Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 9
23%

Capítulo 9

El Rolex en su muñeca. Su aire altivo en la barra del bar, con sus lujos y bebidas caras…

Recordar a Carlos Moretti le provocaba unas inmensas ganas de morderse el dedo hasta arrancarse la carne.

El empresario en una lujosa vivienda; él en una habitación con el mismo olor a humedad de una celda que no podía sacarse de encima.

Las telarañas a su alrededor decoraban su miseria.

En el anuncio de alquiler presumían de ofrecer un gran espacio iluminado, con unas vistas de película.

Ojeó la habitación, estaba abandonada a su propia ruina.

En la cárcel había más higiene que en esa madriguera.

Resopló, nunca se le hubiese ocurrido comparar, para bien, aquel lugar que le había causado tantos sinsabores durante los últimos tres años de su vida…

El día que decidió dar un empujón a su carrera como periodista, no contaba con el giro que lo arrastraría a los abismos más oscuros.

Aún conservaba los estímulos sensoriales de aquella institución: el tacto áspero, de lija, de las sábanas que ellos mismos lavaban.

El hedor a encierro que impregnaba todo el edificio.

La impertinente voz del guardia más cruel de toda Roma.

La primera vez que atravesó las puertas de Regina Coeli, entró como un recluso, aunque la sensación era más propia de un turista durante uno de sus viajes. La arquitectura antigua y la distribución interior conservaban la estética de cuando el edificio albergaba un convento.

—¡Tú, ven aquí! —bramó el funcionario de prisiones.

Se situó donde el tipo le indicó y estudió a los demás reclusos. Tras examinarlos con actitud de cazatalentos, concluyó que él era la única persona normal de toda la formación.

—Seguidme —ordenó el carcelero, para quien esos hombres no merecían ni el respeto de ser tratados de usted—. Os dejaré a cada uno en vuestra jaula.

Todos lo siguieron con la misma obediencia de alumnos de cuarto curso, en fila india y sin rechistar.

—A las seis de la mañana os quiero a todos en pie, listos y guapos para el recuento —escupió con repulsión—.

No me gustan las bromitas o las pagaréis caras.

El desayuno se les servirá a sus majestades a las siete y media.

A partir de ahí podrán disfrutar de un día repleto de actividades y entretenimiento que harían las delicias de cualquier niñita.

La procesión se detuvo frente a una de las celdas.

—¡Tú!

Él miró a ambos lados, confundido.

—Sí tú, paleto. Bienvenido a tu dulce hogar durante los próximos años.

Su compañero de celda lo esperaba entusiasmado. Daba ligeras palmaditas al colchón, invitándolo a sentarse.

—Tarento, basta de chorradas y deja que la princesa se instale tranquilamente. —Soltó unas carcajadas.

Mientras tanto, la hilera avanzó hasta perderse de vista.

—Hola —susurró en un hilo de voz.

—Buenas noches, amigo. ¿Cómo te llamas? —Tarento, su compañero de celda mostró una dentadura podrida que emanaba un olor nauseabundo desde la distancia.

—Eh, soy… —detuvo su lengua, era mejor no desvelar su identidad si quería pasar desapercibido allí dentro—, soy Pedro —le ofreció la mano.

El hombre se levantó y la estrechó, tapando con su enorme cuerpo la poca luz que entraba por la diminuta ventana.

—Qué piel más suave. —Acarició el dorso—. A mí puedes llamarme Plumón. Un pajarito me ha dicho que eres periodista, por lo que parece, uno no muy bueno para terminar haciéndome compañía. —Rio—. De aquí en adelante te llamarás «el plumillas» —Hizo ademán de bautizarlo.

Borró la curvatura de sus labios y lo miró receloso. Cerró los ojos y asintió. Esos tres años se le harían interminables.

El portazo lo devolvió al presente. Las curvas en movimiento lo hipnotizaban, bajo el mismo ritmo lento del vaivén de las olas. Un paso tras otro lo arrastraban a una espiral. Ese cuerpo perfecto se acercaba, secándole la garganta.

