escondidas…