Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

Ocho días antes del último adiós

El movimiento en zigzag de la moneda a través de sus dedos le servía para ordenar los pensamientos.

La hacía bailar entre los nudillos. La lanzaba y la atrapaba al vuelo.

Imaginaba escenas que le tensaban la mandíbula.

Si cerraba fuerte los ojos, surgía esa neblina blanquecina que se transformaba en rostro.

Su cara angelical emergía entre destellos.

La tez blanca, salpicada de pecas, le encandilaba, saturando su retina hasta el sufrimiento. Una punzada que no se disipaba.

La siguió al salir del hospital. Fueron solo unos minutos antes de subir al taxi. Un tiempo que prolongó hasta el infinito. Se alimentó de cada gesto, de cada mechón movido por el viento, hasta que su silueta se perdió entre el bullicio de Roma.

Tenso y expectante, rondó por el barrio, la paciencia era una de sus virtudes, hasta bien entrada la noche para volverla a ver. Sin embargo, Alexia no volvió a aparecer. Cuando el coche llegó, ella y Adhara desaparecieron tras la puerta de su edificio.

Él esperó.

«Siete días, trece horas y cincuenta y ocho segundos», contabilizó desde el sofá.

No perdía la cuenta de la última vez que se enfrentaron cara a cara.

Francesco estaba harto de la retahíla de consejos de su padre.

Sermones de advertencia inútiles que le entraban por un oído y le salían por el otro.

Sabía que tendría que observarla escondido desde lejos, dispuesto a correr cualquier riesgo.

La rabia se escapó a través de su mano. El impacto seco contra la mesa alertó a la vecina. Al instante, comenzaron los golpes en la pared.

—¡Para ya! —gritó la voz desde el otro lado.

Francesco apretó tanto los puños que sus nudillos palidecieron.

«Vieja del demonio», murmuró entre dientes.

Salió endiablado hacia el rellano y cerró con tal violencia que el otro vecino asomó apenas la cabeza y se escondió.

La anciana esperaba en el pasillo con un bate de béisbol sujeto entre las manos.

—¡Basta ya de aporrear! —vociferó la mujer—. ¿Tienes algún problema?

Él ladeó el cuello.

—Ninguno, si usted deja de golpear mi pared.

Ella soltó una risa áspera.

—¿Tu pared? Esto es increíble. —Se arrimó a él desafiante—. No engañas a nadie con esa cara de santo. De lejos te brillan los ojos igual que a los demonios.

Las comisuras de la boca de Francesco se elevaron a la par que descendían las de ella.

—Eso es, tenga cuidado. Puede que un día decida arrastrarla al infierno… La próxima vez no tendré tanta paciencia —escupió las palabras y le quitó el palo de madera con brusquedad.

La mujer retrocedió sin romper el contacto visual con la sangre hirviéndole en las venas. Cuando se creyó a salvo, le cerró la puerta en las narices.

Francesco se quedó anclado en el pasillo. Su expresión volvió a su línea habitual: recta y serena, y regresó a su apartamento.

A las doce en punto sonaron los tres golpes pactados. Clavó el ojo en la mirilla para asegurarse de que era él. Carlos entró sin hablar y cerró deprisa. Depositó unas bolsas sobre la encimera.

—Con esto tendrás para unos días —comenzó a sacar la compra—. Congélalo, no podré venir a menudo. Quizá me vigilen; dudo que hayan creído la versión que le he dado a la policía.

—No te he pedido nada.

Carlos lo contempló con una mirada vacía.

—No te reconozco… Sigo sin entender cómo pudiste matar a una persona.

Francesco resopló con impaciencia.

—Si eso es todo…

—Has trazado una línea, hijo.

—¿Ahora soy tu hijo? No me hagas reír. —Se pegó a él—. Las líneas solo las respetan los cobardes.

Carlos se giró justo cuando iba a salir.

—No te expongas más —le pidió con real preocupación—, o esto no terminará bien.

—¿Ahora te preocupa?

—Siempre me has importado.

—Llegas tarde.

Entendió que no había nada más que hacer. La puerta se cerró.

Francesco escudriñó las bolsas y las vació sin interés.

Al cerrar la improvisada alacena, se quedó con el tirador en la mano.

Emitió un gruñido de rabia y barrió con la vista a su alrededor.

La cocina destartalada con azulejos rotos, la cama en un rincón que hacía las veces de sofá y una pequeña tabla que le separaba de un baño ruinoso.

Inspiró y exhaló, controlado.

Decidido, fue hasta el espejo, cogió la gorra y las gafas de sol. Ya nada quedaba del oro de su pelo, el negro azabache inundaba su cabeza. En su tez, una barba teñida y descuidada llenaba sus mofletes, ahora esqueléticos.

Se inclinó hacia el reflejo.

—Mejor así.

Nadie sería capaz de reconocerlo, el antiguo Francesco quedó atrás y eso le gustaba.

Salió al exterior sin mirar atrás.

Siete días eran más que suficientes.