Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Francesco deambuló por las calles en automático hasta llegar al callejón.

La euforia le sacudía el pecho sin control.

Tuvo que aferrarse a una tubería que atravesaba el edificio de arriba abajo.

Allí seguía el pequeño fragmento de cinta policial: el rastro de su huella, el mismo que habían retratado todos los diarios cuando apareció el cuerpo de esa mujer.

Saboreó el orgullo, dulce y áspero a la vez, que le secaba la boca.

Contuvo la respiración, recreándose en el suspense que él mismo había creado.

Ansió repetirlo. La necesidad se apoderó de su juicio, anticipándole un tráiler de lo que podría volver a venir.

El barrio de Garbatella no se había recuperado del todo.

Su intervención en ese mismo lugar había sembrado una alerta invisible.

Nadie sabía si el asesino del pañuelo volvería a actuar.

Él sí lo sabía.

Sacó su apreciado tesoro del bolsillo. El reloj plateado con el cristal roto. Su talón de Aquiles. La pista que aventajó a Alexia.

«Estoy más cerca de lo que esperas». Guardó el reloj.

El rugido de su estómago le recordó la hora de la comida.

Buscó entre los letreros y halló una tiendecilla de barrio perfecta para pasar desapercibido.

Descorrió las cortinas que protegían el local del frío y entró.

En las estanterías abarrotadas podías encontrar desde un cartón de leche hasta una llave inglesa.

— Buon pomeriggio —saludó una voz desde detrás del mostrador—. ¿Qué desea?

De pronto Francesco se giró, sorprendido. La estatura menuda de la mujer y la altura de la barra habían impedido que la viese al entrar.

— Salve, signora! —mostró su lado más encantador.

—¿En qué puedo ayudarle? —lo examinó con desconfianza.

—Mmm. —Se pegó a una de las vitrinas—. ¿Son de jamón? —Señaló los bocadillos.

—Sí, ¿le pongo uno? —contestó tajante.

Quería despacharlo en cuanto fuera posible de allí.

—Por favor.

La mujer lo envolvió en una lámina de papel de traza y se lo dio por un extremo para evitar cualquier contacto con él. La repulsión era evidente.

—Quédese con el cambio —le soltó con desdén un billete de diez euros sobre el cristal.

Ni siendo las dos de la tarde había asomado el sol por el cielo de Roma, víspera de Reyes. Se sentó en un banco al cobijo de un enorme naranjo.

Sonrió sin humor.

Era inevitable pensar en ella estando allí sentado.

Adhara, la mujer que había puesto patas arriba su mundo desde que nació.

Él, un hombre de negocios admirado, que pisaba firme con zapatos caros, escondiéndose ahora cual alimaña que acecha entre la basura.

Por un instante fue consciente de su caótica existencia y se permitió imaginar cómo habría sido su vida si nada de eso hubiera pasado.

Si ella nunca hubiese existido.

Si su padre nunca los hubiese abandonado.

Si su madre no hubiera… no se hubiera suicidado.

La frase quedó suspendida y una lágrima asomó. ¿Impotencia? ¿Dolor? Ni él mismo lo sabía.

Rodeó el barrio, absorbiendo la decadencia.

Necesitaba huir de sus propios pensamientos.

El bocadillo seco se le atascaba al masticar, pero se aguantó; se negaba a regresar a aquella tienda.

A lo lejos divisó un pequeño quiosco del que colgaba un viejo cartel: Se vende bebida .

Observó a ambos lados y, cuando estuvo seguro de que nadie lo miraba, se dirigió allí.

—Buenas… —No pudo continuar la frase. La imagen de ella inundaba todo el puesto de metal revestido con ese papel decorativo.

—¿Se encuentra bien? —preguntó el joven quiosquero.

Francesco tardó en reaccionar.

—Una botella de agua… —No quitó la vista de la prensa.

—¿Fría o del tiempo?

Francesco no abrió la boca.

—¡Señor! —le habló más fuerte.

—Del tiempo… Y uno de esos —señaló los periódicos.

El muchacho sonrió.

—Menuda historia… Esa tal Alexia… La tía ha tenido un par de narices. Es secuestrada por nada menos que el asesino del pañuelo y a los dos días le conceden un premio por contar su historia —le ofreció un ejemplar del Il Messaggero .

—Sin duda los tiene… —Francesco tensó la mandíbula.

Apretó el catalejo improvisado en el que había convertido el periódico.

Fantaseaba con cómo sería volver a reencontrarse con ella.

Con esa atención que él sentía de comprensión, y que ahora entendía que había sido fingida para escapar de él.

Notó un dolor en las sienes, aflojó la mordida vacía que mantenía desde que salió del quiosco.

Faltaban cuatro horas para la gala organizada por la Fondazione Giuseppe Fava .

En los alrededores ya se observaba el cúmulo de gente apelotonándose para no perder detalle.

Todos los medios del país se harían eco de la noticia.

Los más precavidos ocupaban las primeras filas, sujetando las vallas.

No querían perderse el desfile de famosos que asistiría al evento.

Francesco se camufló entre el gentío que esperaba ansioso. Su cuerpo se acercaba a la fila sin que su cerebro diera la orden.

—¡Eh! Ahí estaba yo —protestó una mujer—. ¡Tira para atrás! —le exigió, haciéndose hueco con un suave empujoncito.

