Capítulo 19
Carlos había pasado el día enfrascado en la búsqueda del origen de las amenazas, y de Francesco.
La revisión de las pocas cámaras de seguridad a las que Luciano tuvo acceso arrojó varias pistas que, en lugar de aclarar sus dudas, lo habían desorientado incluso más.
A eso debía añadir su ego herido además de cien euros.
La muchacha del mostrador le resultó una insolente. Aquello no era para alguien con principios. Le apenaba reconocer en lo que la sociedad se había convertido. Gente sin vínculos, que usaba habitaciones por unas horas para saciar su deseo, y luego si te he visto no me acuerdo.
Por ahí lo había leído: el mundo se enfrentaba a su mayor oleada de enfermedades de transmisión sexual.
Esperó con ansia la caída de la oscuridad y, con ella, el cambio de turno de la recepción que visitó por la mañana.
Las luces rosas brillaban.
«Veinticuatro horas», expulsó con fuerza el aire por la nariz.
«Más sexo… ¿Cuándo dejamos de sentir… y empezamos solo a usar? Una necesidad fisiológica donde no conectan los pensamientos, ni mucho menos las almas».
Se guardó el Rolex en el bolsillo —no permitiría otra tomadura de pelo— y se dispuso a entrar, cuando un movimiento llamó su atención. Su juicio se interrumpió por el parpadeo de la lucecita roja de una cámara en la fachada del edificio de enfrente.
«Parece que mi suerte acaba de cambiar».
El cartel prometía una atención continua, prácticamente igual que el que se disponía a volver a recorrer, con la diferencia de que en su rellano había una gran máquina expendedora que ofrecía más cosas que el bolsillo de Doraemon.
—Buenas tardes.
La mujer de recepción lo ojeó.
—Si no tiene código no puedo ayudarle —espetó, señalando un papel pegado en la pared que explicaba el procedimiento.
—¿Código? —Carlos se quedó en blanco.
—Sí, la combinación del casillero. Se lo han tenido que dar junto con la reserva. Yo solo me limito a dar las llaves.
—Ah, eso… No, no vengo en calidad de cliente.
—¿Entonces?
—Venía por otra cosa.
La mujer parpadeó dos veces y con la mano le señaló que prosiguiera.
—He visto que tienen cámaras de seguridad fuera.
—Eh… no graban, solo son disuasorias. —Se removió en el asiento.
—Sé perfectamente que no lo son. Tengo en mi despacho una igual. ¿Sabe usted que está prohibido grabar al exterior? Es más, el hecho de que coloquen cámaras aquí me da que pensar. ¿No las utilizarán para extorsionar?
—¡Uy, no, por Dios! ¡Cómo puede decir eso! —exclamó, dolida—. Hay mucha delincuencia por aquí, y también —se acercó—, muchos de los que vienen se gastan muy malas pulgas. Las tenemos por seguridad. Oiga —lo miró recelosa—, ¿es usted policía?
—No, pero quizá pueda interesarle lo que voy a proponerle.
La mujer se arrimó para escuchar con atención.
—Seguro que… —sacó su cartera y la vació delante de ella—, doscientos euros le vendrían bien.
—Mmm… —Estiró el brazo para cogerlos.
Él le sujetó la mano.
—Primero necesito un favor.
Carlos barrió con la vista la mesa y todo lo que contenía.
—Enchúfalo al portátil. —Le ofreció un cable.
—¿Para qué?
—Necesito la copia de los archivos de la cámara de seguridad de la calle. Y si encuentro lo que busco, te doy mi palabra de que te doblo la cifra.
La mujer accedió.
En cuestión de minutos tenía los archivos. Si la suerte estaba de su lado, destaparía los rostros de los que comenzaron a extorsionarlo días atrás.
El magnate era recibido con una amplia sonrisa por el encargado de uno de sus restaurantes preferidos. La buena comida y el ambiente discreto lo hacían volver allí todas las semanas.
—Buenas noches, señor Moretti. ¿Quiere su mesa de siempre? —preguntó el maître.
—Si está disponible… te lo agradecería, Rafael.
—Le acompaño.
—No te molestes, sé de sobra dónde está.
La relajante melodía y la tenue luz acompañaban a la intimidad. Dos parejas charlaban en una mesa cercana a Carlos. Alcanzó a escuchar las tonterías que decían los dos hombres para impresionar a sus acompañantes.
«Aficionados».
Sacó su teléfono y buscó en la carpeta que se había «comprado» instantes atrás. Antes de darle al play bajó el volumen del altavoz. Las imágenes se sucedían con rapidez.
Y ahí la vio.
Ese pelo de color inconfundible bajando del coche de alquiler. Incluso haciendo algo tan mundano llamaba la atención. Metió dentro del edificio dos maletas. Al minuto se marchaba. Más adelante, volvía al bloque acompañada por un tipo moreno, con una complexión que le resultó familiar.
Pausó la imagen.
«Ese tipo… serás hijo de…».
Mordió su labio inferior al ser consciente de la actuación en la barra del bar la noche que cometió su último error.
Al poco, salía solo él y al rato aparecía con el mismo vehículo. Logró distinguir el logotipo del rent a car .
Abrió la aplicación del bloc de notas.
«Sontte Cars».
Tras la lectura de las primeras hojas del diario, Adhara imaginaba mil escenarios posibles. La llovizna había acompañado a la ciudad durante todo el día y pintaba su entorno borroso.
