Capítulo 6
El estruendo de los pasos retumbaba en la calma del pasillo. Francesco maldijo para sí; no había tiempo que perder. Sus sentidos le advirtieron del peligro. Reparó en la ventana que daba a la escalera de incendios. Llenó sus pulmones y se preparó para el sprint .
—Volveremos a vernos… —Le dedicó una sonrisa maliciosa a Alexia.
En un parpadeo llegó hasta la ventana y se lanzó de un salto al hierro suspendido.
Bajó con la rapidez que sus piernas le permitieron y se agazapó entre dos coches aparcados a la vuelta del edificio.
Sus músculos claudicaron. Plantó la espalda en el lateral de un Fiat rojo que no lavaban desde hacía siglos.
Saboreó la venganza.
Se frotó las manos. Intentaba retener lo que aún creía sentir en ellas.
Aspiró el aroma al acercárselas a la nariz.
Cerró los ojos y aguantó la respiración.
Dentro de él había cambiado algo. Esa necesidad de cariño de la que se creía condenado pasó a ser un anhelo corporal fugaz; ya no sabía qué buscaba realmente en ella.
«Qué coño me pasa…».
Una pareja se acercaba entre risas, tomados de la mano.
—¿Te has dado cuenta de la cara que ha puesto Elena? Ha sido para enmarcarla. Dudo que vuelva a dirigirle la palabra a tu amigo otra vez —comentaba una muchacha, montándose en el vehículo.
—Creo que Miguel se ha pasado con los vermuts. No me pidas que vuelva a hacer de carabina en la vida. Ya sabía yo que no iba a ser buena idea. —El chico cerró de un portazo y arrancó el motor.
Francesco permanecía oculto en un lateral. Al escucharlos acercarse, se levantó disimuladamente y retomó el paso. Se adentró en una callejuela cercana, vigilando cómo el coche doblaba la esquina.
El conductor atendía la radio sin mirar al frente hasta que su novia le gritó.
—¡Fer, que lo atropellas!
Un hombre se cruzó por delante y rodó por el capó. Frenó y el chico bajó corriendo para socorrerlo.
—¿Está usted bien? ¿Se ha hecho daño?
—Yo… yo —Bastian dudaba—. ¿Habéis visto a un tío que iba solo, con unas pintas raras? —articuló con dificultad. Cuando bajó del coche para seguir a Adhara, distinguió a lo lejos lo que le pareció la sombra de alguien saltar desde la escalera de incendios del edificio de Alexia, y fue tras ella.
La pareja se miró extrañada.
—Ahora que lo dices… creo que he visto a alguien por el retrovisor —aseguró el conductor.
—¡Mierda! —Apretó los dientes—. ¿Has visto hacia dónde ha ido?
El joven negó con la cabeza.
—¿Te has hecho daño? —preguntó visiblemente preocupado.
—Deberías prestar más atención a la carretera. —Bastian reanudó el paso hasta su coche, que obstaculizaba en mitad de la calzada.
—Y usted mire al cruzar… —chilló desde la ventanilla.
Volvió a correr hasta la puerta de entrada al edificio. En el trayecto, le mandó un mensaje de audio a Carlos.
Bastian:
Francesco ha vuelto a actuar . Creo que lo he perdido por una fracción de segundo. Tenemos que tomar medidas o no sabremos cuál será la siguiente.
Subió los escalones dando grandes zancadas, recorriendo angustiado el tramo de pasillo.
—Adhara, Alexia, ¿estáis bien? —preguntó en voz alta.
Forzó la vista. Dos cuerpos agazapados en un rincón.
—¿Adhara? —se atrevió a preguntar de nuevo.
—Estamos bien, Bastian —lo tranquilizó, a la vez que sujetaba a Alexia—. Está teniendo un ataque de ansiedad.
Pasaron unos minutos en los que Adhara no dejaba de frotarle la espalda y susurrarle al oído con tranquilidad hasta que la periodista abrió sus ojos.
—Adhara…
—Shhh, estoy contigo.
Alexia se acurrucó en su pecho.
—Sigue aquí. —Movió la cabeza de un lado a otro varias veces—. No se fue… —repitió angustiada.
—Cálmate, estás a salvo.
Ella giró la cara hacia Adhara y abrió bien los ojos.
—Ha vuelto a escapar —alzó la voz temblorosa.
—Por poco lo pillo en la calle —contestó Bastian—. Lo siento, no he podido alcanzarlo. He avisado a los agentes y un coche está patrullando por los alrededores.
Alexia soltó un suspiro.
—No es culpa tuya. —Se tocó el cuello, seguía sintiendo el roce de sus dedos.
Adhara la apretó contra su pecho.
—Lo siento… Tendríamos que haber vuelto juntas —se castigó al pensar que lo podría haber evitado.
La periodista entrecerró los ojos e infló su tórax en un largo suspiro. Domenico avanzaba hasta a ellas preocupado cuando Bastian lo frenó.
—¿Qué ha pasado? Yo… pensaba dormir en casa de Alexia… fui un segundo a por mi corrector dental… —se maldijo por ese lapsus.
