Capítulo 5
La cola del baño llegaba hasta el puesto de seguridad de la entrada.
Dos chicas, por delante de ella, cuchicheaban sobre los ricachones que habían conocido esa noche y cómo iban a sacar provecho de su buena suerte.
Detrás de Adhara, una señora hablaba por teléfono con un brutal enfado.
Reprendía a la niñera porque era incapaz de controlar a sus hijos: «No sé para qué te pago.
Si no es para avisarme de que esas fieras se han tirado por una ventana, no me llames. Y más te vale que no lo hagan».
Adhara no daba crédito. Le costaba entender que hubiese madres así. Y extrañó a su adorada Carmen.
La cola avanzaba con lentitud. Cuando pasó junto a los hombres de negro, no pudo evitar escuchar la conversación.
—Sacó los billetes como caramelos, ¿te lo puedes creer? —le decía el tipo de seguridad más joven a otro un poco mayor.
—Ya ves, todos los tontos tienen suerte. —Se rio de él—. A mí me hubiese bastado con cien pavos para darle el pase.
Los sentidos de Adhara se aguzaron.
«¿Pase?».
—Ni le regateé. El caso es que el tío tenía unas pintas de no haber visto ese dinero junto en toda su vida. Iba mal vestido, con el mismo estilo de los hípsters esos, aunque aparentaba ser guapo.
La mente de Adhara encendió la baliza de alarma.
—Buenas noches, chicos.
Los dos la miraron divertidos.
—Hola, guapa, ¿qué se te ha perdido por aquí? —preguntó el que esa noche era doscientos euros más afortunado que la anterior.
—No le hagas caso, a mi colega no le van las preciosidades.
—Qué suerte la mía —Adhara se metió en el papel—, dos chicos peleando por mí.
—Si me dejas, puedo sorprenderte con otras cosas.
—Déjame que lo dude… ¿Cómo creéis que se tomaría vuestro jefe si me chivo de que coláis en los eventos a quien os da la gana?
—¿De qué hablas, zorra? —preguntó el más joven.
—¿Quién te ha pagado por el pase? —lanzó ella sin rodeos.
—No sé de qué me hablas.
—Venga ya, os he escuchado —bajó la voz, acercándose. Sacó su teléfono y lo bailó en el aire—. Mi padre es Carlos Moretti y mi amiga la galardonada. O me decís quién te ha pedido un pase, o no volveréis a trabajar de seguratas en la vida.
—Estás loca…
—Espera. —La frenó el joven—. No puedo perder mi trabajo. En casa solo entra mi sueldo. Yo… pensé que no ocurriría nada. Que seguramente no pasaría del primer filtro de control al ver su aspecto.
—¿Cómo era?
—Iban dos tipos.
—El que te pagó… descríbemelo.
—No sé, un tío desaliñado...
—¿Ojos, pelo… rasgos? —inquirió ella desesperada.
—Ojos azules, muy azules. —La miró de cerca—. Ahora que me fijo… los tenéis igual.
El latigazo en la espalda le advirtió del peligro y salió disparada de vuelta al salón.
Bastian conversaba con los dueños de un periódico español cuando el ruido de unos tacones lo sacó de la conversación.
—¿Adhara? Si me disculpan. —Se marchó en su dirección—. ¿Qué pasa?
—Está aquí, Bastian —jadeó—. Francesco está en Roma. Le ha dado su reloj al tío ese raro esta tarde. Alexia está sola. Tenemos que ir con ella. —Le faltaba el aire.
—Para. —Posó las manos en sus hombros—. ¿Aquí? ¿Dónde?
—Tenemos que irnos.
Salieron de la fiesta sin despedirse, ya habría ocasión de dar explicaciones.
El trayecto fue frenético. Adhara no dejaba de llamar a Alexia sin recibir respuesta. Decidió llamar a Domenico.
Nada. Ni una señal.
—Mierda.
—¿Qué pasa ahora? —Bastian sujetaba el volante con una mano y con la otra cambiaba de marchas como en una persecución.
—Recuérdame que le pida el número de móvil a Marco. Ni Alexia ni Domenico contestan.
Cuando llegaron, Bastian accionó las luces de emergencia en la puerta del edificio.
Adhara bajó sin esperar. Tiró sus zapatos al entrar en el rellano y corrió con la urgencia de quien huye del fuego del infierno.
Subió hasta el tercer piso sin llamar al ascensor.
Atravesó el pasillo y cuando llegaba, frenó su paso al ver la puerta abierta. Sigilosa, ralentizó sus pasos.
La entrada del piso se encontraba a oscuras.
Solo un resquicio de luz le permitió ver el bulto en un rincón.
