Capítulo 17
Dos días antes del último adiós
Ya no recordaba cuándo había dormido más de cinco horas seguidas, ni la última vez que había descansado lo suficiente como para que su cuerpo quisiera despegarse de la cama.
La noche anterior, tras la llamada del inspector, Carlos no había cesado en investigar por su cuenta la dirección que le había dado.
El hostal ni siquiera disponía de página web.
No le quedó más remedio que aceptar que al día siguiente tendría que acudir allí sin ninguna ventaja, y hacer todo el trabajo sobre el terreno.
Al llegar a la puerta pudo comprobar que de hostal solo tenía el letrero. El edificio era un bloque de pisos común, igual que los de su alrededor. Agarró el pomo y comprobó que la puerta estaba abierta. Nada más entrar, halló de frente una pared repleta de casilleros con contraseña numérica.
—¿Qué tipo de sitio es este? —murmuró entre dientes, conforme se adentraba.
Giró la cabeza y, al fondo, advirtió la humareda blanca al trasluz. Fue hasta allí. Una improvisada recepción ocupaba gran parte del espacio entre el cuarto de contadores y el pasillo. La «contaminadora del aire» estiraba las piernas por encima del escritorio, de espaldas con el móvil en la mano.
—Perdona, estoy buscando a alguien.
La muchacha seguía a lo suyo.
—¿Puedes ayudarme? —insistió alzando más la voz.
La chica se revolvió en la silla y casi se cae hacia atrás.
—Me vas a matar del susto, joder —se quejó, quitándose los auriculares.
—Normal, con esos dos platos de sopa que llevas en las orejas.
—Ja y ja, qué gracioso. El jubileta se ha despertado de buen humor, ¿no? ¿Qué pasa? Esta mañana te han puesto pañal limpio —se burló.
Carlos infló su pecho decidido a no sucumbir a las provocaciones.
—¿Hay alojado aquí alguien raro, sospechoso? —colocó un billete de cincuenta euros sobre el mostrador. Iba directo al grano.
Ella posó su mano sobre el billete, sin moverla de la superficie.
—Sospechoso ¿de qué? ¿Tú sabes la de gente rara que entra aquí? Además, seguro que tienes alguno de esos más en la cartera —marcó un compás con los dedos encima del billete, no se le había escapado el detalle del Rolex en su muñeca.
Carlos sacó otro papelito naranja más. Ella se guardó los dos y se levantó.
—Me temo que no veo quién entra o sale. Yo solo estoy aquí para llamar a la poli si la cosa se pone fea.
—¿Cómo? —preguntó desconcertado—. ¿Trabajas en un hostal y no haces un registro de las personas que se alojan aquí?
—¿En qué siglo vives? La mayoría de alojamientos low cost ya funcionan así. El cliente se registra online y la web le pasa la contraseña para que recoja las llaves de los casilleros. Cuando se va, las vuelve a dejar en el mismo sitio.
Carlos se quedó quieto un segundo. Aparte de su ignorancia, fruto de la generación a la que pertenecía, se sumaba que la cría le había sacado cien euros.
—¿Entonces no puedes ayudarme?
—Ya te lo he dicho —contestó, ladeando la cabeza y encogiéndose de hombros.
—Estupendo. —Carlos se giró y avanzó hasta la salida—. Por cierto, que te aproveche la propina por nada.
El resultado no fue el esperado, lo que añadía más peso a sus hombros.
La frustración se había convertido en un lastre que arrastraba desde hacía semanas.
La búsqueda del autor de las amenazas y el desconocimiento del paradero de Francesco lo volvían a sumergir en un abismo cerrado del que no sabía salir.
Últimamente no se quitaba de encima la sensación de que nada de lo que planease le salía bien.
Demasiadas cosas volvían del pasado a la misma vez.
Esperaba que su hija tuviese más suerte que él en su investigación.
Adhara estaba terminando de beberse el café cuando Alexia apareció en la cocina con cara somnolienta.
