Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

Adhara se quedó en blanco. Clotilde acababa de confirmar la relación entre el monte y esa vivienda. La prueba de ADN solo reafirmaría lo que ya intuía.

La mujer preparó unas tazas de té para las tres. Adhara admiró los techos elaborados de la casa, ornamentados en escayola y rematados con figuras de ángeles y demonios. Sus motivos conservaban la belleza de hacía más de dos siglos. Ella daría lo que fuera por vivir en un hogar así.

Alexia miraba los marcos encima del poyete de la chimenea, la foto de un niño y una niña que jugaban alegres en la orilla del mar. Aguzó la vista a la pierna del chico. Una mancha oscura, un lunar.

—Ya estoy aquí. —Llegó con una bandeja—. ¿Queréis azúcar o sacarina?

—Azúcar para las dos estaría bien, ¿no? —consultó Adhara a su amiga, quebrando el hilo de sus pensamientos.

Alexia dejó el marco donde estaba no sin antes echarle un último vistazo, el recuerdo que le atravesó le quitó las ganas de beberse el café.

—Volviendo a lo que hablábamos… —aclaró Adhara—, me has dejado atónita, Clotilde.

—¿Sí? —exhaló un suspiro divertido.

—Llevamos toda la mañana en busca de respuestas y de pronto entramos aquí y nos sueltas lo del diario —aplaudió de emoción—. Es justo lo que nos hacía falta.

—Te diré más: puedes llevártelo si quieres. Eso sí, con la promesa de que me lo devolverás.

—¿Lo dices en serio? —Ya habían dejado a un lado las formalidades. Las dos estaban igual de ilusionadas.

—Por supuesto. Te señalaré las hojas que se acercan a la fecha de su desaparición. Las demás puede que te sean irrelevantes.

—¡Genial! Así podré adelantar trabajo.

—Solo quiero que no se cometan más injusticias.

Nuestra familia ya ha vivido unas cuantas.

—Se ensombreció su rostro—. Si son los restos de Elettra, por fin podré conocer la verdad que ha tenido en vilo a mi familia durante años.

Por favor —alternó su interés entre las dos—, haced que todo tenga sentido.

—Te prometo que así lo haremos. —Adhara posó la mano en su hombro.

Se despidieron: una con el corazón lleno de esperanza y las otras dos con la mochila cargada de trabajo. El diario suponía un antes y un después en toda esa historia.

A medida que se alejaban de la casa, la ansiedad de Adhara crecía. Su mano hurgaba en el bolso en busca del teléfono.

En un santiamén le llegó su voz.

—Hola, Adhara.

—Giuliano, no sabes la sorpresa que te tengo…

Al otro lado resonó una carcajada.

—Cuéntame, hija. Soy todo oídos.

—¿A que no sabes a quién pertenece el diario que tengo ahora mismo entre mis manos? —le desafió, juguetona.

—Mmm… viniendo de ti, puede que del mismísimo Julio César.

—¡Qué más quisiera yo! —Aflojó la tensión del cuerpo—. Solo te digo que no tiene desperdicio.

—Me tienes en ascuas, Adhara. ¡Suéltalo ya, por todos los dioses! —exigió con guasa.

—Prepárate, que va: nuestra enamorada huesuda se llama Elettra. Según su tataratataratatara… nieta, Adolfo tuvo mucho que ver en su vida.

—¡No puede ser! ¡Eso es magnífico!

Se apartó el teléfono de la oreja ante los vítores.

—Estoy deseando llegar a casa para ponerme a leerlo.

—Quiero que me lo cuentes todo con pelos y señales —aseguró Giuliano, y enseguida cambió el tono—.

Adhara, estamos ante un avance enorme. ¿Y si gracias al diario podemos relacionar a la víctima con el dueño del anillo?

