Capítulo 13
Tres días antes del último adiós
Alexia abrió los ojos desorientada. Tardó un segundo en distinguir las voces de Doménico, entrando en su piso.
«Definitivamente tengo que quitarle las llaves».
Reparó en el revoltijo de sábanas. La noche se le había hecho corta. Tardó en conciliar el sueño, y cuando por fin lo consiguió una pesadilla tras otra no le había dejado descansar. Avanzó hasta su preciado baño en suite, adoraba su pequeño oasis de desconexión.
Intimidad de acceso vetado al resto.
La voz de Domenico le martilleaba la cabeza. Abrió el grifo y se mojó la cara. Alzó la vista hacia el espejo.
—Menudas ojeras… —Frunció el ceño.
Se apegó más.
—No me jodas… Este año tendremos gallo de plato principal.
Se estiró la piel de los ojos, examinando el desastre.
El cajón del mueble del lavabo ofrecía la estantería de una perfumería: sérum antiojeras, de vitaminas desde la A hasta la Z, cremas de todo tipo y un arsenal de maquillaje digno de un rodaje. Sacó dos botes, vertió unas gotas en la palma y, tras mezclarlas, las extendió por el rostro.
—A por otro día de polución —murmuró a su reflejo.
El psicólogo se movía igual que una maruja acelerada por la cocina, ataviado con un delantal navideño.
— Señora Doubtfire, hace unos días que acabó la Navidad. —Alexia señaló su atuendo—. Le aconsejo que vaya pensado en uno de San Valentín.
—De nada por prepararte este pedazo de desayuno.
Se giró y mostró la bandeja.
—¡Qué pinta tiene todo! —Alexia alargó la mano hacia una tostada—. ¿A qué se debe este despliegue?
—¿No puedo cuidar de mi mejor amiga? —contestó irónico.
—Ja, ja, ja… Domenico, que nos conocemos.
—Qué perra eres… que conste que te quiero de todas formas —replicó—. Me ha llamado una amiga. Tiene un canal con un millón de seguidores en Youtube. —Esperó tener toda su atención—. Quiere entrevistarte.
Alexia dejó de masticar la tostada de queso y miel.
—Ahora mismo no…
Sus ojos se encontraron con los de él.
—¿Qué se supone que tengo que hacer? —añadió Alexia sin convicción.
—Nada. —Domenico la agarró de la mano, eufórico—. Solo responder a unas preguntas. Por lo demás, déjate llevar.
—No sé… Lo del premio ha sido genial, pero no me encuentro con fuerzas. No con lo último que ha pasado.
—¿Desde cuándo Alexia McGregor se esconde? —Apretó sus manos—. Mírame. Eres la mujer más fuerte que conozco. Sal ahí fuera y cómete el mundo.
Unos segundos de silencio.
—¿A dónde tengo que ir? —Una pequeña gotita transparente recorrió su pómulo pecoso.
—¡Oh! —Domenico le plantó un beso en la lágrima—. No te preocupes, todo saldrá bien.
Salió disparado hacia el salón en busca del teléfono.
Alexia negó con la cabeza.
«No tiene solución».
La puerta del cuarto de invitados se abrió y apareció Brigid. Somnolienta, se desperezaba de camino a la cocina.
Alexia se extrañó.
—¡Bueno, bueno! —exclamó Domenico al volver. Se aproximó a la joven para abrazarla—. ¿Tú qué haces aquí?
—Ya ves… —Brid estiró los brazos hacia el techo.
—¿Por qué sales de ahí? —Alexia señaló la habitación de Adhara.
—Buenos días a ti también, hermanita.
—Perdona… —fingió una pequeña reverencia—. Buenos días, señorita Brid. Pensaba que habrías dormido en el sofá. ¿Y Adhara?
—No tengo ni idea. Me quedé hasta tarde viendo una peli. Cuando miré mi reloj eran más de las dos y pensé que ya no vendría. No iba a desperdiciar una noche en una buena cama.
Le propinó un mordisco a la tostada de su hermana.
—¡Oye! —protestó Alexia—. Esa es mía —la apartó de su lado—. Pues te advierto de que me voy. Me han propuesto una entrevista para un canal y pasaré gran parte de la mañana fuera. No podré empezar hoy las clases de defensa personal —fingió un gran pesar.