—Buenos días —saludó la periodista, estirando los brazos al techo y, acto seguido, los bajó rápidamente—. ¡Auch! —se quejó.
—Eso suena a contractura.
—Eso suena a que soy una cincuentona oxidada. Te recuerdo que se me puede considerar una mujer de mediana edad. —Fue hasta la cafetera y se sirvió una taza—. Menuda semanita llevo, guapa.
—Anda, y no te quejes tanto. —Adhara dio un sorbito a la bebida—. Te vendría bien hacer deporte. Ya no te escaqueas más de las clases de autodefensa.
—Sí, sí… —le concedió la razón como a los locos.
—Oye, ¿por qué no te vienes al monte? Tenemos palas de sobra. —Esbozó una mueca divertida al ver la cara de espanto de su amiga.
—En eso justo estaba pensando… Anoche te escuché llegar. ¿Acabasteis tarde? —Alexia devoró una galleta integral—. Espero que Brigid lo esté pasando bien con los del máster.
—Se me fue el santo al cielo en la biblioteca. Y al volver, me pasé por casa de Domenico para comentarle mis avances y, de paso, que me diera de cenar. Y a tu hermana… ya le vale.
Adhara se limpió la boca con una servilleta.
—No se te ocurra decirle nada.
—¿Nada de qué? —Alexia no entendía.
—De lo que te conté… del numerito con el monitor. Le tiró a muerte, y a mí se me iba un color y se me venía otro.
—A mí ya nada me asusta. Es típico de ella…
—¿Te hace gracia? Pues la próxima vez no cuentes conmigo para hacer de canguro, nena.
—Relájate, le leeré la cartilla cuando vuelva. Ya es mayorcita. —Alexia se pasó la mano por el pelo—. Esta se cree que vive en una novela de Megan Maxwell.
—No entiendo cómo sois tan distintas…
—Bueno, a ella todavía no le han roto el corazón.
—Siento lo de mi padre…
—No es culpa tuya, Adhara; es más, tal vez Carlos ayudó a recomponer lo que dejó Salvattore. —O eso quería creer.
—Te cuesta hablar de él, ¿eh?
—Es que no hay mucho que contar… hace años que no le veo.
—Aunque no tenía claro cuando sus caminos se cruzarían de nuevo—.
No pedí explicaciones, no quise saber nada.
Quedé hecha trizas —confesó, una de las pocas veces que lo hacía—.
Su ambición por la fama y el reconocimiento le costaron caros.
Bueno… eso ahora forma parte del pasado.
Adhara le pasó la mano por la espalda.
—Me voy a la ducha. —Alexia rompió el contacto.
Adhara atrapó la taza entre sus manos, abrazando su calidez, sumida en la confesión que acababa de escuchar.
—Estoy pensando… ¡qué narices! —Alexia exclamó un grito desde su dormitorio que hizo a su amiga escupir parte del café que acababa de beber—. Me voy contigo. Eso sí, la pala que la usen esos cachas que tienes por compañeros, que ya me encargo yo de mirar.
Cuando estuvo preparada, Adhara fue al dormitorio de Alexia.
—Ponte unas buenas deportivas —le sugirió—. Tenemos un largo día por delante.
En el asiento del metro, sacó el papel que había impreso.
Deslizó el folio entre sus dedos, releyendo los nombres y sus direcciones.
Al filtrar la lista solo quedaron once mujeres a las que buscar.
Aprovechó sus privilegios y pidió ayuda a Carlos, quien inmediatamente consultó a Luciano, su analista informático de confianza.
Once mujeres desconocidas y solo una era a la que buscaba.
Del metro pasaron al tren. Adhara sacó el portátil y lo apoyó sobre la mesita abatible.
Entró en Facebook para buscar más información por su cuenta.
En la primera casa que visitaría vivían dos familiares de una de las mujeres de su lista.
Cruzó los dedos. Sin registros ni documentos que le aportaran luz, poco más podía hacer.
