Adhara, restos de azahar (Adhara 2) Capítulo 1
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Capítulo 1

Un mes después del último adiós

El vaho me nubla la visión a través de la ventana, como en un recuerdo borroso.

Observo los árboles mecerse al ritmo del viento en un vals lento y constante.

Mi mente, en cambio, no se mueve con esa calma, sobrevuela Europa sin rumbo, saltando de país en país.

Revivo fragmentos de dolor que no desaparecen.

Creí que mudarme sería empezar de cero. Un respiro. Una oportunidad. Fui tonta al pensar que el pasado se podía borrar, y Roma lo guarda todo en un ovillo enredado. Conocer a un padre del que no había escuchado hablar y descubrir que tenía un hermano debería haber sido maravilloso para cualquiera.

Me lancé de cabeza a un mar con olas de diez metros en el que no sé nadar sin taparme la nariz.

A veces pienso que las decisiones tomadas por otros, hace años, tejieron este final. Hoy me pregunto cómo hemos llegado a este punto, en el que estoy sola de nuevo y en casa de unos extraños.

Respiro hondo.

Necesito reconstruirme con lo que ha quedado.

Afuera hace frío. Un frío que no solo se siente, sino que se instala dentro.

Llevo dos días sin salir —sacar de paseo a Violet, la perrita de los padres de Alexia, no se considera ejercicio—.

Está dormida cerca de mis pies, con una calma que contrasta con el ruido constante de mi interior.

La observo y me obligo a quedarme en el presente.

Cada sombra que entra por la ventana me inquieta.

Me repito que aquí estoy segura, con una seguridad que siento frágil.

Paso el dedo por el cristal empañado, y siento la humedad.

Todo lo ocurrido lo percibo lejano, irreal.

Perdí a mi madre sin entender qué significa perder, y desde ahí todo se convirtió en un remolino, no el que te lleva al Mundo de Oz.

Vago sola en el cosmos, sin una dirección ni un ancla.

No llevo zapatos carmesí que chasquear, ni un solo deseo que pedir.

Tampoco a dónde volver.

Me fijo en una pareja que camina tomada de la mano.

La gente de aquí es amable, sin invadir tu espacio.

Poseen cierta ironía cargada de un humor seco que a veces es rápido; incluso diría que hasta oscuro.

Si bien no se dejan llevar por las emociones, los irlandeses llevan la lealtad tatuada a fuego en la piel.

Añoro tanto el ímpetu de Alexia, su fuerza para afrontar cualquier cosa.

El secuestro y la pérdida de aquella ilusión que se sostenía con pinzas junto a mi padre la dejaron tan dañada que no temía a nada.

Me pregunto si alguna vez volveré a encontrarla.

O si todo lo que tengo de ella será lo único que me quede…

un fantasma de lo que una vez fue. Volamos a su país natal y, conmigo en el asiento contiguo, parecía que todavía seguíamos juntas…

Y es que, en cuestión de un mes, te puede cambiar la vida hasta tal punto que no te reconoces ni cuando te miras en el espejo.

Ya no veo a la chica dubitativa de la que la mayoría se aprovechaba.

Lo que ocurrió en Roma me transformó por completo; el reflejo no me muestra esa muchacha cálida y confiada que salió de España.

Ahora soy otra. Necesito distancia para poder recomponerme, ordenar los pedacitos que han quedado, porque cada fisura es un recordatorio de lo que soporté.

Soy un jarrón reparado por kintsugi: cubierta de grietas engalanadas con la mezcla de resina y polvo de oro.

Lo que duele y lo que se rompe puede brillar, pero también advierte que quedan sombras que nunca se han ido.

Hay una parte de mí que quiere creer que todo está terminado, que el dolor tiene un límite. Y hay otra, pequeña y persistente, que susurra que no puedo dar marcha atrás, que algo más está por salir a la luz.

Porque cuando los secretos emergen… nunca lo hacen solos.

Y en Roma quedan demasiadas preguntas.