Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Cinco días antes del último adiós

Las preguntas inundaban la cabeza de Adhara.

Habían pasado tres días desde la última aparición de Francesco y su búsqueda era cada vez más interminable.

El reloj avanzaba y se le escapaba de las manos.

Le inquietaba no saber cuánto seguiría campando a sus anchas.

Libre y sin rendir cuentas. Daba la impresión de que toda Roma había enterrado el recuerdo del asesino del pañuelo y lo había olvidado por completo.

Hasta el inspector Caronte llevaba dos días sin ofrecerle alguna novedad.

Francesco se había desvanecido. La última pista condujo a la policía a un callejón sin salida.

Siguieron el rastro de los movimientos bancarios y de la cuenta privada de Aventino, sin resultado.

Todo se desvanecía en la nada, lo que los devolvía a la casilla de salida.

—¿Qué te pasa? —preguntó Alexia al notar la ausencia de su amiga.

—Nada, solo pensaba.

—¿Solo pensabas?

Adhara midió su respuesta. No quería añadir más preocupación.

—Sí. Definitivamente me hace falta ocupar la mente. Y a ti también. —Se levantó decidida a cambiar el rumbo del día.

—¿Dónde vas? —La miró extrañada—. Hoy comenzamos las clases de defensa personal.

—Dirás que a dónde vamos. Vístete —dirigió—. Las pospondremos. Hoy te vienes conmigo a Testaccio .

—A Domenico no le hará ni pizca de gracia… —Le atravesó una punzada al pensar en que podría cruzarse con esa sombra de nuevo.

Alexia respiró lento dos veces y se calmó.

Adhara apremió a la periodista para salir de inmediato. Había llamado al profesor y este le había dicho que no tardaría en marcharse. Se encontraba en el monte recogiendo unos papeles, aprovechando la tregua de la lluvia.

El guardián petrificado seguía perenne tras el paso de los días. Las saludó en su línea habitual, fría y distante, sin un ápice de entusiasmo, en la entrada a la excavación.

—Buenas tardes, Dante —saludó Adhara.

—Señoras. —El hombre de seguridad inclinó su cabeza por cortesía.

Las dos entraron sin más, con mucho cuidado de no resbalar.

Llevaba un rato sin caer ni una gota y aun así el suelo se deslizaba más que una pista de patinaje.

Esta vez iban preparadas. Días atrás fueron al centro comercial acompañadas por Bastian, que no se separó de ellas.

Aunque ambas vigilaron con recelo por si veían alguna señal de amenaza.

—Giuliano —lo llamó Adhara—, mira a quién he podido arrastrar.

Al hombre se le iluminaron los ojos.

—Alexia. ¡Qué sorpresa! No sabes cuánto agradezco tu visita. —La abrazó—. ¿Cómo te encuentras?

—Bien. Esta mujer —pasó el brazo por los hombros de su amiga—, no me deja ni respirar.

El hombre se carcajeó.

—Eso es maravilloso. Me alegra que os tengáis la una a la otra.

—¿Tenéis alguna novedad? —interrumpió ansiosa la arqueóloga.

—El caso es que no. Llevamos días sin encontrar nada relevante. Esperaba que con tu vuelta consiguiéramos avanzar pronto. ¡Te hemos echado tanto de menos!

Juntos se acercaron hasta el hueco en el suelo. Giuliano había mandado construir unas escaleras para evitar más accidentes.

Adhara se sonrojó al bajar.

—¡Vaya estruendo armasteis aquí! —Rio el profesor.

—¿Yooo? Si fue Bastian… se coronó esa tarde —respondió entre carcajadas.

Alexia no pudo contener la sonrisa.

—Menuda escena montaríais. Parece que lo estoy viendo…

El profesor encendió el foco que iluminaba las cajas enumeradas. Adhara abrió una. El blanco de los huesos seguía manchado del terracota del terreno.

—Guau —se le escapó a Alexia—. ¿Cuántos años puede tener esto?

—Pronto lo descubriremos, ¿verdad, Adhara? —La miró Giuliano.

—Estoy deseando de meterle mano… y nunca mejor dicho —bromeó ella al mirar los huesos de las dos extremidades amputadas, siglos atrás.

—Pues toma —le ofreció un par guantes de nitrilo y una brochita de cerdas naturales—, ya puedes empezar. Gabrielle documentó todo cuando lo sacó. Solo nos queda dejarlo listo para terminar de enviar el resto a Milán.

La arqueóloga se los puso y agarró el utensilio, eufórica. Conforme retiraba la tierra su corazón latía más rápido.

Comenzó a distinguir las falanges.

—Maravilloso —pronunció Alexia con la barbilla apoyada en su hombro para no perder detalle—. Lo que no entiendo es qué hacen solo dos manos. ¿Y el resto de los cuerpos? Nadie sobreviviría a una cosa así…

Una inquietud creciente despertó en el interior de Adhara.