—Primero hablaré yo, y si ves que la conversación se me escapa, tomas el control. ¿Estamos?
—Estamos. —Alexia se llevó la mano a la frente, más recta que una tabla.
Al cabo de media hora, tocaron a un timbre. Una señora abrió la puerta.
—Buenos días. —Asomó la cabeza una mujer con una edad aproximada a la de la arqueóloga.
—Buenos días, me llamo Adha…
—No necesitamos nada, estamos bien así, muchas gracias. —Empezó a entornar la hoja de madera.
Adhara frenó el movimiento con el pie.
—Perdone, no vendo nada, no soy ninguna comercial. —Contuvo la puerta con firmeza—. Ella es periodista —señaló a Alexia—, y yo arqueóloga, en concreto forense.
La mujer dejó de empujar, intrigada.
—¿Se puede saber qué hacen una periodista y una arqueóloga forense —pronunció con énfasis sus profesiones— tocando a mi puerta a estas horas?
«Quizá las diez de la mañana todavía es temprano para algunas personas», consideró Adhara.
—Estamos realizando una investigación a raíz de un hallazgo arqueológico. Nos consta que un familiar suyo desapareció hace años y no tuvieron noticias suyas nunca más.
—Haber empezado por ahí. Pasad, pasad. —Les abrió de par en par.
Por dentro, la casa distaba mucho de lo que reflejaba su exterior. No había cortinas que cubriesen las ventanas ni lámparas que vistiesen las bombillas desnudas que colgaban del techo. Más bien, parecía que estuviese en obras.
—¿Quieren algo de beber? —ofreció la mujer con tono amable.
—No, gracias. Esto no nos llevará mucho.
—Cuéntenme… —Señaló al sofá.
Las amigas se sentaron.
—Su antepasada, Rafaella Pespucci, desapareció en el año 1905, ¿correcto?
—Oh, es eso… —Se removió en su asiento—. Era mi tatarabuela.
—Hemos encontrado restos humanos en una excavación del Monte Testaccio y tratamos de averiguar a quién pertenecían.
La mujer parpadeó varias veces seguidas.
—Necesitamos una muestra de ADN —explicó Alexia.
De nuevo no dijo nada. Solo arrugó la frente.
—Mire. —Adhara sacó un hisopo—. Solo tendrá que ir a la Escuela Española de Historia y Arqueología, firmar un permiso para el estudio y un compañero le tomará una muestra sencilla con esto. Ni lo notará —aseguró.
Su cara reflejaba desconfianza.
—Si me promete que será así… mañana podría pasarme por allí. Todo sea por darle eterna sepultura a la tía Rafaella.
—Solo una cosa más.
—¿Sí?
—¿Le suena el nombre de Adolfo Castelli Lepani?
—No había escuchado ese nombre en mi vida.
Alexia emitió un suspiro fuerte y se detuvo a pensar. Si todas las visitas iban a tener el mismo resultado, aquello sería una tarea tediosa.
—Mañana le atenderán en la escuela. Gracias por todo.
Adhara contaba con la decepción de compañera el resto de la mañana.
En cambio, en lo profundo de su interior, albergaba la esperanza de arrojar luz sobre el hallazgo y…
quizá, poder darle una buena noticia a su padre.
Era plenamente consciente de la perturbación que suponía otro escándalo en la familia.
Pasaron el resto de la mañana recorriendo gran parte de Roma, sin saber cuántas veces habían subido y bajado de un transporte a otro. Se cruzaron con tantas personas que si les pidiesen describirlas no sabrían por dónde empezar. Estaban agotadas. Aún les quedaba un último cartucho en la recámara.
Monteverde, un barrio a las afueras de Roma, ofrecía la tranquilidad de la que el centro de la ciudad carecía.
Con sus zonas verdes repletas de parques por los que pasear, acogía a todo romano que huía del bullicio.
