Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

Nunca había reparado en eso del feng shui . Si echaba un vistazo a su despacho, estaba seguro de que no cumplía nada de lo necesario para alcanzar el equilibrio. Por el contrario, empezaba a creer que parte de su malestar se debía a eso. Buscó en internet. Barrió con la vista la habitación.

«Orden y limpieza, colores. Luz y ventilación… creo que esa ventana puede valer».

Cuando llegó al apartado de los muebles y su posición, tuvo claro que su equilibrio llevaba una era ausente.

Volvió a prestar toda su concentración a los reportes de sus chicos.

Aquella mañana, varias parejas de carabinieri habían estado sondeando información en los lugares que el inspector les había indicado.

Ninguno aportó nada esclarecedor para el caso, salvo la sospecha de una cámara de seguridad de la que Caronte ya tenía conocimiento.

Con la visita del subteniente Vallori, no pudo personarse él mismo.

Y ahora, ahí sentado, sentía que ese informe no servía para nada.

Estaba convencido de que podría presionar más al dueño del establecimiento. No era nuevo en esto.

Deslizó su cuerpo dentro del abrigo.

—Segurísimo que estás de más aquí —le habló al perchero de madera cuando recordó los puntos clave para alcanzar la armonía espiritual.

Lo bueno de ser policía era que básicamente podía aparcar donde quisiera.

Daba igual que fuese a interrogar a un testigo o a comprar un café y el periódico del día.

De todas maneras, a esas horas de la noche, y con la temperatura que sufría Roma, había poco tráfico por la estación de tren.

Detuvo el vehículo en una zona destinada a la carga y descarga de mercancías y accionó los intermitentes.

El hedor a comida prefabricada le revolvió un tanto las tripas.

Abrió la puerta del local y el aroma lo engulló de una vez.

Le costaría quitárselo a su querido abrigo de paño marrón.

Dentro, un grupo de jóvenes debatía sobre la elección del menú.

Al final ganó un cubo de alitas, retostadas en el aceite de un coche, y tres paquetes de patatas, fritas en el mismo mejunje.

—Buenas noches, señor —el dueño del local saludó amablemente.

El hombre ya intuía que aquel cliente iba a gastar más dinero que esos tres chavales juntos.

—Buenas noches —contestó el inspector.

—¿Qué desea tomar? Las alitas son el plato del día. Recién hechas, llevan una cobertura crujiente que solo hacemos aquí. ¿Le pongo unas cuantas?

El inspector alzó los ojos al cielo. Si se llevase una de esas cosas a la boca pasaría la peor noche de su vida en años.

—No vengo a cenar. Aun así, muchas gracias por el ofrecimiento.

Al dueño del local le cambió la expresión.

—¿Qué es lo que quiere?

—Me gustaría hacerle unas preguntas —comentó, enseñando su placa.

—Aquí… no hacemos nada ilegal, señor —tartamudeó—. Solo servimos comida rápida, nada más.

Si allí se cometían ilegalidades o no, ese no era el caso. Su principal objetivo ahora era dar con Francesco.

—No tiene nada que temer. Solo quiero hablar con usted en calidad de testigo.

—Ah… —suspiró aliviado—. Debería haber empezado por ahí. Esta mañana estuvieron por aquí dos agentes. Ya les conté todo lo que sé.

—De eso estoy seguro. Me disculpo por volver a molestarle. Me habría gustado venir esta mañana, solo que ya sabe… los asuntos de la ley son impredecibles. Mandé a los muchachos y me han quedado dudas por resolver.

—¡María! Atiende a estos chicos —gritó, dejando el delantal en la barra—. Mejor hablemos en mi oficina.

El inspector lo siguió por el pasillo, que se estrechaba a causa de las cajas apiladas a ambos lados. Los plafones de luz incandescente habían perdido su blanco inicial, tornando a un tono amarillo salpicado de motas negras. Algunas de ellas se movían.

El hombre le cedió el paso y el inspector trató de cerrar la puerta, que no cedía a causa de la humedad que había abombado los marcos.

—Siéntese —sugirió el hombre, apartando una pila de documentos de la silla de plástico al otro lado de la mesa.

Caronte desconfió. Definitivamente, tendría que llevar su abrigo al tinte.

—Bueno, como le iba diciendo, buscamos al hombre de las fotografías.

—Ya se lo he comentado. Le dije a sus agentes todo lo que sabía. Por aquí pasa una multitud a diario, fíjese el buen sitio en el que está mi local, han venido ciudadanos de todos los países. —Infló su pecho, orgulloso—. Se me hace imposible recordar una cara —aclaró con total sinceridad.

—Veamos. Usted, cuando me ha visto entrar, ha supuesto que quería cenar, ¿no?

El hombre asintió con la cabeza.

—Ha sido amable conmigo hasta que ha descubierto que no iba a gastarme ni un euro en su establecimiento —continuó Caronte—. Por lo tanto, me hace pensar que suele diferenciar a las personas por su aspecto.

—¿Está queriendo decir que soy un racista? Porque le recuerdo que, según habrá podido comprobar —se señaló a sí mismo—, soy inmigrante.

—Ni mucho menos, solo trato de situarme. Sea sincero, nos será más fácil. ¿Ha dado eso por hecho o no?

—A ver… un vagabundo no va a hacerme rico.

—Perfecto, ya estamos en la misma onda. Bien, si el que entrase ahora mismo fuese precisamente un vagabundo, ¿qué haría?

El tipo reflexionó.

—Si no quiere nada, trataría de echarlo. Gente así solo espanta a la clientela que sí va a dejarse el dinero aquí.

Caronte echó mano a su bolsillo.