—Giuliano, ¿habéis profundizado más en la cavidad?

—La verdad es que desde que aparecieron nos hemos centrado solo en esto. —Pasó la mano por una de las cajas.

Algo empezó a ordenarse en la cabeza de Adhara.

—¿Y si los cuerpos estuvieran cerca? —lanzó al aire—. Creo que no es ninguna tontería pensar que quien eligió este lugar conocía su poder de corrosión.

—¿Y si no hay nada más? —Giuliano entrelazó sus manos.

—Necesito comprobarlo.

No esperó su contestación. Con decisión, escogió una paleta de madera. Se remangó la camisa y se juntó al hueco en la pared. Apuntó a la zona baja donde se hallaron los huesos y se dispuso a excavar allí mismo.

La tierra sobrante caía con cuidado en una bandeja. Pasaron más de cincuenta minutos, en los que Alexia y Giuliano conversaban del premio y de lo que vino después, hasta que un grito los interrumpió.

—¡Aquí hay algo! —Adhara señaló un terrón que envolvía un objeto metálico.

—¿Qué es eso? —preguntó Alexia emocionada.

—A ver qué tenemos aquí… —El profesor lo depositó en una bandeja más pequeña, sobre la mesa metálica—. Antes de limpiarlo haré unas fotos.

Las tomó desde diferentes ángulos con rapidez para dejarle paso a Adhara.

Cuando hubo terminado, ella procedió a retirar la poca tierra que quedaba con un pincel.

Sumergió la pieza en agua destilada, ello evitaría la corrosión.

Poco a poco el líquido se tornó color teja, oscureciendo el agua tanto que era difícil de identificar el objeto.

Con dos hisopos logró capturarlo y lo depositó sobre unas toallas suaves.

Los tres se quedaron boquiabiertos.

—¿Eso es una alianza? —La ilusión se reflejaba en los ojos de Alexia.

—Si mi vista de anciano no me falla más de lo que debe… —aproximó la cara a la mesa—, me aventuraría a asegurarlo.

—Mirad —Adhara ajustó el foco para alumbrarlo—, tiene una inscripción.

Tomó la botella de agua destilada, le abrió un pequeño agujerito y apuntó al anillo para rociar el líquido sobre la inscripción. Localizó unas pinzas revestidas de gasa para sujetarlo.

«Adolfo… —comenzó a limpiar por los extremos descubriendo poco a poco un nombre—, Lepani… —leyó mentalmente al otro lado—, Caste…».

Cuando llegó al centro del anillo su mente enmudeció.

Alexia y el profesor la miraron expectantes.

—¿Qué pone, Adhara? —inquirió impaciente su amiga.

—Adolfo… Castelli Lepani —le costó pronunciarlo.

Quedaron atrapados en un leve silencio.

—¿Castelli? —intervino Giuliano.

Ella lo miró. Su gesto no daba lugar a dudas.

—Es tu apellido… —intervino Alexia, como si su amiga no se hubiese percatado.

—Mantengamos la calma. —Giuliano le quitó las pinzas con sumo cuidado y guardó el anillo en una cajita—. Esto se viene conmigo… ¿Querías volver? —Le rozó el hombro a Adhara—. Pues lo has hecho por la puerta grande.

Ella sonrió, entre alegría e incredulidad.

—Ya ve, profesor... ya ve…

Salieron del recinto y se despidieron de Dante.

—Te ha dado repelús, ¿verdad? —Alexia le susurró a Adhara, que iba enganchada a su brazo —. A mí también me pone los pelos de punta ese hombre de seguridad.

El trío fue hasta la parada del bus. Se despidieron del profesor y las chicas tomaron un taxi hasta el piso.

Al llegar, alguien las esperaba en el portal.

Alexia enfocó la vista a través del cristal, la silueta le era familiar.

El pelo al estilo de Mérida — la caricatura protagonista de Brave, indomable —, ahuecado se movía al compás del aire.

—¿Brid? —dudó—. ¡Brid!

Alexia salió disparada para abrazarla.

—¡Me vas a matar! —se rio la joven, tocándose el cogote.

—¡Adhara, date prisa! —realizó aspavientos con las manos—. ¿Cuándo has llegado? Déjame que te vea —obligó a su hermana a dar una vuelta sobre sí misma.

—Hace dos días —le explicó Brigid, alargando las palabras.

—¿Dos días y no me has llamado? —gritó enfadada.

—Ey —llamó Adhara—, ayúdame.

Luchaba por salir del coche con ambos bolsos. Con las prisas, Alexia se lo había dejado.

—Eres de lo peor. Lo sabes ¿verdad? —Le propinó un golpe en el hombro—. Adhara, ella es Brid. Mi hermanita del alma. Y Brid —la miró—, ella es Adhara, mi okupa y nueva mejor amiga.

