Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

Siete días antes del último adiós

Un dolor punzante le recorrió desde la muñeca hasta la nuca. Carlos levantó la cabeza y miró su Bulgari de cinco cifras.

«Las doce de la mañana», musitó.

Si echaba la vista atrás, sería incapaz de recordar la última vez que se había levantado a esa hora; aunque, al pasar una noche así, no habría cuerpo que soportase un madrugón.

Inclinó la cabeza y disfrutó del paisaje que se dejaba entrever en las sábanas blancas: unas curvas que lo atraparon. El redondo y suave trasero, del mismo color que la tela clara.

Se relamió.

Por deseo. Por sed.

La cantidad de whisky caro que bebieron le había secado la boca. Necesitaba huir de la realidad, y lo había conseguido. Deslizó la mano dolorida bajo el cuello de la mujer para acariciar sus muslos. El cuerpo se movió perezoso y retozó con delicadeza cuando se giró para mirarlo.

—Buenos días, señor Moretti. —Su voz sonaba ronca y sensual.

—Buenos días… —No sabía el nombre de esa mujer. No recordaba siquiera habérselo preguntado.

Ella captó su confusión.

—Paola… —depositó un beso en sus labios—. ¿Has recobrado fuerzas?

La cara de Carlos se relajó. No todas las mujeres aceptarían así de bien que no recordasen su nombre tras una noche como la que habían pasado.

—Descansar, lo que se dice descansar…

—Creo que sé cómo ayudarte con eso. —Se escabulló entre la tela.

Carlos gimió de placer.

Sin duda, esa mujer sabía dar los buenos días.

Tras un rato entrelazados, se separaron, respirando satisfechos.

—Necesito urgentemente una ducha. —Carlos posó los labios en su estómago y volvió a respirar el aroma fresco de la lavanda—. Al final del pasillo tienes otro baño y por allí —señaló— está la cocina. Toma lo que necesites.

Cuando vio que se cerraba la puerta, la mujer se incorporó en la cama.

Una ligera sonrisa, y recordó unas palabras: no podía fallar.

Estiró su mano hasta la pantalla frente al cabecero y agarró un objeto diminuto con los dedos.

Presionó el botón de la microcámara hasta que el parpadeo rojo se apagó.

Lo guardó apresuradamente en el compartimento más escondido de su bolso y cerró la cremallera.

Se colocó la ropa y se ahuecó el pelo frente al espejo, le quedaba bien ese color.

Aprovechó para escaparse al escuchar a Carlos canturrear una canción entre silbidos.

El magnate estaba de buen humor y no dejaría que nadie lo mermara.

Al menos no por unas horas.

Carlos sacó una mano entre el vaho que liberó la ducha al abrir el cristal. Enrolló el cuerpo en una toalla y se apoyó en el bordillo de piedra, junto a la columna de hidromasaje.

—¡Auch! —Se golpeó en el pie.

Un ribete rojo comenzó a teñir el agua en el suelo. Al mezclarse, se tornaba menos intenso.

«Hoy todos los periódicos hablarán de Alexia».

Miraba al suelo y veía los mechones de su cabello.

El teléfono vibró de nuevo, esta vez lo escuchó.

El icono de las notificaciones le advertía de que tenía mensajes pendientes.

Fue directo al más preocupante.

Bastian:

Francesco ha vuelto a actuar. Creo que lo he perdido por una fracción de segundo. Tenemos que tomar medidas o no sabremos cuál será la siguiente .

El nudo que se le hizo en el estómago le obligó a contener el aire, y se quejó en alto antes de llamar por teléfono.

—Carlos…

—Hola, Bastian.

—Intuyo que has visto mi mensaje ahora.

—Eh… sí —titubeó—. ¿Qué ha sucedido?

—Si no hubiésemos llegado a tiempo… no sé qué habría pasado.

—¿Adhara está bien? ¿Y Alexia?

—Las dos están bien.

—Te recojo en quince minutos. ¿Dónde estás?

—En el piso de Alexia. He pasado la noche aquí —musitó con timidez—. Avísame cuando te quede poco para llegar y me bajo a la calle.

—Ahora te veo.

Cuando salió al dormitorio, no había ni rastro de la fiera encarnada con la que había pasado la noche.

—¡Paola! —la llamó.

Salió al pasillo, acudió a la cocina y recorrió el resto del lujoso ático. Se había esfumado. Su pecho se aflojó. En realidad, le sabía mal despedirse de ella de esa manera abrupta.

En un abrir y cerrar de ojos conducía entre el bullicio de la ciudad.

Al llegar al portal de Alexia, no pudo evitar pensar en ella de nuevo.

