Capítulo 12
La conversación con Bastian hizo que se esfumara su último cartucho. Carlos albergaba la esperanza de que se le ocurriera cualquier idea. Aquello se escapaba a su control, incluso al de uno de los hombres más influyentes de Roma.
Respiró hondo y volvió a llenar la copa. Le daba igual emborracharse; aunque eso no cambiaría la realidad.
Su mente imaginaba cientos de escenarios posibles.
«¿Qué es lo peor que podría pasar si ese vídeo se difundiese?».
El salón permanecía sumido en la oscuridad. El único haz de luz que se colaba desde el exterior se reflejaba en el cristal lleno de coñac. El tamborileo incesante de sus dedos le proporcionaba un falso sosiego.
«Si lo mandan a la prensa estoy acabado», siguió dándole vueltas.
Últimamente su vida era un completo caos. Por un lado, estaba todo el asunto de Francesco, que le hacía perder el sueño a diario, más el miedo por el posible desenlace. Por otro, los mensajes anónimos, y la incertidumbre del objetivo que tendrían. Y luego estaba Alexia.
Esa mujer.
Desde que estuvo con ella, no había encontrado la manera de quitársela de la cabeza.
Ni su última conquista pudo hacerlo. Cuando recordaba el contacto de la piel de Alexia y el calor de su cuerpo, una punzada de dolor le atravesaba el pecho y le erizaba el vello.
Quería entenderla, en verdad lo intentaba. Siempre volvía al mismo punto.
Ella había elegido.
Siguió adelante con la publicación de la noticia del secuestro.
Y ahora recogía el fruto de su elección.
Se masajeó las sienes, tratando de relajar los músculos que le apretaban la cabeza. No podía pensar en ella. No ahora. No podía desviarse de su objetivo: localizar a los responsables de la amenaza.
El pitido insistente le taladró el oído.
—¿Sí?
—Jefe —habló Luciano.
—Hola —se enderezó en el asiento—, ¿qué has averiguado?
—¿Se refiere al vídeo o a su hijo? Porque me temo que estoy en un callejón sin salida con ambos.
Lo siento, señor. Francesco es como un fantasma.
Y con respecto a los mensajes… Hay un millón proxies cubriendo sus pasos, parece hecho a propósito por alguien que verdaderamente quiere borrar su rastro.
Carlos bufó, irritado.
—No puedo hacer nada más. Estoy atado de pies y manos.
—Está bien Luciano. Gracias por el esfuerzo —se despidió meditabundo.
La comunicación se cortó, y con ella, el flujo de posibilidades.
Un final devastador se formaba en su mente.
Las opciones lo aplastaban igual que dos paredes que se cierran.
Y él estaba en medio. Si las imágenes se extendían, podía dar su carrera por acabada.
Temía por su futuro, por la empresa, por su hija…
y sobre todo por perder su influencia para ayudar a Francesco.
Aunque llevaba unos días sin saber de él, estaba seguro de que cuando se le acabara el dinero lo buscaría.
Tendría paciencia, debía mantener su estatus.
Y para ello, no tendría más opción que usar ese comodín.
Abrió la aplicación de mensajería.
Su objetivo se mostraba en línea.
—Siri, llama al inspector Caronte.
Si había alguien que pudiese ayudarlo, era él.
—¿No puede dormir, señor Moretti? —respondió una voz condescendiente al otro lado.
—Buenas noches, inspector. Espero no molestarlo.
—En la academia ya nos lo advirtieron. Se es agente de la ley las veinticuatro horas del día. Y aquí me tiene…
—Es de agradecer su seriedad en el trabajo.
—No habría llegado a ser inspector si no lo hiciese. Y dígame, ¿qué asunto le roba el sueño?
—Una amenaza.
—¿Una amenaza?
—Sí. Me ha preguntado qué es lo que me roba el sueño y yo le he contestado —aclaró—. No puedo llamarlo extorsión. No me han pedido nada… todavía. En cambio, estoy seguro de que lo harán.
—Interesante… ¿y de qué trata esa supuesta amenaza? —acentuó la última palabra.
—Han obtenido imágenes mías en una situación… digamos, comprometida.
—Mucho más interesante. Como comprenderá, con esto no puedo hacer mucho.
Carlos carraspeó.
—Conocí a una mujer que resultó ser un as de la manipulación. Acabamos juntos en mi casa y se las ingenió para colocar una cámara sin mi consentimiento. ¿Necesita que le dé más detalles?