Una vibración en el bolsillo del chaquetón.
«¿Quién será a estas horas?».
—¿Sí?
—Buenas noches, Adhara.
Lo supo. Esa voz inconfundible.
—¿Inspector?
—Siento molestarte tan tarde, es importante y tu padre no contesta a las llamadas.
—¿Qué ha pasado? —El miedo se reflejó en sus palabras.
—No he tenido más remedio que llamarte a ti primero…
—¿Qué pasa, inspector?
—Ejem… tenemos a Francesco.
—¿Qué? ¿Cómo?
—No puedo decirte mucho más. He pensado que estaríais más tranquilas sabiéndolo —contestó apresurado. Su intención era ganar tiempo antes de que entrase en juego el rey del tablero.
—Mu… muchas gracias, inspector —no atinó a decir nada más.
Adhara se quedó boquiabierta.
«Francesco… detenido».
Hacía frío y apenas había transeúntes. La ligera llovizna que le calaba los huesos se distinguía a través de la luz de la farola. Las gotas ya habían bañado los coches de policía perfectamente alineados en el aparcamiento de la comisaría.
Adhara caminó hacia la entrada.
—Buenas noches —saludó al agente en la recepción—. Busco al inspector Caronte.
—Me temo que el inspector está ocupado.
—Lo sé, venía por eso mismo. Me ha llamado hace poco.
—Deme un minuto —habló por el interfono—. Señor, está conmigo… —esperó a que se identificara.
—Adhara, Adhara Castelli.
—Tengo conmigo a la señora Adhara Castelli. Sé que está ocupado… —paró a escuchar—. Enseguida, inspector —cortó la comunicación—. Puede pasar. Al final de ese pasillo. —Apuntó con el dedo.
Adhara tragó saliva conforme se adentraba. No sabía qué se encontraría allí. Ya empezaba a notar la ansiedad recorrer cada músculo de su cuerpo. Golpeó dos veces la puerta.
—Pase —contestó el inspector.
—Hola. —Asomó la cabeza.
—Pasa, Adhara.
Entró y su extrañeza fue inmediata.
—Siéntate. —Indicó con la mano—. No tendrías que haber venido a estas horas.
—¿Qué está pasando? —La voz le tembló.
Caronte se aclaró la garganta.
—Como te he dicho, hemos dado con Francesco.
Adhara se quedó sin color.
—¿Está aquí? ¿Cómo ha ocurrido?
El inspector se llenó de aire. La jugada no había salido según lo previsto. Quiso ganar un breve margen llamándola a ella, sin esperar que se presentara en comisaría.
—Puse a la mitad de mis hombres día y noche en vigilancia… Se expuso demasiado. Incluso con el cambio de imagen, era imposible que nuestras cámaras no lo captaran.
—Quiero verlo.
—Para, para. Ahora mismo estamos esperando la orden de traslado a prisión y no se le permiten visitas.
—Pero…
—No hay peros, Adhara. Está acusado de varios delitos. Está bajo vigilancia constante desde que llegó. Hemos solicitado su ingreso en una prisión de alta seguridad —sentenció—. En cualquier caso, dudo que te hiciera bien hablar con él.
—¿Y mi padre? ¿Todavía no sabe nada? —Estuvo intentando dar con él de camino a la comisaría sin resultado.
—Me ha sido imposible contactar con él —tosió incómodo.
Él la evaluó. Percibía la batalla que se libraba dentro de su cabeza.
—Adhara, espérame aquí. Voy a por unos cafés.
A medida que avanzaba a la máquina de bebidas, captó el barullo.
Se detuvo y cambió de dirección. Los muchachos se cobraban sus favores para no tener que custodiarlo.
Aguantar los desvaríos del asesino del pañuelo durante más de dos horas seguidas era complicado.
Había entrado en bucle. Se limitaba a contestar con monosílabos cuando le preguntaban, y, entre tanto, aprovechaba para pedir por activa y por pasiva que lo dejaran en libertad.
—¿Qué pasa aquí? —intervino con autoridad.
—¡Inspector! —Uno se cuadró.
—Baja la mano, chico, que no estamos en el ejército.
—Señor —aclaró su garganta—, el tipo se empeña en repetir siempre lo mismo. Escucharlo hora tras hora es peor que una tortura de Guantánamo —aseguró el otro agente.
—Me pregunto: si tanto les molesta a las señoritas, ¿por qué no se apuntaron a un curso de ganchillo en vez de dedicar su carrera a preservar la seguridad ciudadana? —bramó—. ¿Qué es lo que tanto repite?
El joven descendió el tono.
—Afirma que no ha cometido ningún delito… salvo el de enamorarse. —Rodó los ojos con desgana—. Dice que por fin la ha encontrado. Se disculpa una y mil veces, mirando hacia el cielo. También pide perdón a su madre y le asegura que estaba confundido, que ahora lo ve todo claro. Está loco de remate.
—Costa —interviene Caronte—, Shakespeare decía: en la locura hay siempre un cierto método.
El muchacho se quedó pensativo.
—No creas todo lo que tus ojos vean ni lo que tus oídos escuchen —aclaró el inspector—.
Nuestro trabajo trata de cuestionarse la obviedad, debemos mirar detrás.
De un mismo hecho puede haber mil interpretaciones.
—Hizo una pausa—. Llama al analista y prepara la sala de interrogatorios, esta noche va a ser movidita.