En su último encuentro a solas y en cómo terminó.

Lo atormentaba. Esa mujer hacía arder en llamas todo a su paso y aun así él añoraba quemarse.

Apretó los ojos de rabia y tocó el claxon con impaciencia, quería largarse de allí en cuanto fuese posible.

Bastian asomó por la puerta.

—Hola, jefe —saludó al montarse en el coche.

Sopló sobre sus manos y las frotó para entrar en calor.

—Menudo día de Reyes —comentó Carlos—. Gracias por mostrarte siempre disponible para ayudarme, Bastian.

Él lo miró, dispuesto a hacerlo cuando hiciese falta.

—No es nada. Total, hoy tengo poco que hacer.

Carlos lo agradeció, no le cabía duda de que sí que tendría cosas mejores en las que ocupar su tiempo. Sin embargo, él era su único amigo fiel.

De camino al escondite de Francesco, Bastian le explicó lo que había sucedido. No sabía hacia dónde se dirigían.

—No pude alcanzarle, desde niños siempre ha sido más veloz que yo. —Bastian apretó los labios, aquellos años quedaban dibujados por un haz de neblina que los volvía lejanos.

—No sé qué hacer con él. Hasta ahora pensaba que podría controlarlo… a la vista está que no. La única opción es sacarlo lejos de aquí e internarlo. Es eso o la cárcel. Y allí, estoy seguro de que perdería por completo a mi hijo —le dedicó una mirada lánguida.

—¿Olvidas que ha matado a una persona?

—¿Cómo voy a olvidarlo? Todo es culpa mía.

Si hubiese estado a su lado, nada de esto habría ocurrido.

Antepuse mi egoísmo y mi felicidad a su bienestar.

Lo dejé a cargo de una persona que no podía ocuparse ni de sí misma y miré hacia otro lado.

Me hice el ciego mientras todo estuviese en calma.

Mientras pudiera vivir mi cuento de hadas.

Hasta que el sueño se convirtió en una película de terror.

Francesco está roto, ¿un daño colateral? Quizá —confesó en alto.

Bastian no interrumpió, sabía que Carlos no sería capaz de entregar a Francesco.

—Es una persona enferma. Y como tal, le buscaré un buen lugar donde puedan controlar su enfermedad —añadió Carlos a la vez que echaba el freno de mano y miró a Bastian de frente—. Entenderé que no quieras ser partícipe de esto.

—Tendrás mi ayuda cuando la necesites. —Su retina reflejaba la misma intensidad.

—No sabes cuánto te lo agradezco, hijo. Siempre has sido importante para mí. No solo por tu ayuda, ahora te siento parte de mi familia. —Cerró los párpados lento.

Aparcaron en un lugar cercano y subieron por las escaleras del antiguo edificio.

El mismo cartel de averiado seguía colgando en la puerta del ascensor.

Las voces de una madre gritando a sus hijos, la música latina a todo volumen y el olor a algún tipo de guiso exótico inundaban el recorrido hasta el quinto piso.

Con cada peldaño, Bastian entendía por qué Francesco quería escapar de ahí.

A su padre le iba a ser imposible retenerlo en ese lugar infecto por mucho más.

«¡Toc, toc! », Carlos golpeó la madera.

Tras unos instantes de espera, volvió a llamar.

Nada.

Un hombre salió de la vivienda de al lado.

—Si buscáis al tipo que vive ahí, me temo deciros que se ha largado.

Lo vi salir anoche con una mochila. Por sus pintas, dudo que tuviera mucho más —explicó sin dejarles intervenir—.

Por sus caras, parece que les acabo de dar una mala noticia, aunque es un gran descanso para mí.

Se gastaba unas malas pulgas que daba miedo.

A Raffaella —señaló con la cabeza la puerta de al lado—, la tenía en un sin vivir. Tuvieron varios encontronazos.

»Ahora que lo pienso, ¿saben? Estoy seguro de que esa vieja hace brujería. Desde mi balcón se ven botes rellenos de algún líquido asqueroso, y dentro… —modificó el tono—, seguro que son animalillos. Vengan, se los mostraré. Está chiflada.

—Tenemos mucha prisa —se despidió Bastian, en tanto que Carlos abría con su llave.

Ya dentro pudieron comprobar la veracidad de las palabras de ese charlatán. A simple vista no quedaba ninguna de sus pocas pertenencias, solo vieron el periódico que descansaba encima de la mesa.

—Mira —avisó a Carlos—. Está abierto por la página donde hablan del premio de Alexia.

Carlos se arrimó.

—No va a parar con esta obsesión. Tenemos que encontrarlo antes de que haga otra tontería. ¡Dios! —Golpeó la mesa—. ¿Dónde se habrá metido este estúpido?

