Capítulo 10
Cuatro días antes del último adiós
Odiaba las reformas. Le enfurecía tanto el ruido del martillo neumático que le daban ganas de arrancarse la cabeza de cuajo y tirarla por la terraza del lujoso ático en Prati , una de las zonas más caras de Roma .
«¿Existe mejor manera de empezar el día?».
Carlos retozó en la cama. El no acudir a la empresa comenzaba a convertirse en una rutina.
Miró al techo y descansó los brazos detrás de la cabeza.
La incógnita de Francesco no le había dejado pegar ojo, como desde hacía noches.
No sabía nada de él desde que abandonó el piso clandestino.
No contestaba al teléfono, de hecho, pensaba que lo habría arrojado al mismísimo Tíber .
Ladeó la cabeza para admirar las preciosas vistas del río que ofrecía el gran ventanal.
Aun siendo temprano, ya podían verse algunos madrugadores que salían a correr, o simplemente paseaban.
Fijó su atención en un señor y su mascota, un galgo italiano.
El perro caminaba con una elegancia hipnótica.
Hasta que decidió que ese era el mejor momento para soltar la mercancía.
«¡Buah!... Mejor aparcar la idea de…».
Un retorcijón interrumpió su pensamiento. Por ahora no adoptaría un animal de compañía.
Para todos los mortales, la hora de sentarse en el trono era la mejor para disfrutar de cualquier entretenimiento que ofreciera un móvil.
Carlos navegó por la web para consultar si había alguna licitación nueva que a su equipo se le hubiese escapado.
A continuación, se armó de valor para saltar de un periódico digital a otro.
Mentalmente cruzaba los dedos por no toparse con una noticia en la que el titular fuera su hijo.
Exhaló con fuerza, en parte por la tranquilidad de no haber leído nada preocupante, y en parte por la liberación que su vientre acababa de experimentar.
Facebook le avisaba de un mensaje pendiente. Intrigado, pulsó en el icono del chat. El extracto del mensaje que aparecía antes de abrir la conversación contenía un archivo de vídeo, enviado por un perfil sin foto, sin identidad.
La curiosidad guio su pulgar.
Dama de noche:
Señor Moretti, ¿su madre nunca le prohibió hablar con desconocidos? Ha sido imprudente. No se debe acompañar a alguien que no conoce sin tomar precauciones.
Dama de noche:
También debió advertirle que cuando uno se acuesta con chicas más jóvenes…
puede amanecer meado. Señor Moretti, temo decirle que se le olvidó ponerle el pañal a esta fierecilla.
Sin embargo, gracias a su descuido, nos ha brindado unas imágenes inolvidables.
Permítame darle otro consejo: aprenda a satisfacer de verdad a una mujer o, sencillamente, retírese. Ya no está usted para estos trotes.
Dama de noche:
Pronto volverá a tener noticias mías. Le permitiré que disfrute de la película.
Archivo de vídeo.
Tocó la pantalla, el archivo no estaba en la plataforma, fue dirigido a un enlace externo.
Bastaron unos segundos. Contuvo el aire hasta que inhaló con brusquedad. Claramente eran él y la desconocida de la otra noche, aunque a ella le habían pixelado el rostro.
«¿Qué broma es esta?».
Sus manos temblorosas dejaron caer el teléfono al suelo. Lo recogió y fue directo a la lista de contactos.
—Sí, señor Moretti —contestaron al otro lado de la línea.
—Buenos días, Luciano. ¿Te pillo en mal momento?
—Dígame…
—Necesito que averigües todo lo que puedas sobre el perfil de Facebook que te estoy enviando ahora mismo.
Lo quiero todo: la dirección desde donde se creó la cuenta, la zona desde la que se conecta el dispositivo…
No sé, tú entiendes de esto. Haz lo que sea.
Tengo que dar con su paradero, es de vital importancia —pidió, notablemente desesperado.
—Entendido, jefe. Aunque me llevará toda la mañana. Son muchos servidores que manipular y el proceso es lento —le advirtió—. En cuanto tenga algún dato, me pondré en contacto.
—No sabes cuánto te lo agradezco… Quedo a la espera.
Confiaba en él. Nunca le había fallado.
Apartó a un lado la lista de pendientes.
Su mente comenzó a tejer mil problemas. Consecuencias que hasta ahora no existían.
Había aprendido, a base de tropezar siempre con la misma piedra, que no podía perder la calma por un hecho que todavía no había ocurrido.
En su trabajo y en su vida se enfrentaba a diario a contratiempos que casi siempre podían solucionarse.
Tenía que delegar. Para eso estaban los demás.
Se encaminó a la ducha dispuesto a tomar las riendas de ese día que había comenzado dando patadas. El agua arrastraba la espuma… y las conjeturas que su cabeza no dejaba de fabricar.
«Esto no parece dinero… parece personal».
Cayó en la cuenta de que, con ese ritmo frenético, no había hablado con su hija.
—Oye, Siri, llama a Adhara.
—Llamando a Adhara —respondió la voz robótica.
—Hola —contestó al poco ella—. Buenos días.
—Hola, hija. ¿Cómo estás?