—La policía está de camino —intervino Bastian para tranquilizarlo.
Al poco, el inspector Caronte se personó para tomarles declaración.
Pasaron varias horas interminables hasta que por fin terminó.
Cuando Alexia se durmió, gracias a los somníferos que le habían proporcionado los médicos, Adhara se escapó para servirse un café.
Los primeros rayos de luz iluminaban su rostro en el cristal.
Observaba el exterior, pensativa, con la taza humeante entre sus manos.
Las gotas de lluvia resbalaban por el vidrio empañado.
—Buenos días. —Bastian la rodeó por la cintura desde atrás y depositó un leve beso en su cuello. Desde el horizonte se vislumbraban los colores del amanecer.
La piel se le erizó.
—Buenos días. —Adhara saboreaba el estímulo que le había provocado el roce de sus labios—. ¿Has podido descansar?
—Un poco, no me explico cómo te puede gustar un colchón así de duro.
—De nada por dejarte dormir en mi cama.
Desde el secuestro, Adhara se había mudado a vivir definitivamente al piso de Alexia. Le costó que aceptara una cantidad simbólica en concepto de alquiler porque, en verdad, el pago era su compañía.
—Ven aquí. —Bastian la estrechó fuerte entre sus brazos.
—Me vas a poner perdida. —El café amenazaba con derramarse.
—¿Por qué no te vienes una temporada a mi piso? Este sitio ya no es seguro. —Su aliento le rozó el cuello.
—No voy a dejarla sola.
—Veniros las dos.
—Esta es su casa, su vida, y ahora también la mía.
—Adhara…
Domenico llegó para frenar una inevitable discusión.
—Sois unos empalagosos, ¿lo sabéis? —Soltó las bolsas—. Traigo el desayuno, nos vendrá bien reponer fuerzas por lo de anoche. ¿Sigue durmiendo? —Apuntó con la cabeza en dirección a la habitación de Alexia.
—Se tomó tres de esas gominolas… —La caja de somníferos descansaba fuera del mueble.
—Puff, me va a hacer falta un megáfono para despertarla.
Alexia agradeció la mano suave que la sacó de su ensoñación. En ella revivía de nuevo una caída libre sin retorno. El nudo del estómago y el amargor de su paladar, a causa de las pastillas, le daban los buenos días junto a su amigo.
—Hola, Dulcinea —saludó Domenico con cariño.
—Qué barroco te has levantado. —No se explicaba cómo ese personaje siempre conseguía sacarle una sonrisa.
—¿Vienes a la cocina? He traído cosas ricas. —Se relamió exageradamente.
—Uff, tengo la boca igual que una alpargata…
—Vamos… —Dio un salto de la cama y se dirigió hacia la puerta—. Te esperamos allí.
Alexia exhaló un aire de derrota. Sabía que, si no salía en menos de cinco minutos, Domenico atacaría con la artillería pesada.
Las voces se escuchaban conforme llegaba a la estancia.
—Bueno, ¿estás de acuerdo en que es lo mejor? —consultó el psicólogo a Adhara.
Alexia los miró confundida.
—¿De qué habláis? —Su sexto sentido le decía que ella era la razón de esa conversación.
—Este —Adhara le propinó un codazo a su amigo—, ¡que nos ha apuntado a clases de defensa personal! —vociferó enfadada. Quería aparentar normalidad para ayudar a su amiga.
Alexia casi se atraganta con el primer sorbo de café.
—Cuando te lo dije anoche iba en serio —aclaró Domenico, dándole un bocado a un pastelito de crema con piñones.
—Definitivamente estás loco —murmuró Alexia.
—Ni loco ni loca. Aprenderás a defenderte. No podemos esperar a que esto vuelva a pasar. Hasta que la policía encierre a ese lunático… Tienes que estar preparada, no se hable más. Y tú —presionó con el dedo índice el hombro de la arqueóloga— la acompañarás.
Ella lo miró con la boca ladeada.
—¿Y cuándo dices que empezamos? —preguntó Adhara intrigada.
—Pasado mañana. No hay mejor día que un lunes para comenzar nuevos propósitos.
Las mujeres se miraron perplejas.
—Pfff —se le escapó a Alexia.
—Entiendo que no hay elección… —se resignó Adhara.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Bastian a Alexia.
—Es raro. Me siento descansada, esas pastillas me han hecho dormir como nunca. En verdad, Domenico tiene razón. No puedo vivir con el miedo constante de que vuelva a aparecer en cualquier sitio. Necesito aprender a defenderme, no pienso esconderme en mi habitación de nuevo.
El psicólogo la observaba.
—No me analices. Ni estoy en shock ni estoy loca. Lo que estoy es cansada de esta situación. Francesco… —Para Alexia, pronunciar su nombre le era difícil—. Es un ser escurridizo, y no pienso pausar mi vida hasta que lo atrapen.
—Solo me preocupo por ti —confesó Domenico—. Espero que no sea una coraza para fingir normalidad. Con nosotros no tienes que hacerlo.
