Capítulo 11
El atardecer amenazaba con incendiar el horizonte.
Las hermanas McGregor llegaban al puerto al final de un magnífico día.
Hacía mucho que Alexia no se divertía de esa manera.
La menor había llegado para darle el chute de vida que la alejaba de tanto complot imaginario.
En su mente había trazado miles de laberintos, y en todos, el final era el mismo: huía del asesino del pañuelo en un sprint interminable…
hasta que lograba alcanzarla. Brigid conseguía espantar esos fantasmas que empañaban las escenas más alegres.
Con su aire alocado, era capaz de iluminar cualquier sombra que se le cruzara por delante.
—Venga. —Brigid tendió la mano a su hermana, que luchaba por no pisarse el pantalón al bajar del barco.
—Estoy para el arrastre… y no hemos hecho prácticamente nada —se quejó Alexia.
—Estás fatal. De nada sirven las dietas si no mueves el culo del sofá. —Tiró de ella con fuerza—. Es hora de que te preocupes por tu salud y te apuntes a un gimnasio.
—Ya vas tarde, listilla. Adhara y yo nos hemos apuntado a clases de defensa personal —se defendió—. Bueno… en realidad nos ha apuntado Domenico.
—¿Cómo? Eso sí que no me lo pierdo. ¿Cuándo empezáis?
Alexia se giró hacia el dueño del barco.
—Muchas gracias por todo, Valerio. Hemos pasado un día estupendo. Repetiremos pronto. —Lo abrazó antes de marcharse.
Brigid no tardó en volver al ataque.
—Bueno, ¿qué es eso de las clases de defensa?
—Domenico creyó que era mejor estar preparadas. Dice que más vale prevenir.
—¿Preparadas para qué?
Alexia se detuvo en seco. No le había contado el altercado con Francesco en su piso.
—Eh…
—¿Qué te estás callando?
—Joder, Brid. ¿Siempre tienes que meterte en todo?
—Alexia… —dijo seria.
Su hermana respiró hondo.
—La noche en la que me dieron el premio, Francesco… —frenó su lengua. Buscó las palabras para que no pusiera el grito en el cielo. Ya tenía suficiente con el ruido de su propia cabeza—, apareció en mi piso…
—Por Dios. ¿No pensabas contármelo? —puso los brazos en jarras y plantó un pie delante del otro—. Llámame loca por querer saber si mi hermana corre peligro… Cancelaré todos mis planes, pienso ser tu sombra.
—No quería preocupar a nadie —bajó la voz—. Bastante tengo yo con esto. Y por favor no canceles tus planes. Disfruta de Roma, hermanita. Todo está controlado… Por cierto —anunció para cambiar de tema—, me llamó mamá. Ya te vale esperar dos días hasta buscarme…
—Tú siempre tan hábil para cambiar de tema… He estado instalándome. He tenido que adaptarme al plan de estudios, saludar a todos los compañeros… —Se frotó la frente.
—Sí vamos, en tu línea.
—No necesito otra niñera, con mamá tengo suficiente. En realidad, la necesitas más tú.
Alexia rodó los ojos. No pensaba discutir.
—Bueno, ¿qué planes tienes estos días? —desvió la atención.
—Lo de siempre —Brigid fingió desinterés—. Los que no te gustarían nada… malas decisiones y buena compañía.
Alexia se mantuvo impasible y no articuló palabra.
—No es nada… —Le dio con el puño suavemente en el brazo—. Una simple fiestecilla con los del curso. Uno de los chicos tiene un chalet en los Montes Sebarinos y…
— Sabatinos —corrigió Alexia sin poder contener la risa.
—¡Eso! —exclamó—. Vamos a hacer una especie de campamento para conocernos de cara al inicio del máster.
—¿Echarás algún día cabeza? —Alexia le tocó en la sien.
—Eso trato, hermanita… eso trato.
—Sigue contándome de camino hacia allí. —Señaló a lo lejos—. Tengo antojo de unos nachos con salsa, no has probado otros iguales.
La cola rodeaba la esquina. La fama del puesto ambulante atraía a amantes del menú grasiento desde todos los rincones de la ciudad. El aroma a cheddar los embrujaba.
—Ummm. —El gemido se escapó de los labios de Brigid—. No sé cómo le sentará a mi estómago, aunque mis papilas gustativas están haciendo una ola propia de un estadio de fútbol.
Alexia estalló en carcajadas.
—Guárdame el sitio. Esos bollitos de crema corean mi nombre. Ya que nos vamos a portar mal, hagámoslo con postre incluido.
Brigid observó cómo su hermana se alejaba entre la multitud. Su cabello, que en su país pasaba desapercibido, allí destacaba desde lejos.
—¡Auch! —se quejó al sentir un golpe en el hombro.
—Lo siento —alguien se disculpó a su lado—. No ha sido mi intención. Ese chico del patinete me ha empujado. Discúlpame de nuevo.
