Capítulo 14
La gastronomía italiana era una de las grandes razones por las que había escogido Roma para realizar sus últimos estudios. También lo eran los italianos: adoraba sus rasgos fuertes, marcados, llenos de carácter. Brigid no se lo pensó al preparar la maleta para viajar hasta allí.
Al terminar la clase de defensa personal, Adhara y ella fueron juntas a comer. Tras el festín que acababa de darse, su estómago enviaba una señal de socorro a su cerebro. Pedía una siesta urgente. Maldecía en voz baja al escuchar la conversación telefónica que mantenía Adhara.
—¿Estás seguro? Mira que si voy hasta allí y me prohíben el paso… —le decía a Giuliano.
Él utilizaría sus influencias para facilitarle el trabajo. A esas horas, la biblioteca que pretendía visitar permanecía cerrada al público, y necesitaba acceder a sus archivos. Allí encontraría información sobre Adolfo.
—Ojalá dé con lo que busco, profesor.
Brigid intervino con desgana.
—¿De verdad me vas a obligar a pasar la tarde en una biblioteca?
—Es el único sitio donde puedo encontrar los archivos históricos que busco, chica —respondió Adhara con cierta ironía. Empezaba a cansarse de ella—. Es más, nadie te obliga a que me acompañes.
—No te voy a dejar sola con todo lo que tienes encima. Puedo echar un vistazo contigo, cuatro ojos ven más que dos… eso si consigo mantenerlos abiertos.
—Solo te pido que no ronques…
—No te prometo nada. —Brigid curvó los labios con malicia.
Adhara puso los ojos en blanco y continuó caminando hasta la Piazza di Sant’Agostino.
La Biblioteca Angelica guardaba recortes de periódico desde el primero de los ejemplares publicados en Roma, además de una extensa hemeroteca histórica.
Si existía alguna pista sobre los huesos hallados en la excavación, tenía que estar allí.
Las enormes estanterías se alzaban hasta el techo, bañadas por una luz tamizada que entraba por los altos ventanales.
La quietud era solemne, monástica. Fue fundada en 1604 por el agustino Angelo Rocca —de ahí su nombre— estaba considerada una de las bibliotecas más antiguas de Europa.
Adhara no cabía en sí de emoción. Estar allí, rodeada por tantos siglos de pensamiento, le parecía irreal.
—Guau… esto es precioso. —Brigid acariciaba la mesa de nogal—. ¡Qué paz se siente!
—Ni que lo digas. Sabía que era bonita, pero las fotos no le hacen justicia.
—En esa zona tiene que estar lo que buscas. —Señaló hacia unos ordenadores.
Los monitores, finos y modernos, contrastaban con la robustez y elegancia del resto de la estancia.
—Llevas razón. Esto me llevará un buen rato. Si tienes otra cosa que hacer…
—No te preocupes por mí. Voy a echar un vistazo. No todos los días te dan un pase VIP a una joya así.
Adhara se encogió de hombros. No pensaba discutir.
Se dirigió hacia los ordenadores y comenzó a teclear. El buscador parpadeaba con una paciencia religiosa. El nombre de Adolfo Castelli Lepani apareció en varios registros: descubrimientos, trabajos arqueológicos, ensayos históricos y, finalmente, su participación en el Monte Testaccio .
Adhara organizó la información en su cabeza.
Lo primero: descubrir toda la línea familiar de ese apellido.
Lo segundo: su vida.
Y, con suerte, el vínculo con los huesos.
—Perfecto —murmuró al encontrar un certificado de matrimonio—. Se casó con Agata Montaverde Di Luna… 6 de julio de 1906… iglesia de Santa María in Trastevere .
Rastreó la descendencia. Tres resultados.
—Giovanni, Stefano y Clara… —se sorprendió—. Nada mal. Siguió el linaje masculino. Continuó indagando hasta 1933.
El nombre la golpeó.
Su abuelo, Francesco Castelli.
Y Elena Moretti… su abuela.