Se quedó rígida.
En otra zona de la gala, un vórtice de miradas y risitas se arremolinaba en torno a Carlos.
Las mujeres se apiñaban, luchando por la atención del hombre de moda, que les devolvía una sonrisa forzada.
El señor Moretti toreaba a las reses bravas lo mejor que podía.
Ninguna se podría comparar con aquella mujer, tan enigmática y orgullosa. Tan sensual.
«Alexia…».
—Si me disculpáis. —Se escabulló de entre las admiradoras.
Abandonó a todas sus fans desamparadas con la ilusión rota y el título de primera dama por los suelos. Necesitaba un trago, uno que le rasgara por dentro, que le recordara que seguía vivo.
—Quisiera una grappa . Bien fría, per favore —pidió al barman.
El orujo arrancó el nudo que le atoraba la garganta y no lo dejaba respirar.
—Póngame otro. —Carlos alargó el vaso que acababa de vaciar.
Un hombre lo observaba desde el otro lado de la barra.
No encontraba la forma de apartar la vista, se llevó el dedo índice a la boca y mordió la carne con fuerza; necesitaba soltar la tensión.
Contuvo la ansiedad que se intentaba apoderar de él.
Fue hasta el lado de Carlos y se sentó en uno de los taburetes libres.
Se colocó bien las gafas de pasta ancha, que solo le servían para despistar, y escondió una mano en un puño tenso.
Le pidió al camarero el mismo licor que él estaba tomando.
—¿Qué le preocupa para beber a tal velocidad? —fingió interés, tratando de entablar conversación con el magnate.
Carlos giró la cabeza con desgana. Su rostro le resultó familiar; mirarlo le causaba incomodidad.
Al desconocido se le paró el corazón.
—Si me disculpa, me gustaría estar solo. —Carlos desechó una idea errónea.
—La soledad es mala consejera, amigo —añadió con un tono calmado. Demasiado.
Carlos volvió a mirarle, esta vez con más atención.
—Le he tocado la fibra… —El desconocido alzó su vaso—. A su salud, señor Moretti.
Lo bebió todo de una vez y se fue.
Carlos lo siguió con la vista, con el sorbo congelado en la boca. Cuando desapareció entre el bullicio, el líquido rodó quemando hasta su estómago.
En la entrada del bar, lejos de la vista de Carlos, el desconocido susurraba al oído de su acompañante.
—Ya sabes lo que tienes que hacer. Confío en ti, Caterina. —El suave beso cerró su advertencia.
La mujer movía sus caderas con paso felino, preparada para la caza. Ese era su cometido. Hacerse con la pieza más importante del lugar. El hombre que acaparaba toda la atención con solo mover una mano: Carlos Moretti, empresario y seductor a partes iguales.
Punto de interés por donde pasaba; la mujer se acercaba en su dirección.
—¡Uy! —Simuló un leve traspié al cruzarse con él.
Carlos la sujetó del codo.
—¿Se encuentra bien? —El corazón le dio un vuelco. No era el mismo tono, tampoco la forma. En cualquier caso, el color de su cabello le recordaba a Alexia, con unos cuantos años menos. Inspiró el aroma a lavanda que emanaba su melena al moverse.
—Perdone, ha sido un despiste. Estos rascacielos me están matando los pies. —Posó la vista en los zapatos y le dedicó una sonrisa que encandilaría al más duro de los seres humanos.
Carlos no perdía detalle.
—Queda usted perdonada, solo si me acepta una copa. —Le tendió su mano.
—Cómo rechazar tremenda oferta. —Volvió a mostrar su perlada dentadura.
Ella se agarró de su brazo y se deslizó en el asiento a su lado. Carlos llamó de nuevo al barman.
—¿Qué van a tomar?
—Sírvanos dos averna con dos cubitos de hielo en cada vaso, por favor. —Se adelantó a pedir por él.
Carlos curvó los labios. Le intrigaba esa mujer.
—¿Es usted de por aquí? —preguntó al escuchar el nombre de la bebida que había pedido al camarero.
—Bueno, podría decirse que ahora vivo aquí. Nací y me crie en Sicilia.
—Y ¿cómo ha acabado en Roma?
—Digamos que… el amor mueve montañas, o eso dicen. —Humedeció sus labios antes de dar el primer sorbo a su copa.
—¿Está usted enamorada? —Acercó su cuerpo.
—El amor es solo para valientes.
—Si eso es así, yo… me declaro un tremendo cobarde.
—Brindemos por los cobardes del amor. —Alzó su vaso con una sonrisa pícara.
Chocaron los cristales y bebieron al compás.
Los dos sabían cómo terminaría la noche.
Solo uno conocía el final.