Francesco la miró incrédulo. Se limitó a recular unos pasos hasta situarse lo bastante lejos de ella para que no volviesen a cruzar palabra.

—Hemos tenido suerte —intervino un chico a su lado—. Desde aquí podremos ver cómo se les endurecen los pezones a todas las buenorras que desfilarán.

—Aprovéchalo, será lo más cerca que estarás de tener una teta a tu alcance —musitó, consultando la hora.

—¿Qué dices? No te escucho con tanto estruendo. —Se aproximó más—. ¡Qué pieza más guapa!

La mente de Francesco arrancó el motor. Todo encajaba.

—Es una reliquia. —Le mostró el reloj—. Oye, ¿te gustaría entrar a la fiesta?

El tipo se quedó pasmado.

—¿Ahí? —Señaló al edificio—. Ya quisiera yo…

—No es tan difícil.

—¿Qué dices? Estás chalado.

—No me digas que no sería una pasada. —Cambió su registro para parecer más cercano—. Imagínatelo…

—Joder, tío. La verdad es que sería la hostia. Pero, por si no te has dado cuenta —volteó sus manos vacías—, no tengo ninguna invitación. Es imposible conseguir una.

Francesco elevó la comisura de la boca y su ceja al unísono.

—Yo sé cómo hacerlo.

Los dos se marcharon de entre la multitud, dejando libres los huecos que pronto fueron ocupados.

Dieron un rodeo al enigmático edificio. Para el Spazio Novecento era la primera vez que albergaba un evento de tal magnitud.

Ese año lo eligieron por su aire renovado y moderno.

La fundación buscaba reflejar el poder de resiliencia de Alexia, su gran galardonada.

En años anteriores, los lugares que acogieron la entrega del premio al mejor periodista del año habían estado alejados de la ciudad.

Esta vez era necesario dar al pueblo de Roma un desenlace esperanzador, ya que el principal sospechoso, el apodado «asesino del pañuelo», seguía fugitivo.

—¿Ves esos tipos? —Francesco apuntó con el dedo a un chico joven y menudo—. Atento, ese es nuestro pase VIP.

El par de colegas improvisados rondó al grupo. Fingían conversar entre ellos, aunque, en realidad, confabulaban la manera de separar al débil de la manada.

—Shuu… —silbó Francesco—. Shuu —lo repitió hasta que el chaval se percató.

El muchacho se giró extrañado hacia sus compañeros. Francesco hizo un ademán para que se acercase. El empleado lo miró, descolocado; se preguntaba quiénes eran los dos que lo llamaban.

—¿Qué queréis? —Se acercó picado por la curiosidad.

—Hola, chaval, ¿cómo va el día? —Francesco le echó un brazo por el hombro.

El joven, asqueado por el olor, se deshizo de su contacto.

—Bien, no puedo quejarme. Aunque siempre se puede estar mejor.

—¿Te pagan bien por congelarte aquí?

El trabajador arrugó la nariz.

—Pretenden que por unos míseros billetes les hagamos una reverencia.

—¿Quieres sacarte un extra esta noche? —Francesco dejó asomar doscientos euros por su bolsillo.

El muchacho se rascó la oreja.

—Paso de meterme en líos.

Francesco insistió.

—Por eso no te preocupes. ¿Qué te parece si pierdes el pase de acceso y en su lugar te topas con doscientos euritos? Así, de la nada.

Los ojos se le agrandaron, esa cantidad le arreglaría parte del mes. Su casera dejaría de incordiarle de una vez. Por otro lado, se jugaba el puesto si lo pillaban.

—Es arriesgado, no puedo perder este trabajo.

—No se darán cuenta de nada —lo tranquilizó—. Si alguien te pregunta, solo tienes que fingir que se te ha caído el pase. Enseguida te darán otro.

Se tomó un breve tiempo para pensar.

—Yo… No quiero veros cerca de mí. Si me pillan, diré que me lo habréis robado.

—Trato hecho, colega. —Metió la mano en su bolsillo y le pagó—. Y ahora… —Señaló la tarjeta que colgaba de su cuello.

—Largaos de aquí —pidió con una pizca más de tranquilidad en los bolsillos.

Francesco y su nuevo amigo se quedaron solos.

—Tío, me tienes que dar clases. ¡Qué papelón! —Le propinó una palmadita en la espalda.

—No vuelvas a tocarme.

—Ey, vale. No te pongas así… Bueno, ¿ahora cómo lo hacemos? Solo tenemos uno. —Señaló la tarjeta.

—Toma es para ti. Disfruta de la fiesta.

—¿Cómo?

—Es un regalo, a mí me dan igual estos asuntos. Solo pasaba por aquí.

—Tío, eres cojonudo. —Su sonrisa se ensanchó.

—Ah, y toma esto también. —Le ofreció su reloj.

—¿Esto? Es demasiado… No puedo aceptarlo.

—Considéralo un préstamo, un pase extra para ligar. A la galardonada le gustan las extravagancias. Cuando te vea… un tío con tu planta… no te quitará ojo.

Él lo miró confundido.

—Tío, eres superraro.

Francesco sonrió.

—Disfruta de la fiesta.

El rape había encendido su luz. Solo quedaba esperar.