Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

Lo que debía ser una celebración se convirtió en una espiral de dudas.

Hasta ahora, Alexia no lo había pensado.

Recibiría ese premio sin Salvattore, una mitad en la que creyó durante años, y que idealizó de su brazo.

Una mentira convertida en verdad que se rompió de golpe, con aquella última mirada que le dedicó al salir esposado de la empresa de Carlos; el mismo hombre que esa noche la había despreciado.

Y, lo peor de todo, jamás habría sospechado que la entrega terminaría así.

Desde que vio el brillo de la cadena del reloj asomar por el bolsillo de ese tipo, su mente se bloqueó.

No escuchaba a nadie. La imagen de Francesco durante su cautiverio la rodeaba hasta marearla.

Cuando los hombres de seguridad salieron del baño, arrastrando fuera al chico que se había colado en la fiesta, ella lo intuyó.

Quería salir corriendo de allí y desaparecer para siempre.

—Adhara, creo que me voy a marchar —anunció Alexia—. He posado y sonreído lo suficiente. Los periódicos ya tienen su titular.

—No voy a dejarte sola. Me voy contigo.

—Ni hablar. —Miró de refilón a Bastian—. Tú te quedas. Te mereces un respiro.

—Pero…

—No pasa nada —la interrumpió—. Domenico y Marco vienen conmigo.

—¿Y la policía? Caronte ha asegurado que te acompañarían.

—No. No quiero armar un alboroto en el bloque a estas horas.

Adhara iba a abrir la boca.

—Les diré que se queden por el barrio. No te preocupes, estaré bien. Además… ahí está tu padre. —La ansiedad le oprimió el pecho al recordar el cruce de palabras que habían tenido—. Disfruta de su compañía.

Alexia se despidió con un beso en la mejilla.

Tras el altercado con el muchacho del reloj, el inspector Caronte se había personado en la fiesta.

Los organizadores trataron de llevarlo todo lo más discretamente posible para no alarmar al resto de invitados.

El inspector le aconsejó que se marchase a descansar, y ofreció un par de agentes para acompañarla a casa.

La galardonada se fue junto a su pareja de amigos, custodiados por un coche de policía.

Bastian no le había quitado ojo a Adhara desde que entró. La luz de neón intensificaba el azul de sus ojos.

—¿Te he dicho que hoy estás más guapa que nunca?

—Unas veinte veces —Adhara rozó su brazo—. Me sabe mal no irme con Alexia.

No dejaba de sentir una grieta bajo sus pies.

—Va bien acompañada.

—Siento que debo protegerla… con lo de hoy ha quedado claro que no podemos bajar la guardia.

—No saquemos conclusiones todavía. —Bastian la sujetó de las manos—. No sabemos si Francesco le daría el reloj a ese tipo antes de desaparecer. Lo conozco y sé que no se expondría tanto. Se quiere demasiado para arriesgarse a pasar el resto de su vida en la cárcel.

—Dudo de hasta dónde pueda llevarle su obsesión por Alexia. Ahora que su vida se ha ido al traste… —Adhara se paró a pensar—, puede que solo haya querido asustarla… gritarle que está ahí y que la vigila. De todas maneras, no puedo evitar sentirme así.

—Que lo decida la policía. Por lo menos, seguro que aquel mequetrefe no vuelve a colarse en una fiesta.

El profesor y su mujer se unieron a ellos. Giuliano estaba deseoso de que la arqueóloga volviese a la excavación para retomar el trabajo por donde lo dejaron.

—Querida —se arrimó Isabelle—, tu preocupación se ve desde lejos. —Le retiró un mechón rebelde que rozaba las pestañas de Adhara. Mientras tanto, los dos hombres charlaban animadamente.

—Bueno, lo del baño… me he dejado el corazón encogido —murmuró Adhara, ensombrecida.

—Pues desencógelo y déjalo que vuelva a latir de inmediato —le dedicó una ojeada a Bastian—. Ese muchacho mataría porque vibrase por él.

La más joven esbozó una sonrisa.

—Adhara —interrumpió Giuliano—, me preguntaba cuándo volverás al monte. Allí hay mucho barro que repartir todavía.

—Profesor —irguió el mentón bromista—. Estoy lista cuando queráis. Creo que estas «vacaciones» se han alargado más de lo debido. En realidad, estoy deseando volver. Necesito sentir la tierra mojada entre mis manos.

El brillo regresó a sus ojos.

—Tenemos todo preparado. Hablé con Orazio, de la Universidad de Milán, nos ayudará con el estudio.

—Eso es magnífico —aplaudió ella—. El doctor Visconti es un investigador innato.

—En efecto, tengo todas mis esperanzas depositadas en él. En Milán cuentan con la tecnología adecuada para extraer ADN mitocondrial de los huesos. Me gustaría terminar lo antes posible…

—Que así sea —intervino Bastian—. Carlos tiene a los del ministerio pisándole los talones. No hacen otra cosa que presionar a diario para que terminen las obras del monte Testaccio. Cada día les cuenta una verdad a medias.