—Bien. Ya llevo un rato trabajando.
—¿Has vuelto a la excavación? —preguntó sorprendido. Nadie se lo había comunicado.
—Bueno, puede decirse que sí. Ayer estuve por allí con el profesor y… —decidió que era mejor no nombrar a Alexia—, y descubrimos una cosa.
—Ah, ¿sí?
—De hecho, quería verte.
—¿Dónde quedamos? —ofreció Carlos con premura.
—Podríamos ir a la empresa. Allí tenéis los medios suficientes para que pueda seguir con la investigación —sugirió—. ¿Qué te parece a las diez?
—Perfecto, me tomo el café y salgo para allá.
—Yo también necesito un buen chute de cafeína… —se despidió de su padre.
Desde su habitación, Adhara escuchaba las voces en la cocina. Alexia y Brigid tomaban café y charlaban sin parar. Tenían un precioso día por delante que pensaban exprimir al máximo.
—Hombre… ya está bien, marmota —se burló Alexia al ver entrar a su amiga—. Ahí te he dejado café.
Adhara llenó una taza y se sentó con ellas. Lo necesitaba con urgencia.
—Has madrugado mucho, ¿no? —Adhara se dirigió a la joven McGregor.
—Como para no hacerlo. Esta me ha llamado hace más de una hora chantajeándome.
Adhara estuvo a punto de atragantarse.
—Me consta su persuasión. —Le dedicó un guiño burlón a la periodista.
—Dejaos de chorradas. Date prisa —Alexia se dirigió a Adhara—.
En media hora salimos. Valerio, el padre de mi amigo Manuel y antiguo compañero de la revista, tiene una flota de barquitos turísticos.
Al ser temporada baja, me ofreció un buen precio por si un día me animaba a disfrutar de la experiencia.
He pensado que podría estar bien pasar el día juntas y desconectar de todo.
—Me temo que no podré acompañaros —se excusó Adhara, con la boca llena de galleta.
—¡Venga ya! —vociferó Brigid.
—No me mires así… Me haces parecer un monstruo. Carlos va a ayudarme con la investigación del monte.
Alexia no escondió su decepción.
—Había encargado la comida en un restaurante que prepara el mejor abbacchio de la ciudad. En serio —entre ellas existía una gran complicidad—, ya surgirá otra ocasión. Sé lo que es estar enfrascada por completo.
Habían creado un vínculo que las unía.
Se acercó hasta ella y la abrazó.
—Deseo conocer pronto ese novelón. Aquí hay una historia que ya quisieran los de Los Bridgerton —se despidió Brigid.
Las hermanas se fueron y Adhara terminó de vestirse.
Subió a un Uber rumbo a Aventino.
La última vez que estuvo en aquel despacho, su sistema nervioso amenazaba con colapsar.
Le costaría olvidar las miradas de ira, de deseo, de los dos hombres que hicieron de ella una marioneta.
Esas miradas que oscilaban entre las ganas de estrangularla y devorarla.
Nunca preguntó. Sabía que su padre había movido los hilos para quitarse de encima el problema y conseguir que los detuviesen allí mismo, días antes.
Veía todo el altercado con los venezolanos en la lejanía, aunque hacía tan poco de aquello.
Carlos estaba de espaldas, en su imponente sillón. Mantenía una conversación telefónica que lo alteraba. Adhara estudió sus movimientos desde la puerta sin decir ni una palabra.
—No lo entiendo. ¿Cómo un puto perfil de Facebook es irrastreable? —masculló rabioso, maldiciendo entre dientes—. Inténtalo de nuevo. Tengo que atajar esto de alguna manera. —Tiró el móvil sobre la mesa.
Adhara tosió suavemente para anunciar su presencia.
—Oh… hola. No te he visto llegar. ¿Cuánto llevas ahí? —Esperaba que no hubiese escuchado nada innecesario.
Ella midió su respuesta.
—Acabo de aparecer.
—Bien. —Respiró tranquilo—. Pasa y siéntate. Cuéntame, ¿qué es eso de lo que querías hablarme?
Ella depositó el maletín sobre la madera y sacó su portátil, todo ello sin articular palabra. Le daba vueltas a los fragmentos que acababa de escuchar.
Carlos se tensó.
—¿Qué pasa? —exclamó angustiado ante su mutismo.
—Te he dicho esta mañana que ayer estuve en el monte… Y nos dimos una gran sorpresa —apartó a un lado las dudas respecto a lo que había entendido a hurtadillas.
—¿Qué descubristeis?
—Míralo tú mismo.
El carrusel de imágenes del anillo comenzó a reproducirse en la pantalla.
—Hija… ¡Esto es magnífico!
—Eso no es todo… —Adhara siguió con las diapositivas.
La expresión de Carlos cambió y se tapó la boca.
—Esto… —Se arrimó al monitor—. ¿Esto es de verdad? —alternaba la vista entre ella y la foto con el nombre y apellidos grabados en el anillo en primer plano.
—Aunque tenga el apellido de la familia —le miró seria—, no significa que estemos emparentados. Qué quieres que te diga… me ha hecho plantearme cosas. Fue un arqueólogo muy conocido de principios del siglo XX, que participó en las obras de remodelación del monte hacia 1900. Eso me hace sospechar.