A Adhara le gustó aquel sitio. Valoró la posibilidad de vivir en una casita con el mismo encanto de las de allí.
El bus se detuvo y ellas bajaron decididas a dar con su propósito final.
Algunas fachadas estaban cubiertas de enredadera, haciendo imposible diferenciar su número. Tras un rato caminando, por fin la encontraron.
—¡Ahí está! —señaló Adhara—. ¿No es preciosa?
—Sí que lo es… si llego a saber que íbamos a estar todo el día dando vueltas, hubiera preferido la pala y quitar tierra en el Monte —se lamentó Alexia, a la que los pies le bombeaban.
El arco de piedra reinaba en mitad de la valla que separaba la propiedad de la calle. La verja de hierro se alzaba sobre un sólido zócalo alrededor de toda la fachada. Adhara tocó las piedras, como si le hablasen. No se percató de la presencia que se ocultaba tras una de las ventanas.
Al instante una voz robótica la sacó de su ensoñación.
—¿Qué buscan? —El sonido provenía de un portero automático.
La arqueóloga giró su cabeza hasta el interfono.
—Ho… hola —trastabilló—. ¿Tendría un momento?
—Los dueños no se encuentran ahora mismo. —En parte no mentía. Hacía años que su hermano ya no vivía allí. El recuerdo de la última vez que lo vio la entristeció.
—¿Podemos hablar con usted?
—¿Quiénes son y qué quieren?
—Me llamo Adhara y soy arqueóloga forense. Ella es Alexia, periodista. Nos gustaría hacerle unas preguntas. Hemos descubierto un hallazgo que podría estar relacionado con la historia de su familia. —Entró con toda la caballería—. ¿Podría salir... por favor?
El sonido de la apertura de puertas les indicó que podían pasar.
Una enorme magnolia presidia el patio que daba a la entrada principal de la casa.
Los pájaros se escuchaban piar desde sus ramas, resguardados entre las hojas.
Adhara se quedó quieta un segundo, admirando la majestuosidad del árbol. Le trasmitía calma y sosiego.
—Ejem —carraspeó la mujer.
—Oh, hola. —Adhara le tendió su mano.
—Soy Clotilde.
—Encantada, Clotilde. Yo soy Adhara y ella Alexia, sentimos ser una molestia.
—No es ninguna molestia. Perdonen mi reticencia con los desconocidos, intento evitar que me hagan daño.
—Me disculpo si la hemos asustado —intervino Alexia.
—Por desgracia, el único familiar que tengo está… —evitó decirlo, no quería incomodarlas—. Desde que mi hermano no vive aquí tomo precauciones. En mi familia no tenemos buena experiencia al fiarnos de conocidos.
A Adhara le resultó desconcertante aquella afirmación.
—Soy arqueóloga forense en la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma —explicó con transparencia—. Hace unas semanas encontramos restos humanos y creemos que unos de ellos pertenecen a una familiar suya.
La mujer pareció comprenderlo.
—Puede que sea mi tata… Hace tantos años que he perdido la noción del tiempo. Elettra desapareció cuando era joven y pasó al olvido. Los periódicos lo vendieron como una huida amorosa, pero por lo que mis abuelos me revelaron, dudo que fuese así.
—Lo dice muy segura —inquirió Alexia.
—Por supuesto. Estoy convencida de que lo suyo no fue una desaparición, sino un asesinato.
—Eso es terrible —añadió Adhara.
—Su diario ha pasado de generación en generación por todas las mujeres de esta familia tras su muerte. Es una manera de recordarnos que hay que ser precavidas y no dejarnos embaucar por cualquiera.
—¿Un diario? —indagó Alexia, estupefacta.
—Sí, en él relata su enamoramiento de un hombre que le rompió el corazón.
A Adhara se le encendieron las alarmas.
—Ese hombre… —tragó saliva—, ¿no se llamará por casualidad Adolfo Castelli Lepani? —soltó con la boca seca.
—El mismo que viste y calza.