El pecho se le encogió. Al segundo, una sensación de añoranza la envolvió. Nunca había preguntado. Nadie le había contado nada. Con el pulso tembloroso, accedió a los registros relacionados y cruzó los dedos dentro de su cabeza. No había error.
El nombre de su padre apareció ante sus ojos.
Claro. Innegable.
—Carlos Castelli Moretti… —leyó en voz baja—. Bautizado en la misma iglesia donde se casó Adolfo…
No sabía qué deseaba más, si descubrir la verdad o no haberla encontrado jamás.
Porque fuera de la burbuja que su madre había construido, existía otra familia.
Y ahora tenía nombres. Rostros. Historia.
Sangre. Desde que limpió aquel anillo ese apellido no había dejado de perseguirla. Retornó a la ventana del buscador.
«Personas desaparecidas entre 1900 y 1945», tecleó mientras lo repetía para sus adentros.
Calculó un margen lógico entre el nacimiento y la muerte de Adolfo. Sería absurdo pensar que alguien pudiera cometer aquellos crímenes siendo solo un niño.
Los nombres aparecieron en fila, uno tras otro. Los hombros se le hundieron. Tardaría una eternidad en encontrar un hilo del que tirar. Echó un ojo a Brid. Permanecía encogida en una silla antigua, con un libro abierto entre las manos. Se alegró. No la molestaría en un buen rato. Volvió a lo suyo.
Demasiados nombres. Demasiadas familias rotas. Demasiados desaparecidos. Las guerras habían robado la felicidad a medio mundo. La migración masiva, los soldados caídos, la Primera Guerra Mundial… época violenta que borró miles de nombres de los registros oficiales.
La muerte no siempre tuvo cuerpo ni tumba.
Una carta que no llega, una foto perdida o un rostro desfigurado. Roma aprendió a convivir con sus fantasmas. A guardar el dolor en un cajón, esperando ser olvidado.
Adhara apartó ese contexto y se centró en lo que verdaderamente buscaba: una mujer joven.
Eso lo complicaba todo. En tiempos de cólera, el amor era furtivo.
A veces silenciado. Muchas mujeres huirían del yugo de lo correcto y volarían sujetas a un amor que prometía ser eterno.
Necesitaba el informe de su colega en la Universidad de Milán.
Sin él, tardaría una eternidad. No terminaría de hablar con todas las familias de los cientos de nombres que emergían ante sus ojos.
—Brid, voy a salir una chispa. Necesito hacer una llamada. De paso me pillaré un café, ¿quieres uno?
—¿Qué?
—Shhh —le instó a callar, avergonzada—. ¿Puedes no alzar la voz? Por Dios, Brid… estamos en una biblioteca.
—Estamos solas, Adhara. Mejor tómate un chocolate, a ver si te endulza el carácter. —Se levantó—. Me largo. En nada salgo con los del grupo y tengo que pasarme por unas cosas.
La arqueóloga se quedó atónita. Esa chica poseía un carácter difícil. Y, aunque no lo admitiría en alto, acababa de hacerle un favor.
Buscó la máquina de bebidas que vislumbró al llegar. Sacó un café doble. Cuando agarró el vaso de papel, experimentó el calor traspasando a sus dedos. Lo apoyó en un banco de madera noble con la esperanza de que se enfriara.
—Ha llamado a la Università degli Studi di Milano. Enseguida le atenderemos.
El tono de espera amenazaba con hacerle perder la paciencia.
—Secretaría de la Universidad de Milán —contestó a los pocos instantes una chica joven.
—Buenas tardes, me gustaría hablar con el doctor Visconti.
—¿De parte de quién?
—Soy Adhara Castelli. —Su tono sonó orgulloso—. Soy arqueóloga en la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma. Tengo una consulta de vital importancia.
—Por supuesto. Enseguida le paso con el departamento de investigación.
Al cabo de unos segundos, la llamada conectó.
—¡Adhara! —saludó el arqueólogo.
—Ey, Orazio. ¿Cómo vas?
—Precisamente tenía agendada tu llamada para esta tarde. Estamos conectados, señorita Castelli…
—Ya ves, caprichos del universo. —Rio—. Aquí me tienes, suéltalo todo.