Brid lo oteó. Su notable vergüenza le despertó una ternura peligrosa. Tenía un aspecto desaliñado con un misterio que le provocó morderse el labio inferior.
—No te preocupes. Hay cada loco suelto…
Él se tocó la oreja, disimulando el interés. Llevaba desde hacía un par de horas siguiendo a las hermanas.
—Hoy en día no puedes fiarte de nadie. ¿Eres de por aquí? —preguntó sin dejar de mirar de reojo hacia atrás.
—No. Mi hermana vive en Roma. He venido por… —Lo recorrió con la mirada—. Puede que me quede una larga temporada.
—Si es así, me ofrezco a mostrarte cada rincón.
—¿Es una proposición? —Alzó una ceja.
—Tómalo como quieras…
La muchacha le resultaba una descarada. Nada que ver con la frialdad y soberbia de Alexia.
—¡Ay, mira! Por ahí viene. —Se puso de puntillas y saludó con la mano en alto.
Él giró la cabeza. No todavía. Mordió su labio inferior. Debía esperar.
—Eh… me tengo que ir. Se me ha hecho tarde —terminó la frase mientras se alejaba.
—Espera —pidió Brigid—, dame tu teléfono.
—No es necesario. —Sonrió—. Pronto nos volveremos a ver.
Brigid se quedó incrustada al pavimento.
—¿Y esa cara? —se burló Alexia al llegar—. Cierra la boquita, o te entrará una mosca.
—Ese tío… —señaló a la distancia—, que me ha dejado con la palabra en la boca.
Alexia enfocó la vista.
El pulso se le aceleró.
El aire descuidado y la gorra. Su forma de andar le resultaba familiar, el corazón se le disparó. Inspiró como si acabara de salir del agua.
«Él está… Imposible…».
No solo era su aspecto, era mucho más.
—¿Qué pasa? —preguntó Brigid.
Alexia calló. Trató de apaciguar el tamborileo dentro de su pecho.
—No es nada. —Forzó la calma—. Venga, que se nos cuelan.
Adhara no había dejado de dar vueltas a la conversación con su padre.
Decidida a no perder una hermosa tarde entre dudas, buscó refugio en lo que mejor la distraía.
Llamó a Bastian y fue hasta su piso. Comieron juntos, bebieron vino, e hicieron el amor hasta quedarse dormidos.
Cuando se despertó, él no estaba a su lado.
Extrañada, se levantó y siguió la voz hasta el despacho.
Sabía que no debía escuchar, pero su tono le indicaba que no todo iba bien.
Cuando detectó la última frase, se le erizó el vello del brazo.
«¿Tú también, Bastian?», se preguntó dolida.
«Primero mi padre y ahora tú. ¿Qué es eso tan importante?».
Las incógnitas iban y venían descontroladas.
—Ejem —carraspeó—, ¿puedo pasar?
Bastian se sobresaltó.
—Pasa, Adhara.
—¿Por qué susurrabas? —lanzó sin rodeos—. Creía que entre nosotros no había secretos.
—No me hagas elegir.
—Ya sé que no puedo competir con él… —Pensó en su padre—. Nunca soy suficiente.
Él se encaminó hasta la puerta. Alzó la barbilla de Adhara hasta que sus miradas se cruzaron.
—No se trata de quién es más importante. —Su aliento rozó los labios de ella—. Carlos ha sido un padre para mí. No me pidas que le traicione.
Adhara contempló su iris. Las motas color miel.
Pequeñas manchas que rompían la perfección oscura, haciéndola única.
Sus hombros cedieron, su corazón lo hizo después.
Agachó la vista con resignación. La mano de Bastian la obligó a volver a mirarlo y él le depositó un suave beso.
Ella le respondió con hambre contenida. Aunque las dudas no se fuesen, él se había convertido en el nudo que la mantenía a flote en mitad de la tempestad.
Tropezaron con muebles camino al dormitorio, sin separar sus bocas.
Bastian la empujó sobre la cama y cerró la puerta de un puntapié.
No solo temía que escapara de la habitación.
Temía perderla.
Adhara se despertó sobresaltada.
—Las dos de la mañana, joder…
Siempre que le pasaba aquello, le resultaba imposible volver a conciliar el sueño.
Dio vueltas hasta acabar hecha un ovillo entre las sábanas.
Harta, se levantó a por agua. No terminaba de acostumbrarse a dormir en el piso de Bastian sin saber exactamente qué había entre ellos, le resultaba extraño.
Decidieron no poner nombre a lo suyo, y ahora dudaba de lo que tenían.
La luz del frigorífico bañaba la estancia con un brillo robótico cegador, que le obligó a entrecerrar los ojos. Recordó su cocina en Sevilla.
Tan antigua, tan acogedora.
Bebió directamente de la botella y comió un trozo de coco de un táper. Sabía que no volvería a dormirse. Se fue al sofá con el portátil y abrió el informe que había empezado tras visitar a su padre.
«Adolfo Castelli Lepani».
Ese nombre no traía nada bueno.