—Sí, claro. Menuda pena, ¿eh? —bufó Brigid—. ¿Vas a dejar colgada a Adhara?
—He pensado que podrías ir tú en mi lugar. —Su cara era de súplica.
—Yo me ofrecería voluntario —intervino Domenico levantando un dedo—. Me ha dicho un pajarito que el monitor está de toma pan y moja.
Alexia no pudo evitar reír.
—Tremenda bruja estás hecha… De la próxima no te libras —amenazó Brigid con un cuchillo manchado de queso.
Cuando terminó de desayunar, la joven de las hermanas se dirigió al vestidor. Se enfundó unas mayas a toda velocidad con el dedo presionando la tecla del mensaje de audio para Adhara. Quedaron en verse en una hora en la puerta del gimnasio.
Odiaba las rutinas.
Personas agobiadas se movían como pollos sin cabeza para no llegar tarde al trabajo o al colegio, algunos padres incluso bloqueaban el tráfico con tal de que su niñito no se mojase un solo pelo.
Eso la sacaba de quicio. Estaba convencida de que nunca sería madre.
Y seguramente tampoco se casaría. No estaba hecha para una vida de rutinas, costumbres y horarios.
No le gustaba cocinar ni planchar, detestaba la colada e incluso limpiar el polvo.
Su alma necesitaba aire. Libertad.
Prefería dejarse llevar. Lo peor era quedarse quieta y pensar, porque eso siempre estropeaba las cosas. La vida era corta, y no pensaba desperdiciarla.
—¡Ey! ¿Se puede saber dónde has dormido? —Brigid preguntó y se respondió a sí misma—. Espera… ya lo sé. Con el buenorro de Aventino.
Adhara no abrió la boca.
—¡Ja! Lo sabía.
—Vamos —Adhara le empujó—, llegamos tarde.
El profesor estaba haciendo las presentaciones cuando las dos amigas entraron en el gimnasio. Brigid no le quitaba la vista de encima. Tan enamoradiza, quedó encandilada con el monitor.
—¿Has visto qué culo gasta? Por Dios Santísimo, Adhara… es un peligro con ese cuerpo —bajó la voz sin dejar de mirarlo.
—Brid, compórtate. No te conviertas en un albañil baboso. Si te escucha me muero.
Brigid contuvo la risa.
El monitor explicaba los movimientos con delicadeza.
Cada vez que se acercaba a la pelirroja, ella se mostraba receptiva.
Si él le agarraba un brazo para indicarle la posición correcta, siempre cometía algún error que obligaba al instructor a recolocarle la postura con suavidad.
El tacto erizaba la piel de la descarada joven, que volvía su voz dulce, sensual.
Adhara se sintió incómoda por enésima vez esa mañana.
Por suerte, las demás compañeras estaban concentradas en no propinar una patada a la de al lado.
Garet terminó la clase.
—Es todo por hoy. Habéis estado estupendas. Muchas gracias a todas por asistir. No olvidéis que el próximo jueves tenemos cita doble.
Al marcharse, Garet alzó una mano a Brigid para que se acercase.
—¿Te gustaría comer conmigo esta semana?
—Eh… —titubeó Brigid—. Apunta mi teléfono y dame un toque. Te aviso cuando mi hermana mayor me deje respirar.
Se despidió de él con un guiño y volvió junto a Adhara.
—Es la última vez que vienes.
—Ay, tía… Atrévete a vivir. —Le dio un golpecito en el brazo.
—Estás apañada, chiquilla. Estás apañada…
Brigid volvió un segundo junto al monitor mientras Adhara salía fuera. Aprovechó para mandarle una nota de voz a Alexia.
—No te puedes hacer una idea del show que es tu hermanita. Ya te contaré cuando te vea… —Pulsó la tecla de enviar.
—Venga, vámonos —presionó Brigid al regresar—. Ya tengo todo lo que quiero.
—Eres incorregible.
Al otro lado de la ciudad, los ojos de Francesco apuntaban al techo, sin fijarse en nada. Había estado a punto de perder esa nueva oportunidad de ser feliz.
Menos mal que aquel agente no lo reconoció.