—Mire con atención. —Le mostró la captura de una cámara de seguridad—. ¿Recuerda algo?

Recibió el trozo de papel y lo examinó con detenimiento.

—No sabría decirle, se ve borrosa…

—Piense en este tipo entrando a su local… ¿qué le dice su filtro de clientela?

El hombre se quedó pensativo.

—Espere… —Acarició la foto con el dedo índice—. Cuando entró pensé que era un tipejo y quise echarlo… ya lo recuerdo… me dejó pasmado cuando sacó un billete de veinte euros. Al rato se marchó con una bolsa de nuestras deliciosas alitas acompañadas de patatas fritas.

—¡Bingo! —Chasqueó los dedos Caronte.

—Es usted bueno.

—Por eso sigo siendo inspector. —No pudo contener la euforia de apuntarse un tanto—. Ahora, si es tan amable, cuénteme todo lo que recuerde de él.

El señor entrecerró los ojos, inspiró y exhaló pausado, como si el aire trajese datos a su memoria.

—Al principio pensé que era un ladrón. Hemos sufrido algunos robos en los últimos meses.

Este sitio es inmejorable en cuanto a tránsito, eso sí, el barrio deja mucho que desear.

Tenía aspecto de cansado. Recuerdo que le sugerí unas cuantas alitas más, a parte de las del menú.

También le añadí alguna cosilla que ahora no recuerdo —mintió, sabía perfectamente lo que se había llevado, aquella tarta de zanahoria estaba en las últimas.

—Eso es irrelevante. Dígame cómo eran sus facciones, el color de sus ojos… Según puede comprobar, no se ve mucho en las capturas. Esa gorra le tapa toda la cara.

Se detuvo un segundo y se acarició el mentón.

—Su expresión era fría… ¡sí! Y esos ojos… de un azul que nunca había visto. Fue educado, cosa que me chocó bastante. Debo decir que hasta me pareció guapo; debajo de toda esa barba no parecía cualquier tipo. Poco más puedo decirle.

El inspector cerró la libretilla.

—No sabe cuánto se lo agradezco. Su testimonio será de gran ayuda.

La cara de Francesco se le quedó grabada.

Bonita y delicada, de revista, según le había dicho el testigo.

—A mandar. Soy un ciudadano que cumple con sus obligaciones.

«Con tus obligaciones no sé, de lo que no tengo duda es que con las normas de higiene y calidad, no», pensó Caronte conforme salía a la calle.

Ya en el coche, encendió la calefacción y repasó la información que tenía.

«Falta poco… necesito un acercamiento con Carlos. Le pondré un trocito de queso al ratón».

—Buenas noches —saludó el inspector desde su teléfono.

—Buenas noches, inspector. ¿Qué sucede? —Carlos temía que lo llamase por Francesco.

—No se preocupe. Le llamo porque… digamos que me gusta ayudar a los amigos —comentó con desdén—. He conseguido lo que me pediste —dejó de tutearle—, a cambio tienes que contestarme a una pregunta.

Carlos tragó saliva.

—Lánzala —él también terminó con los formalismos.

—Un pajarraco lleva rondándome sin descanso desde hace unos días, y me gustaría abatirlo de un plumazo. El problema es que solo tú tienes la bala.

—Podrías concretar —soltó sin dar rodeos.

—Tengo mis dudas… No sé cómo se las está arreglando Francesco para sobrevivir sin ser visto. Y tú… bueno, eres su padre.

Una fracción de silencio.

—Una vez se puso en contacto conmigo, con un teléfono de esos desechables —confesó finalmente Carlos—. Cuando quise localizarlo, me topé con un muro. De hecho, sigo en su búsqueda, mis hombres no lo encuentran por ningún lado… por ahora eso es lo único que tengo. —En realidad, no mentía del todo.

—¿Sabes que si lo cubres estarías cometiendo un delito? —Guardó un silencio breve—. Uno muy grave.

—Soy consciente de eso, y te adelanto que soy el primer interesado en que mi hijo reciba ayuda cuanto antes.

—No me decepciones, Moretti. No me gustaría verte la cara en un juzgado. Por ahora, te daré una muestra de mi colaboración. Coge papel y lápiz.

Caronte le facilitó la dirección desde dónde se emitieron los mensajes amenazantes a través de Facebook, tratando de dejar una puerta abierta entre los dos.

Francesco caminaba apresurado. Le había costado dejarla en la cama; no recordaba exactamente en qué momento se había quedado dormida.

Necesitaba beber algo, lo que fuera. Su contacto, su esencia, le habían devuelto algo parecido a la calma.

Por el camino, masticaba cada experiencia que se había pegado a su piel; desde que vislumbró el pequeño cartel azulado, que destacaba sobre el rojizo de las paredes, fundiéndose con el color de su pelo, hasta la respiración lenta y pausada que le provocó cosquillas en los labios.

Guardaba la imagen de ella serena en la cama antes de salir.

Tranquila, como si nada hubiese ocurrido.

Inspiró el aroma de sus manos, reteniendo su fragancia.

Cerró los ojos, disfrutando las sensaciones que despertaban en su cuerpo.

La ansiedad comenzó a oscurecer la nube rosa en la que se encontraba.

De improviso, su corazón activó el nitro y aceleró sus latidos.

Se tocó el bolsillo de la chaqueta y respiró aliviado: la caja seguía allí.

Se metió tres pastillas de golpe. Poco a poco se calmó, el calor y el sudor, fruto del nerviosismo, le obligaron a quitarse la gorra y la chaqueta en un santiamén.

Divisó un escalón y se deslizó en él, apoyó la cabeza sobre las rodillas, intentando serenarse.

No vio la cámara de tráfico frente a él.

El punto rojo parpadeaba en silencio.