—¿Todo? —se carcajeó—. Venga, no voy a ser malo. Sé que te mueres de la impaciencia.
Adhara dibujó una risilla.
—Bien, empecemos por el principio. Tras el examen osteológico, he confirmado lo que ya intuíamos: el corte es limpio y lineal. Compatible con un instrumento metálico afilado. La morfología indica intencionalidad. Requiere fuerza controlada… y dirección precisa.
—Vaya —murmuró—. Aunque me lo oliera, suena mucho peor dicho en alto.
—Espera, eso no es todo. Los bordes no presentan la degradación típica de restos antiguos. Podría ser compatible con un corte perimortem. No puedo asegurarlo al cien por cien por el paso de los años.
Adhara se quedó en silencio.
—¿Sigues ahí? —preguntó Orazio confundido.
—Sí… perdona. Me he quedado bloqueada. Cortarle las manos a dos cadáveres… es muy retorcido.
—El ser humano ha sido cruel desde que habita el mundo —se lamentó Orazio.
Ella inhaló con calma.
—Ordenemos los hechos —comenzó Adhara—. Por un lado, tenemos a Adolfo, el principal sospechoso. Su nombre aparece en el anillo encontrado junto a las manos… y trabajaba allí. Eso le daba la oportunidad perfecta de deshacerse de las pruebas. —Hizo una pausa—. Y por otro… no hay cuerpos.
Orazio emitió un sonido de aprobación.
—Sin cuerpo no hay delito. —Se entrevió un deje de frustración—. ¿O eso solo pasa en las películas? ¿Crees que un juez permitiría levantar todo Testaccio ?
La idea la sobrecogía. Siglos de historia patas arriba. Toneladas de tierra. Y gente a la que le importaría tres pimientos la herencia romana.
—Cruzaremos los dedos por confirmarlo. Yo seguiré investigando. Esto solo ha sido un primer examen.
—¿Y la edad? Tengo una lista de unas cincuenta mujeres desaparecidas. Sería clave para acotar mi búsqueda.
—Pues… según mis conclusiones, la fusión ósea de las falanges y la densidad, más el desgaste de los años, me dan un rango bastante cercano… —Orazio calculó mentalmente—. Diría que tendría entre veinte y veinticinco años cuando se produjo la muerte.
—Era superjoven —masculló Adhara—. Qué horror. Ha pasado más de un siglo y no deja de ser un asesinato macabro.
—Nunca dejamos de sorprendernos —se mostró de acuerdo—. ¿Qué piensas hacer ahora?
—Uf, me has ayudado muchísimo. Mañana mismo me pongo con la investigación a pie de calle.
—¿Vas a ir puerta por puerta? —preguntó burlón.
—Eso mismo, doctor Visconti.
—Estás loquísima, doctora Castelli… ¿Tanto como para cenar conmigo?
—Sigue probando. Quizá algún día tengas suerte —replicó con media sonrisa—. Por cierto, ¿te llegó la muestra de sangre que te envié?
—Sí. Me llegó enseguida. —Esperó un segundo para continuar—. ¿Es tuya, Adhara?
—Directo al grano…
—Te apellidas igual. ¿Qué quieres que piense?
—Es mía. Y preferiría que los resultados se quedaran entre nosotros —le pidió seria.
—¿Por quién me tomas?
—Mejor me callo…
—Sigue en pie mi propuesta para cenar —insistió.
—Sigue soñando, Orazio.
Cortó la llamada con una sonrisa apenas contenida.
Volvió a la mesa y comenzó a tachar.
—María… nada. Luisa… tampoco.
Tachó un nombre tras otro hasta que llegó al final. Contuvo la emoción, sabía que esa lista no era definitiva. Puede que a su enamorada desconocida ni siquiera la dieran por perdida.
Una firmeza inesperada le iluminó la mirada. Si daba con ella también lo encontraría a él. El asesino tenía un nombre que pensaba descubrir.
Once nombres. Once posibilidades.
Y uno de ellos había esperado más de cien años para ser descubierto.