—planteó—. Estaba en la escena de un crimen…

porque, aunque haya pasado tanto tiempo, una mutilación, bueno…

una doble mutilación, no deja de ser un hecho espeluznante. Si además en esas páginas lo desvela…

—Haré informes de cada lectura. Pronto podremos desenterrar no solo los huesos, sino también la historia que hay detrás de todo esto.

—Esperaré ansioso el primer informe. Tómate unos días libres hasta que termines, ¿de acuerdo?

—¿Estás seguro?

—Por supuesto. Ahora es primordial descubrir la relación entre ambos.

—Vale. Intentaré terminar en breve. Gracias, profesor —se despidió.

Al llegar a casa ya eran más de las siete.

Por el camino habían parado a cenar en un restaurante que a Alexia le fascinaba.

No era un lugar para ir todos los días, sus precios estaban enfocados a otro tipo de bolsillos.

Alexia procuró mostrarse animada ante los avances y sugirió ir allí, pero su mente no terminaba de desconectar de aquella residencia.

Tras el deleite de platos y buenos vinos, más de un bostezo se escapó. Llevaban todo el día deambulando por la ciudad y se encontraban exhaustas.

Ya en el piso, Alexia se despidió y fue directa a su habitación. Adhara, sin embargo, se alegró de la huida de su amiga, porque nadie interrumpiría una de las lecturas que comenzaría con más ganas en mucho tiempo…

10 de octubre de 1904

Ayer fue mi primer día en la clase de la señora Adelina.

Madre me ha obligado a soportar ese soberano aburrimiento.

De hecho, creo que esa mujer estaría mejor con los señores de la guerra orquestando alguna tortura para el enemigo.

¡Que Dios me perdone! No la soporto. Mis pobres dedos están entumecidos, dudo que sientan siquiera el calor de la llama de una vela.

Padre está empeñado en que aprenda el arte de los bolillos, como él lo llama siempre, aunque yo no entiendo para qué puede valer eso en un futuro.

El encaje pica, y encima se lava mal. El único fin de ese supuesto «pasatiempo» es maldecir en voz baja y tener un gran saco lleno de cachivaches.

No se dan cuenta de que prefiero la sencillez de una sábana sin más adorno que un volantito o, a lo sumo, una cintilla de raso, a ser posible azul.

Que me gusta más ver un atardecer que ir a la función del cómo se llame.

Yo quiero vivir aventuras. Quiero usar botas y pantalón; esto de las faldas y enaguas es un castigo cruel hacia la mujer.

En invierno te mueres de frío y en verano…

¡Oh, en verano! Te corre el sudor por la pantorrilla abajo.

Cuando le comenté a madre que odio ir a esas enseñanzas, puso el grito en el cielo. Lloró desconsolada, sintiéndose la mujer más desdichada de la Tierra.

—¿Por qué me pones estas pruebas, Señor? —decía mirando al cielo. Yo no podía hacer otra cosa que sosegar mi respiración, ya estoy acostumbrada a estos numeritos de espectáculo ambulante. Luego se le pasa enseguida, y todo vuelve a su ser.

Padre es todo lo contrario; si la apoya es por tal de no tener que sufrir sus enormes representaciones.

Ojalá algún cazatalentos de los alrededores se la llevase lejos en su caravana para actuar en todos los pueblos de la comarca; por lo menos no tendría que sufrir su «desdicha» día sí, y día también.

Están tocando a la puerta. Esa tiene que ser Marcela…

Ya he vuelto ¡Ay! ¡No puedo estar más feliz! Marcela se ha apuntado al curso de excavación del Monte Testaccio y ha arrastrado a sus padres hasta aquí para que intercedan por mí ante los míos.

¡No me lo puedo creer!

Papá me dejará asistir con ella, con la condición de que sea la mejor con el encaje de bolillos.

Está enfrascado en la idea de que solo una mujer que domine ese arte puede encontrar un buen marido.

No me parece un precio muy alto que pagar para poder embutirme las prendas masculinas mientras dure el curso.

