Capítulo 15
Por primera vez, se había encontrado en el lado opuesto: ella era la entrevistada.
Sentada en el metro, Alexia no paraba de darle vueltas a las preguntas de la Youtuber .
Había dejado al descubierto una parte de sí misma, se había liberado…
y, al mismo tiempo, eso le causaba temor. ¿Quizá se había expuesto demasiado?
Ahora alguien más sabía lo vulnerable que era.
Desde lo ocurrido con Francesco, la mujer desinhibida y segura, se había transformado en alguien distinto.
Más alerta, más pendiente de lo que ocurría a su alrededor.
El secuestro lo había cambiado todo.
No solo había sido una entrevista; la psicóloga la había tratado como a una paciente más. Sin juicios. Sin filtros. Y eso dolía.
—Ey, ¿cómo ha ido? —quiso saber Domenico, al cruzarse con ella en el portal.
—¿Dónde vas con esas prisas? —preguntó Alexia al verlo pasar.
—A por una baguette. ¿Tienes pan o te traigo?
—Cómprame una y sube. Te lo cuento durante la comida.
—Voy en un santiamén.
Nada más entrar, Alexia tiró los tacones hacia un lado y se colocó un delantal en el que decía: ¡Qué rica estoy! Siempre le había hecho gracia aquella frase en ese contexto.
Sacó unos filetes de ternera y los cocinó a la plancha, les echó por encima salsa roquefort de bote. No había tiempo ni ganas de preparar nada más.
Domenico apareció en menos de diez minutos.
—Ya estoy aquí —anunció a voces.
—Estás en tu casa, hijo.
—Te recuerdo que nadie te obligó a entregármelas —bailó el llavero frente a su cara—. Cuando me mandas a regarte las macetas no te quejas tanto…
—Ya está don reproche. Ve y pon el mantel.
Alexia posó las copas sobre la mesa.
—Te has complicado poco la vida, ¿eh? —comentó el psicólogo al ver el menú.
—Guardaba la esperanza de que alguien me hubiese preparado un plato delicioso.
—Yo seré el Don , pero tú eres la Doña —se carcajeó—. En verdad —se metió un trozo en la boca—, esto está buenísimo.
Alexia bajó los párpados con hastío.
—¿Cómo ha ido con mi colega? —Se interesó Domenico con la boca llena.
—Bien, ha estado bien —no quiso entrar en detalles.
Evitaría preocuparle con sus inseguridades. Si no se dedicaría a analizar cada expresión, cada palabra suya, para controlar su estado mental.
—¿Ya está? Cuéntame más…
—Llegué, tenía preparadas unas preguntas sobre el secuestro y el premio. Contesté, hablamos un rato y ya está. La verdad es que fue cercana. —Se encogió de hombros, sin darle importancia.
Omitió el mar de lágrimas en el que se había transformado cuando esa mujer ahondó en la herida.
El timbre la liberó de seguir con la explicación.
«¡Menos mal!», suspiró aliviada.
—¿Sí? —preguntó Alexia desde el telefonillo.
Silencio… una respiración intensa.
—¿Hola? —Se le aceleró el pulso.
—He vuelto…
El auricular se le escapó de la mano, balanceándose en el aire.
La voz no necesitaba nombre, la reconoció de inmediato.
Seguía sin estar preparada.
Habían pasados años, de nada servía una explicación.
Y entendió… que nada bueno podía ocurrir.
Preparó con rapidez la maleta que se llevaría a la escapada con sus nuevos compañeros.
Esa mañana, a parte de robarle el atuendo deportivo para la clase de defensa personal, Brigid había asaltado el vestidor de su hermana para tomar prestados dos jerséis de lana y un par de vaqueros que a ella le quedaban grandes… y le encantaban así.
Le faltaban unas horas para acudir al punto de encuentro. Alexia le había enviado un mensaje deseándole que lo pasara bien. Ella le escribió que se verían a su vuelta, más una fila de emoticonos de besos y corazones.
«Chocolate…», recordó la sugerencia que le había hecho a Adhara.
La gula despertó su estómago. Ese pecado capital que funciona como un pozo que se llena y se vacía sin aviso.
Sensación y anhelo que, con cada bocado, promete satisfacción, a pesar de que al instante notes cómo se esfuma todo.
Se alimenta de la ansiedad. Del miedo. De ese impulso por rellenar los abismos de nuestro interior, dejándonos igual de huecos que al principio.
A Brigid no le preocupaba ser víctima de sus propios deseos. Cuando sufría un antojo, iba a por ello. Bajó los escalones al galope en dirección a la calle. Estuvo a punto de chocar con el señor mayor que regentaba el edificio. Se disculpó apresurada, y siguió su camino.