—No finjo nada. Soy periodista, irlandesa de nacimiento y mujer. Hace tres años me hundí en un agujero por un hombre y conseguí salir. No lo volveré a hacer, no pienso desperdiciar la vida de nuevo.
Domenico la abrazó primero, Adhara lo siguió.
—Así que, después del discursito de empoderamiento… —el psicólogo señaló la mesa—, podemos comer.
El grupo se deleitó con las delicias que había comprado.
El panne della Befannia se deshacía en el chocolate caliente.
Bastian salivaba sin perder de vista el trozo de bizcocho que se sumergía hasta el fondo de la taza.
Comenzaron a sonar las primeras notas de Believer y Alexia se levantó.
En su dormitorio, buscó el móvil, enterrado entre las sábanas.
Un ligero atisbo de alegría limpió de nubes su corazón al ver el nombre en la pantalla.
—¡Hola, bicho! —saludó, esbozando una media sonrisa.
—¡Hola, hermanita! —respondieron al otro extremo—. Te aviso que muy pronto me tendrás por Roma.
—¿Cómo es eso? —Alexia no pudo contener la ilusión.
—Voy a hacer un curso complementario. Un máster, vamos… —Brigid bajó el volumen de su voz—. Aunque siento decirte que, en cuanto pise suelo romano, soy responsabilidad tuya. Ha sido la única manera de que mamá no me diera un sermón más largo que el del Papa. —Soltó una risotada.
—No dudes que te recibiré con los brazos abiertos. —Sus palabras sonaron sinceras.
—Bueno, tú no le hagas mucho caso. Ya sabes lo pesadita que se pone. Está insoportable desde que le conté mis intenciones.
—¿Y qué esperabas? Con lo mal que te portas, poco te dice la pobre…
—Bueno, doña premiada —trató de desviar la conversación—, ¿cómo es eso de salir hasta en la sopa?
—No te creas, no es para tanto. Es horrible estar en el centro de atención.
—Venga ya, hermanita. Seguro que estás conociendo a muchos chicos guapos.
—Para chicos estoy yo —murmuró la periodista.
Brigid captó un tono distante.
—¿Qué pasa, Alexia? Y no me digas que no ocurre nada…
—No te… —No tuvo ocasión de inventarse ninguna excusa, su hermana la interrumpió.
—Ni se le ocurra, señorita McGregor. Ya puede estar soltando por esa boquita.
—Brigid es complicado, yo… —No sabía cómo hablar de la situación sin preocuparla. La conocía de sobra y no dudaría en presentarse en Roma antes de lo debido.
—Suéltalo.
—Verás, el premio... Sabes de qué va la investigación, ¿no?
—Alexia, soy tu hermana, por favor.
—Siguen sin dar con el principal sospechoso…
—¿Puedes soltarlo todo ya? —habló con fuerza—. Me voy a arrancar la piel del muslo a jirones de la incertidumbre.
—Anoche apareció en mi piso. Ya está. Ya lo he dicho.
—¿Qué? —gritó Brigid.
Alexia tuvo que retirarse el teléfono de la oreja.
—¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño? ¿Dónde estás? ¿En el hospital? Debería haber volado hasta allí hace días.
—Para, para, para —la sosegó—. Estoy bien. Gracias a Dios no me ha hecho nada. Tranquilízate.
—Nunca entenderé esa manía tuya de hacerlo todo sola. Vale que no quieras preocupar a mamá, pero ¿yo? Joder, soy tu hermana.
—Lo siento, Brid. Desde allí no podéis hacer nada. Lo único que conseguiríais es preocuparos y poner vuestra vida patas arriba. Ahora todo depende de la policía.
—Confío en que hagan de una vez su trabajo. Quién sabe lo que podría pasar… ¡no vuelvas a ocultarme nada más! —pidió enfadada.
—Sííí.
—Te aviso cuando esté en la ciudad. Te quiero, hermana —se despidió
—Y yo a ti, bicho.
Alexia soltó un bufido de impotencia. Sabía que su hermana tenía razón.
Poseía el carácter de su padre y el drama de su madre, un cóctel que ya desde bebé apuntaba maneras, dando pequeños adelantos.
Ella tenía diez años cuando Brigid nació y recordaba perfectamente todos sus berrinches, aunque siempre que pillaba una de sus pataletas corría para calmarla.
Eso no quitaba que fuese un terremoto. Vivía al límite.
Uno de sus lemas preferidos era: Aquí y ahora, y daba buena cuenta de ello.
Brigid, acostumbrada al vértigo, ejercía de enfermera en un helicóptero de emergencias que rara vez conocía la calma.
Sufría una adicción al riesgo que a su hermana mayor le costó entender.
La última vez que la visitó fue cuando se destapó toda la trama que mandó a Salvattore, el exnovio de Alexia, a la cárcel.
Al día siguiente del escándalo, Brigid estaba tocando a su puerta con una mochila militar a la espalda.
Tuvo la impresión de estar trabajando en una de sus emergencias.
«Salvattore…».
Por un segundo volvió a sentirlo.
Su nombre dejaba un regusto amargo que costaba olvidar.