Esbozó una sonrisa de superioridad al recordar cómo incluso lo había ayudado con el «mareo». Aunque tenía que reconocer que por poco le da un infarto al ver la placa.
Desterró esa emoción ansiosa y buscó refugio en ella.
En la mujer que lo había encandilado con solo abrir la boca.
Ella había tirado la cuerda que le daba una escapatoria.
Con esa mirada que reflejaba ternura y dolor por igual.
Cuando comprobó la raíz oscura, que asomaba a través del tinte pelirrojo de la mujer, el alivio le aflojó el pecho, no era como su madre.
Había encontrado a alguien con sus mismas grietas, y los trozos encajaban.
Quería escuchar de nuevo aquella voz.
Se incorporó en la cama.
El tiempo corría en su contra. Tenía que poner en marcha todo lo que discurría por su mente.
Para empezar, necesitaba dinero. Vació la mochila sobre la cama del descuidado hostal.
Se estaba quedando sin efectivo. Y sin opciones.
No podía arriesgarse a usar un cajero. Ni llamar a nadie, ni siquiera a su padre.
Estaría vigilado. La policía ya sospecharía que lo ayudó a escapar la última vez.
Agarró la gorra, las gafas y la chaqueta de cuello alto que le cubría hasta la boca. El olor a marihuana inundaba el pasillo. Cuanto más se acercaba a la improvisada recepción —un portal diminuto con una ventanilla— el aroma se hacía más intenso.
—Eh, tú —ladró el encargado —. Me debes ya dos noches. Si vuelves sin el dinero, puedes despedirte de tus cosas.
Francesco lo estudió. El crío no tendría más de veinte años.
—¿Saben tus padres lo que fumas? —Señaló el porro entre sus dedos—. ¿Qué crees que pensarían?
—¿Tú qué te has creído, tío? —Se levantó—. ¿Acaso sabes con quién estás hablando?
—¿Con un niñato que se cree un hombre por fumarse un canuto?
—Pues este niñato tiene más dinero que todos los desgraciados que dormís aquí juntos, gilipollas. —Infló el pecho y se tocó el bolsillo. El bulto dejaba claro que llevaba un arma. Francesco no tenía intención de comprobarlo.
—Vale, vale… —Retrocedió levantando las manos—. Empezamos de nuevo.
El muchacho no respondió.
—Buenos días, chaval. No veas cómo huele esa hierba. Oye, ¿por qué no me presentas a quien te la vende? Así podré pagarte lo que te debo… —Le regaló una sonrisa brillante.
—Tú no has pasado mucha hambre. Esas carillas no son baratas —lo examinó—. No sé en qué líos andarás metido para haber acabado aquí. Para este trabajo no vales. Lárgate antes de que me arrepienta.
Una presión caliente tomaba fuerza en su interior.
Francesco se contuvo. En lugar de hacer caso a su primer instinto, se dio la vuelta y se marchó.
Miró a ambos lados de la calle hasta que encontró lo que buscaba: una perfumería. Necesitaba retocarse el tinte si quería seguir oculto. El dorado natural empezaba a asomar en su barba contrastando con el negro artificial.
El local estaba vacío. Eso lo alertó. Hasta entonces le había ido bien mezclarse entre la gente. Aquella luz blanca, sin refugio, le provocaba ansiedad. Cogió el tinte y se fue a la caja.
—¿Efectivo o tarjeta? —preguntó la dependienta sin mirarlo.
—Efectivo.
Sacó el poco dinero que le quedaba.
La chica alzó la vista al darle el ticket . Se quedó quieta un segundo. Dos. Demasiado.
Francesco tiró del papel y salió.
Se detuvo fuera. Serenó su respiración.
Aquello no alteraría sus planes. Caminó hasta la plaza y se sentó en un banco, al abrigo de unos setos, observando el flujo de turistas que lo tranquilizaba.
Mochilas, móviles, caras distraídas… Presas fáciles para cualquier carterista. Le gustaba ese lugar. Formar parte de la multitud que pisaba a diario esas baldosas milenarias. La expresión se le aflojó en una sonrisa y su mente voló hasta ella.
Se aferró a su imagen. No como una salvación, sino como una salida. La maraña de pensamientos lo confundía.
No iría a la cárcel.
Su venganza podía esperar, incluso desaparecer.