Hizo las presentaciones.

—Por fin tiene con quien salir de juerga —Brigid bromeó y la abrazó—. Gracias por cuidarla —le susurró cerca.

—Nos hemos cuidado mutuamente —respondió Adhara con el mismo tono—. Doy por hecho que siempre os dirán que sois como dos gotas de agua.

—Sí, bueno… ella —Alexia agarró la cara de su hermana—, con unos cuantos años menos.

—¿Por qué no salimos a cenar? —sugirió Brigid—. Hay que celebrar mi visita. Aunque estoy muerta de vagar por la ciudad, estaría guay salir a disfrutar de la noche romana…

—Ya me gustaría acompañaros, pero tengo que ponerme con lo del anillo y descubrirlo todo —confesó Adhara.

—¿Qué es eso «del anillo»? —Brigid entrecomilló el aire.

—Adhara trabaja en el Monte Testaccio . Vamos —apremió Alexia a que entraran en el edificio—, hoy cenaremos en casa y te contamos toda la historia.

Alexia logró disuadirla. Fuera hacía un frío aterrador, justo comenzaba a caer la noche y los pocos rayos de luz, que instantes atrás las calentaban, se transformaron en chorros de aire gélido. Se encontraba más confortable en casa, y sobre todo más segura.

Durante la cocción en el horno de unos paninis rellenos de embutido y queso, las chicas charlaron entre confidencias. Alexia explicó el premio sin entrar en detalles para no preocupar a Brigid, que asentía sin estar convencida.

Presentía que en esa mesa todas tenían cosas que ocultar.

—Chicas, lo siento —Adhara se disculpó, limpiándose la boca con la servilleta—. Desde aquí escucho el portátil llamarme: Ven Adhara, ven… Tengo la respuesta a todos los secretos que se esconden bajo esta tierra —pronunció con voz de ultratumba.

—Venga date prisa. No tengo ganas de realizar ningún exorcismo esta noche —bromeó Alexia.

Las hermanas se quedaron solas en la cocina y Brigid comenzó a recoger las sobras de la cena.

—¿Estás enferma? —Alexia tocó la frente de su hermana.

—Ja, ja —separó las sílabas con sarcasmo—. Es supertarde y tengo que volver a la residencia. —Las palabras salieron suaves e intranquilas.

—¿Por qué no me has llamado en cuanto aterrizaste?

—Ya sabes: la adaptación, papeleos, visitar aulas, conocer compis, la primera juerga… —admitió traviesa.

—Sí, sí. Las fiestas. Cómo no… ¿En qué resi te alojas?

Ella desvió su vista al fregadero.

—En Convitto … cerca de Termini —restó importancia con los platos en la mano, encaminándose a lavarlos.

—Ah, bueno. Si quieres te acerco.

—¡Qué va! Mírate —señaló su cuerpo—, no permitiré que nadie me vea contigo llevando ese pijama de vaquitas. Llamo un Uber y en nada estoy allí.

—Tendrías que haber estudiado publicidad, manejas la persuasión demasiado bien —pronunció entre dientes la periodista.

—En algo tendremos que parecernos, hermanita. Además —le propinó un sonoro beso en la cara—, me vas a tener hasta en la sopa.

En su habitación, Adhara acababa de ducharse en un santiamén.

Ansiaba sentarse frente al ordenador. El deseo de averiguar todo sobre ese objeto le atraía con la misma fuerza que la luna influye en las mareas.

Envuelta en la toalla, atendió su teléfono.

El icono de mensaje entrante se dibujaba en la pantalla.

Bastian y Carlos le habían escrito. Leyó por encima los mensajes y suspiró.

Depositó todas sus esperanzas en que el inspector hiciera bien su trabajo.

Les deseó buenas noches y les prometió que mañana hablarían.

Activó el modo avión y tiró el móvil encima de la cama.

En menos de un suspiro estaba tecleando a doscientos por hora, con tanta prisa bajo la urgencia de que la noche terminase.

«Adolfo Castelli Lepani: Historiador y reconocido Arqueólogo nacido en 1880 en la ciudad de Roma . Trabajó, entre otros muchos proyectos, en la excavación del reconocido Monte Testaccio …», terminó de leer.

«¿Arqueólogo? Tiene que ser una broma de mal gusto».

Continuó.

«Se casó a los treinta y un años con Agatha Montaverde, hija del empresario Lionel Montaverde, dueño de Ferrovie dello Stato, la mayor red ferroviaria del siglo XIX en Roma. Falleció en 1945, dejando una viuda y tres hijos».

Adhara se quedó inmóvil.

—Se casó… Entonces, ¿de quién era ese anillo, Adolfo? —lanzó la pregunta al aire.

Sobre la mesa descansaban siglos de silencio.

Un crimen sin resolver.

Un arqueólogo célebre.

Y un parentesco que nadie desearía heredar.