—Necesitamos ayuda, Carlos.

—¿Ayuda? ¿A quién puedo acudir? —soltó aturdido.

—Sí, quizá alguien pueda ayudarte a localizarlo —sugirió Bastian que conocía al informático personal del magnate—. ¿Existirá alguna manera de acceder a las imágenes de las cámaras de la ciudad?

—Eh… ya… Bastian, no hacen falta rodeos. Sé que conoces bien a Luciano. Voy a llamarlo.

Carlos marcó el número y comunicó las instrucciones. El informático asentía a todo.

—Prometo hacer todo lo posible. Hackearé las cámaras de la ciudad. Hay equipos de vigilancia privados que nadie revisa, backups de tiendas que duran semanas… Haré todo lo que esté en mi mano.

Carlos deslizó la espalda en la pared.

Se fustigó internamente por haberlo perdido de nuevo.

Francesco frunció el ceño al respirar el desagradable aroma que desprendía el vagabundo que pasaba junto a él.

Arrastraba un maltrecho carrito de la compra lleno de porquería.

Le siguió con la mirada y luego se examinó a sí mismo.

No se diferenciaban, salvo por sus prendas, sus trapos costaban diez veces más que los de ese pobre hombre.

La zona de Termini , céntrica y transitada, se convertía en el lugar idóneo de carteristas y vagabundos que intentaban aprovechar el despiste de algún viajero.

Entre aquella mezcla de desconocidos pasaría desapercibido.

Encontró un improvisado asiento en el escalón de la entrada de un edificio, junto a un fast food regentado por un señor pakistaní.

El olor a comida grasienta le revolvía el estómago, por el asco y por el hambre.

Su cuerpo le gritaba la necesidad de alimentarse.

La pérdida de peso fue notable, tanto que días atrás, cuando pasó delante de uno de los trabajadores de su antigua empresa, nadie lo reconoció.

Nada del apuesto y encantador director de Aventino S.L.

En su lugar, había un tipo iracundo y desgreñado de setenta kilos.

—Buenas tardes —saludó Francesco con su elegancia característica.

El dueño del restaurante de comida rápida lo estudió receloso, ya había sufrido algún que otro robo a manos de los delincuentes que merodeaban por el barrio.

—¿Qué necesita? —preguntó sin más—. Todavía no está lista la cocina —mintió, el hedor a fritanga se percibía a dos calles de distancia.

Francesco advirtió su actitud de defensa y sacó un billete de veinte euros del bolsillo. El dinero siempre funcionaba.

—Me habían hablado muy bien de este local…

El pakistaní cambió su actitud.

—Oh, en ese caso… aquí tiene —le ofreció un papel plastificado con más manchas que un dálmata.

Francesco lo sujetó con dos dedos.

—Con una ración de alitas y otra de patatas será suficiente —sugirió desganado.

—Que sean cuatro alitas. Le conviene comer más, o un simple resfriado lo mandará derechito al hospital.

Francesco fingió estar de acuerdo, comería lo que quisiera y lo demás se lo daría a algún indigente de los alrededores. Al cabo de unos minutos, salió del establecimiento con las alitas, las patatas, dos mazorcas de maíz, dos refrescos y una porción de bizcocho de zanahoria.

Volvió al mismo escalón, igual de solitario, esperando su regreso. Engulló en un santiamén las patatas fritas, que le resultaron bastante saladas, y agradeció la bebida de más. Quitó la anilla y tragó ansioso el líquido burbujeante.

La estación de tren de Roma era de las más transitadas del país y eso él lo sabía. Allí podría camuflarse sin levantar sospechas.

Una mujer se cruzó, avanzaba a trompicones entre la gente. Su porte le paralizó el esófago. Estuvo a punto de atragantarse al verla.

El espasmo le provocó un dolor torácico.

Los músculos de su garganta no reaccionaban.

Su cuerpo colapsó al ver los mechones que caían por su cara hechos hilos de cobre, movidos por el gélido aire de enero.

Dejaba un haz de luz encarnado que coloreaba todo a su alrededor.

La mujer frenó un instante para subirse la cremallera del abrigo hasta tapar de lleno su escote. El blanco de su piel desapareció.

Cruzó deprisa por el paso de peatones cercano a Francesco y su perfume llegó hasta él: fresco y limpio, que le recordó fugazmente a esos campos violetas del sur de Francia.

En un acto involuntario, sus pulmones reaccionaron para absorberlo y que no escapase.

Inspiró y contuvo el aliento por unos segundos.

No quería perder ese olor. Al liberarlo, soltó un ligero gemido.

«No volveré a perder».