Engalanada con flores y macetas en su fachada y en la terraza exterior, la cafetería presentaba el aspecto de cualquier día de primavera.
Se había fijado en ella al volver de la biblioteca.
Su estética colorida destacaba en medio del entorno invernal.
Estaba de moda ornamentar los exteriores con material preservado: ramas de eucalipto, de olivo e incluso flores secas.
El tintineo de la campanilla anunciaba la llegada de un nuevo cliente. El aroma a dulce arropó su cuerpo atrayéndolo hacia el mostrador. Habría sido poco elegante pegar la cara al expositor, aunque por dentro se moría por hacerlo.
Una de las camareras fue hasta ella.
—Buenas tardes, ¿qué deseas?
Brigid no sabía qué elegir.
—¿Podrías ponerme uno de cada? —Acarició el cristal que los envolvía—. Se ven estupendos, no sé cuál elegir.
—Mmm. —La camarera se tomó una pausa para pensar—. ¿Quieres que te prepare una tabla de degustación?
—Claro que quiero. —Rio—. Los quiero todos.
—¿Te lo preparo para llevar?
—No, lo tomaré aquí —se relamió, anticipando el festín que se iba a dar—. Y también quiero un chocolate. Bien caliente.
—Perfecto.
Divisó una mesa al fondo, junto a un árbol decorado enorme. Le sorprendió que no lo hubiesen quitado. La Navidad ya había pasado, y con ella, el attrezzo y la ilusión.
Al sentarse lo notó.
«Me meo».
Buscó el servicio y avanzó hasta él con decisión.
Se liberó con la fuerza de un pantano desbordado, terminando en un suspiro de desahogo.
Se lavó las manos y recogió el bolso. Salió colocándose el pelo, que se le había venido a la cara al orinar en sentadilla para no apoyar las nalgas en un asiento de dudosa higiene, culpa de esos vídeos de internet.
Bacterias ampliadas bajo un microscopio que ahora no podía olvidar.
No veía nada con el manto rojizo que le cubría la cara.
—¡Auch! —se quejó al chocar de frente con alguien.
Los cuerpos retrocedieron lo justo que les permitieron las puertas abiertas de los dos baños enfrentados.
—Oh… qué coincidencia —titubeó, emocionada al reconocer al hombre de la otra tarde. Se apartó el pelo con rapidez.
—¿Te has hecho daño?
—Qué va —Brigid se rozó la frente con disimulo—. Me pasa a menudo… soy un desastre.
—Pues ya somos dos —aseguró él sonriente—. ¿Estás sola?
Las últimas veces la había visto acompañada de Alexia.
—Sí, mataba el tiempo. Y tú, ¿no me estarás siguiendo? —Esbozó una leve curva en la boca.
—¿Yo? —Se señaló—. Estoy al acecho… A ver qué encuentro. Y ¿esperas a alguien?
Brigid jugueteó con un rizo, lo enrollaba entre sus dedos.
—Qué va. He quedado dentro de un rato… —lo miró directa—, ¿te apetece hacerme compañía?
—Claro —respondió sin dudar.
Era justo lo que deseaba.
El rincón de la cafetería fue el refugio perfecto.
La camarera les llevó sus pedidos. Un café solo con hielo y un pequeño bollo de leche espolvoreado con azúcar glas para él.
Para ella, un tazón de chocolate humeante que simulaba a una pequeña chimenea, y una caja repleta de dulces distintos.
De repente, toda su sangre se le concentró en los mofletes.
—Tienes apetito, por lo que veo.
Imposible ponerse más roja.
—Eh, sí. —Evitó su mirada—. Este mediodía hemos comido poco. Mi amiga traga menos que un pajarillo, y al entrar y ver ese tremendo festín… ¿quién se resiste?
—Disfrútalo. —Le arrimó el plato—. Por cierto —apegó su silla a la de ella—, mi propuesta de mostrarte cada rincón de la ciudad sigue en pie.
Brigid se mordió el labio inferior conteniendo una sonrisa pícara.
—Estaré encantada de descubrir todos los secretos de Roma… —Se metió un trozo de dulce en la boca, pasando su lengua por el dedo—. Y de sus habitantes.
Él la observaba dar delicados bocaditos sin pestañear y se limpiaba la comisura al mancharse por error. Quiso tocar sus rizos. Deseaba poder sentirlos entre sus manos, comprobar que eran reales.
La veía a ella. O eso creyó.
«No eres tan fuerte, ni tienes su carácter…».
Esa etapa de su vida escocía, igual que la forma en que ella lo miraba. Percibió la atracción desde la pantalla, en el reportaje de los premios.