—No cuentes conmigo para repetir lo de la otra noche —advirtió la mujer en su dirección—. Me siento utilizada, sucia… No sé qué te ha hecho ese tío, pero no pienso volver a pasar por lo mismo.

—Ven aquí y no te quejes tanto. Ese al que llamas tío es uno de los hombres con más pasta de la ciudad. Gracias a tu gloriosa actuación podré hacerte el amor en una cama más grande que toda esta mugrienta ratonera. —La cobijó entre sus brazos y la recostó sobre él.

La mujer se recogió el pelo detrás de la oreja.

—Que quede claro que solo lo hago por ti. En mi vida habría pensado cometer estas barbaridades... Joder, parece que la única que se está esforzando soy yo. —Le tiró la microcámara con desdén—. Toma, toda tuya.

Él la miró como Gollum a su anillo y se mordió los labios. Saltó al viejo escritorio y la conectó al portátil.

—Mi llave… —Se frotó las palmas—. Con esto no solo nos forramos, sino que —clavó la vista en el monitor—, lo tendré comiendo de mi mano… podré dar comienzo a mi vendetta.

Ella lo miró esperanzada.

—Ojalá tengas razón. Te recuerdo que fue mi cuerpo el que se vendió para eso. —Apuntó con el dedo la pantalla.

Él le agarró la mano, con las uñas pintadas de rojo, e inspiró el aroma que todavía quedaba en ellas.

—¿Te ha supuesto un gran esfuerzo participar en ese vídeo? Porque yo no lo creo. De hecho, parece que lo estás pasando bien —se relamió—. Aun así, no creo que ese cerdo te haya hecho disfrutar más que yo, ¿o sí?

Alzó una ceja y borró su sonrisa.

—¿De verdad lo crees? —Ella llevó la mano hasta su entrepierna y la apretó con los muslos—. No te veo muy celoso… hasta parece que te gusta ver cómo me toca otro.

La atrajo de un tirón y la sentó sobre sus piernas.

—¿Quieres que lo comprobemos? —recorrió su cuello con la lengua.

Sujetó el rostro de la mujer entre las manos y lo giró hacia la pantalla. Reanudó el vídeo. Juntos contemplaron cómo otro hombre disfrutaba de ese cuerpo. El mismo que ahora vibraba encima de él.

No le disgustaba el aroma de otro.

Quizá eso solo confirmaba en lo que se había convertido.

Unos mechones traviesos se le escaparon del gorro.

Ondeaban libres en el aire gélido de la tarde, tiñendo de sangre todo a su paso.

Desde que irrumpió en la estación de tren, Francesco no pudo dejar de pensar en ella.

No era lo mismo, y tampoco podía apartar la mirada.

Era distinto, y eso lo desconcertaba. Francesco la siguió.

Admiraba cada uno de sus movimientos desde la sombra, despertando celos que luchaba por contener.

La había seguido hasta perderla en la entrada del subterráneo.

Su rastro desapareció entre el gentío y cuando se aproximaba la parada de Pirámide, de lejos, advirtió de nuevo su cabellera moverse por encima de las demás.

Parpadeaba con la insistencia de una boya en alta mar.

Percibía el peligro, sin poder apartarse.

Se calmó al recuperarla en el metro. Odiaba ese sitio.

Abarrotado de personas que se movía de aquí para allá con el frenesí de truchas en un río.

Unos fluían en su cauce, otros solo se estorbaban entre sí, igual que esos animales que luchan por no ser arrastrados por la corriente.

Refugiado tras una esquina la observó desaparecer en el centro comercial.

Habían caminado juntos por calles y parques, hasta visitaron los aledaños de Palatinos , sin ella saber que él se movía a su lado.

No podía conformarse con aquello. Guardaba la esperanza de que pronto dispondrían del resto de sus vidas para estar juntos y…

«¿Qué me pasa?», se dijo al rememorar esos anhelos.

Tirado en la cama de un nuevo refugio, el recuerdo de aquella tarde despertaba un sentimiento nuevo que se colaba en su entendimiento. Se llevó la mano hasta el corazón y apretó la tela del abrigo.