—¿Crees que es el responsable de los crímenes? —Carlos no daba crédito.
—Ni afirmo ni desmiento. Los hechos son los que son. Tenemos los huesos de dos manos mutiladas y un anillo con un nombre. Precisamente, el nombre de la persona encargada de los trabajos del Monte Testaccio hace un siglo y medio.
—No sé, Adhara. Son acusaciones muy fuertes. Ahora mismo no tenemos nada. Primero deberíamos averiguar si existe algún parentesco entre nosotros. Y a partir de ahí atar cabos.
—¿Empezamos ya? —preguntó sin dudar.
—¿Por qué no?
Durante más de una hora revisaron los documentos que caían entre sus manos. Todos planteaban la misma pregunta.
—¿De dónde sale el apellido Moretti? —Adhara fingió desinterés.
Carlos arrugó la frente.
—Es largo de contar…
—Tenemos todo el día.
Carlos empezó a relatar un periodo de su vida que todavía escocía.
— Con la muerte de Juliette, la madre de Francesco, todo se convirtió en un verdadero desorden.
Tras tomar las riendas, fundé Aventino. El descubrir a su madre en las condiciones que lo hizo cambió por completo a mi hijo, y no tuve más remedio que llevarlo a un internado .
En las vacaciones viajábamos a Certaldo, a la casa de su abuela, Anette.
Pensé que el entorno natural y fresco de aquella casa ayudaría a tu hermano en su duelo.
—Carlos notó cómo Adhara entrecerraba los ojos al escuchar la palabra que los emparentaba—.
En cierta medida, también ayudaría a la mujer.
La muerte de Juliette la dejó hecha trizas y los únicos momentos en que rozaba la felicidad eran cuando su nieto la visitaba.
»Mi drama personal suscitaba más interés que la propia empresa.
El suicidio de mi mujer impactó en las altas esferas.
Mis suegros eran dueños de una de las fincas más importantes de Florencia.
Necesitaba escapar de los fantasmas del pasado y no vi otra opción.
Sustituí mis apellidos por los de mi madre.
Pasé de ser un Castelli a ser un Moretti, simplemente.
—Simple no es que seas…
—Es un decir. Fue devastador dejar atrás un legado. Aunque no lo creas, pagué un alto precio por mis errores. Ese solo era un castigo más de los muchos que hubo, y habría más adelante.
La arqueóloga digería aquella información.
—Tuvo que ser complicado para ti renegar de todo un linaje. Y Francesco, ¿por qué él no lleva tu apellido?
Carlos mojó sus labios.
—Esa fue su venganza. Siempre me ha culpado por la muerte de su madre.
Una tarde me encontraba con Anette en el porche de su casa, Francesco había ido a jugar al río.
Pasaba horas allí y luego venía hecho un trapajo.
Su abuela y yo charlábamos, ¡esa mujer era una santa!
Después de todo lo ocurrido siempre tenía una palabra de aliento para mí.
Siempre encontraba la forma de calmarme —una ligera sonrisa se le escapó al recordarla—.
Esa tarde, durante mi rato de confesión, no nos dimos cuenta de que Francesco había vuelto demasiado pronto de su excursión al campo. Permanecía escondido.
»Escuchó todos y cada uno de mis lamentos, eso añadió más odio y rencor hacia a mí.
Y su actitud se volvió verdaderamente insostenible.
Se volvió un niño irascible y caprichoso.
Su rendimiento escolar cayó… Con suerte interactuaba con sus compañeros.
Conforme crecía, vi cómo su futuro se volvía más oscuro.
No atendía razones y frecuentaba malas compañías.
Yo me encontraba atado de pies y manos. Aprendió a utilizar mi culpa para manipularme, en consecuencia, contribuí a lo que terminó siendo.
Sin que lo advirtiera, se me había escapado de las manos.
Quiso romper cualquier lazo conmigo. Supongo que ese fue otro más de sus castigos.
El único resquicio de cotidianidad que aceptó fue su amistad con Bastian.
—De nada sirve que te castigues. Ahora hay que controlarlo. Francesco es un enfermo. Un monstruo. Un asesino en potencia…
—Para… No es fácil. En cierto modo, yo contribuí a lo que ahora es.
—Eso no cambia los hechos. Ha matado a una persona y ha estado a punto de hacerlo por segunda vez. —Sus fosas nasales se abrieron.
—No te falta razón, es difícil adelantarse a sus movimientos. No dejo de preguntarme qué sería hoy de él si los hechos hubiesen sido otros.
—Eso ya nadie lo sabe. Lo importante es mirar hacia el futuro. Confío por tu bien, y el de todos, que no le estés ayudando. —Lo examinó con detalle—. Porque no has sabido nada de él, ¿verdad?
Carlos tragó saliva. La nuez se le movió despacio. La mentira bajó, quemándole la garganta.
—No sé nada de él desde el altercado en el piso de Alexia.
No volvió a separar los labios.
Y esperó que Adhara se conformara con eso.