«No te lo merecías».
De lejos, los ecos de los medios mezclados con los de su sentencia. Le arrancaron la vida sin tocarlo, mientras ese hombre inquebrantable se refugiaba entre su jauría de abogados, decidiendo quién caía… y quién no.
—¿Cómo dices? —preguntó Brigid acercándose a él.
Solo los separaban unos centímetros.
—No nada… —Aterrizó de nuevo en la cafetería—. Es solo… me gusta verte disfrutar de los dulces. Te ves sexy cuando te relames.
—¿No serás uno de esos pervertidos a los que les pone ver a la gente comer?
—No te fíes… —murmuró—. O sí… lo dejo en tu mano. —Acortó la distancia y le devoró la boca, que contenía restos de nata.
Entrelazaron sus lenguas en una espiral que exploraba cada rincón de su interior.
El único freno a lo que estaba a punto de desatarse fueron las risitas de las dos camareras que las ocultaban con las manos, sonrojadas tras la barra.
Ese beso prosiguió en el apartamento que Brigid había alquilado.
Aparcaría sus planes para más tarde. Pensaba disfrutar del mejor dulce que le habían servido en esa cafetería.
Los dedos de Brigid trastabillaron al introducir la llave. Subieron las escaleras, ansiosos. Jugaban con las mismas ganas de dos adolescentes en su fiesta de graduación. Solo que allí nadie los interrumpiría para vomitar el ponche en el baño privado de los dueños de la casa.
En cuanto entraron, Brigid tiró la pesada mochila a un lado y se volvió para mirarlo. Su mirada reflejaba el deseo.
Avanzó despacio y le arrancó la gorra de un tirón.
—A ver… —La bailó entre sus manos—. ¿No estarás casado?
—¿Por qué me preguntas eso ahora? —Soltó una sonora carcajada a la misma vez que removía su pelo oscuro y despeinado.
—Porque no me lío con casados.
—¿Y qué te hace pensar que lo estoy?
—Parece que te escondas debajo… —Movió la gorra en el aire.
—Puedes estar tranquila.
Brigid sonrió, relajándose por completo.
—Menos mal… sería una pena —bromeó—. Me estabas empezando a caer bien.
—Mi corazón no tiene dueña —confesó entre risas.
Ni latidos tenía.
Él la cobijó entre sus brazos y la apoyó en la cama.
La desnudó con urgencia. Se mordió los labios al contemplar la obra de arte que yacía desnuda.
Tan blanca. Tan perfecta. Exhaló con fuerza; desde esa distancia, todo parecía claro.
Comprobó que el camino a seguir estuviese preparado y se relamió el labio inferior satisfecho.
Brigid alargó una mano al cajón de la mesilla y sacó un preservativo con naturalidad.
Un quejido. Un suspiro de placer.
Entre ellos se despertó un hambre que crecía. Brigid clavó las uñas en sus glúteos, atrayéndolo fuerte hacia sí.
La duda fue breve. Las manos de él avanzaron hasta el cuello sin pensar. Al principio, Brigid pensó que formaba parte del juego. Lo miró a los ojos y no los identificó. Él bajó los párpados un segundo.
No pensaba, solo apretaba.
El odio subió… sin aviso.
Destellos, titulares, cámaras, aplausos… y ella.
Brigid trató de respirar, pero el aire no llegaba. Quiso gritar, pero el sonido no salía. Solo un susurro ahogado. Pateó con desesperación buscando oxígeno, aunque su postura no ayudaba a asestar ningún golpe. Los ojos de la chica dejaron de reaccionar.
Sus movimientos se ralentizaron.
Notó el cuerpo inmóvil bajo el agarre y saltó de la cama.
—No… no… —retrocedió.
Observó sus manos como si no las reconociera.
No había decidido hacerlo. Se tocó de nuevo el cabello y mordió el dedo índice por instinto, presionando los dientes contra la piel hasta que quedó blanca.
El corazón le latía con violencia. Buscó alrededor por si el mundo podía escucharlo.
Clavó la vista en la puerta como si alguien pudiera entrar en cualquier momento.
Los ojos abiertos lo acusaban.
El frío de la celda lo envolvió de nuevo.
El olor a humedad, el hierro, los días contados hacia atrás.
Durante un segundo, no se encontró a sí mismo.
El clic en su cabeza le provocó una reacción.
Buscó en el baño. Limpió lo que creyó que había tocado, y temblando cogió la mochila tirada en el suelo.
Cada movimiento era torpe, urgente por desaparecer antes de que alguien lo descubriera.
Frenó en seco. No era culpa suya… parpadeó.
No otra vez.