—Esos buitres carroñeros… —se quejó Isabelle—, solo quieren acabar lo más pronto posible y agarrar cada uno su sobre por debajo de la mesa. Panda de sinvergüenzas.

Su marido la arrastró con una sonrisa para evitar que siguiera la retahíla de improperios. Cuando Adhara y Bastian se quedaron solos, el silencio se volvió más íntimo.

—Isabelle es un torbellino —opinó Bastian.

—Sí que lo es. No te haces una idea de lo agradecida que estoy de que la vida los haya puesto en mi camino.

—No hace falta que lo jures. —La sonrisa le hundió las mejillas—. En cierto modo, Carlos para mí fue lo mismo. Un salvador en este mundo descontrolado.

—Estamos igual de solos en este caos —murmuró ella.

Bastian la atrajo hacia sí.

—Conmigo nunca volverás a estar sola.

Y la besó.

Con un beso que no pesaba, que se transformaba en una fuerza que nacía en su interior y la atravesaba con cálido aliento. Solo entonces lo comprendió: se había enamorado.

—Ejem.

Bastian entreabrió un ojo sin haber separado su boca de la de ella. Rápidamente se recompuso y estiró su corbata.

—Veo que no perdéis el tiempo. —Carlos sonreía.

—Papá… —protestó Adhara—. Me voy al baño.

Cuando se quedaron solos, Carlos bajó la voz.

—Lo sé desde antes de ponerle cara a mi hija —se burló—. El día de Nochebuena, ¿recuerdas?...

—Sí, claro, cómo olvidarlo. —Bastian se rascó la nuca .

—Estabas torpe… nunca te había notado así. Y cuando la vi fue evidente. Es imposible no enamorarse de alguien como ella. Se parece tanto a su madre.

—Siento mucho que te hayas enterado de la muerte de Carmen de esa manera.

—Hace años que me marché de sus vidas y no hice nada por volver. —La culpa se instauró en su estómago—. Perdí el derecho a ponerme triste.

—No te fustigues, Carlos. La vida a veces nos pone obstáculos incapaces de superar. Existen momentos en que hay que aceptarla tal cual nos vienen.

—Eso hice... —recordó a Alexia.

Alexia volteó su cuerpo a mitad de camino del salón, no escuchó el clic de la cerradura.

La puerta no se había cerrado del todo. Durante un instante pensó que era el aire, hasta que distinguió la sombra sujetando la hoja de madera.

Las palabras retumbaron como un golpe invisible que le revolvió el estómago.

—Hola, mamá.

Alexia no podía moverse, incapaz de separar sus labios. Una catarsis de emociones la mantenía paralizada. No podía estar allí, se suponía que había huido del país.

Que estaba lejos. Muy lejos.

Francesco había hecho creer a todos que tomó un vuelo internacional, cuando lo que realmente había estado haciendo era seguirla por toda la ciudad.

Con su nuevo color de pelo, la gorra, las gafas de sol y esa barba descuidada que le cubría media cara.

Estaba irreconocible. Demasiado cerca de Alexia.

—¿Te habías olvidado de mí?

La silueta se movió entre la oscuridad. De pronto, el temporizador apagó la luz del pasillo exterior. Eso la despertó de su letargo.

Respiró profundo, llenando desesperadamente sus pulmones.

—Tú… —consiguió articular.

—Yo… —Francesco alargó la vocal—. Exacto.

Acortó la distancia que los separaba. Ella retrocedió hasta chocar con la columna de al lado de su dormitorio.

—¿Tienes miedo? —inspiró—. Lo siento desde aquí… ¿Sabes? Yo solo quería que me quisieras, que me cuidaras —hablaba a un mismo tiempo que se acercaba—. ¿Te era difícil? Fui bueno contigo... Mi cabeza ha sido un hervidero de pensamientos todos estos días… ¿Por qué simplemente no podías cuidarme?

Alexia lo miraba congelada.

—Todo es culpa de esa perra… —Francesco escupió las palabras que le quemaban la garganta.

—Ni se te ocurra acercarte a Adhara. —La periodista rompió su silencio.

—Vaya. Pensé que te había comido la lengua el gato… el mismo que te asustó aquella noche en el callejón.

El cuerpo de Alexia se tensó. ¿Desde cuándo la seguía?

—Créeme si te digo que no he dejado de preguntármelo. ¿Qué tiene ella? —Movió la cabeza de un lado a otro—. ¿Qué posee para que todo gravite a su alrededor?

—Algo que tú nunca tendrás… un gran corazón. Tú solo tienes esa sesera enferma que te deforma el juicio.

El rictus de Francesco se transformó, no soportaba que lo llamasen loco. En el hospital, su compañero de habitación se pasaba el día entero repitiendo la palabra en una canción.

«Enfermo. Enfermo».

En un segundo se puso a su lado y la atmósfera se volvió asfixiante.

Su cercanía le congeló hasta el último de los músculos.

Francesco subió la mano hasta el cuello desnudo. Acarició levemente con los dedos el mentón de Alexia.

—Quizá tengas razón. —Su aliento retumbó en la cara de ella—. Quizá sea un enfermo…

Abrió grande la mano para atrapar de lleno su garganta.