El inspector respondió con un par de sonidos pensativos.
—Y ahora me amenaza a través de Facebook —continuó Carlos—. He intentado localizar el perfil por mis propios medios, y al final ha sido imposible. He pensado que quizá usted…
—Ha pensado bien. Sin embargo, requerimos una denuncia oficial para poder abrir una investigación.
—Habrá alguna forma de hacerlo sin pasar a ser el hazmerreír de su oficina —insinuó cambiando el tono de sus palabras.
—Carlos… ¿me está pidiendo que deje a un lado los protocolos?
—Le pido que investigue una corazonada. No creo que para eso haya que rellenar mil formularios oficiales, ¿o me equivoco?
—No se equivoca, pero… ¿qué consigo yo a cambio?
—¿Qué le parece una buena donación para su s tazione dei Carabinieri ? —lo tentó—. Me consta que sus equipos necesitan una renovación urgente. También podría dotar de nuevos uniformes al cuerpo. O invertirlo como considere oportuno, yo no me meteré en eso.
—¿Me está proponiendo un chantaje?
—Le propongo una mejora en los medios con los que trabajan para atrapar a los malos, inspector…
—No me gusta…
—Consúltelo esta noche con la almohada… suele tener buenas respuestas.
—Buenas noches, Carlos…
Colgó.
A varios barrios de distancia, el inspector Caronte se reclinó en el sillón frente al brillo de las pantallas.
Se había roto los sesos durante horas revisando vídeos.
Buscaba cualquier indicio que revelara algo sobre el paradero de Francesco.
Los rastros que había ido dejando desde el día en que por poco lo atrapó en La Casa del Monte no habían dado ni para un escueto plato de migas.
Después de dar mil rodeos, siempre terminaba en un callejón sin salida.
Con la ayuda de Carlos podría acortar distancias.
Había perdido la noción del tiempo. Pausaba las imágenes de las cámaras de la ciudad cada vez que le surgía una sospecha.
Con la impresión de poder atrapar el aire con las manos.
Contempló la posibilidad de que Francesco hubiera cambiado de aspecto.
Lo suficiente para diluirse entre la multitud.
Una y otra vez regresaba al inicio. Sin nuevas vías. Sin avances.
A su cargo estaban más de veinte hombres.
No podía centrarse en ese caso indefinidamente sin que los de arriba le tiraran de las orejas.
Sufrían más de dos días de demora en las grabaciones.
No era opción seguir acumulando fracasos.
Y, sin embargo, lo sentía próximo. La llave que lo acercaría a Francesco. Solo debía encontrar la cerradura.
Decidió alargar la jornada. Dormía lo justo. Y lo poco que comía aportaba más grasa que energía; el local de comida rápida de al lado se lo agradecía.
Llevaba horas revisando lo mismo, una y otra vez, sin nada.
Hasta que lo vio. Sus ojos se abrieron grandes cuando estaban a punto de echar el cierre.
En la pantalla, uno de sus hombres ayudaba a un vagabundo.
Desde la distancia, su silueta encajaba demasiado bien con la del sospechoso.
Amplió la imagen, la luz y la distancia no ayudaban.
«¿Qué tenemos aquí…?».
Giró la ruedecilla del ratón. Más zoom .
Escrutó cómo el agente ayudaba a un hombre a levantarse del suelo. El sospechoso posó su atención en la radio del cinturón del policía. El desconocido comenzó un rumbo ligero para alejarse de él. Su sexto sentido le decía a Caronte que habían estado cerca.
Se fijó en el local de al lado.
«¿Quién no tendría una cámara de vigilancia en un barrio así?».
Se levantó y fue a la sala briefing . Cogió el rotulador azul y comenzó a trazar el nuevo despliegue sobre la pizarra.
—Serra y Baldi cubrirán esta zona...
Trazó una línea.
—Alojamientos cercanos a la estación.
Otra más.
—Alfieri y Carusso, cajeros. Ficarra con Esposito, cámaras de acceso.
Siguió dibujando. Escribió dos nombres más.
—No te me vas a escapar…
«Y yo…».
Cogió el rotulador rojo y trazó un círculo enorme. Cuando terminó lo lanzó, encestándolo en el lapicero. Su pecho se expandió satisfecho por el magnífico plan, y por la forma que empezaba a tomar todo en su cabeza.
Era él. Y esta vez no iba a escapar.