«No es lo mismo. Aquí… duele. Esta ansia…».

Era más que afecto filial. Notaba las punzadas en el pecho.

Ni Alexia ni la otra mujer habían vuelto a sus pensamientos desde la primera vez que contempló a la nueva desconocida.

Estaba confundido. La culpabilidad le inundó al pensar que podría gustarle alguien con esos rasgos, con ese parecido.

Buscó la tranquilidad en su imagen. Salió a la calle, por si el frío le ayudaba a despejar los pensamientos.

«Es tan joven. Tan… ¿Acaso la vida me regala una segunda oportunidad?».

La pregunta volaba en su cabeza mareándole. Tuvo que apoyar la espalda en la pared de un edificio y poco a poco se deslizó en cuclillas hacia el suelo. Pensó en la medicación que le había llevado su padre. Sacó el frasco de pastillas de la mochila y volcó unas cuantas en su palma.

Las miró.

«Una, dos y tres…», se echó el puñado a la boca.

Sin agua, tragó con fuerza y el ardor le indicó consciente; que aquello era real, que seguía vivo. Apretó los dedos con fuerza hasta sentir la presión de los nudillos. Se revolvió inquieto en su sitio y paró; le faltaba el oxígeno. Giró la vista a un lado y a otro. Unas manchas nublaron su visión.

«No, no… ahora no…».

El suelo se inclinó, arrastrándolo hacia el pasado…

El plato estaba rebosante de panqueques. Hanna colocaba los cubiertos en la mesa para otros dos comensales y él devoraba su desayuno favorito.

—¿Qué haces, Hanna? —preguntó Francesco.

—¿Cómo que qué hago? ¿No lo ves? Coloco los cubiertos que faltan. Si el señor Moretti se da cuenta… —no terminó la frase. Carlos era el mejor patrón, pero no perdonaba errores de protocolo.

El niño la miró con una sonrisa que le llenaba toda la cara.

—¿Papá está aquí? ¿Ha vuelto? —La ilusión le iluminaba el rostro.

—Pajarillo, ¿estás bien? —Lo inspeccionó de pies a cabeza.

—Estoy mejor que nunca. —Soltó el tenedor y salió pitando escaleras arriba.

A medida que ascendía, la luz del ventanal se apagaba. Los rayos del sol, que lo acompañaban en los primeros escalones, se transformaron en una niebla oscura que lo envolvía todo.

—¡Papá! —gritó—. ¿Jugamos en la acequia?

Nadie respondió.

Abrió con esfuerzo las puertas francesas del dormitorio de sus padres, esperando encontrarlo allí.

—¿Papá? —Su voz se apagó al ver la oscuridad que llenaba la estancia.

Fue hasta el ventanal y descorrió las cortinas. El gris del cielo atravesó el cristal. La tristeza lo rodeaba.

Francesco giró la vista, temiendo encontrar lo que un día halló. Sus temores se hicieron realidad: Juliette yacía suspendida de un pañuelo rosa. Su cuerpo se balanceaba suavemente en el aire denso que nunca más entraría en sus pulmones.

El niño se colocó a sus pies, empujando hacia arriba.

No podía con ese peso.

Un cuerpecito de ese tamaño no podía sostener la muerte.

Los episodios cada vez eran más confusos. ¿Estaba su padre en casa el día que ocurrió todo? No lo recordaba así. ¿O su mente estaba jugando con él?

Las sacudidas lograron disolver su dilema interno.

Entreabrió los ojos y reparó en la placa.

« Polizia di Stato» .

Apenas pudo leerlo.

Francesco se removió en el suelo, intranquilo.

—¿Está bien, señor? —le preguntó una voz a su derecha.

Giró la cabeza y distinguió a un adolescente que cargaba con una mochila. Parpadeó varias veces, seguía viendo borroso. Miró al frente, aún descolocado.

El agente lo ocupaba todo.

—¿Se encuentra bien?

La mano sobre el arma.