Estoy contenta, y nerviosa, claro. Todo surgió de repente…

sin esperarlo. Ahora que lo pienso, ¿cómo debería arreglar mi cabello?

¿Y la blusa? Mi armario está lleno de encajes y lanas delicadas.

Le pediré ayuda a Gertrudis, sé que cuando llegó de España trajo consigo varias camisas de su difunto esposo.

Seguro que puede dejarme alguna de ellas a escondidas, así podré moverme mejor.

Si madre se entera de que uso ropa del marido muerto de la cocinera le da un infarto, aunque, pensándolo bien… no estaría mal.

¡Ja, ja, ja! Pobre madre, ya ha tenido bastante con callar delante de los padres de Marcela, el calor de sus mejillas hubiese servido para marcar a las vacas.

¿He dicho que mañana empiezo?… Espera, escucho pasos; debe ser ella, querrá asegurarse de que realizo mi rezo.

Buenas noches, querido diario.

Adhara devolvió las hojas a la carpeta de cuero y volteó su muñeca. Abrió los ojos al ser consciente de la hora. Tenía la boca seca y bebió un trago de la botella de agua que siempre tenía en la mesita.

«Mañana a primera hora tengo que contarle todo al profesor Manni».

Volvió la vista al diario y sucumbió a la tentación de seguir enfrascada entre las hojas que emanaban años y secretos…

11 de octubre de 1904

No he podido resistirme a volver a escribir.

Hoy he pasado uno de los días más felices de mi vida, y digo de los más felices porque deseo que el que más dichosa me haga sea cuando me case con él, con Adolfo Castelli Lepani.

Ya puedo decir que sé lo que es estar enamorada.

Tanto que me gustaría salir a la calle y gritarlo, aun a riesgo de que me encarcelasen por loca o por fresca.

Posee todo para hacerme la mujer más afortunada del planeta.

Es alto, guapo, fornido y rebosa salud lo mires por donde lo mires.

Y, para colmo, ¡ha reparado en mí! Yo, una chica menuda y sencilla, no solo eso, sino que ha pasado la mayor parte del día explicándome cada cosa que no entendía, con una dulzura que ni las madres primerizas poseen.

Puede que su forma de mirarme sea inquietante… y que me derrita igualmente.

Ya me imagino con él, juntos, trabajando con las rodillas llenas de barro y el corazón rebosante de amor. Siendo tan joven, ya es mi mentor. Se encarga de la supervisión de las obras del monte y de que se respete el legado romano de siglos de antigüedad que componen Testaccio.

Cada vez que sus labios se abrían para dejar escapar las palabras, el tiempo parecía ralentizarse; esa manera de agitar las manos…

con la euforia del que habla desde el corazón.

Sin duda está enamorado de su trabajo, ¿podría enamorarse también de mí?

Bueno tengo que centrarme; quizá si me convierto en la mejor lo haga.

Esto de la arqueología me gusta, aunque mentiría si digo que no me ha decepcionado conocer mis responsabilidades.

Yo quería desenterrar huesos, algún tesoro…

o un poquito de oro. Sin embargo, estamos colocando trozos de cerámica que se utilizaba para guardar alimentos y aceites.

Adolfo nos ha dicho que realizaremos una labor importante; de todas formas, me parece aburridísimo ordenar cosas que otra persona ha roto.

No entiendo qué tiene de relevante eso. Tendré que contentarme con salir de casa, usar ropa de chico y, por supuesto, verlo a él.

¡Ay! Dos semanas se me hacen cortas. Cuando quiera darme cuenta, tendré que decir adiós al único hombre que ha conseguido hacer latir mi corazón a un ritmo descontrolado.

Tengo que conquistarle, sí… ¡eso haré! ¡Que comience la operación marido!

Me voy a la cama con la esperanza de poder soñar con Adolfo esta noche, y todas las que me resten.

—Como Elettra dice: una forma de amar inquietante… —le recordó a alguien.

Adhara cerró el diario a la vez que apagaba la luz.